jueves, 27 de octubre de 2016

La tarde de las mariposas negras

19 de octubre de 2016

   Cuando llueve, Buenos Aires se pone melancólica y de esa enfermedad nos contagiamos todos los porteños, sobre todo si es llovizna y no neblina, y aún más si la oscuridad se cierne sobre los faroles encendidos. Y en esta noche no se festeja nada, se padece, es un miércoles sombrío. La Plaza de Mayo luce triste, está cubierta de miles de paraguas negros, está colmada de mujeres de brunos vestidos, resueltas a todo, medio millón, dicen algunos, de corazones partidos y de vidas hechas pedazos. 
   Tilo vino a acompañar a Lorena, pero en su cabeza ausente su madre deambula en pensamientos delirantes que se le escapan hacia el cielo oscuro, ella debería estar aquí, con él. Tanto dolor hay en el aire que cuesta respirar. De repente hay cantos que se repiten y, como una mortaja que cubre todo, se van sumando más voces hasta que estallan en un coro espasmódico que sopla las sombrillas hacia arriba. De repente la multitud se calla y se escuchan quejas, llantos apagados, hay sensación de muerte en esta explanada que se expande hasta las calles laterales, tanta desdicha junta marchita las plantas y las flores de los canteros a martillazos de ira.
   Nadie se mueve a pesar de que todo se empapa, hasta el alma de estas mujeres que han sufrido vejaciones se humedece más, sus labios ya han venido mojados de lejos a posar aquí sus murmullos. El líquido de arriba y el líquido de dentro le producen borrones de rímel en el rostro. No les molesta. Tienen historias tristes para contar, muchas han sido duramente golpeadas, los dedos delgados se les aprietan en sus puños, las comisuras de los labios no marcan las sonrisas que se les han marchitado hace siglos. Sus vestimentas nocturnas las vuelve estandartes del martirio. Lloran y gritan. Buenos Aires se espanta, porque es mujer también y lo percibe en su cabellera y en sus pechos delgados de río de agua dulce, que en esta ocasión de disgusto solo dan leche amarga.
   El dolor late en los ojos de todas ellas, rezuman un gusto salado sus mejillas. Si se pudiera robarle un beso a cada una, se notaría que, cada uno de estos corazones ha venido en llamas aquí a gemir su propio sufrimiento, a contar su historia de castigos y de horrores, de cuchillos y navajas. Han venido a dejar que escapen por su boca las historias de sus suplicios, porque ya ha pasado demasiado tiempo, ya hace mucho que las tienen retenidas en sus gargantas.
   Y todas estas mariposas negras han venido en este crepúsculo, porque de día el sol les habría lastimado más aun sus heridas abiertas, les habría calentado demasiado la sangre. Y ya no quieren, la tragedia les ha enfriado el torrente rojo de las arterias. Ya, algunas, se acercan al vacío de sus últimas instancias. Casi exangües, se han acercado hasta aquí a despejar su grito del pecho, debajo de estas alas tristes y oscuras, como murciélagos nocturnos, abandonadas al desamparo yermo de sus almas ahuecadas, socavadas, cercenadas sus carnes por los manotazos de la furia innecesaria de los hombres violentos.
   Y algunas han traído un cartel con letras pintadas a mano, sencillas, pero de trazos firmes y certeros. Algunas quizás los han escrito con las manos embadurnadas de rabia. Otras, tal vez, los han garabateado con la mano de la desesperanza que da el paso del tiempo, del dolor de saber que no se repara en sus tragedias. Otras, al tomar el lápiz entre sus dedos habrán sentido la soledad de haberse tenido que quedar detrás de las ventanas, o refugiarse en el silencio de la culpa mentirosa cuando se cerraron los postigos, o cuando se corrieron las cortinas, o cuando se apagaron sus alegrías detrás de los golpes en algún cerrar de puertas, para que no se oigan sus gritos desgarradores.
   Pero hoy están aquí, con los ojos como luciérnagas tibias iluminando sus pasos tenues, firmes en su camino hacia el centro de esta Plaza que las convoca y quiere cobijarlas, vienen seguras a encontrar otros rostros, otras miradas que cargan con la misma angustia, y se han ido uniendo alrededor de este punto, para acunar juntas sus desgracias, mirando hacia arriba, perdiendo el maquillaje bajo las caricias de las gotas de lluvia, que han ido marcando y dibujando arroyos que agigantan la tristeza que llevan a cuestas.
   Lorena trae en sus cuarenta y seis años sus fantasmas de tanto grito desguarnecido, de tanta pérdida que por años ha enmudecido, que ha callado mansamente y ahora no puede contener de furia, y no sabe contra quién descargarla; ha pasado tanto tiempo que en parte se le han quedado los recuerdos escondidos entre los pliegues de la memoria, solo tiene entre sus manos un papel con los nombres de sus hijas, de las que no pudieron ser, de las que han sido asesinadas por su marido en un día enloquecido que nunca olvidará. Solamente Tilo sabe este secreto, y en él se afirma ella, tomándolo del brazo entre la multitud abigarrada, que no es toda femenina, hay algunos hombres de rostros sombríos que acompañan el dolor que invade este atardecer, que estremece hasta el vuelo de los pájaros.
   Y Tilo, se olvida que tiene treinta y dos años, ahora vuela con sus pensamientos hacia el niño que era cuando vendía estampitas por los bodegones del Bajo, en la época en que creyó ver a su madre en la Calle del Pecado, siempre buscándola, la tiene presente también hoy, como no, porque supo de su cautiverio de prostíbulo, cuando ella era casi una nena. Él lo averiguó muchos años más tarde, y sabe en carne propia que el olvido no se hace cargo fácilmente de ese tipo de recuerdos. Piensa, entre esta multitud, cuando él era un pibe de cinco años, cuando su madre era una joven acorralada y tuvo que dejarlo, cuando ya tenía el estigma marcado en su mirada y llevaba a cuestas las amarguras de lo padecido, y tuvo la ternura de no decírselo a él porque era muy pequeño, porque no quería hacerle daño. Tilo recuerda esa mirada que ocultaba las marcas del castigo y la congoja se le atraganta en el cuello.
   Qué sentirán algunas de estas mariposas a las que le han quitado de un ramalazo una vida, dos vidas, las hijas que han traído al mundo, que han parido de su vientre y que aun siendo pequeños ángeles, les ha caído encima y por dentro una tormenta, una mano bruta y masculina las ha despedazado, un huracán de odio incontenible les ha arrebatado el aire a sus niñas, las ha dejado sin viento y sin sangre, solo restos de ellas han quedado para que la mamá los junte y haya podido dejar esos huesitos solos en el frío de una fosa.
   Vienen decididas a dar testimonio, algunas calladas porque se han quedado roncas, o porque ya no les han quedado palabras para decir y contar sus penas o las de las de sus niñas o las de sus madres, los golpes recibidos, las heridas lacerantes en su carne. Sus ropas son oscuras, sus alas lucen negras, su canto lúgubre provoca zozobras en los espíritus, solo su tez es blanca, pálida de tanto espanto, secos sus párpados de tanto río derramado, dejan que esta pequeña agua del cielo les caiga encima, las abrigue, las proteja. No es lluvia, dicen, son lágrimas.

