jueves, 11 de enero de 2018

En la orilla

   Hace un mes he muerto. 
   Todavía recuerdo los sonidos de los terrones tropezando sobre la madera, en el desamparo del féretro depositado inclemente en el fondo de la tumba. He pensado mucho antes de escribirte, no encontraba la frase más adecuada, el vocablo más preciso. El temor a hacerte daño me ha detenido la mano. Tú conoces lo mal que me pongo cuando no acierto con el modo de manifestar un sentimiento.
   Ahora he dejado esa morada lúgubre y me muevo con libertad por cualquier sitio. No tengo límites. 
   Puedo estar por encima de los campos de maíz dorados por el sol del verano, en las habitaciones silenciosas de nuestra vivienda, junto a las bandadas de gaviotas que se acercan a la costa y se zambullen buscando los bancos del pejerrey, o, si lo deseo, contemplando la lenta rotación de la noria de tus pensamientos.
   Hace un rato estuve oculto en la breve profundidad del arroyo que bordea nuestra casa, apenas detrás de la joroba suave del médano que da a la playa. Allí el cauce se curva y repta como una serpiente por debajo del puente de hierro con barandas blancas, buscando el abrazo azul del océano. Y vi, sumergido en el agua, los reflejos de los rayos de sol que destellaban sobre la superficie arrugada de la corriente, como un pez irreal sumergido en el torrente lánguido, sin ojos laterales, sin escamas, sin vísceras y sin sustancia.
   Ya no camino, no ando encorvado con el hombro derecho caído y arrastrando la pierna. Los restos de mi cuerpo están en la caja negra enterrada en el cementerio, ahí han quedado músculos, huesos y dolores. El martirio ha cedido del todo. Ya no veo las nubes blancas, esas pinceladas de bruma que me opacaban las pupilas. Ahora todo es diáfano. 
   Eso sí, he dejado de lado ciertos sentimientos que me oscurecían el futuro. Ya no temo a la ansiedad, la zozobra, la angustia, o el miedo a que no estés al día siguiente. 
   No me atribuyo ninguna virtud, y sin embargo he recuperado la delicia de acompañar tus horas. Y no existe venganza, según entiendo, por la cual a ti se te niega mi presencia. Pero es así.
   Disfruto con ternura el murmullo de tu deambular por las habitaciones, aunque me acongoja la imposibilidad de tocar tus cabellos. Te veo ir y venir, acomodar la servilleta, el cuchillo, el frasco de mermelada y las galletas. Escucho el ruido familiar del choque de los enseres del desayuno cotidiano.
   Me pregunto cómo llevas el dolor contigo, no sé si todavía tienes clavada la aguja de la tristeza. Quizás el pérfido pesar, aunque no te tomó desprevenida, te golpea todavía el pecho y por eso levantas el dorso de la mano hacia tu mejilla para despejar la lágrima. Ya quebrada la esperanza, la melancolía invade tu vida. Entiendo el hondo vacío de tu alma ante la contundencia de mi partida.
   Yo he recobrado la memoria. 
   Añoro la belleza de tu sonrisa, la dulzura de tu alma, el amor que nos tuvimos. Recuerdo todos los objetos sin olvidar sus nombres, manteniendo el orden y la claridad en mi mente. Ya no me confundo, la comprensión ha regresado a eslabonar cada frase, la duda ya no me dispersa las ideas y el olvido se ha alejado definitivamente. Ya ves todo lo que he ganado.
   Los sabios han hablado y escrito acerca de la muerte. Con argumentos rotundos y razones indiscutibles han publicado miles de libros. Pero han especulado, nadie ha podido confirmar la verdad. Ninguno ha llegado a ver su rostro. 
   Yo sí.
   La finitud es una condena inevitable para el cuerpo y el tiempo para él es breve, acotado. No hay eternidad posible sin el desprendimiento de la carne. Desapego, abandono y soledad, así ocurrió, en ese orden. Y ahora que me he librado de todo lo mundano, vengo acá, al lado tuyo. 
   Te extraño mucho, más aún en un día desapacible como el de hoy, adornado con la coraza gris de un junio hostil y un cielo acerado de lluvia. 
   La mayoría de los árboles que acompañan la orilla del arroyo tienen los troncos casi rectos, y algunos apenas inclinados hacia el mar, en delicado ademán de reverencia. Todos tienen el follaje verde, excepto aquellos tres plátanos de ramas casi desnudas, todavía con algunas hojas de bordes cascados color sepia, que como dedos temblorosos se aferran a las ramas, en vano, resistiendo la caída inevitable. 
   Sentada, te veo pensativa, añorando los días felices que estuvimos juntos. Estás cruzada de piernas sentada en la silla. Observas, con los codos apoyados en la mesa y los pulgares sosteniendo el mentón, por encima de las tostadas recién hechas. Tu cabeza, orientada hacia la ventana, suspende tu mirada en el aire infinito del momento. Puedo percibir la danza de los duendes que agitan la tristeza en tu memoria, recordándome.
   Tus pensamientos se mecen en el aire quieto de tus cavilaciones. Aparezco entre ellos como un pequeño latido, un titubeo imperceptible. Un escollo insalvable te impedirá verme y saber que soy yo el que agita tus emociones. No vas a adivinar, pero es mi figura que viene a cobijarse a tu lado.
   Cómo explicar la medida del anhelo absurdo que tengo de compartir este momento. Aunque me es imposible lo sueño. Quisiera verme en el hueco de la silla vacía que está a tu lado, queriendo hablarte de las mismas tonterías, atendiendo la danza de tus gestos, apartando distraído las migas del mantel, sin otra cosa más interesante por hacer, disfrutando del cariño de tu compañía. 
   Ahora solo tengo la posibilidad de escribir, pero ni siquiera estoy seguro de acercarte estas palabras, confinado como estoy en mi extraño destino, y tal vez no sea posible dejar entre tus manos esta primera carta que he hecho para ti. De ser así, me quedaré con la ilusión de envolverme en tus recuerdos, aunque tú no puedas advertirlo y ni siquiera imagines que soy yo quien viene a perturbar tus pensamientos.

