viernes, 24 de febrero de 2017

Cuando hay nubes sobre el río

   Lorena deja atrás la puerta exterior del edificio donde vive y sale a la vereda. Se toma los extremos de la campera negra, sube el cierre y se mete las manos en los bolsillos, como abrazándose. Está vestida así nomás, con los jeans azules y las zapatillas color turquesa. Sencilla, pero sin perder la elegancia que nunca descuida, tratando de usar ropa de colores para levantar su ánimo. Eso sí, va sin pintura, sin maquillaje, no le gusta que se le corra el rímel y que la miren con compasión, detesta generar lástima. Alza los hombros y con la cabeza erguida comienza su caminata por Azcuénaga hacia abajo, hacia el norte, como buscando el suave descenso del terreno que anuncia la cercanía del río. Y piensa.

   «Me abruma el horror, tengo los sueños quebrados y el frío entre los huesos. Esquivo a la gente en esta tarde plomiza. Las nubes oscuras están suspendidas como un sombrero de grandes alas abiertas sobre Plaza Francia. Hace cinco años de la masacre. Desde esa fecha tengo el alma cortada por el bisturí filoso del recuerdo. Guardo las imágenes detenidas en la memoria para que duelan menos.»

   Cuando llega a la plazoleta triangular de Pueyrredón se detiene, mira a ambos lados y cruza, sube la pendiente de césped hasta el monumento y avanza un poco más, a un sitio más tranquilo, se sienta en el banco plano de cemento, mirando hacia la avenida del Libertador. Sigue envuelta en sus pensamientos.

   «No sé decir cuál es la porción más triste de mi cuerpo, no tengo partes, soy un todo que sufre. Y mi miedo está más allá, en los puños de Juan acosándome, tan teñidos de rencor. Él se presenta en mis sueños con la ira en las pupilas y, al sentir esa mirada, mi cabeza estalla porque me sopla la muerte en el rostro. Y todo se vuelve oscuro o rojo.»

   La hierba está húmeda en este desnivel que se encuentra por detrás de la explanada de la estatua, pero a ella no le importa mojarse los pies. Tiene la constancia innata de su condición de mujer, viene aquí todos los viernes cuando hay nubes sobre el río. Desde esta loma observa el frente del Museo de Bellas Artes y sabe, aunque no alcanza a divisarlo, que más allá, se desliza con disimulo la correntada del amplio estuario rumbo al mar. Hace un rato ha empezado a lloviznar y siente la humedad en la ropa. Decide cubrirse la cabeza con la capucha de la campera, y se cruza de piernas, meditando.

   «¿Qué hago aquí mirando hacia arriba? Quiero imaginar que bajarán del cielo las almas de mis niñas, y vendrán a mojar sus cabellos claros en la corriente de aguas agitadas, en ese torrente vagabundo escondido tras la espalda del edificio alargado. Pienso en esto y me tiembla la mano, levemente, es un movimiento imperceptible, una onda se extiende hacia la punta de mi dedo y lo mueve, como el viento mueve ahora el extremo del mástil donde flamea la bandera y giran las palomas.»

   Bajo la garúa tenue que ensombrece el día, Lorena, evoca la noche del bárbaro exterminio, cuando su esposo Juan asesinó a las mellizas, las hijas de ambos, hace cinco años, y le brotan los gemidos, aún tiene el desconsuelo adentro del alma, un tajo le divide en dos su historia. Cierra un puño y con el otro saca el pañuelo para secarse las mejillas, más por las lágrimas que por la llovizna, mientras sigue pensando.

   «¿Cómo se orientarán en el vuelo las almas de mis nenas si él les ha cegado la vista? ¿Cómo podrán volar golpeando sus alas contra las ramas, contra las paredes claras de los edificios? No puedo olvidar la mueca del espanto en sus ojos. Poco pude hacer mientras él descargaba su furia. No pude sujetarle los brazos fuertes a esa bestia bruta ni callar su rugido enloquecido. A mí también me apuñaló con su daga, pero no me mató, fue aún más cruel al dejarme viva. No pude frenarlo hasta que concluyó la tarea, ciego de odio, no sé de dónde traía tanta rabia acumulada en su cuchillo. Me dejó herida junto a los cuerpos descuartizados sobre la cama.
   »Levanto la vista buscando en la atmósfera alguna imagen que me devuelva o me reavive los recuerdos de sus sonrisas ¿Por qué vengo aquí si esto significa una tortura más? Porque necesito salir del lodo, cerrar los párpados, aunque sea un instante y poder verlas. Necesito soñar, ver las manos de mis niñas, pero inmaculadas, sanadas por estas aguas bautismales. Quiero imaginar algo dulce, suavizar mi corazón agrietado, quitarme el escalofrío de sus ausencias. Anhelo desatar la amargura tejida entre las fibras de mi alma. Deseo que la humedad del invierno eterno de mi alma condenada se evapore.»

