miércoles, 21 de diciembre de 2016

Trinidad

   Trinidad es una ciudad que está en el centro de Cuba y que se recuesta plácida en las aguas color esmeralda del mar Caribe; le dicen la reina del sur por su belleza. 
   El alfarero Azariel Santander Alcántara vive allí en una casa amplia y fresca en las afueras, no muy lejos del centro, una casita baja con el frente pintado de azul pastel, altos de color rosa y verjas de hierros blancos en puertas y ventanas. El taller está al fondo de la vivienda y allí, bajo un tinglado que protege escasamente del ataque furioso del sol en la estación seca, trabajan cuatro muchachos. Hace un tiempo atrás eran tres mulatos y un rubio.
   El rubio se llama Edel, tiene la tez del color de la cáscara del mango, alto y de rasgos nórdicos. Su piel ha tomado este tono ambarino para calmar las atrocidades del clima que castiga a los habitantes de esta ciudad. Luce la típica mezcla de razas de sus antepasados. Los orígenes desordenados de sus ancestros se remontan al año mil ochocientos cuarenta, fruto de la unión de un esclavo africano y una española blanca, hija de una de las familias burguesas más ricas del "Valle de los Ingenios", los Manaca Inzaga. 
   El casco donde vivía esta acaudalada familia ostenta una torre campanario de siete niveles, puntiaguda y con un mirador que se eleva sobre el terreno dominando la plantación de la caña de azúcar. Desde ahí se controlaba la mano de obra de los zafreros. La abuela le ha contado a Edel que esa dama peninsular había perdido la cabeza por uno de aquellos esclavos casi azules y se entregó al amor dejando descendencia. Desató, a causa de ello, una tormenta en sus padres que la devolvió a España. El chico hereda la piel blanca de la joven enamorada y el carácter indómito del negro cautivo.
   En la alfarería de Alcántara, Edel aprendió a amasar la arcilla rojinegra, sentado en el taburete del torno; luego de un tiempo se marchó a vivir cerca de la Plaza Mayor con el afán de dominar otros oficios. Tallaba maderas nobles, el nogal de las estatuillas delgadas, granadillo para los instrumentos de clave que usan los músicos de percusión, caoba en los bustos desnudos de las negras africanas, baratijas que vendía en los puestos de artesanías que por las mañanas se acomodaban en una larga hilera sobre las calles empedradas que suben y bajan alrededor del centro de la ciudad. 
   En ese entonces tenía diecisiete años y con sus suaves modales seducía, en todos los idiomas, francés, español, portugués, inglés, a las turistas que venían a comprar ahí. Tenía mucho prestigio porque todas, cediendo no se sabe a cuáles de las condiciones de este muchacho, al final, le compraban.
   Allí tenía un puesto una joven de su misma edad que se dedicaba a los manteles bordados, a quién Edel quería seducir, pero de ningún modo la alcanzaba con sus habilidades. Se llamaba Yaneymi, tenía uno de esos nombres inventados que acostumbran a ponerse los cubanos. Era hermosa, alta, de rostro fino, ojos celestes y pelo recogido en un rodete. Rubia como él, se vestía siempre con un traje de tela blanca muy fresca, bordado de encajes, con mangas que se extendían hasta sus muñecas, de cuello redondo y, que terminaba en una falda larga que tocaba sus sandalias. Decía que se cubría con esa tela que rechazaba el sol para proteger su piel blanca y, dejaba flotando en el aire la sensación, de que era una excusa que utilizaba con la intención de ocultar a los ojos de los curiosos toda su bonita figura.
   Yaneymi era amable con Edel pero este no podía llegar a su corazón, hasta que un día Yanko, el negro que se lo pasaba bebiendo y fumando en una de las posadas, le arrimó un secreto, quería ayudarlo a deshacer ese hechizo que trababa el acercamiento, el remedio adecuado a las enfermedades graves que padecen los corazones jóvenes. Le dijo «oye hijo, vete a Cienfuegos, busca la ceiba más grande del Parque José Martí, pídele en silencio que se cumpla este deseo que te atormenta y luego camina dándole tres vueltas alrededor del tronco, de ese modo estará resuelto el problema» y agregó con una sonrisa «solo te costará un habano que deberás comprar en Palmarito para este pobre viejo».
   Edel nunca le creyó a este parlanchín que andaba por los bodegones y no hacía más que charlotear y decir piropos a las mulatas que pasaban por las calles. Pero un día, a pesar de eso y agotadas todas las otras instancias posibles, se animó. Tomó su bicicleta temprano, pedaleó fuerte día y noche, llegó a Cienfuegos, y allí, al lado del monumento a Martí encontró el árbol milagroso que le había indicado el viejo, hizo lo que le había dicho y emprendió el regreso.