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viernes, 14 de octubre de 2016

Una línea muy delgada

   Este es el cuarto relato de una serie que está formada por los cuatro siguientes, los cuales también se pueden leer en forma separada:

   I: Moscas.
   II: A la mañana siguiente, la ventana.
   III: Lucrecia.
   IV: Una línea muy delgada

   Lucas, el psiquiatra, me dijo que mi trastorno obsesivo compulsivo no tiene ninguna característica que se pueda asociar a la tanatofilia —me encanta coleccionar mis traumas en forma de palabras—, que no tengo tendencia al suicidio. Se lo pregunté sin hacer demasiado hincapié en el tema. No se dio cuenta que estoy preocupado debido a lo que está pasando con el plan de Lucrecia Hoffman. 
   Ayer estuve en la redacción, fui a entregar el artículo de interés para el suplemento Ciencia que me habían pedido, y de paso quise escuchar las últimas novedades que había en Policiales. Con el último ya sumaban tres los cadáveres que había encontrado la policía. El fiscal no tenía pistas claras, lo que sí había eran coincidencias. Los tres masculinos jóvenes, los tres circuncidados, los tres parcialmente comidos por las ratas, casualmente los órganos sexuales estaban intactos.
   Lucrecia es de familia alemana, y al igual que yo ya no tiene parientes vivos. Tampoco tiene amigos alemanes en el país ni en el exterior. Siempre quiso actuar sola y no tener conexión con ningún alemán ni con ningún judío, yo le servía porque tampoco tengo familiares de esa comunidad. 
   Me había pedido datos antes de empezar con el plan y el gordo me los dio servidos en bandeja. Fue hace un poco más de tres semanas. Era lunes por la tarde. Yo estaba fumando en la cama, pensando donde conseguir información acerca del mito sobre la pérdida de sensibilidad con la circuncisión, para el artículo que tenía que entregar a la revista. Las referencias me iban a servir para ambas cosas, para ella y para la nota de la revista. Cité a Matías en un bar de la avenida para tomar un café.
   —Gordo decime, vos sos judío ¿no? —y ni bien terminé de decirle esto se le borró la sonrisa de la cara. Me miró fijo.
   —¿Qué me estás preguntando? —dijo ni bien se compuso.
   —Oíme, no te enojés —le dije parándolo en seco—, necesito hacerte una consulta.
   —Si se trata de religión conseguite un rabino.
   —Cuando eras chico —empecé— a vos ¿te hicieron la circuncisión?
   El gordo se quedó medio chato. No sabía si la cosa iba en serio o en broma, pero al fin se dio cuenta que yo estaba interesado en serio, le dije que tenía que escribir sobre eso y se fue calmando. Le fui sacando toda la información que pude, terminamos hablando de alguna pavada más y nos despedimos. A él se la habían hecho a los cinco años con anestesia general.
   Yo tenía que hacer un artículo de interés sobre el tema, y eso me servía, pero además le pude sacar un dato esencial que necesitaba Lucrecia. 
   Al día siguiente fui a verla a la casa, se lo comenté, ella no quedó conforme pero ya había tomado la decisión. Tres semanas después empezaron a aparecer los cadáveres. Combinábamos las direcciones donde los iba a dejar el miserable de Gordon y un par de días antes yo alimentaba las ratas de esos lugares para que hicieran la parte final de la tarea. Sencillo.
   Los diarios hablan de un asesino serial, la policía y el fiscal está un poco desconcertados, pero siguen trabajando en el caso. El tipo no mata a cualquiera, sus víctimas son varones, la única característica en las que coinciden es que todas están circuncidadas, pero lo más extraño es que no todas son judías. Parece que el tipo es cirujano y al que secuestra, si no está circuncidado, él se ocupa de operarlo, después los mata. Todavía están empezando los peritajes, esta investigación recién empieza y no se sabe cuál es el móvil que lleva al tipo a hacer esto.
