martes, 14 de noviembre de 2017

Ella vino a pensar esta noche

   Por suerte esta patria magnífica es una dama en plenitud siempre dispuesta a extender su mano a los expulsados de las delicias del mundo, a los que tienen vedada la fiesta de la vida y llegan a sus orillas con los sueños húmedos en la mano.
   Mi fealdad me lleva a esconderme de las luces del día. Desde hace centurias vivo en las catacumbas construidas por los soldados, en una red de túneles que se conectan como venas subterráneas.
   Llevo máscara y sombrero en esta noche clara. El cielo estrellado permite este mínimo disfraz para ocultarme.
   Vengo hasta el espigón de pescadores a mirar cómo se refleja la luna en el agua, cómo conversan olas y gaviotas antes del amanecer. Hay veleros dormidos que se hamacan en los embarcaderos, río arriba. Las chatas areneras se deslizan en las sombras como cocodrilos de ojos encendidos, bajando hacia el puerto, por los canales abiertos en el cauce que se derrama con paciencia.
   Soy la Historia de mi patria. En el corazón llevo las circunstancias felices. Las deformidades del cuerpo muestran el padecimiento de las desgracias. Mi extraña cabeza está modelada, capa tras capa de piel, por la angustia de los sucesos salvajes, de los acontecimientos aciagos. Tengo arrugas, heridas, tajos, secuelas de las luchas del pueblo dividido, manchas de mucha sangre derramada, y una brecha profunda, enorme, la cual siempre ha separado a los hombres que han habitado este suelo.
   Estas luchas intestinas me han convertido en un monstruo y prefiero esconderme en el afecto de la penumbra, en esta noche de dolorosas confidencias. He visto hombres y mujeres feroces, enloquecidos, extraviados, tratando de imponer al resto el mejor Destino. Y he observado a la multitud silenciosa mirar espantada las atrocidades cometidas, velando la estatua de la Verdad, magnífica y nívea en medio de los jardines.
   He conocido próceres ruines y héroes iluminados, matanzas, genocidios, cabezas ensartadas en picas tenebrosas, cuerpos desollados, el olor picante de la pólvora, la sangre en los cuchillos, fusilamientos, el horror de las torturas, persecuciones, desaparecidos, discursos, llantos, mazmorras, todo lo guardo en la memoria. Lo he visto todo.
   Y el dolor sigue en mi vientre. Percibo viento de odio por debajo de las nubes, veo rejas que se cierran bajo los aplausos. Y aunque hay fiestas, guitarras y canciones, y niños que nacen, mujeres que sonríen, también hay ancianos que mueren por desidia. Y el miedo, otra vez el miedo, sopla en las calles y en las copas de los árboles.
   Los pobladores de este suelo no han ido por el mundo librando batallas. No. Se han matado aquí, entre ellos. Las balas, los alambres, la intolerancia, han avanzado por el cauce de los arroyos, por los valles y montañas del territorio, en formas de masacres y ciudades muertas, arrasadas.
   No puedo salir así, con el rostro sombrío, a mostrar el horrible aspecto a los que me miran desde otros países. Porque aquí también hay flores, árboles y pájaros de colores. Hay sencillez y paz en los parques cuando el otoño apacigua todo. Los niños recogen castañas, se trepan a los troncos de los nogales, los fresnos verdes dan sombra fresca en los veranos. Y miles de amantes, cuando cae la tarde, se regalan besos furtivos en los umbrales de cada puerta cerrada.
   He venido a oír la música nocturna del río. Pesan sobre mi espalda tantas hogueras, cárceles, cruces y cementerios. Quiero disipar los oscuros presagios que noto allí, suspendidos, sobre el follaje de las plantas. Deseo pergaminos de paz, voces pacientes, esperanza. 
   Porque también el orgullo es un brillo que llevo en mi pupila.

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miércoles, 11 de octubre de 2017