   La ceiba era una planta gigante como se lo había remarcado Yanko, frondosa, de hojas ovales muy verdes, tronco grueso, fibroso, con venas enormes que se hincaban en la tierra con tanto empeño que ni los huracanes, que con tanta frecuencia azotaban a la isla, se atrevían a derrumbar. Edel era joven, inocente aún y no creía en la hechicería ni en las leyendas, pero de todos modos se había aplicado en hacerlo bien, sin dejar ningún detalle al alcance de circunstancias azarosas. Mientras volvía se repetía que sí, sin duda, que sí, que era el árbol correcto, buscando en estas sucesivas afirmaciones la certeza de haber realizado la maniobra en la forma adecuada.
   Todo el viaje de regreso se lo pasó pensando en ella. Había tenido que seguir camino más allá, atravesar Trinidad, pedalear hasta Palmarito, comprar el puro que le debería dar al viejo y luego volver a su ciudad ¿Por qué tenía que ser un habano comprado en ese lugar? ¿Era un capricho del negro Yanko o una condición requerida del hechizo?  Por las dudas lo hizo, por si el deseo se cumplía. 
   Había hecho todos los esfuerzos, no sabía que más hacer para ganar los sentimientos de Yaneymi. En algún momento se preguntó si debería decirle que estaba enamorado, pero dudó. «¡Ah! … —se dijo—, ¿quién entiende a las mujeres?» Cuando la veía tenía pudor, enrojecía. Ahora rogaba que nunca se diera cuenta lo que había ido a pedirle a la ceiba. 
   Llegó a Trinidad casi de noche, cansado de la trepada de la cuesta del "Valle de los Ingenios" cuando volvía de Palmarito. Adelante, bajo las ruedas, se extendía interminable, la cinta de asfalto oscura de la carretera. Los plátanos y las palmas reales de penachos despeinados eran un mar verde a ambos lados de la ruta. Los cerros estaban casi cubiertos de árboles, solo asomaban algunos claros de tierra roja. 
   Cuando llegó ya estaban desarmados todos los palos y las telas de las tiendas, dejó su bicicleta a un lado y se dirigió a la escalinata que daba al sitio en donde, en la época en que los españoles tenían sus dominios por este lugar, se hacía la venta de esclavos, esta plaza amplia adoquinada en la que ya empezaban a avanzar las sombras geométricas de las siluetas de las casas.   
   El sol ya se escondía detrás de la iglesia, las plantas y las flores empezaban a respirar luego del bochorno del día agobiante, una brisa fresca despejaba los corredores que formaban este trazado endemoniado de telaraña que tenía la ciudad. La tarde comenzaba a caer en su letargo, abriendo paso a un crepúsculo que comenzaba a mostrar sus tonos rosados. 
   En ese momento reparó en Yaneymi. Lo estaba observando desde la parte alta de la escalinata, sentada de piernas cruzadas. De sus ojos azules salía un brillo extraño, mostraba una sonrisa sutil en las mejillas; lo estaba mirando, los codos en sus rodillas, las palmas de sus manos bajo el mentón, puesto su mejor vestido blanco con encajes. 
   En Trinidad, las mujeres suelen decir que los hombres no tienen secretos, no es necesario que hablen, solo hay que mirarlos fijamente a los ojos para verles el corazón. 
   Cuando la vio, Edel se sorprendió sumido en la desconfianza, parecía que Yaneymi lo estaba esperando, trató de no ruborizarse, temió que ella intuyese algo, por un momento pensó que había notado su ausencia prolongada, puso su mejor inocencia en el rostro. Subió con paso lento la suave pendiente de la amplia escalinata y se sentó a su lado. Ella no pronunció algo parecido a un «dónde estuviste» ni «que estás haciendo aquí», sino por el contrario, no salió ninguna palabra de su boca callada, se arrimó a su lado hasta que sus caderas se tocaron, le enlazó el brazo y le apoyó la cabeza sobre el hombro. Él quiso decirle algo y no pudo. Sintió que, si lo hacía, iba a tartamudear, inevitablemente. 
   Yaneymi fue la que empezó de a poco y así, pasito a paso, se fue bordando una especie de conversación. Y también fue la que le ofreció los labios. Entonces se desataron en Edel las ganas de asir, tomar, tocar, apresar y ella por su parte lo fue asistiendo con sus modos de ondular, calmar, atenuar, acariciar, hasta que saciaron todo lo que habían sujetado durante el tiempo que había durado la tarea trabajosa de la seducción. Y en eso estuvieron toda la noche hasta que la claridad del amanecer los recortó en un solo contorno, todavía besándose, de pie y apoyados en el muro lateral de la escalinata. 
   Ese día amaneció soleado en la Plaza Mayor, fue un día como cualquier otro y, al caer la tarde, a la hora en que las calles se van vaciando y el ajetreo da paso a la calma, se pudo ver al viejo Yanko sentado al fresco de la sombra de la posada, con una sonrisa pícara en la boca, mirando a los artesanos desarmar las tiendas y, con un largo habano de Palmarito por estrenar entre sus dedos.

