miércoles, 28 de diciembre de 2016

Visitación

   Ezequiel Cáceres, el vendedor ambulante más avezado que trajinaba en el sistema ferroviario, en esta zona perdida en los mapas argentinos, conocía todos los pueblos esparcidos en la aridez del páramo, en la provincia de Catamarca. Sin embargo, hoy, todavía no había realizado ninguna venta.
   Una vez que se detuvo el tren, subió, dejó su valija de cartón en el piso, y levantó la mano izquierda para tomarse de la anilla, a fin de mantener el equilibrio sobre sus piernas. A pesar de que tenía el palo en la otra pudo tironear el cinto hacia arriba, un movimiento involuntario que no cumplía el objetivo de evitar el desgaste, ya que las botamangas del viejo pantalón verde claro estaban deshilachadas por el paso del tiempo. Cuando se cerró la puerta comenzó su discurso.
   —Buenas tardes señores pasajeros, sepan disculpar la molestia…
   Abrió grande la boca para que le saliese clara y fuerte la voz ronca, mantuvo esbelta la espalda y firme el cuello fijando la vista hacia el fondo del vagón, para que su sonido sobresaliera por encima del ruido del choque de ruedas y rieles, que se colaba desde afuera, junto con el polvo y el calor extenuante del verano, a través de las ventanillas abiertas. 
   Había solo dos pasajeros. La anciana Visitación estaba sentada en el primer asiento. Tenía apretada contra su pecho, y descansando sobre la falda del vestido de colores gastados, una bolsa de manijas de plástico que sujetaba con sus manos nudosas. Al lado, sobre el piso traía la jaula con la gallina. Anoche un zorro se le había metido en el gallinero y le había matado a la bataraza. Su hija, que vivía en el pueblo de al lado, le había regalado una. Visitación había ido a buscarla hoy con el tren y ya estaba de regreso a su casa. 
   Miraba fijo, prestando atención al hombre, con sus ojos negros engastados en su rostro oscuro y arrugado. Se acomodó mejor el sombrero de paja para observar el movimiento de los labios y entender mejor el discurso.
   —Directamente de la Aduana vengo a ofrecerles en esta ocasión este útil palo para la dama o el caballero, el mejor del mercado para obtener las mejores selfis con el celular para delicia de la familia…
   El segundo pasajero, de traje fuera de época y zapatos negros, venía cabeceando sus sueños. Había comenzado a beber desde temprano, y ahora, viajando a casa de sus parientes, le había ganado la modorra. Su cabeza golpeaba, a cada barquinazo del tren, contra el asiento de madera, agitando los cabellos desordenados sobre el rostro, con cada sacudida. 
   —Este práctico instrumento lo están abonando en los comercios del ramo a no menos de 300 pesos. En esta ocasión, yo, Ezequiel Cáceres —y esto lo dijo con notorio orgullo—, se lo vengo a ofrecer, no a 200 pesos, tampoco a 100 pesos, se lo vengo a regalar…
   Visitación ni siquiera pestañeó, pero cuando escuchó “regalar”, sin querer giró levemente su cabeza, movida por el interés, como para escuchar mejor.
   —…por la módica suma de solamente cinco pesitos, así como lo escuchan damas y caballeros, cinco pesitos.
   El hombre hizo una pausa para secarse la traspiración de la frente con un pañuelo grande y arrugado. La anciana le sostenía la mirada sin cambiar de posición.
   —Y ahora, con el permiso de todos ustedes voy a pasar asiento por asiento…
   Ezequiel se alisó un poco la camisa roja arremangada hasta los codos antes de comenzar a transitar por el pasillo con sus alpargatas nuevas mostrando la mercadería. Solo llevaba un palo, los demás los tenía en la valija que había dejado en el piso, en el sitio en dónde había estado voceando las bondades del precio.
   —Señora, señor, cualquier duda, cualquier consulta, no tiene más que preguntar, un hermoso producto para regalar, práctico para el hogar, multiuso, a ver quién lo solicita por acá…