   El otro día fui al departamento de Lucrecia y discutimos fuerte, en realidad el que gritaba era yo, ella estaba tranquila. Le dije que parara con todo esto, que la iban a encontrar tarde o temprano, que hiciera desaparecer su celular, que lo incinerara, que lo tirara al Riachuelo. Yo necesitaba que se deshiciera de él, estaba contaminado con mi número de teléfono. Me irrita de por sí todo lo que se contamine, pero en este caso estaba mi vida de por medio. Yo estaba alterado, más que de costumbre, porque sabía que si la agarraban a ella también podía caer yo.
   Por eso estoy fóbico, hoy fui a comprar una pistola y dos cajas de municiones. La tengo acá en la mesita de luz. Está cargada. Hace dos días que no salgo, me lo paso yendo de la sala al dormitorio. Después que fui a la armería pasé a comprar un pack de botellas de whisky por el supermercado chino que está a la vuelta. No hago más que vaciar botella tras botella. 
   Estoy ansioso, eso me juega en contra, me lo paso encendiendo y apagando la televisión. La tengo en volumen cero para que no me taladre la cabeza. Solo sintonizo los noticieros. También los atados de cigarrillos se vacían más rápido. Cada vez me quemo más los brazos con la punta de los puchos, ahora empecé por el costado del pecho. Tengo miedo. Consumo más dosis de sedantes que de costumbre. Por suerte no aparecen ya más cadáveres.
   Lucrecia es una mina cruel, la trataron muy mal de chica. Siempre vivió en esa casa antigua que está en el borde Palermo. La casa la construyó el padre, “el alemán” le decían en el barrio, un tipo oscuro. Era médico y se había especializado en embalsamar gente, algo que no lo hace cualquiera, tenía el “taller” en su casa. Ella fue su única hija y el padre la hacía presenciar todo, el tipo tenía la convicción de que contaba con el poder de vencer a la muerte, estaba loco, sus trabajos eran cada vez más perfectos. Un día lo encontraron colgado del cuello, pendiente de una soga que había atado a una viga del artesonado del techo. 
   El padre, además, le inculcó a ella el odio hacia los judíos, le metió el odio en la sangre. Y para colmo, la madre la torturó psicológicamente, le decía que estaba maldita, que ella no había querido engendrarla, le decía esas cosas todo el tiempo. Lucrecia se hizo adulta con esa hiel en su interior, y eso gestó en su cabeza, una especie de revancha hacia su madre, un síntoma que se organizó hace poco en su mente macabra: la necesidad imperiosa de tener una hija. Se puso de novia, tenían relaciones, pero él no podía tener orgasmos. 
   A partir del momento, en que se enteró de que yo estaba preparando el artículo, sobre el mito de la circuncisión para el suplemento, se empezó a interesar por el asunto, me empezó a hacer preguntas. Fue cuando me pidió ese dato tan importante. Ella había estado investigando sobre los últimos estudios científicos, había opiniones contradictorias. El gordo me había dicho que nunca había tenido problemas con la sensibilidad, yo le dije que era parte del mito, que no era una verdad confirmada. Pero ella estaba tan desesperada que cualquier información le interesaba. 
   El novio tenía fimosis, hacer el amor con Lucrecia era una tortura para él. Al principio la perversidad la ganó, disfrutaba con su padecimiento. Después, empezó su obstinación por quedar embarazada, lo convenció para operarlo. Le dijo que se le acabaría el dolor y podría eyacular sin dificultad. Pero no tuvieron el resultado esperado, el seguía sin tener orgasmos. Llegaron las peleas hasta que la situación se hizo insostenible y pasó lo peor. Después siguieron las otras dos muertes, el odio y su crueldad ya eran incontenibles, se le habían desatado esos viejos nudos, estaba desquiciada. De esto último me estoy enterando ahora, cuando miro la televisión.
   Ahora, que son las diez de la noche, he subido el volumen, no puedo creer lo que estoy viendo. Hay móviles de la policía enfrente de la casa de Lucrecia. La encontraron muerta. Se llevaron detenido al homicida. Es el hermano de uno de los chicos asesinados, del único que no era judío, el primero de todos. Con el que ella había estado de novia hasta hace poco tiempo.
   El hermano de la víctima la mató de varias puñaladas después de una violenta pelea y luego le serruchó el cráneo, precisamente por donde ella se dibujaba la línea delgada del maquillaje.

