viernes, 18 de noviembre de 2016

El sonido de la tristeza

   Mañana me tengo que morir

   Esta fue la última frase que Andrés dejó escrita, así, sin punto final. Fue en ese momento que se oyó una melodía de amplia tesitura, lejana, flotando en la noche. Le costó distinguirla entre los suaves murmullos que llegaban desde la calle, a esta hora, pasados unos minutos de las doce. Llevaba horas tecleando mientras la inquietud se le evaporaba en la habitación, necesitaba volcar en el papel el estado de ánimo en que se encontraba, la tristeza que le embargaba el alma. La noticia de hoy le había partido el corazón en mil pedazos y no se podía recomponer.
   Escribía en una Remington sobre papel. Lo ayudaba un poco escuchar el golpeteo de las letras cuando apretaba las teclas, la secuencia de los pequeños impactos le iba marcando el ritmo del texto, se daba cuenta en ese solfeo si iba por buen camino, y ese trajinar le amortiguaba algo de su pena. Le gustaba el traqueteo monótono del carro avanzando, lo aliviaba de esta pesadumbre aplastante. Esta noche quería estar solo.
   La sencilla melodía lo había distraído de su trabajo. Había quedado con las manos sueltas a ambos costados de la silla, abrumado, y se había recostado sobre el respaldo. Con la cabeza volcada hacia atrás prestaba atención al silencio interno que lo envolvía, con su mirada hacia arriba, hacia la nada, pero con su mente indagando más allá, para tratar de descubrir si verdaderamente había oído esa armonía distante o era solo una fantasía de su imaginación. Esperó un rato en esa posición, pero la suave tonada no se hizo presente. Aprovechó para levantarse, estirar las piernas y servirse un trago.
   Volcó el brandy en la copa de cristal panzona. Era de paredes curvas y muy delgadas, la había fabricado su abuelo, cuando era joven, soplando la masa viscosa y candente recién salida del horno de vidrio que tenía en el fondo de su casa. La puso sobre la mesa ratona y después tomó el primer sorbo con el cual se calentó la garganta. Estaba levemente reclinado hacia delante, con los ojos cerrados, cuando percibió nuevamente la textura característica de la pieza musical. Alzó el rostro, ahora sí tuvo la certeza, era una armonía de notas graves a la distancia. Se levantó, fue hacia la ventana y la abrió con suavidad. Desde aquí la escuchaba más nítida, parecía que venía desde lejos, más alto que los árboles del jardín, pero no estaba seguro.
   Llevó la vista más arriba, por instinto quizás, pero no vio más que el cielo estrellado, y así, con las dos manos tomadas del marco sintió que la congoja le oprimía más el corazón. Recordó que esa misma tarde le habían dado la noticia. Mónica, su ex esposa, a la que tanto había querido, a la que hacía tanto tiempo que no veía, esa mujer a la que nunca había olvidado, había muerto.
   Esta noche, el manto sombrío de la tristeza le ceñía el alma y los recuerdos que conservaba de ella se repetían como una convulsión interna, un maltrato intermitente de la memoria. La melodía había cesado, pero había sido tan suave, tan tenue, que ahora hasta dudaba haberla escuchado, le echaba la culpa a la desgracia que rondaba su cabeza, la de esa muerte imposible.