   Suena el celular en su bolsillo, lo saca y lo acerca a su oído mientras se tapa el otro para escuchar mejor. La llamada es de Tilo que le pregunta cómo se siente. Se conocen del club nocturno “Trópico”, cuando él tenía doce años y ella estaba en sus espléndidos veintiséis. Son amigos desde ese entonces y él conoce su drama. Lorena ahora tiene cuarenta y siete años y el alma rota, corroída por dentro. A pesar de eso sigue siendo hermosa, su rostro de rasgos finos conserva todo su atractivo. 
   Endereza la espalda, entorna un poco los párpados prestando atención y contesta: «Bien, todo bien. Sí, sí, estoy aquí, en el mismo lugar de siempre. Sí, no te preocupes…pero hoy no, prefiero que nos veamos otro día, sabés…mañana, mejor mañana…llamame.» Guarda el teléfono en el bolsillo trasero del pantalón, quiere olvidar la presencia de ese objeto cotidiano y continuar hilando pensamientos.

   «Me acuerdo que esa noche lloraba mucho, no me podía contener, no podía pensar y temblaba ¿Qué había pasado? No sé. Tal vez me quería pegar a mí y pensó que el castigo sería más cruel haciéndole daño a las nenas ¿Por qué no empezó conmigo?, si siempre lo hacía. Y no hubiese pasado nada, yo lo hubiese soportado, lo había hecho tantas veces. Si yo siempre aguanté sus gritos, sus golpes y su violencia. No estuve nerviosa al principio, después sí, cuando comenzó la masacre que me mutiló la vida.»

   La soledad la invade, no lo puede evitar. Le pasa lo mismo todos los viernes. Viene hasta aquí como un Jesucristo al Gólgota, a sacrificarse una vez más, a someterse a su calvario. Las imágenes, los llantos, los gritos, bailan una danza infernal en su mente, sus demonios la persiguen y no deja de cavilar.

   «Todavía me acuerdo. En ese preciso momento comencé a sentir el miedo, cuando se escapó cerrando la puerta con ese golpe tremendo. Un diluvio interno me oscureció la mente y la trasformó en musgo. Mis ojos eran una masa viscosa que se me derramaba sobre la cara, estaban tan blandos. No pude evitar mirar hacia otro lado, había mucho color rojo en la habitación. Pasé la tarde y la noche siguientes hecha un ovillo, sin hacer nada, en la cama ensangrentada, gimiendo, inmóvil. El terror no vino de golpe, se acercó con sigilo y me fue apretando hasta dejarme quieta como una piedra. Después de todo ese tiempo transcurrido, interminable, me pude empezar a mover, a tomar consciencia, hacer algo, y recién entonces me levanté despacio a llamar a la policía. Después tuve que soportar el funeral, los pequeños ataúdes blancos, ¡qué horror!»

