viernes, 25 de noviembre de 2016

Infancia

   Yo nací en los suburbios de Buenos Aires, en el sur, que por aquella época era un descampado en el cual las pocas viviendas estaban diseminadas entre algunos baldíos alambrados y calles de tierra. Yo nací en la casa embrujada del barrio.
   Ese fue el centro mismo del Mundo, donde estaba el reino fantástico que todos los chicos llamábamos la laguna de la Posática, ese reino que no abandonó nunca mis recuerdos. 
   El barrio estaba en la llanura, allí no había cerros ni quebradas, todo era horizontal y plano. Los pocos árboles no lograban evitar que la vista se pierda en el infinito de esta pradera. Algunos europeos alpinos que han llegado a la Argentina han bautizado a este efecto particular que producen estas pampas sobre sus espíritus, con el pintoresco nombre de vértigo horizontal. 
   La construcción estaba en una esquina, sin ninguna otra alrededor, se erguía vertical sobre el terreno, con su cúpula romboidal ahusada apuntando hacia el cielo y un árbol gordo a su lado. La puntera medieval de estilo gótico estiraba su pescuezo por encima de la construcción precaria. 
   Tenía el estigma de ser la más pintoresca y anacrónica de todo el barrio. En la huerta delantera estaba la gigantesca palma, un equívoco de la Naturaleza, producto de alguna semilla venida de algún lugar remoto, más allá del océano.
   Durante toda mi niñez supe del fastidio de mis padres a la hora de explicar a parientes de visita, a propios y ajenos, la historia de aquél raro espécimen que no parecía árbol, simplemente porque tenía el tronco tan desmesuradamente ancho, como una cuba de bodega puesta de pie y, porque además tenía ramas que no parecían ramas sino más bien alas de pájaros antediluvianos bajo las cuales anidaban los murciélagos.
   La pirámide octogonal rematada por un cono largo y afilado en la punta, tenía ventanucos en cada una de sus caras, los cuales siempre permanecieron cerrados. En el interior, en el rincón delantero del comedor había una escalera en espiral para acceder a la cúpula. 
   Si alguien se aventuraba al ascenso se encontraba con una puerta por la que solo se podía pasar agachado y, si la trasponía, se encontraba sobre un piso poligonal donde entraban no más de dos personas mayores de pie. Quedaría incorporada de dos maneras a mi memoria: una como el ámbito mitológico que nos fabricamos cuando somos pequeños, la casa en la copa del árbol dibujada en los primeros libros de cuentos; y la otra como la habitación truculenta a la que daba miedo acceder. 
   Y tan lejos de mis apreciaciones no estaban las habladurías de las viejas vecinas porque eran habituales las murmuraciones sobre fantasmas, espantajos, y ánimas de muertos que habían sido vistos o escuchados dentro de aquel bonete que coronaba la techumbre. 
   Estas y otras cosas se comentaban en voz baja y se desparramaban como gotas de azogue de un extremo a otro del barrio, pero lo cierto es que con la condensación de los años solamente pude certificar la existencia de los asustadizos murciélagos, y los ruidos de las hojas de la palmera acariciando las chapas del techo en las noches de temporales ventosos. Aquellos aguaceros terribles solían azotar esos potreros, y hacían ruidos parecidos al rechinar de puertas desvencijadas que quedarían grabados en mi memoria con el signo del espanto.
   El ámbito de mi mundo se expandía y avanzaba. Las veredas polvorientas rodeaban las manzanas y delineaban sus formas definitivas, aunque todavía las construcciones estaban tan esparcidas entre los alambrados de púa, que el barrio parecía haber padecido la calamidad de una sarna endémica que había dejado huecos por todas partes. 
   Y también estaban los zanjones rebosantes de yuyos y de ranas descomunales, que más adelante cazaría en las noches cálidas de verano hipnotizándolas con el farol de la linterna. Y solo un poco más tenían esos parajes que constituían todo el espacio que existía sobre la Tierra de mi infancia. Ese poco más estaba algo más allá de lo que abarcaba la mirada de mis ojos melancólicos, era el lugar más sagrado, recóndito y peligroso, la laguna de la Posática.
   Mi madre había nacido también cerca de aquí, de familia española, era una mujer rubia, bajita, delgada, de piel blanca, ojos celestes, hermosa. Se había enamorado de mi padre muy joven y hubo mezcla de razas, ella puso el tono claro de su abuela, el aportó el color pardo de la tierra. Al poco tiempo de estar de novios, él le pidió permiso al padre de ella para casarse y la sacó de la familia para traerla a este sitio raro, con forma de castillo, donde la gente del barrio decía que habitaban los espíritus. 
   Mi padre tenía origen incierto, alguna herencia indígena pampa con varias generaciones detrás, con evidencia en su piel oscura y en sus huesos amplios. Había nacido en Tres Arroyos, un pueblo agrícola del sur de la provincia, había trabajado en los campos de maíz de la zona y luego se había ido a las montañas. De los campos amarillos de girasoles a los pinares verdes de cipreses y coihues de Colonia Suiza, al pie del cerro Tronador, en la Cordillera de Los Andes, a trabajar para una compañía escandinava, que se dedicaba a la construcción de habitaciones en la zona boscosa. Cuando la empresa quebró se vino al puerto de Buenos Aires sin un peso, con lo puesto en busca de un nuevo empleo.
   En esa ciudad enclavada en las cumbres mi padre había conocido a Oleg. Era un muchacho joven, de origen sueco, alto, de pelo rubio, de voz estentórea y de carácter alegre. Era callado y el idioma los separaba, pero a pesar de eso se había hecho amigo de mi padre. Tenía en sus venas todos los condimentos de la cultura de los países del norte de Europa y con ellos traía la seducción por lo sobrenatural. 
   En su bolso llevaba una copia del Galdrabók, el libro islandés de Magia, un grimorio rúnico con instrucciones sobre el uso de artilugios y conjuros. El nombre de ese amigo siempre aparecía mezclado en las historias que mi padre nos contaba, ese compañero nórdico con el que había compartido jornadas laborales en los bosques que se encuentran al borde del lago Nahuel Huapi. Y fue él, justamente, quien le regaló una pequeña bolsa con runas talladas a mano, cuando se vino para la capital.
   Mi padre trabajó mucho para poner en orden la vivienda, tapando, reparando, a golpes de martillo, clavando, para tornar habitable esa construcción de madera llena de telarañas. En un par de meses logró ponerla en condiciones y terminar su obra de reparación pintándola de varios colores vivos. Ahí vine yo al mundo, en ese sitio, el primero de dos hermanos.
   Al poco tiempo del nacimiento de mi hermano, mi madre perdió el juicio, mi padre visitó médicos y hospitales, pero nada logró. Ella pasó de ser una española hermosa, hidalga, un poco melancólica quizás, a ser otra persona. Se llamó a silencio, hablaba algunas veces sola o contestaba con monosílabos, caminaba por todas las habitaciones acunando el mate entre sus manos, de un lado a otro. Nunca más salió a la vereda, se anidó en su mundo interior, ni bien llegaba a la puertita de alambre se volvía para adentro. Nadie relacionó nunca a las supuestas hechicerías con su locura, ni siquiera mi fértil imaginación se atrevió a ello.
   Los años me traerían la tristeza, el desgarro interno, la ausencia irreparable de no haber podido conocerla, la nostalgia me perseguiría toda la vida, aún hoy lo hace sin respiro. Siempre traté de descubrir lo que pensaba, yo tenía la ilusión de que todo lo que ella murmuraba era una mentira para despistarnos. Siempre quise atraparla en algún descuido y nunca pude. No haberla conocido es una herida tan grande que nunca pude superar. Me quedó solamente esa seducción por los locos que aún hoy se cuela en mis pesadillas. En ellas la buscaría siempre.