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martes, 2 de enero de 2018

La deuda

   El alemán Volker mató a Julia, la hermana menor del negro Suárez. Cuando éste se enteró, fue a buscar al asesino a la “Taberna de Gómez”. Lo encontró acodado en la mesa del fondo, se sentó y le buscó la mirada. En ese momento, la policía entró al local y se llevó al alemán antes que Suárez pudiera vengar esa muerte. Fue el acontecimiento del pueblo y tema de conversación durante meses.
   Desde entonces la mayoría de los parroquianos empezaron a ver, en el mismo lugar, dos sombras oscuras y quietas conformando con sus contornos la figura de esos hombres, congeladas en aquel instante crucial, detenidas en el aire como tatuajes a la espera de una fatalidad anunciada por sus gestos.
   Con el tiempo todos los clientes terminaron evitando la mesa sombría, miraban de reojo ese sitio, y cada vez se hacía más evidente, a pesar de que nadie comentaba nada, la presencia de una atmósfera extraña rodeando las siluetas estáticas, en la cual todos advertían el secreto del lance. 
   Pasaron veinte años de aquel drama que todavía se encuentra agazapado en la memoria de la gente como un suceso inconcluso.
   Hoy el atardecer se está reduciendo para meterse en el horizonte. Se encendieron las luces de la taberna en este pueblo aplastado en medio de la llanura. Aquí todas las calles son de tierra. El bar está sobre la más ancha de todas, la que pasa de largo uniendo una cadena de poblaciones pequeñas que viborean en el corazón de la pampa. 
   El aire se puso misterioso porque esta tarde el alemán regresó por la deuda pendiente, montado en un caballo palomino. Los golpes de los cuatro cascos sobre el polvo blando fueron tan suaves que ni siquiera lograron alterar la siesta. El viento silbó diferente por encima de los techos. Hasta el silencio oprimió más fuerte con su dedo desnudo. Un clima de angustia se pudo adivinar en los nidos de los pájaros. 
   Cuando Suárez se enteró, la noticia le tensó los nervios. Tomó el arma y salió de su casa a buscar a Volker, repitiendo, casi calcando, la reacción que tuvo al ver a su hermana muerta. 
   Supuso que estaba en el bar. Observó al caballo de pelaje claro y cola blanca, atado al palenque, y tuvo la intuición de que el alemán estaba esperándolo adentro. Entró a la taberna y cerró la puerta. Miró sin pensar hacia el fondo y lo vio tomando una ginebra. No lo dejó reaccionar, corrió la silla y se sentó frente a él.
   En el lugar que ocupaba Volker la sombra oscura se había disipado y ni bien Suárez ocupó su lugar se disipó la otra. La extraña atmósfera dormida durante tanta ausencia en este sitio se volvió diáfana. El dueño de la taberna, detrás del mostrador, observó la escena frotando una copa con un trapo rejilla. El único parroquiano que había en el local dejó un billete al lado del vaso de vino y salió del bar. En la mesa del fondo había una historia, y de nuevo, cobraba vida.
   Como en una partida de truco, el primero que habló fue Suárez.
   —¿Te acordás de mí? 
   Lo dijo con cautela, con el resentimiento todavía dormido, y advirtió una bocanada de odio ascendiendo de a poco en su garganta, a pesar del tiempo que había pasado.
   El alemán tenía el pelo completamente blanco, estaba viejo y encorvado. Permaneció impasible, con los dedos apoyados en el borde del vaso, y respondió de mala gana, casi con ironía.
   —En la cárcel hay una eternidad para pensar y uno se acuerda de todo.
   —¿Y de Julia también?
   —También. 
   La mirada de Suárez era un rayo de fuego que salía del cuero gris de su rostro arrugado por la amargura. Trató de hablar despacio escogiendo con cautela cada una de las palabras viejas, atragantadas por la ansiedad, maceradas por el rencor.
   —En esta misma mesa hay dos sombras misteriosas, ¿viste?
   —Vi.
   —Nos están esperando hace veinte años… por una deuda.
   —Yo no tengo ninguna deuda pendiente —dijo el alemán mintiendo. Y sintió debajo de la piel que una sustancia se le había adherido al cuerpo. Era la sombra. Lo envolvía como una cáscara y le traía el inevitable recuerdo del horror.  
   Suárez sintió lo mismo. Algo que no era él le movió el brazo. La sombra, la suya, detenida durante dos décadas, cobraba movimiento y él se dejaba llevar por ella, obedecía sin resistencia. El frío del arma le acarició la mano en el hueco del bolsillo. El destino estacionado en el tiempo estaba haciendo su tarea inconclusa. Las articulaciones no se movían por su voluntad, eran movidas por un enigma que no supo definir. Presintió que por fin iba a vaciar todo el rencor acumulado. 
   En ese instante interminable también tuvo una ensoñación: vio pasar a Julia alegre entre las sillas, tan alta, tan joven. Hasta le pareció que el vestido le había rozado el brazo.
   Y entonces Suárez, escuchó el primer estampido, el que lo recostó contra el respaldo de la silla, como una trompada en medio del pecho, mientras en la comisura de los labios delgados de Volker asomaba la artimaña.
   Suárez sintió que la trampa le deshacía las vísceras, pero casi sin darse cuenta, alcanzó a apretar el gatillo. Escuchó la segunda detonación, y vio cómo se desplomaba hacia adelante el torso pesado del alemán, se derramaba la ginebra entre ruidos de vidrio roto contra el piso, y se teñía con la sangre que bajaba a borbotones por el costado de su cabeza grande como una sandía rosada.
   Y Suárez empezó a sentir la bola caliente entre las costillas como una brasa que se encendía, luego un poderoso dolor, y después solo oscuridad y silencio. 
   A partir de ese momento las sombras oscuras aparecieron para cubrir nuevamente los cuerpos que yacían en la mesa del fondo. Se había cerrado el círculo perfecto que había dictado el destino.
   La venganza se había consumado y el desenlace abierto se había clausurado para siempre. 