Vamos a cantar esta noche

   Mi amigo Pedro Kallpucará vive casi adherido al paisaje cósmico en la parte elevada de los Valles Calchaquíes, junto al corral desprolijo armado con troncos de horqueta, donde alberga cabras y mulas. Allí se yergue chata su pequeña vivienda de adobe, inclinada, para contrarrestar el declive de la ladera del cerro pelado, en el “Abra del Infiernillo”, en las altas cumbres de la provincia de Tucumán. 
   Lo vi por primera vez cuando los dos éramos chicos. Mis padres me habían dejado cuatro días de visita en su casa por un intercambio escolar. Concluida la charla con la abuela y las despedidas, yo quedé con mi bolso de ropa adentro de la cabaña, la única edificación cercada por dos cadenas de macizos interminables, al costado de la ruta en este paraje desolado. 
   Miré a través de la ventana trasera. Pedro estaba sentado en una piedra, afuera, como una ranita mirando absorto el ámbito solitario e infinito. Su forma de estar en el mundo era la propia sugerencia de la Naturaleza. Miró hacia el costado, porque escuchó el sonido habitual del chancleteo asmático de la abuela, el suave roce de la suela contra el piso del patio alisado con cemento. En el redil, a su vez, la llama giró el cuello por encima de la barra horizontal del corral con un gesto silencioso. No había otra cosa que se moviese en esa inmensidad. 
   Pedro observó hacia arriba. El polvo en tenue suspensión cubría el cielo y opacaba el aire leve. El caliente viento zonda levantaba la arenilla fina de la orilla del río para traerlo hasta aquí, a tres mil metros por encima del nivel del mar, en este cruce de cerros en el medio de la nada. Aspiró hondo, abriendo más sus pulmones antes de pararse, caminar hacia la casa, y poder ver quién había venido en el auto que acababa de irse por la ruta.
   Han pasado treinta años de ese primer encuentro. 
   Ahora estoy en Buenos Aires, en el barrio de Palermo y me siento frente al teclado sonámbulo entre las paredes dormidas, con mi costumbre de rememorar separando con sigilo los recuerdos. Acá la noche está templada y rumorosa. Los focos de la gran ciudad iluminan la grilla geométrica de calles y avenidas. La gran urbe rodea por fuera esta habitación en la cual escribo.
   Le debo una visita prometida a su pago, distante, a 1300 kilómetros de acá. Me llegan imágenes dispersas de colinas grises, en goteo sosegado hacia la contemplación, un sistema semejante al que él adopta para reflexionar con meridiana claridad, cuando cuelga las cuencas rojas de sus ojos en la cumbre nevada, que vigila, desde hace incontables milenios la cuenca del Tafí. 
   Y esto ocurre así porque cuando estoy allá, con Pedro, en sus montañas ancestrales, no puedo escribir aplastado por tanto paisaje. Observo cómo el viento agita y deshilacha los cuadrados coloridos de la wiphala del Tawantinsuyu. 
   Y me fundo en ese mismo ente, como él me ha sabido enseñar. Soy un pulso. Percibo la quietud de la roca pura en sagrada adoración del sol. Una vibración sutil me nutre la superficie de la piel. Me parece oír la música antigua del inca, el rumor de sandalias pisando los pequeños cascotes verdes, rosados, amarillos y negros, de los senderos, bajo la manta de copos en las nevadas del invierno. 
   Mi interior se vacía en medio del infinito y la eternidad, respirando cerca de las nubes. Cedo ante las evidencias, imposible encerrar la perpetuidad en un frasco, o explicar el esplendor de un amanecer. 
   Pero aquí puedo contar el detalle de lo vivido allá con cuidado minucioso. Los instantes del vestigio humano en mota elemental, la partícula de la vastedad del espacio y el destello impredecible de la engañosa cualidad del tiempo.
   Y sé que en estos momentos él puede o no estar pensando en aquellas reuniones, en su rancho de techo de barro. Pero quiero unir la trama de los hilos de nuestras historias, la mía de inciertos rasgos mapuches, con la de él, en anillos dibujados por el vuelo del cóndor en el remolino superior. Y atarlos en estos párrafos para dar veracidad de que nos hemos conocido, cada uno a nuestra manera, pero bajo el mismo cielo del mundo, aunque el suyo según él, es solo una pisada en la sucesión de todos los eventos. 
   Pedro Kallpucará para mí es una combinación de períodos. Fue, es y será. Pero él siente distinto porque nacimiento, vida y ocaso del cuerpo es una única fase compleja de lo vital. Por eso él dice que su pasado se alarga mucho más allá de los quinientos años, en la plenitud del esplendor de su estirpe, cuando abarcaba toda la extensa longitud del Camino del Inca en las alturas de la Cordillera. Y su futuro improbable, impredecible, puede estar en el agua de algún arroyo, viajando por la piel ajada de la Pacha, en la sustancia astral de las manchas tostadas de Venus, o en el sonido de un pinkullo rebotando por el abra de las quebradas.
   Y puede que, de algún modo, no esté tan errado porque en su concepto de trascender, cuando explica estas cosas, pone en duda el discurrir del tiempo y la continuidad del espacio, tal como lo conciben las mentes más lúcidas de Occidente, en sus conjeturas sobre la gravedad cuántica.
   Fueron muchas, sucesivas veces en las cuales nos hemos visto, para armar diálogos alrededor del fuego en las noches heladas, con conversaciones cortadas por prudencias necesarias, tramadas en telar de aire de oxígeno magro, tejidas con mi tristeza del llano y con su alegría de andino sosiego cobrizo. 
   Él no es capaz de explicar su entorno con mi método de conocer porque su inteligencia es de otra entidad. Sin embargo, me hace ver algo análogo al alma en los cerros de colores y en los estratos de eras geológicas del océano profundo. Y lo entiendo cuando observo el sitio señalado por su índice apuntando al cielo. Soles, estrellas, todo está constituido por lo mismo. Y también la bóveda celeste, azul, granate o púrpura, es de la misma esencia, su nítida pureza en apariencia de vacío es una estafa a mi inocencia, porque la veo como el soporte intacto e inamovible de los astros. 
   Pedro tiene algo afín a un dolor de siglos. En una de esas ocasiones me lo confesó, con el rostro serio y la mirada esquiva asomada por debajo del sombrero ancho, flamante estreno de Carnaval. Siente una confusión íntima, una discordia entre los santos impuestos a sus antepasados recientes, y la impronta misteriosa de la cultura perfecta y atroz de los incas. «Todo está mezclado aquí», me dijo aquella vez, apoyando la palma en el pecho mientras yo concebía el correr del líquido mestizo por las venas gruesas. 
   Imagino oír, el recitado en lengua quechua, ancestral, canto elegíaco compuesto por él para alivio del peso de centurias aciagas de compadres y comadres, y lo traigo una vez más traducido a la memoria: 
   La pena del siku golpea el risco. Del Camino del Inca a la ermita de ladrillo blanco sin preguntar nada. Olor de tanta sangre seca en el arenal. Errar y errar. Algo de coca en la panza esquivando hambres. ¿Hasta cuándo, compadre?, conformes y sumisos… apenas con lo que se nos permite decir, expulsados de la tierra donde hemos nacido. 
   Pedro, tal vez ahora, levanta la vista al pico más alto y piensa en los niños de Llullaillaco ofrendados a la montaña sagrada. Y medita en ese simple cambio de un estadio al otro desde este lado de la muerte. Y, quizás, bebe en soledad o anda con sus ropas largas bajo la pálida luz de la luna, un ovalo trémulo en el espejo lacustre. Él late vital, aparece y desaparece, es y deja de ser en la noche insondable. Con sus creencias firmes, hijo del sol, siempre.
   Aquellos encuentros fueron únicos, profundos, recónditos. Arrimamos nuestras culturas casi hasta el contacto en asíntota verbal extendida hasta las madrugadas. Al principio desciframos los gestos del rostro en socorro de la palabra. Luego, acumulando otoños, crecimos. Y la voz fue más precisa, y pudimos compartir saberes. Noches frías de hoguera escarlata, grato calor a mi piel, pero aviso fatal para él cuando envuelve el cuerpo del hombre para permutarlo en ceniza.
   Ahora y aquí, la música de las teclas rasga el secreto nocturno y puedo grabar estos detalles, en esta hilera de símbolos alineados, para conectarme con el silencioso mundo de Pedro a pesar de la distancia, mientras pienso su silueta abstraída en la sombra. 
   Lo imagino con su gorro de vicuña en tránsito por las veredas minerales, por la ladera de cardones, cavilando tal vez, cuándo será el momento adecuado para ascender y entregar su figura peregrina, natural y perecedera, en sacrificio espontáneo, partícipe de la cosmogonía de su estirpe, todo él, como una parte más de su universo eterno.
   De loma en loma, lento en su andar discurre ágil en sus deliberaciones, tan rápidas tal vez como la velocidad del baile de los astros del firmamento, entre las sucesivas crestas de la Cordillera de los Andes. Tanto como los párrafos en los cuales yo relato su realidad, en disposición lineal sobre papel como un texto literario, vadeando los mismos estrechos y dejando unas huellas parecidas a las de sus pies, escribiendo con similares caracteres.
   Desde aquí, yo intuyo sus movimientos. Él busca, selecciona la última morada, se anticipa a elegir el mejor final de este tramo de existencia. Ha de ser en las alturas, en la caverna adecuada, el propio pasillo de tránsito hacia otro estado de pertenencia, sumado a la unidad del cosmos todo, lo más arriba posible. 
   Asciende hasta donde la tráquea consigue la justa molécula de oxígeno para incorporar en el torrente sanguíneo, sin dejar de lado la posibilidad del último alimento. Su sueño es búsqueda anticipada, preparatoria. Irá allí cuando llegue el momento. No todavía. Pero especula con el invierno crudo, calcula, se convence. Si ocurre en la estación blanca, llegará, aún con los pies congelados, y podrá, al fin, estirar su brazo en el último gesto para acariciar la blanca palidez de la luna.
   Y ve la buena señal de un árbol achaparrado, clavado en la cuesta escarpada, mágico y raro, porque allí no hay vegetal que soporte el clima. De tronco nudoso y retorcido. Se expande entre ramas color pardo, oscuras como la tristeza, hacia arriba, a la manera de un puño invertido sediento de tanta sequía, en ademán de dedos ancianos, artríticos y dolientes. Es su árbol. Y más allá aguarda el oscuro hueco de la caverna. 
   Pedro gira feliz en el lugar sagrado, el corazón le palpita fuerte como el parche de la caja. Se orienta, graba en su mente la geografía, agradece al sol, y comienza el regreso a su casa. Hoy soñará el mejor de los sueños.
   Y, quiero pensar, ahora, además, no en la contingencia, sino en la certeza. Pedro está escuchando el ligero tableteo de las teclas y comprende. Estoy contando su historia y a él le llega a través del aire, o en cifrado tectónico por debajo de la sensibilidad de sus talones, quietos, desnudos sobre la arcilla y la laja, porque ellos son capaces de oír los temblores de la tierra. 
   Y de este modo, atrapa este mensaje, como si estuviésemos, él y yo, frente a frente, con las brasas encendidas de por medio, mitigando fríos, tratando de descifrar quienes somos. 
   Y yo siento un pequeño milagro de comunión, como en aquellos momentos evocados, en la penumbra de su rancho, agotada ya la charla y con la chicha ardiendo en nuestras gargantas. Estoy seguro de ello, casi alcanzo a ver su figura. Él está tomando el charango con el austero propósito de afirmar nuestra amistad, y dice: “Kunan tuta takisunchis”. O espera que yo le señale la quena para pedirle lo mismo, pero en mi lenguaje… o sea:
   “Vamos a cantar esta noche”.

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Glosario
Abra del Infiernillo: Paso montañoso a 3042 msnm en Tucumán.
Llama: Mamífero de la familia de los camélidos.
Zonda: Viento muy seco y muy cálido que sopla desde el Océano Pacífico.
Tafí: Río que pasa por la ciudad de Tafí del Valle.
Wiphala: (quechua). Bandera de etnias andinas, cuadriculada, blanca, verde, amarillo, naranja, rojo, granate y azul.
Tawantinsuyu: (quechua). Territorio del Imperio incaico. Siglos XV y XVI.
Sandalia: Calzado de los varones y mujeres incas.
Mapuche: Etnia aborigen del sur de América.
Cóndor: Ave andina de gran envergadura.
Camino del Inca: Red de caminos que unían las ciudades del Imperio incaico.
Pacha: (quechua). Tierra, mundo, universo, tiempo, época.
Pinkullo: Flauta andina hecha de caña.
Quena: Flauta de caña.
Abra: Corte transversal de una cadena montañosa.
Quebrada: Valle estrecho encajonado por montañas. 
Quechua: Lengua oficial del Imperio incaico.
Compadre/Comadre: Padrino/madrina de bautismo. Amigo/amiga con quien se tiene más trato y confianza.
Siku: (aimara). Instrumento musical de dos hileras de tubos de caña.
Coca: Hoja de la planta del mismo nombre que se usa como alimento y para prevenir el mal de altura.
Llullaillaco: Volcán de la Cordillera salteña de 6750 de altura. En la cumbre se encontraron niños momificados ofrecidos en ofrenda por los incas a sus dioses.
Vicuña: Mamífero de la familia de los camélidos.
Cardón: Cactus. Planta espinosa de gran porte.
Chicha: Bebida alcohólica a base de maíz típica del Noroeste Argentino.
Charango: Instrumento musical de cuerda típico del folclore andino que suele construirse con el caparazón de una especie de armadillo llamado quirquincho.