   Volvió al brandy, se sentó en el sillón, y dejó la ventana abierta, la oscuridad le traía el aroma dulzón de los jazmines en la brisa tersa de este verano. Le gustaba, hoy buscaba cualquier excusa para distraerse. Se sentó con sus pensamientos ocupados en traerle las imágenes guardadas de Mónica, e hizo lo que acostumbraba siempre que tomaba en esa copa cuando todavía estaba con ella. Con la punta del índice tocó apenas la superficie del líquido añejo color marrón oscuro y mojó el aro circular del borde. Sujetó firme la base con la mano izquierda y comenzó a frotar la circunferencia con el dedo mojado por el alcohol de la bebida. Lo deslizó un poco más rápido hasta que el cristal empezó a vibrar produciendo la nota dulce de la frecuencia natural de la copa, un sonido suave que invadía la habitación y se escapaba por la ventana. Así lo hizo dos veces y aguardó, no sabía qué, tal vez solo deseaba mover un poco la quietud del aire. Estaba en un estado de tristeza tal, que cualquier aleteo hubiera sido suficiente, cualquier pequeño movimiento que lo sacara de su encierro, para seguir escribiendo su dolor.
   En ese pensamiento estaba cuando percibió la misma melodía que llegaba desde afuera, ahora estaba seguro. Pasó el índice nuevamente sobre el borde de su copa con el fin de lograr una nota más extensa que la anterior, esperó y recibió la respuesta del otro instrumento, que llegó haciendo vibrar el aire nocturno. «Un ángel», pensó. Repitió otra vez el rito para estar seguro y volvió a recibir la contestación. Entonces, apresurado, salió a la calle, sin tener en claro el sentido de su urgencia.
   Ya en la vereda, bajo la lumbre que arrojaban las luminarias y que se filtraba a través del follaje de los árboles, miró hacia ambas esquinas con impaciencia. No vio nada, se decepcionó, y advirtió que se había comportado como un tonto. «¿Qué estoy buscando? —se preguntó—, ¿qué quiero ver?». Y a pesar de esa desilusión, comenzó, sin embargo, a caminar, primero lento y luego más de prisa, hacia Charcas, buscando algo, sin saber qué. Cuando llegó, miró hacia Thames. No había nadie a esas horas caminando por ahí. Luego miró hacia el otro lado, hacia Malabia, y permaneció quieto, parado con las manos en la cintura, le parecía que la cadencia sonora se afilaba, ahora parecía salida de la pequeña caja de un violín. «La noticia de la muerte de Mónica me está quitando la cordura», pensó.
   Así estuvo un tiempo, nunca supo cuánto, bajó la cabeza, pensó que lo mejor sería volver, seguir con el trago que había dejado sobre la mesa ratona, y seguir escribiendo, intentar despejar la melancolía, para hacer a un lado los recuerdos de ella. Sabía que con la tristeza nunca había podido, siempre lo desmoronaba, y hoy lo había hecho salir a perseguir un fantasma de este modo tan ridículo. «Tratar de espantar la tristeza es un acto imposible —pensó—, solo por un rato se logra, y a veces ni siquiera eso, es un estado del alma que solo el tiempo lo disipa».
   Giró su cuerpo y enfiló de regreso, y fue entonces que sintió el impacto, se había tropezado con alguien. Sintió primero el golpe, luego vio que el sujeto vestido de negro se caía al piso, y después escuchó un crujido, un ruido a cristal roto. En la semioscuridad no le vio la cara, era una silueta que se había presentado de improviso y así como apareció se levantó. Andrés se quedó quieto, lo vio correr, el pelo largo le caía en cascada sobre los hombros, pero no podía asegurar que fuese hombre o mujer. Cuando llegó a Charcas, la figura se detuvo, se dio vuelta y se quedó mirándolo debajo de la sombra de los plátanos tenuemente iluminados por los focos. Tenía un arco de violonchelo, lo apoyó sobre su brazo como si fuese un violín, comenzó a frotarlo como a un instrumento de cuerda, y fue entonces cuando Andrés reconoció la sutil textura sonora que se había filtrado por su ventana. Era un brazo de cristal en un cuerpo de cristal. Así estuvo haciendo música con su propio cuerpo mientras él lo miraba absorto, alucinado.