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miércoles, 12 de octubre de 2016

Un papel con pocas líneas

   Estás escribiendo una carta, esta noche, en el aislamiento de la habitación del hostal del campus de esta prestigiosa Universidad de la India. 
   La soledad te invade, pero tu mano está firme sobre el papel, tu rostro de piel oscura se inclina sobre la hoja. Tus ojos negros no podrán mirar a tus amigos cuando la lean, no estarás cerca de ellos, no quieres ver lágrimas en las mejillas de los demás. Has sido el culpable de esto, solo tú eres el que has traído los problemas contigo, tú mismo has cargado con la condena de la sangre, tú eres el que lleva el estigma de baja estirpe, de haber nacido en esa casta indeseable.
   Sientes que hay una grieta que se agiganta entre alma y cuerpo. Te has convertido en un monstruo. 
   Siempre has querido ser escritor, y al final, llegas a la conclusión de que este mensaje será tu único legado.
   Has sido un enamorado de los astros, has pasado noches eternas observando las estrellas, arrobado ante la grandeza de la Naturaleza. Has visto que el espíritu de los hombres hace tiempo se ha separado de ella, del Universo infinito e inescrutable que se extiende mucho más allá del alcance de la vista. Has observado con dolor y con abatimiento como los sentimientos de los hombres y mujeres se van desvaneciendo y eso te incrementa el desaliento. Te ha sido cruel aceptar que, en este mundo, es tan difícil amar como fácil es hacerse daño unos a otros, y te has cansado finalmente.
   Te has convencido, el valor de una persona se ha reducido a un número, a una cosa. No la tratamos como a un maravilloso ser pensante, como a una gloria hecha de polvo de estrellas. Eso piensas, eso colocas en esta carta triste, la primera y última que escribes con este fin, y pides perdón por si tal vez no llegue a tener sentido para los demás.
   Piensas que puedes estar equivocado, también, en tu comprensión del mundo, en tu modo de entender el amor, el dolor, la vida y la muerte. 
   Estableces que no había ninguna urgencia en hacer lo que vas hacer, pero quieres terminar con esto de estar corriendo siempre, desesperado por empezar a vivir. Tu nacimiento en la casta intocable fue tu accidente fatal. Tu pasado te ha sentenciado, pero no te sientes herido en este momento. Estás simplemente vacío. No sientes preocupación por ti mismo, y es por eso que estás decidido a hacer esto.
   Dices que la gente te podrá tomar como un cobarde, como un egoísta una vez que te hayas ido de esta vida. Tu no crees en los fantasmas o los espíritus después de la muerte, sientes que eres libre de pensar esto. En tu opinión no hay nada absoluto, crees que puedes viajar a las estrellas. Y saber acerca de los otros mundos inciertos que imaginas.
   Pides que tu funeral sea silencioso y suave. Que todos se comporten como si simplemente hubieses pasado sin dejar rastro, como la luz de una vela. Pides que no derramen lágrimas por ti. Sabes que serás más feliz muerto que vivo. Pasarás de las sombras a las estrellas.
   Ruegas que no se moleste ni a tus amigos ni a tus enemigos por este acto de dignidad y esperas que sirva para redimir algo, para mitigar las penas de los tuyos. Para eso ofrendas tu vida. 
   Y es entonces cuando miras hacia el techo, te levantas de la silla y tomas la soga con la mano para comenzar tu última tarea sobre la tierra.

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viernes, 7 de octubre de 2016

Lucrecia

   Este es el tercer relato de una serie que está formada por los cuatro siguientes, los cuales también se pueden leer en forma separada:

   I: Moscas.
   II: A la mañana siguiente, la ventana.
   III: Lucrecia.
   IV: Una línea muy delgada