   Ahora recuerda que cuando había pasado un año del suceso, entró en una depresión muy intensa y se cortó las venas de la muñeca con una navaja. Esta distracción del pensamiento le hace bajar instintivamente la cabeza. Se levanta la manga de la campera y se mira la cicatriz blanca. Es un ademán incorporado, es un hábito observarse este tatuaje. Es el resabio de aquella determinación dramática para mitigar su angustia definitivamente, aunque solo le sirvió para sumar otro fracaso. En este lugar aislado rodeada de árboles no se siente observada, no está expuesta a las indagaciones furtivas que puedan atizar el rescoldo de aquella humillación.
   Aquella tarde dejó fluir el líquido tibio y se dejó ir, buscando los brazos de la nada hasta que todo se puso negro. Pero no logró su cometido. Buscó el descanso y el destino se burló prolongando su penitencia. Los médicos la salvaron ¿De qué la salvaron? —se pregunta —, si la volvieron a colgar de su cruz con el vientre seco.
   Ahora se mira las zapatillas. Se va mojando cada vez más. Y también los jeans, que se oscurecen con el agua. Plaza Francia está solitaria. La lluvia reaviva algunos matices, destiñe un poco la congoja de las flores. Ella sigue sentada ahí de todas maneras. Las gotas acarician su cuerpo desvalido, su figura desamparada tiende a confundirse con los colores apenados del parque. Se sustenta con su estigma indeleble, el de las mujeres marcadas por los destinos desafortunados. 
   Una chiquilla se acerca a pedirle una moneda para comprar algo de comida. La voz de la pequeña la saca de sus cavilaciones, pero no se molesta, quiere ver el rostro de esa niña, gira la cabeza y la mira. Debe tener la misma edad que las mellizas, si vivieran. Pobrecita, piensa, la mirada sin ilusión, ahí parada, quieta con la mano extendida. Lorena le dice que no moviendo la cabeza y la nena se va corriendo. La ve cuando se pierde entre los árboles, su figura se empequeñece hasta que se pierde entre los peatones que caminan por la vereda. Y entonces, sigue reflexionando y alza la cabeza.

   «Juego a que las veo allí arriba, riéndose por encima de la piel del río. Son los bordes grises de los nubarrones, forman los dibujos de los rostros de mis niñas sonriendo suspendidas en el espacio. Despiertan mi imaginación las siluetas difusas que flotan por el aire. Es lo que justifica mi presencia aquí, en estos momentos en que me asalta la melancolía. Se me agrupan las preguntas y pongo en duda la visión de estas imágenes que se arman y se desarman. Vengo a soñarlas danzando en las neblinas tenues y las panzas oscuras que corren en el cielo. A veces tengo una certeza, sí, lo juro, me lo afirman las cosquillas que recorren mi panza y mi vientre, esas señales no engañan a una madre. Y luego dudo de nuevo de estos pensamientos perturbados, oscilo entre la verdad y el engaño en un delicado equilibrio.»

   En este momento sube el rubor a sus mejillas y quisiera gritar con toda la furia contenida los nombres de sus hijas. Pero se calla, tantos años pasaron, tiene su garganta arañada de lamentos. Menos mal que no lo ha hecho, la tomarían por loca. Mira alrededor. Entre los árboles hay poca gente paseando, por eso elige este sitio para su intimidad.
   Todos los viernes viene aquí, se reconforta en el ensueño de la danza de los flecos de la bruma ahí en lo alto, y hoy le agrada mentirse que ha sucedido algo. Ha percibido un calor entre sus brazos, como si unos pequeños labios bebieran de sus pechos blancos. Ha tenido la sensación de dar la leche tibia como cuando las amamantaba. Todas estas sensaciones calman su pena. Se toma el mentón porque quiere aquietar el temblor que la sacude tratando de evitar más lágrimas. Y continúa luego con sus reflexiones.

   «Mis ángeles no son pájaros extintos que se estrellan en la superficie del agua, han volado alto, se han ido por encima de las nubes. Ya no imagino sus movimientos, quiero aguardar muda por un rato, por si vuelven, es tan lindo, aunque sé que es en vano, siento que el falso milagro se desvanece en el aire.»

   ¿Cómo puede seguir en pie con tanta muerte encima?, mendigando la aparición fugaz de sus niñas en el cielo, sin siquiera poder acariciarlas. Vuelve a su tormento cotidiano, con la memoria de tanta violencia encarnizada, con sus pesares teñidos de sangre. Sus preguntas se acumulan, ¿se podrá levantar mañana?, ¿cuál es el exorcismo que la puede sacar de este infierno? Todos estos interrogantes se ven plasmados en su rostro serio, en medio de este parque verde, luego del momento de encantamiento que ha imaginado. Pero su mente no se detiene.

   «A pesar de todo el dolor que ha sembrado, Juan vive. Ese asesino aún purga su delito en la cárcel. Crimen pasional y emoción violenta, esgrimieron en la defensa para encubrir el feminicidio agravado. Él, miserable cínico, cuando los magistrados leyeron la sentencia, seguramente no se acordó del horror en mi cara, de las sábanas con enormes manchas púrpuras, de los chorros escarlata que brotaban de los cuerpos destrozados de las mellizas. Seguro no recordó esa carnicería. Todavía hoy me parece tener ante mi vista el arma enrojecida, congelada en un instante de mi memoria, luego de la devastación abominable de las quince puñaladas que recibieron mis pequeñas. Un animal hubiese sido menos violento. Con ese hombre estuve casada. Pienso que me voy a volver loca, estoy vacía por dentro, con el útero marchito, calcinado, solo existo para contar lo sucedido, mi vida no tiene otro sentido, por eso vengo a intentar calmar un poco de mi pena, acá, todos los viernes.»