   Cuando Visitación escuchó la palabra “multiuso”, pensó en el rancho, en todas las cosas que le faltaban, ni lavarropas tenía la pobre, televisor menos. Tal vez este aparato lo pudiera usar en la cocina, para remover los carbones sin quemarse los dedos y sin que las chispas le estropeen el único vestido. O tal vez como antena para sintonizar mejor la radio. Se le ocurrieron un montón de usos para el dispositivo. 
   Cáceres ya estaba de vuelta en su lugar. El tren de dos vagones en el que estaban viajando, había partido de Cebollar, y estaba llegando al próximo pueblo. Cabeceaba un poco más porque estaba haciendo el recorrido sinuoso, obligado por los rieles, antes de entrar en la estación de Chumbicha, en pleno valle de la polvorienta provincia de Catamarca. Lejos de todo.
   —Alguien más por aquí que quiera aprovechar… —dijo cuando pasó al lado de la anciana.
   Visitación torció el cuello, y sin dejar de mirarlo a los ojos dijo.
   —¿Y el palo sirve para hacer llover?
   Ezequiel dejó de hablar, se inclinó hacia ella, la miro a los ojos, y alzando levemente las dos cejas le dijo.
   —Es lo mejor que hace señora.
   El tren ya se había detenido y Visitación se levantó. Se inclinó para levantar la jaula y repreguntó.
   —¿Y cómo me lo demuestra?
   —Tiene garantía, si no le funciona, mañana se lo cambio por otro —le dijo fijando en ella más aún la mirada con ánimo de convencerla. 
   —No tengo cinco pesos, tengo tres huevos.
   Cáceres sopesó la contraoferta, alzó la mirada al techo, se tocó la barbilla y dijo.
   —Bajemos y hacemos el intercambio.
   Visitación se sentó en el banco del andén desierto, revolvió en el fondo de la bolsa, y con cuidado le dio los tres huevos envueltos en papel de diario. Ezequiel los puso dentro de la valija de cartón y después sacó un palo, pero que era mucho más corto que el que había mostrado en el tren. La anciana lo miró desconfiado y él mostrando todos los dientes en una sonrisa de orgullo le dijo.
   —Es extensible abuela, le doy el mejor que tengo —. Y ante la mirada interesada de ella, en un solo movimiento lo desplegó logrando la longitud del que había mostrado en el viaje.
   Visitación se alejó caminando despacio dejando atrás el callado andén de la estación por uno de sus extremos. Alrededor no había ni una sola casa, estaba alejada del centro de la ciudad, en uno de los sitios más desérticos de toda la provincia. Comenzó a transitar el sendero de tierra floja que la llevaba al rancho, con la jaula de la gallina en una mano y en la otra la bolsa, de la que sobresalía el palo, como un mástil brillante, un objeto de alta tecnología, atípico en aquella vastedad. 
   Ezequiel se quedó sentado en el banco esperando el tren que lo llevaría en sentido inverso, un recorrido que hacía a diario. 
   El sol caía salvaje calcinando la llanura casi sin hierbas, con extensos claros de tierra cuarteada por la sequía. El silencio era total, la ventanilla de expendio de boletos estaba cerrada, la casilla del jefe también. El bochorno de la tarde le ardía sobre la piel. El aire cálido, tórrido, ocupaba todos los espacios, alcanzaba hasta los rincones más escondidos.
   Se colocó ambas manos detrás de la cabeza observando a lo lejos desaparecer tras el horizonte la pequeña figura de la anciana. Así pasó un largo rato mirando a su alrededor, a ningún lado, dejando pasar el tiempo. Después se desprendió otro botón de la camisa, sacó el pañuelo para secarse las gotas de sudor que le perlaban la frente y la cabeza, aplastado por el terrible calor, tumbado en el asiento.
   En ese momento, vio la línea quebrada que titiló entre la tierra y el cielo, y un segundo después escuchó el estampido del rayo. Los ojos se le agrandaron, el corazón le empezó a latir como un bombo. Cuando se levantó, ya definitivamente asustado, empezaron a caer unas tímidas gotas de agua, primero esparcidas por el campo y luego más juntas, más cercanas, antes de que se declarara, definitivamente, el diluvio.