martes, 12 de septiembre de 2017

Por lo último que queda

   Dormí mal porque anoche los pibes estuvieron tirando piedras. Se aprovechan. Mi casa es antigua y hace cuatro años le hice cambiar todo el techo de tejas por chapas de zinc acanaladas. Por eso, cuando caen los cascotes, el sonido aquí adentro se torna insoportable. Me tapo la cabeza con la frazada roja hasta que se aquieta el eco del último estruendo. Nunca tuve el valor de asomarme para verlos cuando están en pleno acoso. Llegan al terreno abandonado, lindero con el fondo, y desde allí tiran los pedazos de ladrillos por encima del muro. Una noche de éstas las vigas de madera van a ceder y se va a venir todo abajo.
   Ellos nunca gritan. A veces escucho murmullos entrecortados de palabras soeces, una especie de culebra escamada que se arrastra sobre el revoque impreciso del otro lado del muro, como un rosario de frases destrozadas que se dicen entre ellos antes de empezar a lanzar los proyectiles. No es uno solo, sino varios, es más, parecen muchos, demasiados. Después, cuando se escapan corriendo, escucho las risas atenuadas, como si el humo de los alientos agitados se condensara en trocitos de hielo, en el aire del invierno, hasta que se pierden más allá, al otro lado de la medianera y el patio de atrás de mi vivienda queda en silencio.
   Últimamente me han estado molestando más seguido. Vienen al atardecer, cuando el cielo rojo desaparece por el costado de los edificios, porque es en esa transición hacia la noche cuando la gente no les presta atención, y ellos aprovechan la oscuridad para que no los vean. No sé de dónde vienen. Son de otro barrio, seguramente.
   Me levanté tarde por ese motivo, por los ruidos. El frío me acobarda un poco y no tengo ganas de salir a la calle. Pero hoy no he desayunado. Debería hacer alguna compra en la verdulería, comer algo. Tengo el estómago vacío, me vendría bien alguna sopa de zapallo que me caliente por dentro hasta la hora de dormir. 
   Dudo un rato y luego de dar algunas vueltas por el interior de la vivienda con las manos en la espalda, me decido. Me pongo la campera y salgo al jardín delantero con las llaves en la mano. Recién cuando llego a la reja noto la caricia de una leve llovizna. No me lo esperaba. Es una garúa que desciende floja, sin el orgullo violento de la lluvia, flotando en pequeñas gotas, tan mínimas como puntos blanquecinos dibujados por encima de la silueta cónica del ciprés. Polvo de agua parece. Entonces, regreso a la casa a buscar algo que me proteja.
   Ni bien entro, me detengo. Coloco una mano en los labios y la otra en la cintura, como si en esa pose me resultara más fácil recordar la ubicación que tienen los objetos en este recinto pobre. Resulta un poco cómico, es difícil esconder algo en la austeridad que me rodea. 
   Vivo solo hace diez años. Ya estoy acostumbrado, pero, aún hoy, no deja de parecerme extraño. Mientras permanezco en la cocina buscando el paraguas me pregunto cuánto tiempo hace que no hablo. Voy de compras al almacén y digo: sí, no, cuánto es. Pero esas cosas no son hablar. En realidad, no converso con nadie, y, a pesar de eso, no me siento mal. Tampoco necesito mascotas que me den la oportunidad de monologar. No me gustan. La soledad no me provoca tristeza, o melancolía. Nada de eso. 
   De joven era muy charlatán, después me casé y ya estaba un poco metido para adentro. Cuando me separé de mi mujer me di cuenta de que me había desconectado de los amigos y me fue fácil entrar en el ostracismo. Así como no es obligatoria la elocuencia a fin de dialogar con uno mismo, también deja de ser imprescindible la modulación de la voz, ya no hay con quién compartir un diálogo. Aunque el habla se atrofia, la claridad de la intimidad, me parece, que ilumina más la consciencia. Los músculos del rostro han cobrado cierta rigidez por la falta de uso y, poco a poco, me voy acostumbrando a convivir con mi universo interior, con el brillo de sus auroras estelares y con sus tormentas de sombra.
   La vida es un trayecto hacia el silencio propio, me digo. Es fácil perder el lenguaje, es tan sencillo como ir perdiendo el cuerpo, ocurre simplemente dejando transcurrir el tiempo. Yo ya soy un anciano y esta condición va incrementando el deterioro de la carne por sobre todas las cosas, y de ese modo se limitan de a poco las posibilidades de los sentidos. Veo menos, oigo menos, camino más lento. El cinismo, la ira, la furia, los celos y el odio son sentimientos que ya no sería capaz de sostener. Hace falta el fuego y yo ya no tengo la capacidad necesaria para encenderlo.
Encuentro el paraguas, dejo las cavilaciones de lado y salgo nuevamente. Lo abro y lo sostengo con la mano izquierda. Me cuesta mantener el equilibrio, no quisiera que se vuele mientras recorro el sendero de baldosas que me lleva hasta la reja. 
   Llego. 
   Aprieto más fuerte el mango mientras introduzco la llave con la mano derecha en la cerradura de la puerta de barrotes de hierro que da a la calle. Esta maniobra me cuesta. Hago varios intentos, pero no logro abrir accionando la llave con una sola mano. De repente logro darle media vuelta y con tal mala suerte que se traba. La muevo hacia atrás y luego hacia adelante, pero no hay caso. 
   Entonces, cierro el paraguas y lo dejo a un costado. Sé que me voy a mojar, pero pongo las dos manos en la tarea, una por vez, porque me parece, que, de esta manera, voy a tener más sensibilidad para destrabar la cerradura. Las gotas pequeñas me resbalan por el cuello, me picotean la ropa como si estuviera atacado por una bandada de colibríes. Estoy encorvado a la intemperie, arrimado a la puerta de la reja, como un bulto oscuro que alguien ha dejado abandonado. Mis pantalones y la campera se van oscureciendo de apoco, a medida que absorben el agua. Hago la tarea tratando de encontrar la posición adecuada, como si tratara de dar con la combinación de una caja fuerte. Procedo con cautela primero, con insistencia más tarde, y al final, con irritación, cuando me doy cuenta que está definitivamente trabada. 
   Me levanto contrariado y con ambas manos me tomo a las varillas de acero pintadas de negro, apoyo la cara y el abdomen contra ellas, busco erguido en esta rara postura, la oportunidad de la reflexión. Trato de convencerme, aquí hay un engaño. Esto no me puede estar pasando, tiene que haber una solución, pero me desanimo de inmediato. Lo acabo de intentar por todas las maneras posibles. Miro hacia arriba y se me ocurre que tal vez, con esfuerzo y paciencia podría escalar la verja y saltar hacia afuera. 
   El entramado tiene algunas varillas horizontales, la primera está a veinte centímetros del piso. Pongo un pie intentando escalar, siento el agua que resbala por los fierros, algunos de ellos oxidados. La valla es alta, más de dos metros seguro. Ni bien logro alzar mi cuerpo en ese primer escalón siento la debilidad de los músculos y abandono la tarea. Es imposible alcanzar la segunda planchuela metálica, está a un metro de altura. Miro hacia la calle buscando a alguien que pase y me pueda ayudar de algún modo. 
   Veo un transeúnte solitario. Camina por la vereda de enfrente, aprovecho esta ocasión fortuita y le grito pidiendo ayuda. Es una mujer mayor que lleva un piloto transparente con capucha. 
   —¡Señora, señora! ¿Me escucha? —le grito con las manos al costado de mi boca a modo de bocina.
   La mujer se detiene, me mira sorprendida, pero no cruza la calle. Yo trato de explicarle que necesito un cerrajero. Se lo digo a los gritos. Al parecer eso le llama la atención, tal vez vocifero demasiado y gesticulo de forma exagerada. Ella se mantiene a la expectativa, solo se acerca un poco al cordón de la acera. Mi explicación no es convincente, es más, me parece que la desconcierta. Entonces decide irse y no participar de mi problema. 
   Mientras retoma su camino dice algo en voz baja. No logro escuchar, pero alcanzo a percibir un cierto tono de desconfianza. Apura un poco más el paso y se aleja. Quedo desolado. Debe haber pensado que estoy loco y no quiere involucrarse. Tal vez ha supuesto que vivo con alguien más y no quiere meterse en cuestiones de familia. Ha optado por desentenderse del asunto. No la culpo. Además, me parece que vio la desesperación en mis gestos. Eso, seguramente, la ha asustado. Tal vez me descontrolé cuando gritaba. Debo tener el aspecto de tipo peligroso, gesticulando demasiado, sacando y agitando los brazos entre los hierros, como un presidiario, o un orangután queriendo salir de su jaula. 
   El esfuerzo ha sumado algunas gotas de sudor a mi frente mojada por la lluvia. No sé muy bien porqué, pero me siento humillado, tal vez por la torpeza que he cometido. Recién ahora tomo conciencia de la seriedad del problema. No tengo teléfono, estoy aislado y recluido, recién ahora advierto los peligros de la vejez, la importancia que cobran las mínimas adversidades de las circunstancias cotidianas. Me asombra la pequeña dimensión que tienen las posibilidades de la toma de decisiones de un viejo como yo. 
   La libertad se acorta como un resorte, se marchita con la vida. La voluntad puede estar intacta, pero necesita de un cuerpo joven para ejecutar los actos, aunque sean de trascendencia tan nimia como el simple hecho de escalar este obstáculo que se yergue ante mí, ahora, como una muralla egipcia. La impotencia me hace sacudir la reja tensando los músculos de los brazos, lo cual no tiene ningún sentido, y, además, le doy una patada, cosa que tiene menos sentido aún. La angustia me sube a la garganta, aflojo la tensión de los puños aferrados, me dejo resbalar. Caigo hincado de rodillas, abatido. Apoyo la frente contra los barrotes. Estoy asustado como un animal que se ha perdido en la noche. Me abandono en esa posición un rato, sin pensar en nada, y luego lloro como un chico, las lágrimas resbalan tibias, largamente. Debo presentar una imagen patética, en esta posición, y en este desamparo.