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lunes, 18 de diciembre de 2017

Cielo rojo


   José está preso desde que se le incendió el rancho. Su vida está confinada entre tres muros y la reja inviolable de una celda. El techo y el piso de cemento clausuran su encierro como un féretro de piedra. Al fondo hay una abertura cuadrada que filtra un prisma de luz entre seis barrotes cruzados, negros y torcidos.

   Trata de pensar por qué está aquí y rememora. La pobreza lo fue empujando de a poco a vivir al borde del arroyo, donde no llega la mano de los ángeles.

   Aquella noche de invierno no tenía plata para la garrafa, y el frío dolía tanto que encendió el brasero. Tal vez lo puso demasiado cerca de la cama. María se lo pidió. El carbón encendido empezó a morder la punta de las cobijas, siguió con el ropero, hasta que el aire se puso rojo por encima de las chapas del techo.

   Qué difícil es conciliar el sueño cuando recuerda la sirena de los bomberos, el cuerpo calcinado de su mujer, la pelea de esos hombres, gladiadores combatiendo las lenguas de fuego, luego el derrumbe de la vivienda, y todo ardiendo a su alrededor como un infierno de trapos, latas y explosiones.

   Esa fue la última escena que vio antes de perder el sentido. Lo que sigue en su memoria es el traslado esposado hacia la comisaría.

   En el medio hay un hueco que tiembla y a veces aparecen imágenes borrosas, en medio de la confusión, con toda la gente del barrio en la calle, observando el drama. A veces brotan los gritos, como los del gallego parado frente al baldío de al lado, donde se juntan algunas vagabundas a dormir, sobre colchones mugrientos, y él les dice “mujerzuelas”, y les echa la culpa de la tragedia.

   En la villa acorralada entre la vía muerta y el arroyo contaminado las cosas son así, hasta la luna es triste. Por eso José no quiso que María tuviera hijos. Es mejor, le decía. El cielo que nombra el cura párroco no es el que está aquí arriba, está en otro lugar que no conocemos.

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martes, 12 de diciembre de 2017