   La combinación de las alturas y el ritmo era tan triste que enlutaba todo el espacio, no había lágrimas suficientes para tolerarla, hacía temblar a los pétalos de las flores en la oscuridad. Y oyendo esa sinfonía celestial Andrés se fue vaciando, sintió que la humedad que tenía en el alma se iba esfumando como la niebla, el corazón se le aquietaba, su espíritu entraba en la calma luego de la tempestad, las tinieblas de su interior se aclaraban, la hoguera de su cerebro daba paso a la pena leve, la hacía menos dolorosa, todo cedía.
   Así estaba cuando la figura de cristal dejó de emitir el delicado concierto y fugazmente se perdió en la calle lateral. Desapareció sin hacer ruido, él no escuchó los pasos de su carrera, fue como si se hubiese ido volando. No había testigos. Estaba turbado, no sabía cómo describir lo que había sucedido, no podría contarlo siquiera, le dirían loco. Había quedado estupefacto.
   Volvió sobre sus pasos. Había dejado la puerta abierta sin darse cuenta, por la ansiedad de descubrir de dónde venía el sonido. La cerró y se tiró en el sillón mirando al techo, seguía triste por la noticia tremenda de la muerte de Mónica, ese amor inolvidable, no podría dejar fácilmente de pensar en ella, pero ya no estaba abrumado, ya no pensaba en la muerte, «¡qué raro!», se dijo en un susurro. Él, siempre dispuesto a la tristeza, a la seducción de la melancolía, ahora estaba menos agobiado, «¿por qué?». La música del ángel le había traído el sosiego.
   Cuando se acercó a la copa para tomar el sorbo que quedaba de brandy vio que al lado había un dedo de cristal, un anular completo, delgado, de mujer. Se preguntó cómo había llegado este objeto hasta aquí, lo observó intrigado. La única explicación que le pasó, fugaz, por su cabeza fue que el sujeto vestido de negro había aprovechado el momento, y entró a su casa cuando él salió a la calle seducido por la melodía, justo cuando estaba en la esquina de Charcas, antes de que se atropellaran.
   «¿Qué vino a hacer esa figura trasparente?», pensó. Y tomó, mientras meditaba, la pequeña pieza de cristal entre sus manos, la giró, y pudo ver la alianza, también transparente, con la letra M igual a la que usaba Mónica. Se sintió torpe. Se le hizo un nudo en la garganta y tuvo miedo, no sabía qué hacer. Dejó la pieza sobre la mesa y retiró la mano. Estuvo así varios minutos, confundido, mirándola obsesionado, en una espiral de reflexiones que no explicaban el enigma. Hasta que se alcanzaron los extremos del razonamiento, su mente se iluminó y entendió la calidez del amor que nunca se había extinguido entre ellos. Era ella que le había mandado al ángel.
   Pero quiso confirmar la fascinación de su hallazgo, todavía con la duda, con el temor de que tamaña felicidad fuese demasiado en su vida, esa insensatez de poder recuperar su presencia, aunque sea a través de ese llamado íntimo, en el silencio de alguna soledad.
   Lentamente introdujo su dedo índice y palpó con la yema el fondo mojado de brandy que quedaba en la copa. Luego lo sacó y comenzó a deslizarlo sobre el borde, obteniendo una nota más aguda que antes que invadió toda la habitación. Se detuvo, aguzó el oído y, con una delicia inexplicable sintió a través de la ventana la presencia del conjunto armónico, del tono inconfundible de la respuesta. Lo hizo otra vez para asegurarse, con la ansiedad sobre la piel, y nuevamente llegó la música del ángel. Bajó la frente y por fin se desbarrancó, pudo llorar de tristeza, con lágrimas, como los chicos, sacando toda su pena afuera, liberando su congoja. Había recuperado el recuerdo vívido de Mónica.
   Se levantó, fue hacia la silla y se sentó frente a la máquina, todavía conmovido. Miró con estupor, sin dejar de lagrimear, lo último que había escrito en la hoja puesta en la Remington. Cuando leyó, se tuvo que tomar la mandíbula con la mano para que el llanto no se convirtiera en temblor:

   Mañana me tengo que morir…pero antes, cuando estés perdido en tu tristeza, volvé a llamarme con el sonido de tu copa, que yo voy a estar esperando para contestarte, porque nunca te olvidé. Tu ángel: Mónica


   Así, sin punto, terminaba la frase. 
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22 comentarios:

  1. Espectacular cuento. De un terrible alto vuelo. La prosa, increíble y la trama, fabulosa. Y además, no solo tiene originalidad sino también una exquisita imaginación que combina lo fantástico con la poesía y lo cotidiano. Aquí hay argumento en la historia. Un argumento modelado como si las letras fueran de argamasa. Gran trabajo Ariel. Y el detalle del dedo, del brandy y la copa, puesto como una especie de "enclave" para enganchar al lector en el desarrollo del relato es propio de un gran escritor. De un extraordinario y gran creativo. No tengo ninguna duda.

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    1. Muchas gracias Néstor por todas las palabras y los conceptos elogiosos. Como siempre con esa lectura profunda, producto de mucho tiempo de “oficio”, y de una gran sensibilidad para el trabajo literario, con esa habilidad innata del observador que no necesita de instrumentos para ver los detalles, para valorar con certeza y sin dudar. Y sobre todo para decirlo todo, lo que ves bien y lo que no. Como conozco estas condiciones que llevás en tu bagaje de persona y de escritor, más me siento halagado por tu comentario. Te mando un gran abrazo.
      Ariel

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  2. Ufff, hoy traspasaste la frontera, sin palabras, querido, no sé que decir, sin testimonio, lo que diría sería una nimiedad, uf, uf, uf...

    Un beso, Ariel.

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    1. Tu nuncas dices nimiedades Yayone, los que te leemos sabemos lo que eres capaz de expresar y la altura literaria y emotiva que tienes para hacerlo. Me alegra tu visita y que me dejes aquí tus palabras. Me encantó lo de "traspasaste la frontera"
      Un beso.
      Ariel

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  3. Esos amores inacabados...que aunque parece que finalizaron siguen ahí, muy dentro, esperando el momento de resolver, de decir o hacer aquello que estaba pendiente.
    Muy bonito Ariel, conmovedor ese relato que combina muy bien esa realidad con el dolor por la pérdida y ese reencuentro en la esfera de lo fantástico que también puede ser posible y recuperar el recuerdo de alguien a quien se seguía amando.
    Un saludo

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    1. Andrés tuvo un amor que le ha dejado huellas muy profundas porque ha amado mucho a Mónica, y, a pesar de las diversas circunstancias de la vida que los han separado, ambos conservan recuerdos maravillosos y pueden reencontrarse por la fantasía que nos permite la literatura y, a veces la posibilidad de los sueños. Me alegra que te haya conmovido y te haya gustado ese giro fantástico al que soy tan proclive. Te mando un gran saludo.
      Ariel

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  4. El título le cabe perfectamente al texto, sobre todo en la primera parte, pero después ese extraño sonido se convierte en un llamado hacia la serenidad.
    Él pensaba en la muerte y de la muerte le vino una respuesta de vida.
    Muy bien hilvanado, Ariel, con un final fantástico que calza justo como un guante.
    Un abrazo.

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    1. Me encantó ese pensamiento circular, Mirella. Grande es el prodigio que nos ofrece la literatura de crear una respuesta de amor desde la misma muerte. Muchas gracias por tus elogios. Un abrazo.
      Ariel

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    2. ¡Qué congoja y cuánta belleza! Es difícil mantener el punto álgido en todo el relato, no nos concedes ni un respiro. Es un texto sensitivo y musical, no solo por las múltiples referencias, sino por el ritmo y la cadencia que tan bien has sabido orquestar…y todo vibra y todo suena y murmura…desde las teclas de la clásica Remington hasta el vaso de cristal
      Por ponerte una ligera pega ¡qué atrevimiento el mío compañero!...en el tercer párrafo que comienza con “La sencilla melodía había distraído interrumpiendo…” se acumulan los gerundios y terminaciones en “endo y ando y ado” lo que resulta algo cacofónico, estoy segura que con tu pericia podrás acomodarlos mejor, si así lo consideras, que al fin tu eres el autor y quien tiene “el poderío”
      Me fijo mucho en las frases largas que conformas (en este aspecto me recuerdas a nuestra compañera Ana Madrigal), y las mezclas con inteligencia narrativa con algunas cortas y rotundas, especialmente la frase del inicio y del final que cierra el círculo mágico del precioso y triste texto.