   Trato de componerme. Me siento un inepto y un tonto por no haber previsto que esto podía suceder algún día, y quedar huérfano de soluciones. He dejado de gemir. Me siento más aliviado luego del desahogo, nadie me ha visto. Tomo el paraguas y entro, nuevamente, a la casa. La llave queda insertada en la pequeña abertura del cerrojo. Se ha transformado de un momento a otro, en un objeto que me señala, con la burla de las circunstancias banales. 
   Me siento impotente. Me tiro en la cama vestido tratando de buscar una solución. No sé porqué me disperso y se me da por pensar en mi edad. Tengo ochenta años, tal vez el pasado se ha convertido en una carga muy pesada. Me pregunto: ¿Cuántos años más voy a vivir? Uno se fatiga, llega un día en que se cansa.
   De espaldas sobre el colchón, con la cabeza sobre la almohada, miro hacia el costado y veo la pintura de la pared sucia y descascarada. Ya no recuerdo la última vez que le he dado una mano de cal. Ahora se parece cada vez más a una choza, o una barraca. La ventana tiene un vidrio astillado, seguramente por una de las pedradas de los pibes, tantas veces han venido a acosarme por el fondo. Parece una estrella pintada en el cristal del batiente del lado derecho. Tiene un pequeño agujero, de ahí nacen los rayos de los fragmentos filosos, y por allí entra el soplo de aire que mueve la cortina y la hace ondear como si se tratara del vestido de una muñeca. 
   No me gustan las muñecas, tiendo a desviar la vista cuando me encuentro con la cara de alguna de ellas, con sus muecas rígidas y sus labios pintados. Siempre le tuve terror a las máscaras y ese juguete me recuerda lo inhumano de un rostro rígido. También me hace acordar el espanto que sentí cuando me asomé al ataúd en el velatorio de mi tío y vi su cara color cera y sus labios pegados cubriendo prolijamente toda su dentadura. Los muertos no ríen, pensé. Y ahora me llega este lejano recuerdo. Y lo asocio con los sonidos que escuché en aquella ocasión cuando me acerqué al féretro. Algo se movía adentro y provocaba breves golpeteos sobre la madera, debajo de la mortaja. Por temor me alejé hacia el extremo de la sala, me fui lo más lejos posible para no oír el repiqueteo retumbando dentro de la caja. Aún hoy evoco con nitidez el sombrío suceso. 
   Estoy varado, hace un rato largo, en estos pensamientos dispersos que no me llevan a ningún lado. Todavía no he decidido qué voy a hacer con la llave. Me sobresalta un golpe en el jardín delantero. ¡Plaf!, escucho. Me levanto y voy hacia la cocina. Abro la puerta y no veo otra cosa que esa maldita reja. Me mantiene confinado, a ambos lados de mi casa se yerguen los altos muros laterales de los edificios vecinos. Espero unos instantes parado bajo el marco y percibo un olor acre. Salgo y camino por la senda de baldosas, la picazón en mis fosas nasales es cada vez más intensa, huele a podrido. 
   Miro a un lado y a otro, me arrimo al borde del sendero y lo veo. Es un gato muerto, seguro que los pibes lo tiraron por encima de la verja, para intimidarme. Está inflado como un globo y tiene las patas rígidas, despide un olor insoportable. 
   Reflexiono acerca del sonido que escuché y me pregunto si no ha sido producto de mi imaginación. ¿Lo habrán arrojado ahora?, o, está hace días y yo recién ahora percibo el olor, tal vez por efecto de la lluvia. Porque también hay gente que no tolera a estos animales y los envenena. El gato pudo, fácilmente, atravesar la reja y morirse acá en el jardín. Ahora me queda la duda. 
   Mi ex mujer, con el paso de los años, me fue convenciendo de que yo era un paranoico, y ese fue uno de los motivos de la separación. No es verdad. Yo no tengo ese problema, yo siempre insistí y eso sí es verdad, con el tema de los ruidos. Vivíamos en un departamento con pisos de pinotea. A veces no podía conciliar el sueño y encendía el velador. No me interesaba si ella se encontraba profundamente dormida, la movía con el codo hasta despertarla y siempre se producía el mismo diálogo.
   —Eva, ¿las escuchás?
   —¿Qué?
   —Las ratas… están corriendo abajo del piso.
   —¡Dejáme dormir, por favor! y apagá la luz.
   Y yo la apagaba, pero no me dormía enseguida porque seguía prestando atención al traqueteo. A la mañana siguiente revolvía entre los artículos de limpieza sin que ella se diera cuenta y, si no había veneno, me ocupaba de comprar, y cuando volvía de trabajar lo desparramaba por todos los rincones y detrás de los muebles. Me acuerdo perfectamente, era un producto con forma de semillas de color rosado. Lo raro fue que a pesar de mi meticulosidad y consecuencia al esparcirlo nunca logré encontrar ninguna rata muerta, aunque por supuesto, seguía escuchando los ruidos.
   Sigo aquí parado viendo el gato muerto, desparramado detrás de la azalea. Me tapo la nariz en un gesto inconsciente y cuando retrocedo, piso el borde de las baldosas con la suela mojada. Me resbalo y caigo con medio cuerpo sobre el barro. En esta parte no crece el pasto porque está justo debajo de las ramas del pino. Me cuesta levantarme, me duelen las rodillas y el codo, me debo haber raspado con el filo de cemento. Como puedo, me incorporo lentamente. Con la mano embarrada me acomodo los anteojos y camino rengueando hacia la casa. Sobre las baldosas grises quedan marcadas las huellas de mi pie izquierdo, son lunares de barro, se irán lavando con las salpicaduras de las gotas de agua que no dejan de caer del cielo.
   Ni bien entro me saco los zapatos y voy a la ducha. Permanezco mucho tiempo bajo la lluvia de agua caliente. Salgo y me miro al espejo. Pocas veces presto atención como ahora a mi cuerpo. Observo los surcos duros de las arrugas de la cara, los colgajos de piel que envuelven un esqueleto de lámina de anatomía, la mirada indolente de solemne respeto, el torso encorvado, los hombros caídos. La fuerza de gravedad de la vida se me ha acumulado en toneladas de carga sobre la espalda, un techo me oprime y baja inexorable mi cerviz, como una prensa hidráulica invisible, o un cascanueces que aprieta con voracidad pretendiendo destruir mis articulaciones. 
   Me paso la mano temblorosa para quitar los cabellos blancos de la frente de mi rostro inquietante y asimétrico. Hace unos meses he empezado a notar que me tiemblan los dedos, es un galimatías gestual ordenado por mi cerebro, quién sabe porque motivo. Es un movimiento no querido, un indicio más del corto recorrido que me queda por delante. No quiero seguir viendo mi figura decadente. Como si fuera una bailarina, doy pequeños pasos al costado huyendo de mi propia imagen, y, además, giro la cabeza buscando un sitio opaco, el crucifijo de roble colgado en la pared, la silla con el tapizado roto, la lámpara de pie cubierta de polvo, cualquier sitio donde no me encuentre con el reflejo de mí mismo.
   Me seco y me visto. Voy caminando descalzo a la cocina. Me siento y enciendo la televisión. Es un aparato antiguo que solo tiene imagen, me conformo con eso, es una forma de ejercitar la imaginación. Me preparo un té y me pongo las zapatillas de abrigo porque tengo frío en los pies. Como un trozo de pan con mermelada. Miro las cosas desordenadas sobre la mesa, es un resumen del inventario de todo lo que tengo. Acá están las boletas de la luz y el gas. El mes próximo voy a dejar de pagar alguno de esos servicios, me parece que voy a optar por el gas porque el invierno ya está terminando. Ya hace un tiempo dejé de comprar algunos medicamentos, el del colesterol no me preocupa tanto, pero sí los analgésicos porque me alivian la artrosis. La plata no me alcanza para todo y elegí suspender la medicación. En cambio, con estos lentes puedo seguir tirando, el marco de carey se me quebró cuando me tropecé con la banqueta. Lo arreglé colocando varias vueltas de cinta aisladora, de la que usan los electricistas y, hasta ahora, no se me desarmó, ni siquiera hace un rato, cuando me caí en el barro. Como no tengo teléfono, no sé todavía cómo voy a resolver lo de la llave, debería llamar a un cerrajero, pero por ahora no puedo salir de acá adentro. Meditando en estas cuestiones domésticas se me pasa la tarde.
   Me levanto de la banqueta, abro la puerta y miro hacia afuera. Ha dejado de lloviznar, el aire está quieto, no veo pasar a nadie por la calle, las lenguas de fuego del sol han sucumbido por completo en la fosa del horizonte y empiezan a caer las primeras sombras en el jardín. La inmovilidad de la reja negra, cerrando el espacio entre los dos edificios que confinan el terreno en el cual está construida mi casa, por primera vez en mi vida, se vuelve una amenaza. Cierro la puerta, apago el televisor, me voy al dormitorio y me tiro en la cama. 
   No enciendo el velador y es inevitable, empiezan a surgir los recuerdos en mi cabeza, cada vez son más débiles, como si fuesen fotografías que se tornan más difusas, las formas muestran los bordes imprecisos. Pienso con imágenes quietas, nunca me pregunté porqué no hay movimiento en mis pensamientos, y, menos que menos, aromas o colores. No. Nunca hubo eso.