   La noche estaba fría y callada cuando salí a la calle, a la cortada Medrano donde vivo. La luna redonda y grandota era un globo de leche, pegado a la alfombra azul del fondo del universo, por encima de mi cabeza. Levanté la vista hacia el espacio oscuro, los pequeños cristales luminosos de las estrellas eran motas dispersas titilando ahogadas, congelándose como moribundas esquirlas nocturnas. 
   Me había puesto un jean y una camisa azul oscuro. No había gente en la calle. La única persona con la que me crucé fue una sombra furtiva, llevaba puesto un abrigo de cuello alto. La vi pasar de lejos, por la esquina, iba a paso rápido con la cabeza gacha, queriendo esquivar la brisa helada. Media hora después yo estaba tocando el timbre en su casa, fue la primera vez que tuve sexo con Lucrecia.
   Ni bien estuvimos dentro me llevó al dormitorio sin decir muchas palabras, me tomó de la mano enseñándome el camino. Se quitó rápido la ropa, con cierto apuro. Noté que tenía muchas ganas. Se arrodilló en la cama. Con la cara contra la almohada era una diosa desnuda, una venus con la lascivia entre las piernas. Mientras me desvestía le pedí que apagara la luz, me tira la penumbra. Un haz tenue se colaba por el hueco de la puerta abierta. Prefiero hacerlo en la oscuridad, sin hablar, me incomoda mirar a los ojos de la mujer con la que me acuesto. No fue necesario explicárselo, lo entendía, me conocía. 
   No soy una persona fácil de dominar, pero ella me llevó desde el primer momento, como un tronco en brazos de la corriente suave de los arroyos del delta, los que rodean las islas del río. Los días posteriores me lo pasé analizando los motivos de mi actitud. Es un comportamiento raro porque suelo rehuir de las personas, no deseo participar de sus mundos, mi universo afectivo es escaso, tiene poca fuerza de gravedad humana, tengo tendencia a esconderme y no conozco a nadie que influya en mí, salvo Lucrecia, y hasta cierto punto. Lucas dice que son las defensas, las barreras que pongo. Sufro de trastorno obsesivo compulsivo.
   Se aferró a las sábanas como una gata en celo, se contoneaba ante mis embestidas, que lejos de ser brutales, no la terminaban de satisfacer. Era insaciable su necesidad de ser sometida, se enredaban sus gemidos de placer con sus gritos de dolor. Ella subía y bajaba de la cima de su abandono, y seguía naufragando en esas oleadas, era una cáscara de nuez en el mar agitado de su inconciencia. Su voz aniñada pedía más, me rogaba horadar más profundo aumentando su tortura, porque en apariencia —eso lo pensé después— era el martirio lo que le potenciaba el placer.
   Yo también logré desatar en esa cama todos mis instintos primitivos, nunca lo había podido experimentar con otra mujer hasta esa noche. Había algo en ella que me percibía, lograba meterse dentro de mis sentimientos, por decirlo de alguna manera. Me agitaba viendo las ondas de su espalda en un movimiento rítmico, también estaba perdido, las sensaciones no me dejaban pensar, tocaba sus carnes, me hamacaba con ímpetu, la escuchaba gritar cosas ordinarias y me enceguecía más. En la furia ya desatada me ordenó sodomizarla, pero quería conservarme bajo su dominio, ella misma con sus manos me guió en el camino a lo profundo, se desgarraba en gritos, furiosa, me pedía más y más, estaba enloquecida, inmersa en esa mezcla de gozo y sufrimiento. Yo estaba a punto de llegar al límite y se dio cuenta inmediatamente.
   Entonces se apuró a pedirme que por favor volviera a hincarme en el hambre de su vulva, sin cambiar de posición, exigiendo, sufriendo, gritando, gimiendo, y así fueron llegando los últimos estertores. Me fui derramando dentro sin dejar de detener mis embestidas, mientras ella entraba en las últimas convulsiones de su orgasmo.
   Yo ya había tenido el mío y estaba extenuado al costado de la cama mirándola, agitado todavía, mirando extasiado los movimientos ondulantes de su pelvis. Su cabeza desmelenada se movía de un lado a otro, los dedos todavía arañaban la almohada, los gritos se iban convirtiendo de a poco en gemidos. Eran las estribaciones de la tormenta que precedían la calma. 
   Me toqué la piel, casi no había transpirado a pesar de la energía gastada, aunque el ambiente de la casa estaba cálido. Mi baja percepción del dolor, mi indolencia, viene acompañada con mi pobre sudoración, es una etiqueta adherida que tiene mi trastorno. Lucrecia es friolenta y tiene la calefacción siempre encendida en invierno, eso me incomoda.
   Me levanté despacio y me fui a dar una ducha mientras ella seguía mascullando palabras groseras y dulces en voz baja, todavía boca abajo sobre el colchón. Me siento muy molesto si no me lavo después de haber tenido sexo, después de haber estado en contacto con otra piel, con otros fluidos, me torno irritable si no me higienizo. No lo puedo evitar.
   Sobre el bidet del baño encontré tres bombachas usadas, seguro que las había dejado a propósito, me las acerqué a la nariz y aspiré. Sentí el mismo olor en su cuerpo, hace un rato, en el dormitorio. Era leve. Me cuesta percibir por medio del olfato, otra característica de mi indolencia, siempre viene acompañada por una baja percepción a los olores. Lucrecia era capaz de hacer cualquier cosa para atraerme sexualmente, necesitaba un hijo y yo sabía por qué, yo conocía la historia. 
   Cuando regresé a la sala después de vestirme me senté en el sillón grande, en el mismo lugar que me siento siempre. Había un vaso de whisky lleno sobre la mesa ratona. Ella se había puesto la bata y estaba cruzada de piernas cepillándose el cabello. 
   —Te serví uno doble