   Dicen que los chicos son crueles y de eso me quedó constancia. Un día uno de los pibes de la cuadra, del cual no diré el nombre, me contó que había escuchado una conversación entre una vecina y la hija mayor en el almacén. Estaban esperando que las atendieran, los brazos cruzados sobre el pecho, pegaditas, cuchicheando.
   —¿No la viste? La loca que habla sola. Cada vez se nota más.
   —¡Ay mamá! ¿Por qué no dejás de espiarla?
   —Verónica, que tira las cartas, me dijo que le han hecho un “trabajo”.
   —¿Decime, porqué te metés?
   —Magia negra, estoy segura.
   —¿Y a vos que te importa?
   —Eso lo curan las brujas… para mí, el marido tendría que probar.
   Así terminó el relato, yo era muy chico todavía para hacer preguntas. Me quedaron grabadas a fuego estas palabras, pero no me di cuenta hasta qué punto.
   Cuando era niño, lo que sí siempre me atrajo fue investigar de dónde venían los ruidos, los crujidos que nunca cesaban entre las junturas de las tablas de pino. Siempre supuse que provenían del pináculo de forma piramidal, pero nunca me animé a entrar en él, ni solo ni acompañado. Estaba la escalera caracol para acceder a él mediante una puerta pequeña pero nunca me animé a atravesarla.
   Cuando muchos años después volví a visitar la vivienda que había sido abandonada definitivamente por el dueño original, entré por primera vez a ese lugar. Yo nunca supe qué era lo que venía a buscar. Con el tiempo sabría cuál era la respuesta a ese interrogante. Recordé, entonces, en ese lugar y en ese momento, el regalo que Oleg le había hecho a mi padre. 