      Un abrazo, señor Ariel

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    3. No es un atrevimiento sino un favor que el texto te agradece, Isabel, además de ser una crítica acertada y con la que coincido. Me refiero a lo que comentas del tercer párrafo. He intentado plasmar el perfil de la tristeza, ese sentimiento tan profundo cercano a la depresión, sombrío, pero sin dejar de poner un poco de belleza en la narración, respetando una especie de armonía como si fuese una pieza musical. Por eso me resulta tan agradable tu comentario, acorta la distancia entre lo que quise escribir y la lectura que tu hiciste.
      Te mando un afectuoso abrazo.
      Ariel

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  5. Nuestra querida amiga Tara me ha hecho el mejor elogio que se me podía hacer. Ya quisiera yo tener tu talento para escribir como tú, tener tu sensibilidad para escribir una historia tan bella que es pura poesía. Un abrazo y me quedo esperando la próxima historia

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    1. Bueno, Ana, no sé que decir, doble elogio, por un lado el de nuestra querida y común amiga, y por el otro el tuyo, otra escritora que admiro. Son tan lindos todos los halagos que me pones que es enorme la tentación de creerlos, sobre todo porque se que eres sincera en lo que dices. Te agradezco mucho y te mando un afectuoso abrazo.
      Ariel

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  6. La máquina de escribir y la copa de brandy son sin duda emblemas de escritor. Es como si el deseo de desafiar la muerte de su amor lograra traerlo de vuelta a la vida en forma de ángel a través de las letras que quedan escritas. Toda una alegoría, Ariel. Precioso relato.

    Un beso!

    Fer

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    1. Me alegra mucho que te haya gustado, te digo que estuve a punto de colocar como imagen de esta entrada a una Remington Noisless, pero me pareció que era mejor aludir a la música por medio de una obra de Braque.
      Un beso Fer.
      Ariel

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  7. De nuevo otra incursión en ese surrealismo que tanto te gusta, salpicado siempre de la melancolía con que impregnas tus relatos. No se por qué este cuento me ha recordado a algunos pasajes de La sombra del Viento, tal vez por el personaje misterioso que recorre las noches de Buenos Aires en este caso y por el toque surrealista del mismo. Nos hablas del amor que nunca se ha marchitado a pesar de que las circunstancias de la vida hayan separado a nuestros protagonistas. El amor que en la hora de la muerte los une con una melodía que te sirve como excusa para hilvanar una historia que toca sensibilidades. Me ha gustado que empieces y termines del mismo modo, con esa frase lapidaria, así, sin punto.
    En el plano de las correcciones y a riesgo de ser demasiado quisquilloso, prestar atención a algunas repeticiones innecesarias. Los tres "su casa" en el décimo párrafo y la primera frase del undécimo son un ejemplo. Son nimiedades que nos alejan de la perfección, pero aunque la perfección es inalcanzable, ¿por qué no intentar estar lo más cerca posible de ella?
    En definitiva otra historia cargada de sensibilidad la que nos traes, que no deja al lector indiferente. Un abrazo Ariel.