   Miré el vaso como si me estuviese observando el alma. Hoy ya había tomado tres, este sería el cuarto trago del día. Tuve un chispazo de duda, muy fugaz, algo me había tocado un nervio sensible, pero cedí. «Uno más, no va a ser un gran exceso», me dije.
   Lucrecia tiene la piel blanca, es bonita, de cara alargada, ojos celestes y pestañas muy largas. Los labios son delgados y siempre los tiene pintados de un color marrón oscuro. Es rubia, de pelo casi blanco, se lo corta en forma de melena, quiere aparentar ser un muchacho joven, y se lo tiñe con mechones de color verde. Esa combinación le da un aire perverso. 
   Pero aquí me quiero detener en un detalle que para mí no es menor. Lo de la perversidad, digo. Lo he notado en varias ocasiones; con el lápiz oscuro, con el delineador, se dibuja una raya horizontal continuando el extremo de la ceja hasta que se funde entre sus cabellos, pero de un solo lado de la cara; parece una tontería, pero, a mí, esas cosas me perturban un poco, la asimetría es una, la asocio con la necesidad de desarmar un orden, pero además estoy seguro, quiere simular un tajo, una línea delgada hecha con el bisturí, demostrando que es capaz de hacer daño y al mismo tiempo provocando, como si quisiera que por ahí, exactamente ahí, le rebanen la cabeza.
   Me señaló con la punta del cepillo sin sonreír. Generalmente estaba seria.
   —Lo hiciste muy bien Marcos, todavía siento tu tibieza dentro ¿sabés?
   —Tendrías que ir a darte una ducha.
   —Después voy.
   —Lucrecia, seguís tomando las pastillas ¿no?
   —Ese no es problema tuyo…, ya lo hablamos…, quien da las órdenes soy yo —dijo con voz suave y con calma.
   —Es una pregunta, no una orden. Sabés que no quiero problemas, ni con chicos ni con abortos ¡¿Está claro?!
   Seguimos hablando de otra cosa. Me contó que había conseguido a un pordiosero, un tal Gordon, a quien pagaba unos pesos a cambio de matar gatos del Botánico y llevarlos al jardín lindero del edificio donde vivo. Todo el barrio, todavía, sigue alarmado por esos sucesos, prácticamente quedaron exterminados todos esos animales del parque.
   Yo me enganché con la idea porque odio a esos bichos, me dan asco, jamás tendría uno en mi departamento, dejan pelos por todos lados. Ayer salí a la vereda rumbo a la redacción y la vi a la vecina, tenía un gatito en sus brazos, pasé a su lado y lo miré distraído. Tenía plumas en la boca, la mujer me miró sonriendo y me dijo que se había comido un pájaro, me dio asco y apuré el paso.
   A Lucrecia la conocí en la época de estudiante de Medicina, siempre tuvimos conversaciones esporádicas, siempre nos llevamos bien porque no hace preguntas estúpidas. Ahora es cirujana, nos encontramos hace cuatro meses después de algunos años de no vernos, y fue surgiendo lo de los gatos. 
   Cuando salí de su casa, esa noche, volví caminando al departamento. Por las calles de Palermo, silenciosas, iba despacio, meditando. Los faroles derramaban una niebla color crema, un halito pastoso, sobre las hojas caídas de los plátanos, confundiendo los colores. Las copas de los árboles en lo alto, por encima de los focos, permanecían en la sombra y se agitaban con la brisa helada, brazos desesperados como almas agitándose al cielo pidiendo ser rescatadas de los horrores de la oscuridad. 
   Era el estado ideal para concentrarme en lo que había pasado esa noche ¿Por qué me había “perdido” en esa lujuria? ¿En qué había fallado? Cuando llegase, me serviría otra copa, la última de esta velada, y me tiraría en la cama a pensar en esto. Al abrigo de mi dormitorio estaría más seguro, podría clarificar mejor las cosas.
   Doblé por la cortada y subí por las escaleras del edificio, no quise hacer mucho ruido, sino después tendría que bancarme las quejas de los vecinos, odio esas discusiones con la gente. Me puse cómodo y me tiré a fumar de espaldas con el vaso de whisky sobre la mesita de noche. 
   Apagué la luz, había tomado mucho, mi cuerpo parecía suspendido en el aire, las sienes me latían y la cabeza se hundía irremediablemente, como si no tuviese apoyo. Tuve miedo y encendí el velador, el cenicero no estaba en su lugar, miré hacia adelante y lo vi en la biblioteca. Me incorporé, y cuando salí de la cama me caí de la borrachera que tenía. No me dolió el golpe, la brasa del cigarrillo quedó bajo mi mano lastimando la piel y se apagó, no sentí nada, después me di cuenta de la quemadura, gateando traje el cenicero y me acosté nuevamente. Apagué y encendí la luz varias veces. La obsesión y la compulsión me afloraban, el estigma que no me abandona. Al final la apagué.
   Me había disipado, ya no había volutas de humo, pensé en lo ocurrido en estas semanas antes de dormirme. Me subió una congoja a la garganta y me dieron ganas de llorar, ganas irrefrenables, me temblaba la mano derecha, hipaba, estuve así un rato hasta que me calmé, había bebido de más y lo estaba pagando.
   En todo caso, pensé, lo de esos felinos que detesto fue algo sin mucha importancia, a mí me atraen las ratas. Me gusta verlas comer, siento atracción al contemplarlas, me regodeo con beneplácito en verlas completar la tarea de la muerte, la desaparición de la carne y la sangre, disfruto al ver como dejan los huesos pelados. Me atrae la muerte, ese misterio, veo un cadáver y se me disparan un montón de pensamientos, me quedo mirando el cuerpo sin vida, meditando. Tal vez mi grado de morbosidad sea un poco mayor que la del resto de la gente, no sé, algún día, tal vez, lo hable con Lucas. 
   Para Lucrecia, lo del Jardín Botánico fue una prueba, ahora tiene un plan más ambicioso.