Estatuas de sal


   Julián llega en bicicleta a la vivienda restaurada por él, entre las ruinas de este pueblo: veinte manzanas de vestigios en desorden, testigos del cataclismo, hormigones quebrados, huecos en paredes donde hubo ventanas, soledad y silencio.
   Deja la bolsa sobre la mesa. Ha comprado en la ciudad vecina una hogaza de pan, y dos botellas de vino. Se acerca a la ventana y mira hacia la laguna de Epecuén. Es más salada que el mar, las olas de la orilla babean espuma, y la playa es un manto infinito de granos de sal.
   Recuerda cuando tuvo que deshabitar la casa, antes de la inundación que cubrió todo y le arrancó la vida a Helena, su mujer.
   Hace nueve años, el agua se retiró y los restos retorcidos del caserío emergieron por completo, desnudando la calamidad. Julián volvió y es el único habitante de esta villa maldita que ya no existe.
   En las noches de luna llena, cuando la superficie del lago es un espejo de mercurio, baja a la playa a modelar la estatua de sal con la figura de su mujer, y termina su labor, antes de que los primeros resplandores del sol, disparen las saetas rojas del amanecer, hacia la parte más alta del cielo.
   Hace la tarea de rodillas. Tiene los pantalones roídos porque los cristales blancos lastiman como astillas filosas. De vez en cuando los remienda con cueros para evitar los tajos sobre la piel.
   Las tormentas que se desatan sobre Epecuén destruyen la estatua, a veces la quiebran. Por eso cuando el viento sudeste encrespa la superficie del lago, él vigila desde su casa la escultura de Helena.
   Si la figura se disgrega, espera que amaine el temporal, y baja a la playa para hacer otra, apurado quizás por rescatar el amor que se tuvieron: puro, melifluo, inmaculado.
   Fabricar estatuas le cuartea las manos, pero no le importa porque siente que vuelve a acariciar las mejillas de Helena al borde de la laguna.
   Julián es de esos hombres que se resisten al olvido fabricando ilusiones, para poder seguir viviendo, y no caer en la locura.


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jueves, 23 de noviembre de 2017

El vuelo de las gaviotas

   Desde el día anterior sucedían desgracias en este pueblo olvidado del mundo, arrinconado en la costa del océano. La aldea contaba con solo cuatro casas, cinco con la tapera del loco.
   José era un joven pescador que vivía en la austera cabaña acurrucada en las dunas de la playa. Cuando sus padres murieron, hace diez inviernos atrás, la ausencia le fue vaciando el espíritu, y no pudo escapar del abrazo de la tristeza. Partía cada tanto con el bote, mar adentro, buscando el tiburón, decidido a enfrentar tres soledades, la suya propia, la del agua infinita donde flotaba, y la de la inmensa bóveda celeste que con los labios de aire dibujaba el círculo perfecto del horizonte marino.
   Desplazó con un dedo la cortina, se agachó un poco y acercó la cara contra el vidrio. Miró hacia la playa. La claridad era incipiente y el espacio un tanto vacío, porque no vio pájaros, lo cual señalaba un mal augurio. Observó el otro extremo de la franja de arena lisa y vio con congoja los cuerpos de las primeras gaviotas muertas, más allá de donde se encontraba la extraña muchacha.
   Se preguntó quién era esa desconocida, tan hermosa, y qué hacía en este caserío perdido. Estaba sentada en una saliente de las ruinas del antiguo espigón, con las piernas colgando al vacío y mirando extasiada el amanecer en el mar, como meditando acerca de la maldición que se había desatado sobre el pueblo. 
   José se puso el sombrero, tomó con una mano la caja de anzuelos y se dirigió hacia la puerta. Llevaba la escopeta en bandolera. Ayer había presenciado dos funerales, las sombras grises debajo de sus ojos delataban la noche de insomnio. 
   Bajó a controlar la caña que había dejado clavada por el mango, en la playa, un par de horas antes, cuando todo era oscuridad y en el cielo aún brillaban las estrellas. Ni bien llegó a la orilla vio a la mujer sentada en la piedra blanca, el asombro lo detuvo, era espléndida, el naciente resplandor dorado del amanecer aumentaba su encanto. Lo ganó una certeza: un ángel de la guarda se había posado en la precariedad del poblado rústico esparcido por estas dunas desérticas. La figura se recortaba contra el firmamento como un ave con las alas desplegadas y tuvo el presentimiento, ni bien la vio, de que ella había llegado para aliviar el desasosiego y la pesadilla derramada sobre la aldea.
   Se acercó, todavía deslumbrado por la fascinación, y no pudo impedir el impulso de hablarle, probando con una frase tosca de su lenguaje oxidado por el desuso.
   —Los ángeles no vienen al amanecer.
   —Depende.
   —¿De qué?
   —De la urgencia... Hace rato que te espero.
   Ella tenía una voz cálida y una sonrisa tierna. Él notó una especie de temblor leve en el viento, un trazo delicado dibujaba manchas singulares con las hilachas de las nubes. Entonces, le preguntó.
   —¿Nos conocemos?
   Pero no obtuvo respuesta. La silueta femenina lo embriagaba, poseía un halo de sabiduría misteriosa. Pensó en la orientación perfecta del vuelo de las gaviotas para dar con los bancos de pejerreyes. Sintió vergüenza. Bajó la cabeza con el sombrero en la mano, raspó un poco de arena con el botín derecho, y alzó de nuevo el rostro. Iba a decir algo y ella se adelantó. 
   —¿Sabés por qué murieron tus vecinos?
   —No.
   —Porque soy la que viene a calmar la tristeza de los hombres solitarios. Y esa felicidad eterna tiene el precio de la vida.
   José percibió estas últimas palabras como el peso de una lápida, le helaron la sangre como astillas de nieve. Se sintió aludido. Por primera vez experimentó el peligro, la joven decía la verdad, la soledad ensombrecía con un hondo pesar los rostros de los fallecidos en la víspera. Y él padecía la misma melancolía que los atormentados por el mismo mal. Entonces balbuceó afirmando una certeza.
   —Eso quiere decir que venís por mí.
   Y abrumado por la situación extraña, le preguntó si su presencia tenía relación con el alejamiento de las gaviotas.
   —Cuando vengo se asustan… o se van de acá… o se mueren.
   José se sentó, o, mejor dicho, se dejó caer en la arena, apoyando la espalda sobre la pared de conchilla de la barranca. Estaba abatido. El globo del sol era una medialuna roja, flotaba como una boya sacando la cabeza del agua. Amanecía. 
   La mujer se paró en la roca, había llegado el momento. El muchacho advirtió un tironeo, algo invisible lo arrastraba por la playa, atrayéndolo hacia ella. Quiso darse vuelta, girar el cuerpo en un esfuerzo final para tomar la escopeta en un ademán torpe, sin sentido, porque todo lo que se podía matar estaba casi muerto. Pero no pudo. 
   José sintió la falta de aire y se dispuso a esperar el final. Su cuerpo se deslizaba, dejando una huella ancha, con destino a la piedra donde se erguía la muchacha.
   Lo último que vio fueron las dos líneas fundamentales, la caña vertical, una fisura del ambiente separando al mar del territorio, y el borde del cielo por debajo de la esfera incandescente, despegando su tangencia fatal, marcando la hora de la muerte.
   A media mañana una vecina vio el bote cabeceando, la tanza de pescar inmóvil y al muchacho muerto, tendido en la orilla boca arriba. La cara tenía una expresión agradable, casi una sonrisa, un semblante desconocido en la vida gris y opaca del joven. La mujer se acercó, le puso una mano sobre el pecho y se llevó la otra a la boca para tapar la mueca del miedo. Ayer había visto el mismo gesto en las otras muertes. Un pensamiento fugaz se cruzó por delante de sus ojos. Lo despejó de su mente de inmediato y miró hacia arriba buscando algo incierto. 
   La aldea de pescadores estaba condenada a esta desgracia que se llevaba a los varones, y ella sospechaba que era el destino implacable reservado a los solitarios. 
   Un poco más tarde comenzaron a llegar las gaviotas.