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jueves, 15 de diciembre de 2016

El faro de sus sentimientos

   Imagino que ella vive en un faro. Por eso es que, al asomarse, puede mirar el infinito, puede ver la línea del horizonte, el río extendido hasta la otra orilla, la silueta lejana de los barcos empujando la marea. 
   Esta tarde hubo bruma. Se acercó a la ventana, desplazó los pliegues de la cortina con sus dedos delgados hacia un costado y observó en silencio la niebla que cubría el golfo casi por completo. Algunas columnas, pararrayos y pedazos de terrazas asomaban sus cuellos erguidos como buques encallados, surgían brazos y manos trémulas, restos edilicios desvanecidos entre algodones. Su vista se perdió en la distancia, las nubes lo abarcaban todo. El sol agonizaba. Sonrió y se le iluminó el rostro. La noche acechaba, pronto el aliento de mi voz estaría a su lado. 
   Imagino ahora que está allí, en el vientre de la bahía amplia y frondosa de árboles verdes, lejos de la punta de los acantilados donde golpean las olas, que seguramente no escucha. Esa punta de reptil que se arrastra hasta la costa para morder el agua yace dormido, quieto, apuntando hacia el este ese hocico de piedras de colores verdes, bañadas por la espuma intermitente, blanca bajo el resplandor de la luna, pero que ella no puede ver; esas rocas puntiagudas que tiritan en las sombras a la espera del día, aguardando al despertar el vuelo de las gaviotas.
   Mientras yo estoy aquí escribiendo, es necesario que ella esté unos kilómetros más al norte, allí en su faro, seguramente cruzada de piernas, sentada, jugueteando con los flecos de su blusa. Si yo existo es porque en este momento me está pensando en su piélago melancólico, cuando se han marchitado los últimos esplendores de la tarde y los astros nocturnos arden en el inmenso techo oscuro.
   Tiene las cosas mágicas de las hadas. Su perfume único la distingue a tal punto que me siento capaz, si estuviese ahí, de encontrarla, aún con los ojos vendados, tanteando el aire con mis manos extendidas hacia delante. Podría hacerlo desde aquí también, tan solo con la reflexión, guiado solo por el aleteo de su instinto, si es que está dispuesta.
   Pero es como las flores que abren sus pétalos en las tinieblas, solo huele cuando está en su estado de levedad, ese modo tan cercano a la ingravidez en que se suspende, para llamarme, porque me necesita.  En otros momentos no ocurre, me he acercado hasta besarle la piel y he descubierto que su cuerpo no tiene aroma. Como las diosas griegas de los cantos épicos, su cuerpo emite fragancias solo cuando alguna emoción le agita el alma.
   El faro es una torre alta en donde vive, allí, donde se ve esa luz tenue, en la mitad de su altura, tiene su nido. Ahora hay silencio dentro porque todos sus habitantes duermen, hechizados, para que conversemos a la distancia. Se han detenido los sonidos cotidianos, no hay choques de ollas, ni tintineos de copas, ni llaves, ni cerraduras que raspen los metales, todos ellos se han quedado mudos. No hay allí sustancia cotidiana. Ella ha ordenado todo. Hasta allí solo llega el murmullo de mi voz lejana a conversarle en los oídos de su dulce soledad. 
   Su alcoba arroja una franja de claridad anular en la oscuridad. Es posible subir por un collar de escalones que se va enroscando como una planta trepadora, una enamorada del muro que lucha por alcanzar la luminaria del faro. En el sexto descanso está su cielo, ahí quisiera estar ahora.
   Me agrada su compañía a la distancia, bajo los soles helados que surcan el firmamento en este marzo sublime, al calor de la noche. Hablarle tiene el encanto de dialogar con los ángeles en el idioma de las emociones. Tiene la costumbre inmortal de no enojarse, talla ideas de madera noble con gubias silenciosas. Sabe retrasar el tiempo, alargar los minutos y las horas, maneja la eternidad de los instantes. Seguramente ahora anda descalza, sin hacer ruido, mientras conversamos, va a buscar un té y se sienta a desenredar los pensamientos que le acerco. Camina con calma, como recorriendo los senderos de un bosque de pinos, conversando con las plantas y las aves. No es cotidiana.
   Está en el faro observándome, lo percibo. No es necesario que me hable. Me piensa, eso es todo. De ese mismo modo me iluminó el rumbo entre las aguas turbulentas para llegar a su corazón. Hizo recto lo sinuoso, liso lo ríspido, suavizó lo quebrado, me señaló los escollos. Logró establecer que los veranos sean eternos, eliminó las rutas equivocadas, llenó el aire de mariposas. Otros navegantes han llegado antes a su sitio, pero no han sabido encontrar los secretos de su paraíso, no llegaron a comprender toda la plenitud de sus silencios. 
   Ella tiene reservado un lugar para mí en ese pequeño enclave, en la panza del golfo a unos kilómetros al norte de aquí. El faro de sus sentimientos no tiene un nombre marino y nadie sabe las millas que barre el recorrido del haz de luz cuando cae la penumbra, y nadie sabe ni sabrá cómo ha podido salvar a mi barco del naufragio, cuando la noche había desatado toda la furia del agua contra los acantilados. 