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19 comentarios:

  1. Me hubiera quedado horas leyendo la historia de Edel. Es fascinante como nos sumerges en un ambiente lleno de olores y bellas descripciones para que quedemos seducidos por la magia del relato. Mis felicitaciones y un abrazo

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    1. Me alegra mucho que te haya gustado. Es un relato al que le tengo un cariño especial. Y también me pone muy contento contar con tu presencia, Ana, de veras lo digo, siempre pasas, lees y me dejas un comentario halagador. Eres una magnífica escritora, a la que admiro, y eso potencia tu presencia aquí, en este sitio que he inaugurado hace tan poco tiempo y al que trato de cuidar con esmero. Me pone feliz cuando veo la notificación de que ha llegado un comentario tuyo.
      Te tengo mucho aprecio como escritora y como amiga. Mis mejores deseos para estas fiestas, que pases una ¡feliz Navidad!, te mando un beso.
      Ariel

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  2. Hola compatriota.Me fascinan tus palabras y como les das formas y las vas modelando
    Si casi tienen vida propia ...
    Gracias por tus palabras y emociones en este circo que llamamos vida
    Un abrazo desde Miami a Mi Buenos Aires querido!!!

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    1. Me encanta que vengas por aquí, gracias por tus palabras. Hay vida, hay personas sensibles como vos, en este espacio virtual que nos permite generar un vínculo a través de las letras. Desde tu Buenos Aires querido te mando un fuerte abrazo.
      Ariel

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  3. Precioso cuento Ariel, lleno de encanto. Un deleite para los sentidos. Como siempre describes con una maestría increíble ese sitio fascinante y consigues imbuirnos de esa magia y fantasía. Es un placer leerte Ariel, ya sabes que te admiro.

    ¡Un abrazo enorme y felices fiestas para ti y para los tuyos!

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    1. ¡Hola Ziortza! qué gusto que hayas disfrutado de la lectura de este relato, es muy bonito todo lo que dices, muy halagador, me entusiasma mucho, gracias por todo lo que dices.
      Yo también te mando un gran abrazo ¡Felices Fiestas!
      Ariel

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  4. Leyendo tu relato con minuciosas y vívidas descripciones, me sentí trasladada a Cuba, que no conozco, también integrada a los personajes de la historia, al proceso de seducción y después al feliz resultado del hechizo.
    Creaste un clima hecho de realidades, de hechos cotidianos coronados por la magia que logra el amor.
    Un excelente relato, Ariel. También quedé hechizada.
    Abrazo y muchas felicidades.