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sábado, 1 de octubre de 2016

A la mañana siguiente, la ventana

   Este es el segundo relato de una serie que está formada por los cuatro siguientes, los cuales también se pueden leer en forma separada:

   I: Moscas.
   II: A la mañana siguiente, la ventana.
   III: Lucrecia.
   IV: Una línea muy delgada.

   Esta semana no he pensado en la herida que tengo un poco más abajo del estómago, la que me hizo el tipo que se identificó con “el loco”, el personaje del cuento que me publicaron en la revista. Creo que me he recuperado totalmente, pero me he quedado pensando acerca de los miedos. La gente tiene miedo al dolor, al sufrimiento, pero ese no es mi caso.
   Hace un rato he cambiado de lugar el cenicero que estaba sobre la mesita de noche y lo he colocado en la biblioteca que también tengo en el dormitorio, sobre la pared que está frente a mi cama. Es un cenicero de chapa, creo que debe ser de aluminio, está viejo y deformado, tiene manchas oscuras, muchas manchas pequeñas, algunas de color tabaco, producto de la tintura que le han dejado las colillas de los cigarrillos que he fumado durante estos últimos años. No suelo tener apego a los objetos, pero este cenicero es uno de los cuales difícilmente me desprendería.
   He vuelto a la cama y me he quedado mirándolo. He conservado la vista fija en él demasiado tiempo y siento que eso me está empezando a molestar. Trato de mirar hacia otro lado, pero la ansiedad me gana. No puedo dejar de pensar sobre todo en la posición en que lo he dejado, la geometría cenicero-biblioteca-mesita tiene algo de incómodo, es un trazado imperfecto en el cual el problema es la ubicación del cenicero. Llega un momento en que esa situación se torna insoportable. Es por eso, creo, que me he levantado y lo he vuelto a traer a la mesa que está al lado de mi cama, en el mismo lugar que estaba antes. Así queda mejor.
   He repetido este procedimiento varias veces, no puedo discernir qué es lo que me molesta cuando veo a un objeto en la misma posición durante mucho tiempo. Algo estático me da la sensación de que no tiene vida, de que está muerto, tal vez sea por eso que tengo que estar cambiando las cosas de lugar. Pero no cualquier cosa, hay algunos objetos que no puedo mover porque se pierde el orden y eso me pone muy molesto. Soy consiente por otro lado que no puedo estar haciendo esto indefinidamente.  Por eso me visto y decido salir a tomar algo al bar de la esquina, para despejarme un poco.
   Esta mañana el cielo de la ciudad está plomizo, sí, tiene nubes cargadas de lluvia, en cualquier momento se larga. Me gusta salir un poco, no es bueno que me la pase encerrado todo el tiempo en el departamento, ya es bastante el tiempo que me lo paso escribiendo para la revista. Por dos mangos, encima.
   Cuando doblo y entro en Santa Fe siento que alguien me apoya la mano en el hombro. Y después un golpe en el otro hombro, como un manotazo. Dos garras me sostienen firme desde atrás y no puedo ver la cara del tipo. De repente habla. Es Matías.
   —¡Qué hacés rata!
   El gordo es un atolondrado, trabaja cerca de aquí, en la redacción de la revista. Ahora, cerca del mediodía, debería estar en la oficina, el jefe lo tiene entre ceja y ceja, en cualquier momento lo raja, pero al él no le importa.
   —Gordo, sos un idiota, estoy recién operado.
   —No me digas, ¿qué te pasó?
   —Nada serio —le dije para sacarlo de tema.
   —¿Tenés un rato?
   —Sí… te invito un café, vamos al barcito de enfrente —me apuré a decirle. De otro modo lo tendría que haber soportado hablando a los gritos en medio de toda la gente.
Lo que pasa es que Matías es un tipo pesado, no tiene tacto y me intranquiliza cuando empieza con las preguntas. Después de contarle en dos o tres palabras para ponerlo al tanto de lo que me había pasado con el loco que casi me mata de una cuchillada se quedó conforme. Nos despedimos y me volví para mi departamento.
   No me gusta estar contando las cosas que me pasan, trato de evitarlo, las personas con las que tengo contacto, que son pocas, siempre están juzgando mi conducta a mis espaldas, y sé que siempre están cuchicheando, hablan mal de mí, dicen que soy raro. A ellos les parece que no los escucho, pero no es así, y yo odio sentirme humillado, por eso trato de estar poco tiempo en la redacción, lo necesario como para entregar el trabajo y pasar a cobrar.
   Todos saben que cargo con el alias de “rata” desde chico y eso francamente me molesta, nadie me llama así salvo el gordo, pero todos lo saben, estoy seguro que cuando me voy hablan en forma despectiva de mi aspecto y lo asocian con el apodo. Se equivocan, tiene que ver con otra cosa.
   Soy flaco, un poco alto, de pelo castaño oscuro y piel blanca. Uso lentes con bastante aumento, grandes y de marco grueso. La mayoría de las veces me visto con un traje negro, me parece que es el único que tengo. No me gusta la ropa de color. Por lo general estoy desalineado, no me importa mucho cuidar mi aspecto, lo que sí tengo que reconocer es que me lo paso lavándome las manos cuando vengo de la calle, sobre todo cuando he estado tomado de los pasamanos del colectivo o en el subte, o cuando he estado en contacto con dinero, sobre todo con billetes, son los más sucios.