   La piel del rostro se le tensa con un gesto nervioso, se incorpora de su asiento y con las manos en los bolsillos emprende el regreso a su casa. Cruza Pueyrredón, y luego Azcuénaga. Llega a la entrada del edificio, la lluvia ha cesado, saca las llaves y abre. Toma el ascensor, vive en el piso doce. Llega a su departamento y entra. La puerta se cierra detrás, la engulle, y el pasillo queda en silencio.
   Han pasado cinco horas desde que dejó el banco del parque. Suena el celular. Lorena lo dejó sobre la mesa. Debe ser una nueva llamada de Tilo. Una brisa cruza la sala, está su ropa empapada esparcida por el piso, la campera, el vestido, hasta la bombacha rosa y el corpiño blanco. La ventana que da al exterior tiene las dos hojas completamente abiertas, las cortinas se agitan dejando ver el hueco descomunal, como si no hubiera pared. 
   Abajo, en la vereda está el cuerpo aplastado contra el piso de una mujer desnuda, desarmado sobre las baldosas, boca abajo. La policía ha puesto una cinta amarilla con bandas negras, hay gente que forma un círculo alrededor. Un perito extrae y despliega los instrumentos de la valija, saca fotografías y luego realiza marcas en el piso alrededor del cadáver. 
   En cada una de las esquinas hay un patrullero cerrando el paso al tránsito, al lado de una valla está la ambulancia, los tres vehículos tienen encendidas las balizas. Detrás del cerco, el enfermero ha desplegado una camilla, y al lado, el médico espera la orden policial para iniciar el traslado hacia la morgue.

*   *   *
   Tilo, con su figura alta y espigada, de casi un metro noventa, recto como un junco, viene caminando apurado, y sin detener sus pasos guarda el celular en el bolsillo derecho de su campera de cuero. Se acerca al patrullero, se inclina, apoya el codo en la ventanilla delantera y habla brevemente con el inspector que está al volante, a quien conoce. 
   Luego se separa de él y se asoma por encima de la cinta para ver el cuerpo. Su cara está impasible, como siempre, no se nota ninguna emoción en su rostro, pero ahora advierte que se le han acelerado los latidos. Se da vuelta y sube al departamento de Lorena. Sale rápido del ascensor con las llaves en la mano, sin tocar el timbre abre y entra. Ve la ventana abierta y las ropas tiradas en el piso. Escucha correr el agua en la ducha, su mirada gélida se clava en el fondo, de donde viene el rumor del agua cayendo sobre la cerámica.
   —¡Lorena! —su voz clara y estentórea, sin llegar a ser un grito, llega hasta el pasillo que da al baño. Espera algún sonido, alguna señal, su cabeza erguida está atenta, como la de un felino cuando las aves silencian sus cantos ante un cataclismo.
   —Acá estoy, ya salgo —dice ella. Su voz se escucha desde lejos porque la puerta de la ducha está cerrada.
   Y es ahí que, sin perder la frialdad de su compostura habitual, los músculos de Tilo se relajan. Entonces se sienta, ya más tranquilo y espera. Y mientras tanto, en un gesto en apariencia descuidado, alivia la tensión de los momentos previos, haciendo girar con el dedo el celular que se encuentra sobre la mesa de caoba. Su rostro se mantiene intacto, como si fuese un experto jugador de póker luego de haber ganado la partida decisiva.
   Al rato aparece ella, envuelta en una toalla de baño. Se acomoda la melena corta de cabellos negros, lacios, todavía mojados. Le pregunta, intrigada, por qué vino, si pasa algo, mientras lo saluda ofreciéndole la mejilla y retirando con su índice el mechón de ese lado. Tiene sus ojos oscuros irritados porque ha estado llorando mucho. Él le dice que se había preocupado porque no le contestaba el teléfono. Ella se agacha a recoger la ropa tirada y cierra la ventana.
   Tilo piensa en los viernes de Lorena, le parece que algún día va a bajar los brazos. Por eso siempre está pendiente, trata de contenerla, conoce toda su tragedia. Solo una mujer puede cargar con tanto dolor ¿De dónde saca fuerzas? A veces la ve endeble, como un trozo de escarcha bajo el paso de las botas de una escuadra de soldados. La imagina suspendida al borde de un precipicio, tomada con los dedos de sus manos delgadas, y soltándose por fin de las rocas, cayendo al vacío dando fin a su martirio, sin ganas ya de sostenerse. A veces teme eso. 
   —¿Te preparo un café? —pregunta ella desde la cocina.
   Tilo sale de sus pensamientos y contesta que sí, que tiene un rato para quedarse a conversar. Entonces observa en un rincón, junto a la elegante lámpara de pie, la pancarta grande con la leyenda “#NiUnaMenos. Vivas nos queremos” que ella va a llevar a la concentración del 8 de marzo, con letras enormes, en negro sobre fondo blanco, apoyada contra la pared, con un cabo largo de madera de donde la tomará con las dos manos. 
   Lorena se asoma desde la cocina, lo ve mirando hacia esa esquina de la sala y le dice seria.
   —La estuve preparando anoche.
   Y agita la cucharita, revolviendo en el pocillo de café, un poco más rápido que antes.