   Escucho ruidos en el fondo. Los pibes están cerca, ya empiezan a caer, otra vez, las piedras sobre el techo. Espero. Estoy en penumbras. Está anocheciendo, pero no me atrevo a encender la luz, aunque tengo a mi alcance la perilla que está sobre la mesa de noche. No sé porqué, algo me molesta en el estómago. Tengo una sensación muy parecida al miedo. Estoy aislado, desamparado, vulnerable. Me pregunto si tiene sentido seguir resistiendo cuando el futuro es tan escaso, cuando la poesía de la vida ya ha terminado su tarea y el territorio de la existencia está invadido por los dolores y pesares, esos fiscales por demás eficaces, los silenciosos mensajeros de la muerte. ¿Qué utopía a perseguir queda por delante? Ninguna.
   Oigo un traqueteo como si zapatearan sobre la faja de tierra cubierta de césped que duerme contra la medianera, en el patio de atrás. Miro hacia la ventana, la del vidrio astillado. La sombra de una cara se recorta nítida observando hacia adentro, buscando mi presencia. Debe ser por el efecto del resplandor de la luna. Es un beso tenue de la serenidad nocturna, pero alumbra lo suficiente, su fulgor apagado baña con la suavidad de una caricia la penumbra de este sitio. Estoy seguro, es la silueta de una cabeza. Me resisto a pensar que sea un efecto visual. Ya han entrado, ya han saltado el muro, ya están en la parte de atrás de la casa y quieren ocupar la vivienda.
   Ahora tengo un presentimiento, se va a producir algún desenlace siniestro. Me acuerdo del sueño de anoche. Un sueño raro. 
   Había llegado hasta un borde, parado en el centro de este espacio. Me erguía rígido como una estaca en medio de la habitación, cruzado de brazos, como si tuviese la necesidad de sostenerme a mí mismo, sin querer salir del contorno de mi cuerpo. La piel, o, en todo caso, las ropas eran una frontera, me marcaban mi propio límite. Y más allá de ese espacio que describo, era todo abismo. Pero de inmediato lo advertí. No se trataba de este dormitorio, porque no tenía paredes ni ventanas, ni cama ni lámpara. Yo permanecía de pie en una plataforma que, por todos lados daba a la nada y en el fondo de esa nada acechaba el infinito. Mantenía la cabeza erguida como un ave de rapiña y los ojos abiertos mirando hacia arriba, alzando las cejas, tan arriba ascendían las pupilas que los globos oculares eran completamente blancos, como los de un ciego. Recuerdo el miedo atroz a desvanecerme y caer al vacío. Necesitaba un puente. Debería haber alguno. Precisaría moverme lateralmente, o hacia atrás quizás. No lo sabía. Y, además, sería imprescindible tantear con la punta de los pies todo el tiempo para estar seguro de que estaba sobre piso firme. Y, por sobre todas las cosas, no debía marearme ni tentar a la manifestación de los síntomas del vértigo. Por eso intenté no pensar en el temblor que me sacudía las rodillas.
   ¿Y qué había del otro lado? Del lado de la nada. No tenía la menor idea, pero pensaba en una salvación porque esta situación de encierro en la corteza de mi cuerpo a lo único que me remitía era a pensar en un Infierno, el mío propio. ¿Y si, de todos modos, me encontraba con otro infierno esperándome? Habría pasado de un calvario a otro, en una condena eterna. Entonces el estupor me mostró algo verde, parecido a una frondosa vegetación. Y de inmediato percibí algo que fluía de modo similar a la corriente de un arroyo transparente y frío, lo cual me daba una inmensa sensación de bienestar. Pero fue breve, porque después, me asaltó la necesidad imperiosa de tomar un cuchillo, hundirlo en mi piel, y generarme un tajo profundo en el vientre, solo con el objeto de hacerme daño. Era preciso cumplir la confusa orden superior de infringirme un castigo, vaya a saber porque clase de delito o perversidad cometida. Y ahí, siempre en el sueño, fue cuando comencé a sentir la soledad. Fue una sensación de enorme vacío interior, de una infinita tristeza, estaba perdido en el hueco de una galaxia extinguida en el borde exterior del universo. Y me di cuenta de que siempre había estado solo. Y esta vez, aquí parado, rígido como un clavo gigantesco, duro como un bloque de granito, no tenía a nadie cerca, y no habría sido capaz de articular ninguna palabra, aunque lo hubiese querido. Ni siquiera hubiese podido emitir el simple y sencillo sonido de una vocal, porque mi lengua paralizada de horror, no se hubiese movido, y yo habría permanecido lamentablemente mudo. Y fue entonces cuando todo el espacio se tiñó de negro, y por mi garganta ascendió el impulso abrupto del vómito, que avanzaba invencible e inevitable, hacia arriba, desde la boca oscura de mi estómago. 
   A partir de ahí no recuerdo nada más, o simplemente fue ese el final del sueño
   La puerta trasera gira sobre sus goznes. Deslizo la frazada hacia abajo, me siento apoyado en el respaldo de la cama y me abrazo las rodillas trayéndolas hacia el pecho. Mi respiración se agita porque siento el frío de una amenaza, un dolor se clava en el medio de la espalda, es intenso, muy agudo, no lo conozco y eso me asusta. Ahora escucho con claridad los pasos dentro de la casa. Confundo el orden de los sucesos, no logro discernir si la estría de terror recorriéndome la columna vertebral fue anterior a la evidencia de las pisadas de los pibes, que se acercan, inevitablemente. 
   Vienen por mí.
   Pero no se las voy a hacer fácil. Busco el borde de la cama, se me enredan las piernas con las cobijas en el apuro por bajar, pero, afortunadamente, no llego a caerme. Voy hacia el pasillo interno por el cual se accede a la puerta trasera, miro y no veo a nadie. Hace unos minutos me pareció oír pasos, cuando estaba recordando el sueño. Supuse que ya estaban adentro de la casa, pero fue una ilusión. Entonces, me precipito y corro las dos trabas para bloquearles la entrada. Apoyo la oreja. Quiero escucharlos mejor. Oigo susurros. Deben estar planeando la estrategia final. Entonces me envalentono y grito.
   —¡Al primero que entre lo bajo de un balazo!
   Me quedo callado y se hace un silencio profundo. Ahora estoy más confiado, esto me da un poco más de tiempo. En realidad, no tengo ningún arma, pero estos pibes no se la van a llevar de arriba. Busco, revuelvo apresuradamente, en el baúl en dónde guardo ropa vieja y saco todo, inclusive los trapos.
   Voy hacia la cocina y levanto del piso el bidón de plástico guardado al costado de la mesa. Está lleno con el combustible que uso para el tanque de la estufa a kerosene. Esta vivienda es muy húmeda y cuando llega el invierno, el frío me cala los huesos si no caliento los ambientes.
   Comienzo a esparcir las prendas sobre el zócalo de la pared central que divide el dormitorio del pasillo y sostiene, al mismo tiempo, todo el techo. En realidad, es un tabique de madera, realizado con el mismo tipo de tirantes que soportan toda la cubierta de la casa, forrado con tablas de pino de ambos lados. Luego arrimo dos sillas debajo de la ventana y pongo sobre ellas el resto de los trapos. No enciendo la luz, no quiero llamar la atención ahora que se han callado. Observo la banda plateada que se filtra por la persiana y crece como una planta. Y en esto estoy cuando empiezan a tirar, nuevamente, piedras sobre las chapas de zinc. Me tomo, por un momento, en un gesto automático, la cabeza con ambas manos. No quiero escuchar el barullo ensordecedor. Reacciono y prosigo con la tarea.
   Recorro con paciencia los lugares en donde coloqué las prendas, oigo con asombro el gorgoteo del chorro de kerosene empapando los géneros. Vierto también un poco del contenido del bidón sobre las frazadas de la cama. Hice un esfuerzo muy grande y estoy excitado después de haberles gritado. Han dejado de tirar cascotes.
   Vuelvo a la cocina, abro el cajón de la mesa buscando los fósforos. Pienso por dónde sería mejor empezar y me dirijo hacia el dormitorio. No quiero comenzar por la ventana para que no vean ningún indicio de claridad. Raspo la cabeza contra el lateral de la caja y se quiebra el palito de madera. Eso me pone nervioso. Saco otro y raspo nuevamente. Se enciende. Desde una distancia prudente lo tiro sobre la ropa recostada en el tabique de madera. Hay mucho olor a combustible y me hace toser. Se enciende una nube azulada de golpe haciendo un sonido similar al que se produce en el mechero de la estufa, pero más fuerte. ¡Bluf! El fuego se esparce primero hacia los laterales y luego las lenguas lamen las maderas casi hasta la mitad de la pared. Se empieza a generar en la punta de las llamas un humo negro que asciende hasta el entramado del techo en donde se acumula como una nube de tormenta. Por un momento me quedo extasiado observando cómo se agiganta la hoguera.
   Con el recipiente en una mano y la caja de fósforos en la otra, salgo de la pieza. El fulgor parpadea a mis espaldas, siento el calor, va a destruir toda la vivienda, pero me gana una tranquilidad interior extraña que no podría explicar. Ya en la cocina me dejo caer en la banqueta. Contemplo extasiado los relámpagos danzando en el dormitorio. Este episodio va a terminar mal, pero yo solo pienso en esos pibes, no quiero que invadan mi propiedad, la casa es mía. Entonces es cuando empiezo a prestar atención, porque golpean nuevamente la puerta, parecen palos gruesos impulsados por una furia inusitada. Esta vez arrecian con vehemencia. Miro la puerta. Las trabas tiemblan con cada impacto. Me parece que llegó el momento.
   No voy a dejar que me lastimen. Tomo el bidón, lo coloco sobre mi cabeza y me rocío con cuidado. El líquido se desliza desde la nuca hacia abajo empapando la campera, los pantalones, la ropa interior. Vacío el contenido y dejo el recipiente a un costado. Voy a entrar al dormitorio, aunque el humo me haga toser. 
   No sé porqué pienso en el poco talento que he tenido para vivir.
   Me coloco el pañuelo en la boca y atravieso la puerta de la habitación, que ya está, completamente tomada por las llamas.