   Ayer soñé con mi madre y con la casa. Recuerdo una de las escenas. Era de noche, yo tendría seis años. Había una luna redonda enorme en el cielo que iluminaba con esa luz pálida todo el barrio. Recién salía y se la veía grande, un globo que abarcaba todo el cielo. El extremo afilado que coronaba el cono se recortaba nítido contra ella, era una sombra sacada de un libro de cuentos. 
   Yo estaba sentado sobre una pila de adoquines en el terreno de enfrente y la vi. Pasó volando con su escoba, su gorro negro y alto, su pollera larga y su nariz puntiaguda volando despacio alrededor del chapitel, inmersa toda su figura en la esfera de la luna. 
   El vuelo en círculos alrededor de la aguja, que estaba haciendo la bruja, era la típica maniobra para reparar un mal hechizo. Luego se sumó otra. Eran enviadas para descifrar y ordenar las runas que estaban en el altillo, las que le había regalado el sueco a mi padre, en el espacio misterioso que había estado deshabitado durante tanto tiempo. 
   De modo que la bolsa de arpillera que contenía las tabletitas de madera con los antiguos caracteres extraños tallados a hierro candente, se desató. Y esos trocitos, esos secretos, esos susurros, se desparramaron. Habían estado muchos años aprisionados ahí, esperando. 
   Y su encierro en desorden habían sido la causa de la pérdida de la razón de mi mamá. Las hechiceras, a pesar de ser tan opuestas a la magia vikinga, se habían condolido de la tristeza que le había oscurecido la mente y habían salido esa noche a ayudarla. Al salir de su celda las runas se alinearon formando la frase adecuada, esa que el vuelo circular de las brujitas había compuesto para romper el conjuro. 
   Venían, en su vuelo, enviadas por Arianrhod, diosa Celta de la luna y las estrellas, para curar el extravío, a devolvérmela. Fue una experiencia maravillosa que todavía no logro disipar de mi memoria aún avanzada la mañana. 


   Ella ya ha muerto hace tiempo y ya no está conmigo, pero este sueño me la ha devuelto, recuperada en esta maravillosa experiencia onírica, diáfana y posible, casi verosímil. Es por eso, que quiero retenerla intacta en mi memoria de ese modo, y aunque sepa del engaño, me aferro con todas mis fuerzas a incorporar su lucidez a la certeza de mi cordura.

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