Safe Creative #1702250820047

34 comentarios:

  1. Desgraciadamente tu relato se acerca mucho a la realidad. Cada día en algún lugar del mundo mujeres pierden la vida o sufren la violencia machista. Tu historia refleja el dolor de la madre, la culpa por no haber sido ella, con la sensibilidad de siempre pero sin quitarle todo su dramatismo. Un beso, Ariel, me has emocionado

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Así es Ana, el drama de Lorena está hecho con fragmentos de sucesos que han ocurrido aquí en la vida real, en Argentina, pero que aparecen en los titulares de los periódicos de América, Europa, y de todo el mundo, todos los días. He tratado de ser lo menos explícito que pude en los datos pero quise mostrar el profundo dolor de esas mujeres que han padecido la violencia de género. Y he elegido los peores casos que he encontrado que son aquellos en los que las víctimas han sido las hijas pequeñas a manos del padre, es increíble, pero hasta ese extremo de crueldad puede llegar el hombre. Otro lado de estas historias que he querido poner de manifiesto es el valor que conservan estas mujeres, después de sufrir semejantes tragedias, para llevar adelante lo que queda de sus vidas y tener la generosidad y la valentía para levantar una pancarta y concurrir a una manifestación para luchar por los derechos de género. Y por último hacer hincapié en la legislación, mencionando las distintas figuras legales en las que se amparan aún los códigos penales para reducir la pena o para desviar la atención hacia las cuestiones de crimen pasional y estado de emoción violenta para encubrir la verdadera cultura machista que le han servido de matriz de pensamiento.
      Es muy conmovedor que me hayas dejado tu comentario, querida Ana, en este tema tan sensible y desgraciado. Creo que la Literatura debe también servir para la denuncia que nos lleve hacia una sociedad mejor que la que tenemos.
      Un beso.
      Ariel

      Eliminar
  2. duro ,conmovedor, lamentablemente realista, cada día mas.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Es cada día más visible, afortunadamente, la lucha que llevan adelante las mujeres contra la violencia de género que padecen. Creo que este tema no se comprende totalmente si no se lo integra a la totalidad de las luchas por los derechos a la igualdad en todos los terrenos.
      Muchas gracias por dejar aquí tu comentario.
      Un saludo Marcela.
      Ariel

      Eliminar
  3. Qué historia tan conmovedora, Ariel, y qué bien contada. Creaste tal atmósfera y de tanta crudeza por culpa de un incalificable (que es capaz no solo de 'soplar' la muerte en la cara de su pareja) que cuando llegó a su casa lo fácil era pensar que Lorena se lanzó al vacío por ese ventanal.
    La verdad es que no sé yo tampoco cómo podía sostenerse en pie después de lo sucedido, pues te digo que yo soy tía de mellizos y ni siquiera como tía me veo superando algo así.
    Pero hasta lo más desgarrador lo sabes contar con tu hermosísima prosa y te felicito por esta reinvindicación a la que me sumo, ojalá que ni una más.
    Besos, Ariel