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martes, 14 de noviembre de 2017

Ella vino a pensar esta noche

   Por suerte esta patria magnífica es una dama en plenitud siempre dispuesta a extender su mano a los expulsados de las delicias del mundo, a los que tienen vedada la fiesta de la vida y llegan a sus orillas con los sueños húmedos en la mano.
   Mi fealdad me lleva a esconderme de las luces del día. Desde hace centurias vivo en las catacumbas construidas por los soldados, en una red de túneles que se conectan como venas subterráneas.
   Llevo máscara y sombrero en esta noche clara. El cielo estrellado permite este mínimo disfraz para ocultarme.
   Vengo hasta el espigón de pescadores a mirar cómo se refleja la luna en el agua, cómo conversan olas y gaviotas antes del amanecer. Hay veleros dormidos que se hamacan en los embarcaderos, río arriba. Las chatas areneras se deslizan en las sombras como cocodrilos de ojos encendidos, bajando hacia el puerto, por los canales abiertos en el cauce que se derrama con paciencia.
   Soy la Historia de mi patria. En el corazón llevo las circunstancias felices. Las deformidades del cuerpo muestran el padecimiento de las desgracias. Mi extraña cabeza está modelada, capa tras capa de piel, por la angustia de los sucesos salvajes, de los acontecimientos aciagos. Tengo arrugas, heridas, tajos, secuelas de las luchas del pueblo dividido, manchas de mucha sangre derramada, y una brecha profunda, enorme, la cual siempre ha separado a los hombres que han habitado este suelo.
   Estas luchas intestinas me han convertido en un monstruo y prefiero esconderme en el afecto de la penumbra, en esta noche de dolorosas confidencias. He visto hombres y mujeres feroces, enloquecidos, extraviados, tratando de imponer al resto el mejor Destino. Y he observado a la multitud silenciosa mirar espantada las atrocidades cometidas, velando la estatua de la Verdad, magnífica y nívea en medio de los jardines.
   He conocido próceres ruines y héroes iluminados, matanzas, genocidios, cabezas ensartadas en picas tenebrosas, cuerpos desollados, el olor picante de la pólvora, la sangre en los cuchillos, fusilamientos, el horror de las torturas, persecuciones, desaparecidos, discursos, llantos, mazmorras, todo lo guardo en la memoria. Lo he visto todo.
   Y el dolor sigue en mi vientre. Percibo viento de odio por debajo de las nubes, veo rejas que se cierran bajo los aplausos. Y aunque hay fiestas, guitarras y canciones, y niños que nacen, mujeres que sonríen, también hay ancianos que mueren por desidia. Y el miedo, otra vez el miedo, sopla en las calles y en las copas de los árboles.
   Los pobladores de este suelo no han ido por el mundo librando batallas. No. Se han matado aquí, entre ellos. Las balas, los alambres, la intolerancia, han avanzado por el cauce de los arroyos, por los valles y montañas del territorio, en formas de masacres y ciudades muertas, arrasadas.
   No puedo salir así, con el rostro sombrío, a mostrar el horrible aspecto a los que me miran desde otros países. Porque aquí también hay flores, árboles y pájaros de colores. Hay sencillez y paz en los parques cuando el otoño apacigua todo. Los niños recogen castañas, se trepan a los troncos de los nogales, los fresnos verdes dan sombra fresca en los veranos. Y miles de amantes, cuando cae la tarde, se regalan besos furtivos en los umbrales de cada puerta cerrada.
   He venido a oír la música nocturna del río. Pesan sobre mi espalda tantas hogueras, cárceles, cruces y cementerios. Quiero disipar los oscuros presagios que noto allí, suspendidos, sobre el follaje de las plantas. Deseo pergaminos de paz, voces pacientes, esperanza. 
   Porque también el orgullo es un brillo que llevo en mi pupila.