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    1. Me alegra Mirella, es muy lindo todo lo que me decís, lo que viste y sentiste al leer esta pequeña historia.
      Una de las cosas más lindas que me pasó este año es haber tenido la fortuna de que hayas venido hasta aquí y te hayas quedado a leer mis relatos. Tu trayectoria de escritora unida a la capacidad que tenés para leer el trasfondo de los textos y marcar con claridad lo que se ve bien y lo que no, es un bien escaso, y para mí es una referencia inestimable. Muchas gracias por dedicarme parte de tu tiempo, tu presencia es siempre gratificante.
      Un abrazo grandote y ¡muchas felicidades!
      Ariel

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  5. Bonito Ariel, usas tan bien las descripciones que hace fácil sentirse en esa Cuba donde todo parece posible. Se combina perfectamente en tu relato ese cierto aire mágico que lo hace todo posible y que te acaba dejando con una sonrisa.

    Me ha recordado ese dicho que se dice en España sobre las Meigas, haberlas haylas, así pasa con Yanko y ante la duda mejor hacerle caso.

    Saludos y felices fiestas

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    1. He tenido que buscar el significado de ese dicho y, es verdad, como tu dices es mejor hacerles caso a esos hechizos por las dudas, que al fin y al cabo le ha salido bien al muchacho. Gracias por llegarte hasta aquí.
      Te mando muchos saludos Conxita y que tengas una ¡Feliz Navidad!
      Ariel

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  6. Es increíble Ariel la manera en que has dado vida a este relato. Desde ya que te habrás informado y en su momento probablemente hayas viajado a Cuba. De todos modos admiro tu consecuencia y el enorme trabajo literario de este texto. Yo no hubiera sido capaz de hacerlo. Una historia sencilla, pero universal, contada con un apego (y hasta yo diría con amor) y una dedicación increíble. Las descripciones son de antología. Te felicito.

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    1. Tal como decís, una historia que fui escribiendo cuando estuve en Cuba, a medida que iba transitando Trinidad, Cienfuegos, en el centro de la isla. Muchas gracias por tus elogios, me alegro que te haya gustado. Te mando un gran abrazo.
      Ariel

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  7. Siempre he estado loca por conocer Cuba, hasta he soñado (varios sueños reiterativos) que soy cubana y que vivo y he vivido allí, tengo la sensación de pertenecer a esa tierra sin conocerla (algo que tengo que resolver), y tu escrito de Trinidad ha incrementado las ganas de ir a verla, estar en ella, olerla, escucharla sentirla…
    Los personajes que has pintado “Azariel, Edel, Yanko…” los describes con tal maestría que es fácil visualizar al alfarero, al rubio y hasta a la boca de la abuela contando historias.
    También se advierte el trabajo tremendo que tiene esta historia, la ubicación física, los habitantes y modos, el oficio de alfarero, la talla de madera, los instrumentos (Cuba es un pueblo musical y armonioso, sin la música no se puede entender el alma cubana)…y lo más importante, la manera en que encajas los conocimientos para el bien de la narrativa.
    Bien por no olvidar la faceta del pícaro buscavida, la venta-robo al turista, el chapurreo de idiomas. Y los hechizos, la brujería
    ¡Ay…! Y como me gustan esos nombres inventados como “Yaneime” que solo le quedan bien a ellos, y que sugerente la has puesto sentada en la parte alta de la escalinata de piernas cruzadas y mirada intensa. Precioso, intenso el modo de tocarse, asir, ondular, calmar, volver a asir.

    Permíteme una digresión Ariel: no es la primera vez que coincidimos al subir un tema, esta vez con tu árbol mágico y curativo de la ceiba, y yo con el árbol del Garoé en otra isla ¡qué cosas nos pasan!
       

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    1. Como tú dices, Cuba tiene aromas, música, plantas, muchas plantas, es una isla verde rodeada de un mar increíble, y, seguramente, lo mejor que tiene es su gente, su cultura y su calidez.
      He disfrutado imaginando a esa niña artesana vestida de blanco enamorada y enamorando al joven, pero no sabía cómo plasmarlo en un cuento. Cuando me enteré de las propiedades mágicas que los cubanos dan a la ceiba, encontré la clave. Me alegra que te haya gustado la historia y cómo la he contado.
      Tu digresión me lleva a pensar en lo poco que conocemos de nuestras emociones y sus posibilidades, de esos puentes invisibles, de esas casualidades inexplicables. Soy muy distraído, cualquier cosa me llama la atención, me fijo en detalles que pasan desapercibidos a la mayoría de las personas, creo que hay cosas cotidianas que están a un centímetro de los mundos mágicos, y yo, en lugar de huir me zambullo en ellos, no puedo evitar incluirlos en lo que escribo.
      Y entonces ¿por qué no pensar que, de algún modo desconocido, a la distancia, pudimos compartir un pensamiento? Y coincidir en un cuento, en una historia que tenga algo en común, como tu árbol y el mío.
      Un beso.
      Ariel

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  8. En otro comentario te dije lo mismo, hilos de plata, o puentes de plata, sí señor.