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Así es Chelo, quise que el lector pudiese comprender la terrible carga que significa continuar viviendo después de tanto sufrimiento. Quise intentar inducir al que lee que la protagonista, luego de tanta muerte padecida, cae en el suicidio como única salida. Y luego dar el mensaje que esas mujeres que han vivido esa tragedia, aún así, son capaces de utilizar lo poco que les queda a favor de que no les vuelva a suceder a otras. Es muy difícil superar ese trance, pero uno las ve que lentamente se unen entre ellas, se acercan a contarse lo que les ha sucedido unas a otras, y se van conformando grupos, dándose aliento para encarar una lucha para que no siga ocurriendo. Un gesto de generosidad que siempre he admirado.
      Creo que los que escribimos siempre lo hacemos porque queremos comunicar algo mediante la palabra. A mí me gusta escribir sobre los sueños, el amor, las ilusiones de los seres humanos, esa cosas que tenemos que son admirables. Pero creo que también tenemos que escribir, si así lo sentimos, sobre lo que vemos que está mal y nos envilece como especie.
      Muchas gracias por tu comentario, Chelo, te mando un beso.
      Ariel

      Eliminar
  4. William Faulkner citado por Ricardo Piglia en sus diarios dice El que puede actuar, actúa; y el que no puede, pero quisiera hacerlo, escribe, me parece que encaja perfectamente con esa denuncia que hay en tu relato.
    Me uno a esa admiración por esas mujeres que con todo el dolor a cuesta siguen avanzando en sus vidas, intentando parar la atrocidad, decir basta y que ni una sola mujer o niño sea víctima de la barbarie de la violencia de género.
    Estupendo tu relato Ariel.
    Un abrazo

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Me alegra que menciones a RP, excelente escritor y crítico literario que se nos fue hace muy poquito, rescatando esa cita de WF que no conocía. Al igual que tú, tengo una enorme admiración por las mujeres que luchan teniendo sobre sus espaldas tanta tragedia. Siempre que puedo acompaño sus reclamos. Este relato, como muchos otros fue creciendo de a poco, hasta que lo pude colocar en las manos de mis personajes. Aprovecho a subirlo ahora porque el 8 de marzo, dentro de algo más de una semana, se van a escuchar, como todos los años, sus reclamos por todo el planeta.
      Es un placer que hayas pasado por aquí.
      Un abrazo, Conxita.
      Ariel

      Eliminar
  5. Demasiado duro soportar tanto dolor, esa ausencia de los hijos asesinados por un padre, he dicho padre?...no,no.....por un animal, pq esos son los verdaderos animales.
    Aquí y desde aquí me permito abrazar a todas esas mujeres q como Lorena, siguen luchando despues de lo q les sucede, para no les suceda a otras mujeres. ( Si consideras q está fuera d lugar, quítalo).
    Emocionada pq es tan real lo q cuentas q hasta duele.

    Gracias por traérnoslo.
    Te sonrío con el Alma.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Así es, como tú dices, no hay que quitar nada. Es un texto literario pero que está escrito por la emoción que me despierta la lucha de esas mujeres que han vivido un drama tan atroz que parece imposible de sobrellevar. Y para poner en evidencia hasta qué límites puede llegar el comportamiento del padre con sus pequeñas.
      Me alegra mucho que te hayas sentido emocionada porque con esta intención escribo, sobre lo bueno y lo malo que poseemos como seres humanos y como sociedad.
      Muchas gracias por tu comentario DesdeMiVentana H.
      Un gran saludo.
      Ariel

      Eliminar
  6. Es un tema que tenemos como una herida abierta que en vez de cicatrizarse, se profundiza cada vez más. Lo trataste con delicadeza y profundidad, cuidando las imágenes que transmiten el dolor irreparable de esa madre.
    Lo que me resultó fuera de tono es el dato que das sobre Tilo, que Lorena lo haya conocido en un club nocturno cuando él tenía 12 años y ella 26. Lo sentí poco creíble que el chico a esa edad estuviera en ese lugar e innecesario al resto del relato porque no le agrega nada a lo que sigue después. Esa fue una impresión mía.
    El relato es excelente.
    Un abrazo, Ariel.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Así es Mirella. Quise tratar de forma cuidadosa este problema tan delicado y darle cabida en este espacio. Muchas gracias por tu comentario, me pone muy contento que te haya parecido excelente, es algo que me reconforta mucho.
      Tilo y Lorena son dos personajes que aparecen en una gran cantidad de cuentos. Tu apreciación es atendible, la voy a tener en cuenta. La próxima vez trataré de realizar una breve introducción, una advertencia, una aclaración, según corresponda.
      Es muy importante para mi que Lorena y Tilo aparezcan aquí debido a sus historias personales. Tilo fue abandonado a los 5 años por su madre, fue un chico de la noche, vendía ramitos en el Bajo y les hacía mandados a las chicas del club nocturno donde trabajaba Lorena.
      Aquí en el blog aparecen solo en "El día de los camalotes" (TyL), "El día de las mariposas tristes" (TyL), "El violín" (T), Ellas bailan" (T) y en "La calle del pecado" (T). Pero están en otros anteriores que iré subiendo de a poco.
      Me ha sido muy útil lo que me apuntás. De repente no parece, pero todo lo que me decís no cae en saco roto, lo voy procesando y con el tiempo veo los resultados.
      Te mando un abrazo.
      Ariel