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Audio de Raquel Fraga emitido en "Radio pasión por las letras"

miércoles, 11 de octubre de 2017

Vamos a cantar esta noche

   Mi amigo Pedro Kallpucará vive casi adherido al paisaje cósmico en la parte elevada de los Valles Calchaquíes, junto al corral desprolijo armado con troncos de horqueta, donde alberga cabras y mulas. Allí se yergue chata su pequeña vivienda de adobe, inclinada, para contrarrestar el declive de la ladera del cerro pelado, en el “Abra del Infiernillo”, en las altas cumbres de la provincia de Tucumán. 
   Lo vi por primera vez cuando los dos éramos chicos. Mis padres me habían dejado cuatro días de visita en su casa por un intercambio escolar. Concluida la charla con la abuela y las despedidas, yo quedé con mi bolso de ropa adentro de la cabaña, la única edificación cercada por dos cadenas de macizos interminables, al costado de la ruta en este paraje desolado. 
   Miré a través de la ventana trasera. Pedro estaba sentado en una piedra, afuera, como una ranita mirando absorto el ámbito solitario e infinito. Su forma de estar en el mundo era la propia sugerencia de la Naturaleza. Miró hacia el costado, porque escuchó el sonido habitual del chancleteo asmático de la abuela, el suave roce de la suela contra el piso del patio alisado con cemento. En el redil, a su vez, la llama giró el cuello por encima de la barra horizontal del corral con un gesto silencioso. No había otra cosa que se moviese en esa inmensidad. 
   Pedro observó hacia arriba. El polvo en tenue suspensión cubría el cielo y opacaba el aire leve. El caliente viento zonda levantaba la arenilla fina de la orilla del río para traerlo hasta aquí, a tres mil metros por encima del nivel del mar, en este cruce de cerros en el medio de la nada. Aspiró hondo, abriendo más sus pulmones antes de pararse, caminar hacia la casa, y poder ver quién había venido en el auto que acababa de irse por la ruta.
   Han pasado treinta años de ese primer encuentro. 
   Ahora estoy en Buenos Aires, en el barrio de Palermo y me siento frente al teclado sonámbulo entre las paredes dormidas, con mi costumbre de rememorar separando con sigilo los recuerdos. Acá la noche está templada y rumorosa. Los focos de la gran ciudad iluminan la grilla geométrica de calles y avenidas. La gran urbe rodea por fuera esta habitación en la cual escribo.
   Le debo una visita prometida a su pago, distante, a 1300 kilómetros de acá. Me llegan imágenes dispersas de colinas grises, en goteo sosegado hacia la contemplación, un sistema semejante al que él adopta para reflexionar con meridiana claridad, cuando cuelga las cuencas rojas de sus ojos en la cumbre nevada, que vigila, desde hace incontables milenios la cuenca del Tafí. 
   Y esto ocurre así porque cuando estoy allá, con Pedro, en sus montañas ancestrales, no puedo escribir aplastado por tanto paisaje. Observo cómo el viento agita y deshilacha los cuadrados coloridos de la wiphala del Tawantinsuyu. 
   Y me fundo en ese mismo ente, como él me ha sabido enseñar. Soy un pulso. Percibo la quietud de la roca pura en sagrada adoración del sol. Una vibración sutil me nutre la superficie de la piel. Me parece oír la música antigua del inca, el rumor de sandalias pisando los pequeños cascotes verdes, rosados, amarillos y negros, de los senderos, bajo la manta de copos en las nevadas del invierno. 
   Mi interior se vacía en medio del infinito y la eternidad, respirando cerca de las nubes. Cedo ante las evidencias, imposible encerrar la perpetuidad en un frasco, o explicar el esplendor de un amanecer. 
   Pero aquí puedo contar el detalle de lo vivido allá con cuidado minucioso. Los instantes del vestigio humano en mota elemental, la partícula de la vastedad del espacio y el destello impredecible de la engañosa cualidad del tiempo.
   Y sé que en estos momentos él puede o no estar pensando en aquellas reuniones, en su rancho de techo de barro. Pero quiero unir la trama de los hilos de nuestras historias, la mía de inciertos rasgos mapuches, con la de él, en anillos dibujados por el vuelo del cóndor en el remolino superior. Y atarlos en estos párrafos para dar veracidad de que nos hemos conocido, cada uno a nuestra manera, pero bajo el mismo cielo del mundo, aunque el suyo según él, es solo una pisada en la sucesión de todos los eventos. 
   Pedro Kallpucará para mí es una combinación de períodos. Fue, es y será. Pero él siente distinto porque nacimiento, vida y ocaso del cuerpo es una única fase compleja de lo vital. Por eso él dice que su pasado se alarga mucho más allá de los quinientos años, en la plenitud del esplendor de su estirpe, cuando abarcaba toda la extensa longitud del Camino del Inca en las alturas de la Cordillera. Y su futuro improbable, impredecible, puede estar en el agua de algún arroyo, viajando por la piel ajada de la Pacha, en la sustancia astral de las manchas tostadas de Venus, o en el sonido de un pinkullo rebotando por el abra de las quebradas.
   Y puede que, de algún modo, no esté tan errado porque en su concepto de trascender, cuando explica estas cosas, pone en duda el discurrir del tiempo y la continuidad del espacio, tal como lo conciben las mentes más lúcidas de Occidente, en sus conjeturas sobre la gravedad cuántica.
   Fueron muchas, sucesivas veces en las cuales nos hemos visto, para armar diálogos alrededor del fuego en las noches heladas, con conversaciones cortadas por prudencias necesarias, tramadas en telar de aire de oxígeno magro, tejidas con mi tristeza del llano y con su alegría de andino sosiego cobrizo. 