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lunes, 7 de agosto de 2017

Sombras

Marzo de 2006

   Los murmullos de las voces en la penumbra rojiza, la música suave, los aromas de bebidas y los perfumes femeninos, se esparcen por encima de las mesas de los salones de Trópico, todo indica que es una noche tranquila. 
   Tilo se inclina para escuchar lo que un empleado le dice algo al oído. Luego se endereza y se dirige hacia el fondo del local sin dejar de observar de reojo a su alrededor, mientras verifica que los guardias de seguridad estén atentos. Su figura alta pisa las alfombras gruesas y se pierde por el pasillo que conduce a las oficinas. Golpea con los nudillos y de inmediato entra al despacho sin preguntar. Siente el “clack” de la cerradura que se cierra detrás de él. 
   El polaco Jedrek, de traje azul, impecable, está parado en el centro de la oficina. Está solo, no lo saluda, está serio, el brillo de la ira le titila en la mirada hosca. La luz amarillenta del único foco que lo ilumina le talla la cara cuadrada, los pómulos en punta, casi filosos. Tiene la voz agria, helada como el viento de su aldea natal, cerca de los Cárpatos. Está furioso. Habla como un trueno ronco.
   —Mostrame los brazos —dice.
   El metro noventa de Tilo se pone tenso como un granadero. Siente la respiración agitada del polaco soplándole en el rostro porque se le ha acercado y están cara a cara, lo cual le tensa más los músculos. Mantiene el semblante impasible y los tendones del cuello se le endurecen como varillas de acero. Intuye de qué se trata, y entonces reacciona. Le dice que no le dé órdenes, que no se haga el misterioso y vaya al grano, que directamente le diga lo que tiene que decirle. 
   Y Jedrek continúa.
   —Necesito que lo que tenés aquí —y le apoya el dedo en la sien— esté bien frío. Y lo que está acá —y le pone el puño cerrado de nudillos gruesos sobre el pecho— esté bien calentito. ¡¿Me entendiste?!
   El polaco y Tilo lo saben. La noche y especialmente el negocio del club nocturno tienen sus peligros. Y más, todavía, porque Trópico tiene la fama de resistirse a pactar con la mafia de la trata, y de la droga. Por eso Jedrek está doblemente enojado, y no quiere ni averiguar a dónde fue a comprar el pibe su “mercadería”.
   La vida y la muerte están en juego. Separados por una delgada lámina de tiempo, el paso entre esos dos estados se define en un segundo. Hay que tener la mente fría y despejada, y tener en el corazón el impulso justo para defender la vida del otro.
   El polaco está invadido por la iracundia. Y tiene razón. Trata de calmarse un poco, se sienta en el sillón que está detrás del escritorio, busca la serenidad que ha perdido. Se recuesta y estira unos segundos los brazos extendidos hacia atrás, por encima de la cabeza, para distenderse.
   Después, se afloja, deja que las manos cuelguen libremente y los hombros bajen. Lentamente se acomoda mejor sobre el respaldo y, comienza a recordarle al muchacho porqué ha confiado en él y, cuántas veces le ha recomendado las cosas de las cuales tiene que cuidarse. Nada de droga, nada de alcohol, nada de involucrarse con las chicas que trabajan en el local. Se lo repite una vez más, porque sabe que está flaqueando y ha empezado a consumir.
   Finalmente pone las dos palmas sobre el escritorio como en ademán de levantarse, pero no se incorpora, clava los ojos en la mirada de Tilo, que todavía permanece parado frente a él. Le habla remarcando con cautela cada palabra, como sujetando con fuerza la rabia para que no se le escape. 
   —Andá a verla a Mara —le dice, casi echándolo de la oficina.

   El polaco sabe que el pibe es duro, pero reconoce que también, este negocio y la soledad de la noche en ciertos momentos se vuelven insoportables, y es cuando uno se debilita, y necesita un poco de ternura. Por eso ha pensado en esa mujer. 
   Lo tiene que ayudar para que no caiga en la adicción, sabe que está a tiempo. Lo entiende, a veces es difícil no tentarse inyectando un poco de alivio por las venas. Pero también sabe que en este negocio no se puede dejar ningún resquicio. La llama bajo la cuchara y la jeringa esperando, en suspenso, para clavarse un hilo de ácido bajo la piel, marcan el ocaso de todo. Es como meterse la punta de la 9 mm entre los dientes, con la boca abierta, sin seguro y con el cargador puesto.

   Tilo sale de la oficina dando un portazo, atraviesa el salón como si no hubiera pasado nada y sale a la calle. Tiene la rabia trabada detrás de la mandíbula, pero el carácter flemático que hereda le moviliza el razonamiento. Comprende que ha caído en una debilidad que no se permite a sí mismo. 
   El polaco conoce la historia que ha tenido con Mara, y este nombre, ahora, aparece como un fulgor en la retina que le ilumina el cerebro, le aviva un recuerdo que no quiere empañar, una huella de amor, una joya entre la basura nauseabunda de las madrugadas de la ciudad. Fue la primera mujer que le develó la clave para encontrar el atajo hacia el corazón femenino, la que le mostró cuán imprecisa es la posibilidad de alcanzar ese universo tan ambiguo para el entendimiento de los varones, fue quién, en definitiva, le enseñó el modo de leer con delicadeza las emociones, y ahuyentar los titubeos a fin de conseguir la suavidad de una caricia sincera.
   Tilo camina en la oscuridad de la madrugada de Buenos Aires. Toma por la avenida Santa Fe bajando hacia el Bajo. Los recuerdos se le atropellan en la nuca.
   Hace unos meses, cumplidos los veintidós años y ya terminada de mudar la piel de la adolescencia, había empezado a sentir que en el club sus más íntimos sentimientos estaban a la deriva, que era un sitio alambrado que le aumentaba la desolación. Se estaba marchitando entre tanto vacío. Y llegó la ocasión en que hizo un alto en su trabajo y salió del local, buscando esa mirada que le estaba faltando. Y la encontró en un bar del Bajo. Mara, habitante de otro paraíso, le supo susurrar la nota musical adecuada, porque hablaban el mismo idioma de las sombras calladas, que se esconden entre las latas y los escombros del suburbio. 
   Pasó dos días con ella y fue el lapso suficiente para que le dejara la marca indeleble que había buscado en una mujer, y la quiso conservar envuelta en la bolsa del egoísmo, dónde colocaba lo más valioso, y cosió luego la abertura con el hilo más duro, preservando dentro de sí mismo el tiempo de sosiego que ella le había regalado, y los exquisitos silencios de los gestos. Mara le mostró la escalera al cielo y luego se esfumó de su vida dejándole los huesos a la intemperie. En ese momento pensó que sería fácil olvidar a esa chica. Pero no, se equivocaba. 
   La discusión con Jedrek le despertó el nombre que él tenía guardado bajo siete llaves, como una estampita doblada en dos. Ahora advierte una picazón en el alma. Una centella se le metió en el pecho. La fuerza de gravedad del dulce recuerdo lo empuja.
   Pero ahora Tilo está un poco perdido, esta noche exageró con una dosis fuerte, y siente que le está comiendo el cerebro. Piensa que Mara tiene que estar en algún rincón de Buenos Aires, el polaco no habla por hablar, debe saber dónde está, pero no se lo dijo, lo hizo a propósito, para no hacérsela fácil, y él tampoco preguntó, por orgullo. 
   Va a empezar a buscar por el Bajo, hasta llegar al sitio justo. La recuerda en un momento vago, impreciso. Estaban en una cama sucia de sábanas viejas, ella fumaba sentada, con la mirada perdida, acunada por la música suave de un blues, o tal vez era un solo de saxo extendido hasta el infinito, sola, metida dentro de sí misma, pero sabiendo que él la miraba a través de las últimas volutas de humo, deleitado en las agradables imágenes de esos instantes inmortales. 
   La ansiedad lo empuja. La ola de energía de la droga todavía le agita la cabeza, le recorre el cuerpo, pero también siente una particular incertidumbre. Sus pasos quieren orientarse, busca el rastro, pasos perdidos, indicios en las cornisas, intenta descubrir señales que lo guíen. Un monólogo interior comienza a envolverlo y sus pensamientos giran en espirales yendo de la locura a la sensatez.