      Eliminar
    2. Gracias por aclarármelo, Ariel. Algunos los leí, pero no recordaba el nombre. Me está pasando un poco lo mismo con las "Historias de Piera", que no siguen un orden cronológico y ahora vuelven a aparecer algunos personajes que mencioné con anterioridad. También le estoy buscando la vuelta.
      Abrazo, compañero de letras.

      Eliminar
    3. Ya le vamos a encontrar la vuelta, Mirella. Cuando estaba escribiendo la respuesta a tu comentario, fijate vos, me imaginé que le podía pasar a "tu" Piera. Llevo unas fichas para cada uno de los personajes, con sus señas particulares y una cronología de sucesos y los cuentos en dónde se encuentran. Me ayuda mucho para no meter la pata, pero no es para mostrar al que lo lee. Se me ocurre hacer una muy breve introducción de acuerdo a lo que requiera el contenido del cuento, pero tiene que ser muy breve. Veremos.
      Un abrazo, Mirella.
      Ariel

      Eliminar
  7. Buffff se me puesto el alma en vilo, la verdad es que duele al leer tu texto, tan maravillosamente bien narrado, y es que estos hechos pueden ser tan reales como la vida misma, es algo que está a la orden del día, la violencia de género, tan dramático, tan escalofriante, tan aterrador... no tengo palabras para describir estas atrocidades, ¿cómo puede un padre matar a sus hijos? no hay respuestas, no las hay.

    Son tantas las mujeres que viven al lado de sus parejas, maltratadas, atemorizadas, incapaces de denunciarlo.

    Majestuoso tu texto, amigo Ariel, eres un gran escritor, y siempre que vengo me sorprendes, porque tratas temas distintos, aunque prefiero más los temas de amor, éste ha sido tan realista como la vida misma, que nos hace abrir los ojos.

    Un placer siempre venir a leerte.

    Muchos besos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. María, sabes, me duele cuando escribo sobre estas cosas, son terribles, pero siento que debo hacerlo. Me gusta mucho más escribir sobre el amor y todas las cosas maravillosas que de él se desprenden. Me gusta el erotismo, eso tan hermoso, por eso te visito, porque esa es una de las cosas magníficas que tiene la vida. Quisiera escribir siempre sobre eso.
      Pero ahora se acerca el 8 de marzo y veremos nuevamente la lucha que llevan adelante esas mujeres que tanto han sufrido, y no quise olvidarme de ellas.
      María, prometo escribir algo lindo en la próxima entrada. Tú sigue escribiendo esas maravillas que son un canto a la vida, tan necesarias como el aire para respirar. Eres un latido imprescindible.
      Un beso.
      Ariel

      Eliminar
  8. Un relato estremecedor, Ariel, lleno de imágenes que impactan en la retina de la imaginación y que nos ayudan a entender el sentir y padecer terribles de la protagonista. Confieso que temía lo peor, igual que Tilo, pero al menos para Lorena aún hay otra oportunidad...