   Él no es capaz de explicar su entorno con mi método de conocer porque su inteligencia es de otra entidad. Sin embargo, me hace ver algo análogo al alma en los cerros de colores y en los estratos de eras geológicas del océano profundo. Y lo entiendo cuando observo el sitio señalado por su índice apuntando al cielo. Soles, estrellas, todo está constituido por lo mismo. Y también la bóveda celeste, azul, granate o púrpura, es de la misma esencia, su nítida pureza en apariencia de vacío es una estafa a mi inocencia, porque la veo como el soporte intacto e inamovible de los astros. 
   Pedro tiene algo afín a un dolor de siglos. En una de esas ocasiones me lo confesó, con el rostro serio y la mirada esquiva asomada por debajo del sombrero ancho, flamante estreno de Carnaval. Siente una confusión íntima, una discordia entre los santos impuestos a sus antepasados recientes, y la impronta misteriosa de la cultura perfecta y atroz de los incas. «Todo está mezclado aquí», me dijo aquella vez, apoyando la palma en el pecho mientras yo concebía el correr del líquido mestizo por las venas gruesas. 
   Imagino oír, el recitado en lengua quechua, ancestral, canto elegíaco compuesto por él para alivio del peso de centurias aciagas de compadres y comadres, y lo traigo una vez más traducido a la memoria: 
   La pena del siku golpea el risco. Del Camino del Inca a la ermita de ladrillo blanco sin preguntar nada. Olor de tanta sangre seca en el arenal. Errar y errar. Algo de coca en la panza esquivando hambres. ¿Hasta cuándo, compadre?, conformes y sumisos… apenas con lo que se nos permite decir, expulsados de la tierra donde hemos nacido. 
   Pedro, tal vez ahora, levanta la vista al pico más alto y piensa en los niños de Llullaillaco ofrendados a la montaña sagrada. Y medita en ese simple cambio de un estadio al otro desde este lado de la muerte. Y, quizás, bebe en soledad o anda con sus ropas largas bajo la pálida luz de la luna, un ovalo trémulo en el espejo lacustre. Él late vital, aparece y desaparece, es y deja de ser en la noche insondable. Con sus creencias firmes, hijo del sol, siempre.
   Aquellos encuentros fueron únicos, profundos, recónditos. Arrimamos nuestras culturas casi hasta el contacto en asíntota verbal extendida hasta las madrugadas. Al principio desciframos los gestos del rostro en socorro de la palabra. Luego, acumulando otoños, crecimos. Y la voz fue más precisa, y pudimos compartir saberes. Noches frías de hoguera escarlata, grato calor a mi piel, pero aviso fatal para él cuando envuelve el cuerpo del hombre para permutarlo en ceniza.
   Ahora y aquí, la música de las teclas rasga el secreto nocturno y puedo grabar estos detalles, en esta hilera de símbolos alineados, para conectarme con el silencioso mundo de Pedro a pesar de la distancia, mientras pienso su silueta abstraída en la sombra. 
   Lo imagino con su gorro de vicuña en tránsito por las veredas minerales, por la ladera de cardones, cavilando tal vez, cuándo será el momento adecuado para ascender y entregar su figura peregrina, natural y perecedera, en sacrificio espontáneo, partícipe de la cosmogonía de su estirpe, todo él, como una parte más de su universo eterno.
   De loma en loma, lento en su andar discurre ágil en sus deliberaciones, tan rápidas tal vez como la velocidad del baile de los astros del firmamento, entre las sucesivas crestas de la Cordillera de los Andes. Tanto como los párrafos en los cuales yo relato su realidad, en disposición lineal sobre papel como un texto literario, vadeando los mismos estrechos y dejando unas huellas parecidas a las de sus pies, escribiendo con similares caracteres.
   Desde aquí, yo intuyo sus movimientos. Él busca, selecciona la última morada, se anticipa a elegir el mejor final de este tramo de existencia. Ha de ser en las alturas, en la caverna adecuada, el propio pasillo de tránsito hacia otro estado de pertenencia, sumado a la unidad del cosmos todo, lo más arriba posible. 
   Asciende hasta donde la tráquea consigue la justa molécula de oxígeno para incorporar en el torrente sanguíneo, sin dejar de lado la posibilidad del último alimento. Su sueño es búsqueda anticipada, preparatoria. Irá allí cuando llegue el momento. No todavía. Pero especula con el invierno crudo, calcula, se convence. Si ocurre en la estación blanca, llegará, aún con los pies congelados, y podrá, al fin, estirar su brazo en el último gesto para acariciar la blanca palidez de la luna.
   Y ve la buena señal de un árbol achaparrado, clavado en la cuesta escarpada, mágico y raro, porque allí no hay vegetal que soporte el clima. De tronco nudoso y retorcido. Se expande entre ramas color pardo, oscuras como la tristeza, hacia arriba, a la manera de un puño invertido sediento de tanta sequía, en ademán de dedos ancianos, artríticos y dolientes. Es su árbol. Y más allá aguarda el oscuro hueco de la caverna. 
   Pedro gira feliz en el lugar sagrado, el corazón le palpita fuerte como el parche de la caja. Se orienta, graba en su mente la geografía, agradece al sol, y comienza el regreso a su casa. Hoy soñará el mejor de los sueños.
   Y, quiero pensar, ahora, además, no en la contingencia, sino en la certeza. Pedro está escuchando el ligero tableteo de las teclas y comprende. Estoy contando su historia y a él le llega a través del aire, o en cifrado tectónico por debajo de la sensibilidad de sus talones, quietos, desnudos sobre la arcilla y la laja, porque ellos son capaces de oír los temblores de la tierra. 
   Y de este modo, atrapa este mensaje, como si estuviésemos, él y yo, frente a frente, con las brasas encendidas de por medio, mitigando fríos, tratando de descifrar quienes somos. 
   Y yo siento un pequeño milagro de comunión, como en aquellos momentos evocados, en la penumbra de su rancho, agotada ya la charla y con la chicha ardiendo en nuestras gargantas. Estoy seguro de ello, casi alcanzo a ver su figura. Él está tomando el charango con el austero propósito de afirmar nuestra amistad, y dice: “Kunan tuta takisunchis”. O espera que yo le señale la quena para pedirle lo mismo, pero en mi lenguaje… o sea:
   “Vamos a cantar esta noche”.