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miércoles, 7 de diciembre de 2016

Cada mañana

   Es cierto que la luz ya le ha quitado la pereza a la mañana y las gentes van a sus trabajos, a su rutina, pero ¿por qué tenemos que separarnos? ¿Por qué dejar nuestro cielo, porqué debo abandonarte, alejarme de ti tantas horas?
   De mi sueño descendí desconcertado al principio y luego de dejar las sábanas me encaminé obediente como una marioneta sin corazón y, lacónico como el avance implacable de las agujas del reloj, me he entregado a la lluvia cálida de la ducha.
   Dentro del pecho, aquí, me atrapó la perversa desidia que me persigue. Un sabor amargo me ha ganado y me conduce al desencanto con su habitual e intensa falta de cuidado. 
   El tiempo pasa, ahora lo siento más que nunca, y aunque a veces vacila, siempre avanza, con la avaricia de lo inobjetable. Sé que no es así, pero siento que nunca retrocede, maldito implacable, hacia los sitios en donde se halla la belleza: los instantes más delicados de tus caricias, los momentos inmensos de tu entrega.
   ¡Cuántos besos de menos que no podremos darnos en este nuevo día! Crujirá la sal en mis labios resecos, de tanto nadar, por el agua del mar de tus delicias. En mi piel carente de amor quedarán escasos vestigios del recorrido de tus manos. Contemplaré en qué modo medra, se expande, el vacío de las horas, las cuales se van a extender como una condena, más tarde, cuando estemos separados.
   ¿Cuál es el motivo para resignarnos a un suceder de este modo? ¿No somos capaces de inventar, de imaginar otras formas? La vida es demasiado, es un exceso, con esta eternidad por delante hasta que nos volvamos a ver por la noche, hasta que llegue la próxima brasa.
   Si supieras, si pudiera decirte, cómo el tiempo se eleva y se agiganta hasta el infinito. Si pudiese explicarte cómo se hunde en un claroscuro interminable y frío, cuando tu rostro está escondido en otra parte y no puedo verlo, te aseguro que no serías feliz al escuchar mi queja tan sombría. Haz de cuenta, por lo tanto, que no lo he dicho.
   Deberé esperar a que se cumplan los horarios, que golpeen esos imaginarios aldabones, timbres, campanillas, para renacer con el festejo de la huida para ir a tu encuentro. Me resignaré a que se cumplan los ciclos inexorables de los oscuros ritos cotidianos. En fin, será un abismo insondable, no sé, todavía, que alas me pondré para cruzarlo. Te extraño mucho, hace apenas un siglo que te conozco, y tengo temor de olvidar tu rostro, quiero repasarlo en mi memoria, para no perder su imagen en los minutos que me restarán para volver a verte.