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    1. Así es Jorge, la imaginación siempre se me dispara para ese costado fantástico, es inevitable. No he leído "La sombra del viento", entiendo que te refieres a Ruiz Zafón, veré de hacerlo. Acabo de repasar el texto y ahora advierto las repeticiones, estoy de acuerdo contigo, sabes que soy muy puntilloso con esas cosas, es verdad que no hay nada perfecto y mucho menos en algo tan subjetivo como la literatura, pero todo lo que lo pueda mejorar es bienvenido. Días atrás estaba leyendo un reportaje a Juan Filloy, un escritor argentino muy respetado, pero a su vez muy olvidado. Decía que una de las tareas que más disfrutaba era la corrección de sus escritos. No quiero entrar en comparaciones con un escritor de su talla, pero te lo menciono porque paso mucho tiempo en esa tarea, la que disfruto, y que me parece muy importante. Si bien lo esencial es lograr la comunicación de sentimientos, reflexiones, un texto que tenga valor estético, belleza, etc., me parece que también debe estar bien escrito, por eso lejos de resultarme molesto, te agradezco que lo puntualices, ¡ya quisiera yo tener tu mirada!
      Te mando un fuerte abrazo.
      Ariel

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  8. Me deleita leerte
    Saborear cada una de tus palabras
    para mi escribes perfecto
    Yo jamas critico las obras de arte .....
    un abrazp
    desde un dia
    lleno de melancolias

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    1. Muchas gracias Mucha por tus lindas palabras en un momento tan triste. Has puesto toda tu esperanza en H. y te encuentras azorada con la victoria de T. El mundo está sorprendido, yo también. Un abrazo afectuoso.
      Ariel

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    2. Saber que alguien que siente como vos te esta leyendo es maravilloso en este guión The Dash
      entre el nacer y el vivir diario

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    3. El círculo virtuoso de escribir se cierra con el lector, con los sentimientos flotando entre ambos. Mucha lo sabe.

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  9. Hasta ahora únicamente mis contertulios se han centrado en lo meramente narrativo, por lo que no me extraña que encuentren fallos, pero ¿qué pasaría si ahora lo volvieran a releer teniendo en cuenta la técnica poética?... Seguramente esas repeticiones en ciertas palabras, las cacofonías o cualquiera de estas críticas ¿seguirían viéndose desde esa misma perspectiva o cambiarían completamente?... Porque ¡claro! si en lugar de fijarnos en lo narrativo, damos un paso más allá y comprendemos que en esas partes del relato lo que se está expresando es pura poesía ¿qué es lo que apreciamos entonces?... Porque lo que está claro es que la Poesía tiene unas reglas de entonación, de ritmo o sonoridad de las palabras, una cierta rima, que es lo que la convierte en arte y creo que aquí en este bellísimo texto existe no solo narrativa sino poesía también, de ahí esas repeticiones en las terminaciones, esa rima, etc. Porque gracias a este recurso poético es como el relato en si nos produce esa musicalidad y buen ritmo.

    Bueno, mi amigo y compañero de letras, ya concluyo puesto que lo que puedo añadir lo han comentado ya con gran acierto mis compañeros contertulios y lo corroboro.

    Un abrazo y ¡enhorabuena!

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    1. No sabes cómo agradezco tus palabras. Me siento muy honrado por la mirada que propones sobre el texto, para mí es muy importante lo que dices sobre la Poesía y sus reglas. Este no es poema, lo sabemos, pero el hecho de que tu veas el él un sustrato poético es un elogio enorme. Sabes, porque te lo he comentado, que es veneración lo que tengo por el género, es algo que no he podido abordar, por más que me lo he propuesto, y que una escritora de tu trayectoria me lo señale me llena de orgullo, porque en la génesis de este relato estuvo eso en mi pensamiento. La idea principal nació del escritor sumido en una tristeza indecible por un hecho que lo castiga dolorosamente y, como todos sabemos, este es un sentimiento oscuro, que nos acerca al límite de la depresión, nos quita la voluntad, nos aleja de la gente, nos hunde en nuestra pena. Entonces decidí tratarlo con toda la belleza posible, justamente tratando de liberar toda la lírica de que fui capaz para contrarrestar ese sentimiento que sufre el protagonista, todo el tiempo pensaba en la poesía. Algunas de las compañeras y compañeros que aquí han comentado también han mencionado esto. Te agradezco que tú hayas visto con tanta claridad este recurso plasmado en la prosa. Estrella, te agradezco tu generosidad y te mando un cálido abrazo.
      Ariel

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