   Mara. ¿Sabés qué son las sombras? Se instalan, junto con la soledad y la tristeza, agazapadas en la bruma de mis sentimientos, como nubes que me bailan en la cabeza con formas de demonios que no se dejan dominar. Aparecen enredados en la madeja de los peores recuerdos, me gritan culpas que no tengo, o quizás sí, es imposible la certeza cuando estoy ebrio de compasión, tan falto de un sol tibio como ahora. La única tregua es pedirte un mendrugo, un pequeño guijarro de amor.
   ¿Dónde estás Mara, que no te veo, entre tanta oscuridad? Es preciso que te encuentre, quiero aliviar este dolor, y cuando esté con vos, buscar en tus ojos la mirada profunda que me analice por dentro, que desmonte la angustia salvaje que me tortura. No quiero recurrir de nuevo a inyectarme la cuota de paciencia para abandonarme en sueños deslumbrantes, duro como una momia, brillante como un sol de cromo que baila con los focos de la calle.
   Si tuviera la ayuda de tus labios, tu presencia sería suficiente, podría espantar el humo negro, y calmar el hambre del pájaro hambriento que me muerde la espalda. Podrías mitigar el frío que me congela los pies cuando estoy dormido en la penumbra de mi cuarto.
   No sé cómo escapar de este infierno que me tabica el cerebro y lo infla como un globo, lo expande y me provoca este terrible dolor de cabeza. Esta locura que me muestra muñecos que se trepan por las paredes como gusanos, como babosas alineadas que surcan todas las paredes en diagonales que no se cruzan. 
   Comienzo a alucinar un poco, aunque no pierdo la cordura. Sigo caminando por las calles estrechas. Todavía no te encuentro. Siento que la tierra se inclina, que el mundo tiende a volcarse. Y tu cintura, y las curvas de tu pecho están lejos, no están a mi alcance, cerca, ni por aquí ni por allá. Estoy convencido que es inútil que siga buscando las caricias en todas las mujeres del mundo, ninguna será como la tuya, tan maternal como la que yo necesito. Los minutos que pasamos juntos fueron un puñado de gorriones en la hierba. No me olvido.
   En cada célula del cuerpo me dejaste pintado un tatuaje de sosiego, y en la voluntad me dejaste colgado un talismán que me debería guiar a tu encuentro. Pero las sombras me abruman, Mara, y le quitan poder al amuleto. Soy un vestigio que mira perplejo su propio derrumbe con la mueca del cansancio. La soledad en que me veo desde que nos despedimos, me llevó al hostil desamparo. Esta indigencia me inquieta y destila un jugo de dolor ácido todo el tiempo. 
   Indago en el sonido de cada taconeo, giro la cabeza para mirar las caderas que pasan a mi lado. La magia de perfumes no logra despejar la opacidad umbría, yo busco otro licor, otra dulzura. Ha habido tantas mejillas suaves que me han dado el regalo de la seda, pero ninguna, Mara, me ha podido quitar esta costra de hielo eterno que me cubre como lo hiciste vos. 
   Ninguna me ha tocado en el lugar que más me duele. El fondo de mi interior está despojado, es un páramo pelado por la nieve en dónde hay una tumba enorme, ¿la recordás?, inmensa, con una laguna de mercurio clara que llega hasta el infinito cuando la alumbran los rayos de la luna. Tus dedos delgados, y tus uñas largas pintadas con esmalte, tocaron la superficie fría de que te hablo, formaron una hilera de puntos que me estremecieron el alma. Fue cuando tuve que desnudar mi orfandad delante de tus pupilas. Y te conté todo, te relaté mi infancia triste y te hablé, además, de la ausencia que ella me decretó.
   Nadie ha llegado ahí, hasta ese lugar en que está el núcleo de los dolores, el principio del duelo que no quiero comenzar, que siempre evité revelar, que siempre traté de esconder. Preferí cavar con furia hasta rasgarme la carne, cuando fue necesario, hasta llegar a las arterias más gruesas, clavando agujas en mis rodillas, con tal de mantener mudo el secreto. 
   Pero a vos te lo confesé todo en aquel momento de flaqueza, casi de rodillas, como si fueras una diosa en su púlpito, apoyando el rostro entre tus muslos. Vos sabés que esa carencia irremplazable la quise compensar, o mejor, la quise exterminar, saciando mi deseo en tantos vientres, en lechos revueltos, abandonados después de la niebla del alcohol, engañado con caricias falsas, recostado en pechos blandos, enormes y pequeños, lanzando gemidos a la luna, sin llanto, embelesado por los perfumes. 
   Sos vos, Mara, la que me ayuda desde entonces a soportar las pesadillas. Te aparecés de repente, a quitar la eterna recurrencia de mi pueril abandono, a salvarme de la soledad, a quitarme el estigma del desamparo de la ternura, a aliviar el espanto de los despertares.
   ¿Sabés que me parece verte, solitaria, en cada uno de los umbrales de los prostíbulos? con tu vestido bermellón sobre tu piel que nunca transpira. ¿De dónde saqué esa imagen mentirosa? Te imagino como un mimbre esbelto tallado en caoba de color tabaco, con los círculos oscuros del iris de tu mirada un poco perversa, con tu apariencia serena, sin sonrisas, apenas un hoyuelo pequeño en la mejilla. Y te sospecho, en cada sitio que te veo, vestida con la sensibilidad desbordante de ilusiones, pero huidiza, y una voz que siempre me llama, y me pide que me acerque. Así, de ese modo, tu figura se enciende y se eleva inmaculada, bajo las marquesinas, inmorales, descuidadas, hediondas de orines.
   Deambulo, me siento un poco tonto buscándote por todos los bares del centro. Abro las puertas de cada uno de esos infiernos, me asomo embobado, espanto la nube roja, turbia, negra a veces, tratando de descubrir tu semblante que ahora, no sé porqué se me antoja mortecino, endiablado. Busco como un hambriento la silueta de tu figura, el fantasma que me pueda regalar el descanso.
   Esta noche estoy sombrío por todos lados, por dentro y por fuera. Desesperado como un loco con la consciencia desbocada, un balde de estiércol que se cae al fondo, un miserable andrajoso, un mendigo de cariño que se cuelga de las ramas bajas de las acacias de la vereda, un cauce agrietado donde hace milenios que no corre una gota de agua, seco, que necesita una ternura de tamaño imposible.
   He andado mucho Mara. No sé cómo he llegado a la rambla de la Costanera. Me detengo, miro hacia el lado derecho, me parece que sos vos la que está desnuda de cuerpo entero, impasible, mirándome de costado y con un cigarrillo en la boca. 
   ¿Me creés si te digo que me he agitado? Me falta el aire, he bajado apurado la barranca. Ahora busco el rumor del agua del río, no reparo en los detalles, porque por fin te encontré. Por ejemplo, no me fijo en cómo te llevás la mano al muslo para que no se te vuele la falda con la brisa, y tampoco advierto que tenés puesto un vestido largo de tela liviana, justamente, del color que tiene tu piel en la penumbra del amanecer. Miro la bruma gris cargada de lluvia sobre la superficie escamada de la corriente. Me pregunto si no es demasiado peso para ella, como si fuese un amante enorme que llega al horizonte.
   Es lógico que me confunda, que me parezca que estás desnuda y expuesta, porque estoy bajando poco a poco. Esto es lo primero que pienso. Le presto más atención al toque de desidia que me mostrás en los labios carnosos. Tu aspecto impecable, como la estatua de una ninfa de mármol, se ilumina cuando aspirás avivando la brasa de tu cigarrillo, que, enmarcado en tu amplia cabellera, con el dibujo de la boca pintado apenas de color rosa, se enciende, también, más o menos de acuerdo a los caprichos de la brisa. Parecés, te juro, un ángel del infierno que ha llegado para apiadarse de mí.
   El gesto de desinterés, la actitud parecida al descuido, se nota cuando tomás el cigarrillo encendido entre el pulgar y el índice. Lo acercás de costado y aspirás cerrando los párpados como si estuvieras soñando. Cuando expulsás el humo hacia arriba se te ilumina todo el rostro bajo la luz cenicienta de la luna, tenés la piel impecable, las cejas delgadas son dos huellas suaves en el desierto de la frente lisa. Sabés que te estoy mirando. En un ademán pausado y elegante tocás el aro de la copa de vino blanco y frío que está al lado tuyo. Parecés una amazona salvaje con el cuchillo filoso escondido, oculto, en la parte de atrás del cinturón.
   Cuando llegué, estoy seguro, yo vi la osamenta de una vaca en la playa escasa, porque el río había bajado. Está, permanece aún, semienterrada de costado. Me impresiona la curva del cuerno que apunta hacia arriba, los huesos tan blancos del costillar semejan los restos de un monstruo antediluviano, que se quedó sin cementerio. Es raro. La dosis que me inyecté me puso muy arriba porque lo que estoy viendo es una verdad que no puedo desmentir. Alucino, seguramente. Ahora tengo la primera sospecha.
   Con un leve movimiento, te acomodás sentada en el escalón de cemento. La pollera te desnuda las piernas, ponés los codos sobre las rodillas y los pulgares hacia arriba tocándote apenas el mentón. Unos momentos más tarde aplastás la colilla, como si fuese un insecto infectado, apretándola varias veces contra la baranda de hierro. Luego tomás el último sorbo de vino blanco y dejás la copa en el escalón. Desde mi posición tengo la sensación de que me mirás nuevamente, aunque no podría asegurarlo, con la boca semiabierta, sin sonreír, de costado. Mara, te estoy mirando, quisiera que me tuvieses compasión. Quiero oler detrás de tu cuello. Quiero abrazarte.
   Sin moverte de la escalera que baja a la playa mudás la atención a un punto indefinido de la faja estrecha de arena sucia, que se prolonga, siguiendo la curva de la rambla, hasta el muelle. Seguís en esa posición, desafiante. Tenés un talón apoyado en el filo lateral de la escalinata, el brazo derecho colgando de la baranda incompleta. 
   Y al otro lo sostenés en posición vertical, y con el puño cerrado. Aunque estás en la penumbra te veo seductora, cruel quizás, retaceando la posibilidad de una caricia. Te lo pido, Mara, no hagas eso conmigo, te ruego que no juegues con la desolación que me trajo hasta aquí. Los botones superiores de la blusa arremangada se te desprendieron. O fue a propósito. Porque, sin duda, sabés que te voy a mirar las dos parábolas blancas de los pechos que quieren escapar por el borde de la tela. Y sabés que yo, ahora, voy, inevitablemente, a clavar la mirada, precisamente ahí, en el medio de esas lunas cenicientas.
   Me mirás con los labios apenas abiertos, los párpados caídos, la cabellera revuelta y el sombrero negro puesto. Con descaro.
   Entonces tengo la segunda sospecha del estado en que me encuentro, porque veo el cuerpo muerto de una gaviota en la orilla, la inevitable muestra de un mal presagio. El agua zarandea el bulto llevándolo más lejos, sobre la arena más seca, como queriendo expulsarlo, como exponiéndolo más, evitando tragarlo y llevarlo al fondo, hacia adentro. Es el espíritu de las aguas que no quiere regurgitar el diminuto Leviatán.
   El ácido que me recorre la sangre se está consumiendo, estoy un poco mareado, tengo menos fuerzas para caminar, mis pies se hunden en el barro, son dos estacas que me convierten en un espantapájaros ridículo. Me cuesta avanzar, cada paso me duele, la sangre fluye demasiado lánguida, perezosa, por mis venas. La barcaza en que he viajado está deteniendo su marcha, todo se balancea, el mar me acuna. 
   Estoy detenido, me quedo atascado en el lodo sin poder alcanzarte, porque esta playa no tiene las arenas blancas como las del Caribe, es marrón, casi negra, con lodo que trae el agua que baja por el Paraná y forma bancos en lo profundo, tan grandes, que son capaces de hacer encallar a los barcos que traen fruta o troncos desde más arriba, mucho más arriba, lejos de este puerto lleno de esqueletos metálicos. No puedo llegar, Mara, cada vez te veo más lejos. 
   El viento ulula sobre el agua deshaciendo la nieve de las crestas de las olas. El río está picado. Amanece. Tu figura aparece y desaparece. Todo vacila. Necesito el calor de tu cuerpo, necesito que me hables. La negrura sigue girando en mi cerebro. Mara, ¿sos vos?
   Entonces siento la tercera señal, ya no hay sospecha, estoy bajando, no hay duda. La sombra lo invade todo, por un momento los globos oculares giran hacia arriba y me veo las cuencas de la calavera. Y vuelven a su posición, no puedo controlar sus movimientos. Mi vista se enturbia. Mara, te estás evaporando.
   La mañana acerca sus primeros destellos. Siento que estoy lejos de todo, tiemblo de frío. Quiero derramarme en el refugio de tu regazo grabando las últimas pisadas que me separan de vos. Lo intento, pero es un esfuerzo inhumano que se me escapa. No alcanzo a tomarte de la muñeca para que me lleves a compartir tu lecho, a duras penas llegué hasta aquí, no es suficiente, la tiniebla se acumula como un fantasma delante de mi vista. Pierdo toda esperanza, seguro que el aire, por encima de mí, está más iluminado, siento el calor del sol, pero todo lo que veo son esas malditas sombras. Te lo juro.
   Quedo derrumbado al pie de la escalera, sin quererlo. Veo el río de color granate, como la sangre seca, y el cielo negro de brea, se avecina una tormenta bíblica. En mi cerebro danzan animales pequeños en medio de la oscuridad. No tengo ganas de seguir caminando. ¿Me voy a quedar quieto hasta que todo pase? Siento que he tocado el fondo sucio y empantanado de la resaca. Mis pensamientos vacilan al borde de un abismo, las tinieblas se aproximan, me acechan, se acercan cada vez más, siento que me voy a desvanecer definitivamente. No me abandones, Mara. 
   Mara…