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  9. Pasadas las Navidades y con un poco más de tiempo vengo a consumar esta visita que tenía pendiente. Te había leído ya este relato en alguna ocasión y me dejara el mismo buen sabor de boca. Las descripciones de los paisajes cubanos por los que transcurre son dignos de elogio y nos acercan a la isla. Se nota que le tienes un cariño especial en el modo en que hablas de Cuba y sus habitantes, presumo que disfrutaste mucho de la visita.
    También las descripciones de los personajes son precisas. Sin embargo me quedo con la imagen de Yaneimi sentada en la escalinata con esa pose entre dulce y pícara, que has conseguido hacer traspasar la pantalla.
    Un abrazo Ariel, y feliz Navidad y Año Nuevo!

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    1. Los cubanos tienen algo muy especial: el afecto y la generosidad. En general son muy alegres, hospitalarios, muy conversadores y ya no puedes dejar de hacerte amigo de ellos y ellas. Son muy respetuosos, tienen un nivel cultural muy alto y la mujer es muy respetada por los hombres. Este cuento lo escribí mientras estaba en la isla y tal vez por eso, como tú dices, contenga algo del cariño que les tengo. Es muy grato saber que te ha quedado esa imagen de la niña en la escalinata, porque la figura de esa artesana rubia vestida toda de blanco hasta los pies ha sido la que me ha llevado a armar la historia. Y también como dices (¡qué buena memoria tienes!), fue uno de los primeros relatos que subí en TR. Este que puse ahora en el blog, está corregido, lo he acomodado, creo, un poco mejor y le he quitado y agregado algunas cosas. Me alegra que te haya gustado.
      Muchas gracias por pasarte por acá, te mando un afectuoso abrazo, mis mejores deseos para ti, Jorge, y que tengas un ¡feliz Año Nuevo!
      Ariel

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  10. Me detengo aquí en esta entrada que no te había comentado, si es que con estos días estoy sin tiempo casi para estar por aquí, a ver si se acaban las fiestas y retomamos la normalidad para visitar nuestros blogs con tranquilidad y comentarlos.

    No había oído hablar de esta ciudad llamada Trinidad, ni conozco Cuba, aunque ya me gustaría a mí conocer este país, gracias por presentárnoslo con tu relato, amigo Ariel, siempre escribes majestuosamente, de cualquier relato que escribas.

    Dices que en Trinidad, no es necesario que hablen los hombres que solo hay que mirarlos fijamente a los ojos para verles el corazón, qué bueno que así sea como me gustó lo que significa esta frase tan intensa, es de esas que llegan al alma.

    Un placer estar aquí, Ariel.

    Muy Feliz Año 2017.

    Un beso enorme

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    1. A mí me pasa lo mismo, y creo que no somos los únicos, el tiempo se me escurre entre los dedos, pero ya falta poco para que inicie el nuevo año y podamos retomar esta rutina de escribir que tanto nos gusta.
      Has visto, María, así dicen en Cuba, los hombres no tenemos secretos para las cubanas, es como si nos estuviesen observando el comportamiento del alma en los ojos ¿mágico no?
      Es un placer para mí disfrutar de tu visita y tener aquí tus bonitas palabras. Sabes, quiero agradecerte todas las respuestas que me pones en tu blog, realmente me llegan al corazón, las leo todas, y todas me emocionan. Eres una excelente escritora en un género que me deslumbra que es la poesía, pero quiero decirte que tu talento no solo termina ahí, porque sabes trasmitir también a través de la prosa, todo me gusta, los poemas, tus reflexiones y tus relatos. Y, además, admiro la dedicación que pones en responder, el tiempo que te tomas en ello y las cosas maravillosas que escribes a cada uno de los que te visitamos. Es muy hermoso leerte, ¡Feliz Año Nuevo!
      Un beso enorme, María.
      Ariel

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