   Así se comporta el malvado decurso de las horas ausentes, se demora en los segundos. En todo se retrasa mientras tú no estás, es así siempre. Todos los días temo al olvido. Tengo miedo de no recordar tus ojos oscuros, tus pies pequeños, tus pechos blancos, el abrazo ligero de tu cuerpo en nuestra noche. Me gana el desasosiego, me espanta pensar que quede relegada al silencio la melodía de tus palabras.
   La espera se dilatará, deberé aguardar, con mi espíritu destilando toda la angustia, todo el desencanto, todo el atraso que me imponga el tormento de la tregua entre nuestros encuentros. Se me arrugará la frente cuando advierta tu ausencia y caminaré con la cabeza gacha, y el alma desencantada. 
   En todo esto pienso ahora que debo despedirme. No tengo ganas de hacerlo, de veras, me inquieta el dolor de los aguijones que torturarán el beso del adiós. Temo a las olas siniestras del miedo que van y vienen, azotando los acantilados fríos de la soledad que me amordazará, a las que traen pérdidas y lamentos. Por eso me abrazo a tu sonrisa, para hacerla eterna, el sol necesario para soportar la penumbra que tengo por delante. 
   Lo malo es el humo pesado y gris que avizoro más adelante, en los instantes posteriores, mi única certeza es el futuro incierto de mi eterno día. Lo bueno es la cálida bruma de tu sortilegio que ha quedado desecha en la niebla que se va disipando en mi memoria. Ella será la reserva del pasado en cubas de roble que bajo siete llaves conservaré durante el eclipse de tu figura.
   Manoteo en la temperatura de las emociones, mientras te miro a los ojos, en esa sustancia espesa que no se presenta visible. Me asalta el desconcierto. Siempre se interpone una epifanía antes de la partida. Y de ahí el salto que sale de donde menos lo espero, el animalito mínimo que sale de la maraña. La pequeña alegría. Y aparece una luz tibia en el círculo de tu retina, y yo te imagino un resplandor más arriba, en tu frente. Tu dulzura es espléndida en el centro de la vida. Tu rostro brilla más intenso que un sol, tus brazos se abren para recibirme. Y en ese abrigo, siento la caricia de tu mejilla. Ella me calma la herida larga, interminable, del presagio de mi aislamiento diario e inevitable. No quiero irme. 
   Tus talones ascienden con levedad al beso de la separación. Es el instante de gloria que me hace falta para dar el necesario brinco al vacío opaco. Es el abrazo que me prodigan los latidos de tu corazón, el minúsculo tambor de hojalata y de colores que me eleva hasta la nube celeste de tu fascinación.
   Feliz de llevarme el néctar salpicado de tus besos en mi mejilla. Recupero la alegría sin decir palabra, secuestrando mi sonrisa, para el regreso. No hay ya ningún peso que me curve las espaldas.
   El empujón de tu soplo de mariposas me acaricia el alma.
   Y así salgo a enfrentar al nuevo día.