   Tilo no recuerda nada más desde ese momento hasta ahora. Se despierta. Está acostado en una cama que no es la de él. Se encuentra en un dormitorio que no logra reconocer. La luz entra por la ventana. Se incorpora despacio y se levanta de la cama. Tiene la cabeza despejada. Mira en derredor y reconoce el dormitorio de Mara. Ha dormido demasiado. Se viste y aparece en la cocina. Ella ha preparado el mate. Está parada, recostada con la cadera contra la mesada.
   —¿Quién me trajo hasta acá? 
   —Yo.
   —¿Y cómo me encontraste?
   —Me avisó Gabriel que estabas tirado cerca de la rambla.
   El loco de la jaula es uno de los personajes que une los delgados hilos de la información de todo lo que pasa en los anocheceres de esta bendita ciudad de Buenos Aires. Gabriel es uno de los vértices del vínculo que une a esta trama invisible que nunca se deshace. En algún momento, en algún punto, siempre se encuentran. Tilo ha perdido la conciencia al pie de la escalera que baja al río y el loco lo ha encontrado.
   —¿Y cómo hiciste para traerme aquí, hasta tu departamento?
   —Hacés demasiadas preguntas.
   —Contestame.
   —Acá, en mi casa, las reglas las pongo yo.
   Mara le contesta de mal modo, no le gustan los interrogatorios. Se sienta, revuelve la bombilla y se sirve otro mate.
   —¿Querés?
Tilo, sin mostrar ninguna emoción en el rostro, le quiere devolver esa especie de desaire que lo ha descolocado. La quiere mucho a Mara, pero a él la calle le ha enseñado a soltar la lengua enseguida. La respuesta se le articula en la voz casi de inmediato. Se sienta, señala con el índice rígido y el brazo extendido hacia la pieza, y le dice sin gritar, pero con un odio que no puede retener.
   —Y ahí… en ese puto dormitorio… ¿a todos les aplicás las reglas?
   Ni bien sale de su boca la última palabra, se arrepiente, pero ya es tarde. Tiene un tono de voz grave, profundo, aparentemente sereno, habla serio y es cortante cuando quiere. La calle le ha enseñado a no ser flojo y, a veces, es demasiado hosco. Piensa que ella tiene la sensación de que él se comporta como un chico celoso, y tiene razón. Tilo ve, en esa pieza vacía, los fantasmas de los hombres que se acuestan con Mara. Y no advierte que eso es imposible, ella trabaja en los bares del Bajo y después los lleva a los hoteles alojamiento que se encuentran subiendo la barranca, sobre San Martín. Nunca los trae acá, a su casa. Se siente terriblemente culpable. Por hacer algo mira hacia el techo, se pone de pie, apoyando los pulgares en la cintura y camina dos pasos.
   Mara siente el pinchazo, soporta con estoicismo la insolencia. Lo quiere a Tilo, pero hay algunas cosas que le debe dejar en claro. Abandona el mate sobre la mesa, lo mira y le contesta con calma, pero levantando un poco el tono.
   —En ese puto dormitorio, como vos decís, anoche te di lo mejor que tengo. Algo que no le doy a cualquiera. Y en ese puto dormitorio no trabajo. Y ahí entran solo los hombres que yo elijo, pero a veces… me parece que elijo mal.
   Tilo siente el golpe de las palabras. Se levanta, se coloca la campera y por despecho tira unos billetes sobre la mesa. Mara se enfurece.
   —Levantá esos y billetes y andate.
   Ella se ha cruzado de brazos, el enojo se le nota en la expresión de la cara. Él agarra la plata, se la mete en el bolsillo, se dirige al corredor, y cuando va a salir vuelve sobre sus pasos. Se acerca despacio y le pide perdón, trata de ser tierno. Ella no dice nada, sigue en la misma posición. Entonces se da cuenta de que la ha ofendido. La ha herido en serio y ahora la tiene que escuchar.
   —Te lo voy a decir una sola vez. Hace dos días que estás acá, te fui a buscar, estabas embarrado hasta las orejas, te lavé y te planché toda la ropa, te bañé y te dejé dormir en mi cama. Yo dormí en el sillón del living. Te hice el amor porque me lo pediste y porque quise. Yo no le abro el corazón a nadie y con vos lo hice. ¿Y vos me querés pagar? Esto no tiene precio Tilo… ¿Sabés que somos nosotros? —y aquí hace una pausa, Tilo no le saca los ojos de encima, la quiere besar, está tan linda esta mañana, pero permanece callado y ella sigue— Nosotros somos amigos. Es lo mejor que nos puede dar la vida, nada más que eso. Yo soy prostituta, Tilo, ¿entendiste? Vos no sos mi cliente, ni mi novio, ni mi rufián —cuando le dice esto ya está parada frente a él y para reafirmar lo que le está diciendo lo señala con el dedo, como si lo encañonara—. Metételo en la cabeza y guardate en el corazón los recuerdos de estos momentos que pasamos juntos, es lo mejor que puedo darte. Ahora andate.
   Él se acerca y con suavidad le toma los hombros con las manos, la atrae suavemente y comienza a abrazarla; ella lo deja hacer. Tienen, los dos, una mezcla agria de tristeza y candor, casi al filo de la angustia. En el silencio de la cocina se escucha solo los dos alientos y el goteo de la canilla sobre la bacha metálica. Él no quiere dejar de apretarla contra el pecho, ella no quiere salir de ese lugar. Ninguno habla en esos minutos interminables y deliciosos. Mara insiste.
   —Andate Tilo.
   Tilo quiere reparar su error, le levanta el mentón con suavidad. Ella le rodea la cintura con sus brazos. Él le acaricia la espalda. Ella levanta los talones y le acerca los labios. Y se dan el beso más largo del mundo, como si fuese la primera vez. 
   Tilo advierte que las sombras de su cabeza se disipan, ella tiene los párpados cerrados, la humedad de las bocas se funde en una sola. Parece que ambos buscasen el interior del otro, aprovechando el silencio, el contacto, la proximidad. Son dos perros de la noche dándose una tregua, aplacando un poco la inclemencia de la soledad, olvidando por un rato la miseria nocturna que conocen, la de los muros desnudos, la mordedura del hambre. Él quiere que este instante sea eterno, o inmortal. Pero ella decide que el beso se termine. Lo desplaza con cuidado liberándose del abrazo. Es una de las pocas veces que él la ve sonreír.
   —Andate —le dice ella otra vez.
   Antes de salir Tilo se da vuelta y con el picaporte en la mano la mira.
   —Mara, quiero volver a verte.
   Ella lo mira y no dice nada. Ni sí, ni no.
   Tilo sonríe. Ella se ha sentado y sigue con el mate. Él observa con atención la imagen a contraluz de la belleza de Mara para que le quede grabada en la memoria. El corazón le late fuerte. 
   Ella le hace la segunda advertencia.
   —Tenés que dejar de inyectarte esa porquería si querés que te abra la puerta otra vez.
   —Te lo prometo —dice Tilo. 
   Y sale a la calle.


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