   Cuando iba al colegio primario me llevaba un pedazo de queso en el portafolios para comer en el recreo. Mientras los otros jugaban yo me quedaba en un rincón comiendo la merienda. Ahí empezó a hacerse popular entre los chicos el mote que me pusieron. No me molesta tanto el apodo sino como lo usan los demás para denigrarme. El gordo fue compañero mío en la primaria y como es un bocón lo difundió también en la redacción, nadie me llama así directamente excepto él, pero todos lo saben. Sin embargo, no le guardo rencor.
   La indolencia es un estado del ánimo que a veces me acosa en algunos períodos de abstinencia. A veces intento dejar la bebida, extiendo demasiado tiempo esos períodos y la voluntad se tensa hasta un extremo insoportable. No soy un alcohólico perdido, pero tengo una adicción, como la que algunos tienen con el cigarrillo, no al extremo de arañar las paredes, pero la tengo.
   Cuando siento que está llegando esa ausencia de dolor me acerco a la ventana y la abro. Como es invierno se supone que debo sentir frío, pero lo único que siento es que el aire me agita los cabellos que caen sobre mis anteojos. Entonces me quedo aferrado a la ventana esperando. Las manos quedan fijas como tenazas. El cuello se me pone rígido y me veo, me pienso, abriendo otra ventana para sentir el frío porque hasta ahora solo siento la brisa que me mueve el pelo de aquí para allá, solamente eso. Y así estoy un rato, abriendo ventanas en mi cabeza, una tras otra buscando una sensación sobre la piel. La indolencia, me digo, es una necesidad imperiosa de abrir ventanas, la búsqueda de una señal que me dé la certeza de que estoy vivo, un poco de frío, aunque sea.
   A veces me viene cuando estoy en la cama fumando. Entonces acerco la brasa de la punta del cigarrillo a mi piel. Necesito quemarme, sentir un poco de calor, tengo los antebrazos llenos de cicatrices, son unos pequeños círculos, como si fuese pecoso. Por eso no uso remera, siempre uso camisas de mangas largas, aún en verano, para que no se vean las marcas y la gente no me haga preguntas.
   Vivo en un departamento que está en la cortada Medrano, casi Charcas, en el barrio de Palermo. En la esquina hay un edificio con ochava en la que de vez en cuando se instala algún indigente a dormir. Por la noche la cortada está solitaria. A mí me gusta salir de noche, aunque tenga que atravesar los olores a orín, los residuos nauseabundos que dejan los borrachos en la vereda, al común de las personas eso les molesta, a mí no. Diría que hasta de eso me priva la indolencia porque son sensaciones que no me llegan. No padezco de analgesia congénita ni nada por el estilo, pero son sensaciones demasiado débiles, yo necesito algo más fuerte.
   Ahora vengo de verlo a Lucas, el psiquiatra, siempre salgo del consultorio tarde, vuelvo a mi departamento cerca de la una de la madrugada porque me gusta venir caminando, estoy con el traje negro y una camisa liviana. Es invierno y estamos casi con cuatro grados sobre cero con una brisa helada que por lo menos me refresca un poco, me hace sentir vivo.
   Ya estoy de regreso entrando en la cortada, quiero disfrutar de la cena, tengo un poco de hambre, no soy de comer mucho, picoteo alguna cosa, me tomo un trago y ya puedo dormir. Pero antes de eso, ni bien entro, voy a la cocina. Saco el medio kilo de carne picada de la heladera que compro todos los viernes, bajo las escaleras y salgo a la vereda.
   Al lado del edificio donde vivo hay una especie de jardín cerrado con una reja baja, un lugar donde lo que único que hay es pasto crecido que de vez en cuando se ocupa de cortar el encargado. A veces la gente tira basura. La cortada a esa hora está en silencio, me acerco a la reja y tiro la carne por encima.
Me quedo un rato y las empiezo a escuchar, siento chillidos, los pastos se mueven, pero no las veo, solo veo que en la penumbra se agitan entre la hierba, se van acercando ni bien empiezan a percibir el olor. No sé porque me gustan las ratas, será porque tenemos algo en común, digo, la oscuridad, el silencio, el rechazo a la gente. En realidad, a esas coincidencias se debe el origen verdadero de mi apodo.
   Cuando vuelvo a subir oigo sonar el celular que dejé encima de la mesa ratona de la sala, miro la pantalla y atiendo. Es Lucrecia, ya le he dicho que no me llame por teléfono, que espere que yo la llame. Suspiro, me fastidia, pero la escucho con atención. Quiere empezar mañana a la noche, dice que el lunes es un día “apropiado”, le gusta usar esa palabra. Hablamos un poco más de los detalles y cortamos.
   El martes empezaron a aparecer los primeros cadáveres de los gatos, en el jardín que está pegado al edificio, los huesos estaban casi pelados y había restos de piel por todos lados. El primero que se dio cuenta fue el encargado.

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