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jueves, 1 de diciembre de 2016

Premio Liebster Awards

Premio Liebster Awards

Agradecimiento:

He tenido la generosidad de ser nominado por YNADA MAS con este premio, y por este motivo le agradezco enormemente que me haya tenido en cuenta. Ella dice que su blog está en proceso de definición, pero creo que vale la pena visitarlo, a mí me ha gustado mucho el contenido y la estética. Los animo a dar una vuelta por allí. Estos son el nombre y el enlace:

Nominador:

LA LIBERTÁ
PSEUDOBLOG EN PROCESO DE DEFINICIÓN

Reglas:

Para aquellos nominados que no las conozcan y estén interesados en saber sobre las reglas oficiales de este premio, les dejo aquí el siguiente enlace:
1 Agradecer al blog que te ha nominado.
2 Responder a un cuestionario que integra 11 preguntas.
3 Nominar a 5, 11 o 20 blogs que tengan menos de 200 seguidores.
4 Avisar a los premiados de la concesión, bien en su blog o desde las redes sociales.
5 Formular 11 preguntas a cada blog que se ha nominado.

Mis nominados son:

https://mariacarmenpiriz.blogspot.com.ar/ de María del Carmen Píriz
https://entrepapirosycalamos.blogspot.com.ar/ de María Dolores Moreno Herrera

Respuestas al cuestionario de mi nominador:

1. ¿Cuándo comenzaste a escribir? Hace poco, podría decir que estoy haciendo mis primeros pasos en el mundo de los blogs.

2. ¿Qué pretendes con tu blog? Que lo visiten escritores y que dejen comentarios con críticas que aporten, que puntualicen tanto fortalezas como debilidades.

3. ¿Prefieres los blogs especializados (literarios, culinarios...) o te interesan más los de temática variada? Prefiero los específicos, los que se dediquen solo a Literatura.

4. ¿Sueles leer siempre las entradas antes de darles un voto positivo o a veces actúas por simpatía y/o agradecimiento? Primero leo, a veces necesito releer para estar seguro de que tengo la comprensión total del texto, y luego comento.

5. ¿Te has metido alguna vez en un lío por un comentario desafortunado o malinterpretado? No nunca, afortunadamente he tenido suerte con los blogs que visito y los escritores que vienen al mío a dejar comentarios.

6. ¿Has cancelado alguna vez un plan para terminar una entrada? No, nunca he estado apremiado, ni siquiera cuando me he presentado a concursos.

7. ¿Cuál crees que es la frecuencia de publicación de entradas razonable para mantener vivo el blog, pero no saturar al personal? Creo que depende de la extensión de los textos. En mi caso, que suelo publicar entradas promedio entre 1000 y 4000 palabras, lo que trato de mantener es una frecuencia de una semana.

8. ¿Cómo presentarías tu blog? Como un blog de relatos, o si se quiere de cuentos. Tiene solo un perfil: el literario.

9. ¿Te arrepientes de alguna entrada? No de ninguna, lo pienso mucho antes de publicar un relato.

10. Además de este premio, ¿cuál ha sido la mayor alegría que te has llevado relacionada con tu blog? Un premio del Círculo de Escritores, pero por sobre todas las cosas, los comentarios de los compañeros escritores que siguen las publicaciones, creo que eso es lo más importante y lo que más agradezco.

11. Con sinceridad, ¿qué pensaste al ser nominado para este premio?:

a. Gracias, pero menudo marrón.
b. Menudo marrón, pero gracias.

Si se entiende menudo marrón como menudo compromiso, yo diría que me quedo con la opción b.

Mis preguntas para los nominados son:

1 ¿Cómo te decidiste a iniciarte en el mundo blogger?

2 ¿Haces tu blog por diversión?

3 ¿Cuántos días a la semana escribes?

4 ¿Sobre qué disfrutas más escribiendo?

5 ¿A veces te dan ganas de corregir lo que has puesto, cuando ha pasado algún tiempo y lo vuelves a leer?

6 ¿Llevas un orden para escribir, corregir y comentar?

7 ¿Eres escritor o escritora?

8 ¿Qué sientes cuando te leen y te dejan un comentario?

9 ¿Tienes alguna de tus entradas en tu blog a la cual le tienes un cariño especial?

10 ¿Te disgusta que te pongan un comentario negativo?

11 ¿Te esperabas el premio?