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Glosario
Abra del Infiernillo: Paso montañoso a 3042 msnm en Tucumán.
Llama: Mamífero de la familia de los camélidos.
Zonda: Viento muy seco y muy cálido que sopla desde el Océano Pacífico.
Tafí: Río que pasa por la ciudad de Tafí del Valle.
Wiphala: (quechua). Bandera de etnias andinas, cuadriculada, blanca, verde, amarillo, naranja, rojo, granate y azul.
Tawantinsuyu: (quechua). Territorio del Imperio incaico. Siglos XV y XVI.
Sandalia: Calzado de los varones y mujeres incas.
Mapuche: Etnia aborigen del sur de América.
Cóndor: Ave andina de gran envergadura.
Camino del Inca: Red de caminos que unían las ciudades del Imperio incaico.
Pacha: (quechua). Tierra, mundo, universo, tiempo, época.
Pinkullo: Flauta andina hecha de caña.
Quena: Flauta de caña.
Abra: Corte transversal de una cadena montañosa.
Quebrada: Valle estrecho encajonado por montañas. 
Quechua: Lengua oficial del Imperio incaico.
Compadre/Comadre: Padrino/madrina de bautismo. Amigo/amiga con quien se tiene más trato y confianza.
Siku: (aimara). Instrumento musical de dos hileras de tubos de caña.
Coca: Hoja de la planta del mismo nombre que se usa como alimento y para prevenir el mal de altura.
Llullaillaco: Volcán de la Cordillera salteña de 6750 de altura. En la cumbre se encontraron niños momificados ofrecidos en ofrenda por los incas a sus dioses.
Vicuña: Mamífero de la familia de los camélidos.
Cardón: Cactus. Planta espinosa de gran porte.
Chicha: Bebida alcohólica a base de maíz típica del Noroeste Argentino.
Charango: Instrumento musical de cuerda típico del folclore andino que suele construirse con el caparazón de una especie de armadillo llamado quirquincho.