    Me ha encantado, enhorabuena :)

    ¡Un saludo!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Así es Julia, otra oportunidad, una de las cosas que más admiro de las mujeres es la fuerza que tienen para seguir luchando. Un hombre en el lugar de Lorena creo que no lo soportaría, me da la sensación de que no podría. Me alegra que hayas reparado en ese giro del relato, me pareció que le daría más interés a la historia y afirmaría más esa voluntad de no "bajar los brazos" y apostar por la vida que quise mostrar.
      Muchas gracias por pasarte por aquí, es un placer que hayas venido y me dejes un comentario.
      Te mando un gran saludo.
      Ariel

      Eliminar
  9. Buff Ariel que relato más escalofriante. Realmente puedes llegar a palpar el dolor de esa madre que ha sufrido una tragedia tan terrible y que intenta buscar una explicación con sus reflexiones a algo que no lo tiene. Es el mal que, desgraciadamente, ha existido, existe y me temo existirá. Me ha gustado que hayas introducido al personaje del Tilo, para que la soledad de Lorena sea más llevadera, dentro de esa desolación interna que vive y que tan bien has descrito. Emotivo, de verdad Ariel. Enhorabuena una vez más.
    ¡Un abrazo!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Ziortza, al igual que lo haces tú, me gusta buscar documentación si la historia lo necesita. En este caso he buscado mucha, hace rato que estaba trabajando con este texto. No te imaginas la cantidad de casos que he encontrado y la crueldad de los mismos, te diría que algunos casos resonantes han terminado en verdaderas masacres, escalofriantes. He tratado de armar la tragedia de Lorena en base a los detalles que se conocen de cinco de ellos, tomando una parte de cada uno para que nadie se sienta aludido. Pero lo he realizado de forma tal que dichos detalles fuesen reales, sin exagerar en nada.
      En esa búsqueda he tomado muchas de las declaraciones, testimonios y secuelas de esas reales y desgraciadas protagonistas, para poder incorporar algunas reflexiones que hace Lorena y enriquecer su personalidad desde el punto de vista de la intimidad de una mujer.
      Como tú dices, el feminicidio es un mal que será difícil de eliminar, pero tengo mucha esperanza que la lucha de las mujeres (acompañadas por muchos hombres que ya hemos tomado conciencia del flagelo) seguirá avanzando para mejorar sus derechos.
      Me alegra que te haya gustado que aparezca Tilo en el relato porque, como decía más arriba, T y L tienen una relación entre ellos que viene desde que él era pequeño y sus historias están repartidas en muchos cuentos, algunos de los cuales están aquí y hay otros anteriores que iré subiendo de a poco.
      Es un verdadero gusto saber que esta historia te haya resultado emotiva, aunque sea dura. Muchas gracias por tu "enhorabuena".
      Un abrazo.
      Ariel


      Eliminar
  10. "Solo una mujer puede cargar con tanto dolor" me quedo con esta reflexión de Tilo/narrador. Enhorabuena, Ariel, tema duro, controvertido y desesperanzador, a juzgar por la reiterada repetición de crímenes de semejante calibre. Creo que has logrado empatizar tanto con la víctima como con la atmósfera infernal de ese tipo de escenas. El día está nublado, no así la mente de Lorena, cuya lucidez parece darle fuerzas para arrastrarse por una existencia amarga. La rutina de los viernes le sirve para rememorar la masacre y también para imaginar a sus niñas en un cielo encapotado sobre un río alterado por la lluvia, el cielo acompaña la tristeza cual testigo mudo de su sencillo homenaje. Y la momentánea confusión de Tilo/lector se nos antoja un lógico desenlace, de no ser porque levantarse y seguir luchando pacíficamente con reivindicativas pancartas es más propio de mujeres concienciadas. Muchas gracias, Ariel, por darles voz con este magnífico relato. Un beso.
    Eva

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Emotivo y lúcido comentario, Eva, te lo agradezco mucho. Has hecho un análisis inteligente, teniendo en cuenta al mismo tiempo las emociones puestas en juego en el relato. Has enumerado los puntos principales que quise mostrar en esta historia acerca de un drama que cada vez se hace más visible en las protestas que hacen las mujeres por sus derechos y contra el feminicidio. He utilizado a dos de mis personajes más queridos y queribles que son Tilo y Lorena, los cuales aparecen en muchos cuentos. En este me he concentrado principalmente en el drama de Lorena. Me agrada mucho como comentas esa rutina que repite en Plaza Francia, un poco para desahogarse, un poco porque siente culpa, un poco para darse ánimos para seguir; me gusta cómo analizas la última parte, cuando aparece Tilo en escena.
      Eva, muchas gracias a ti por pasar por aquí, por tu magnífica lectura y por dejarme este emotivo comentario.
      Un beso.
      Ariel

      Eliminar
  11. Estremecedor relato de una triste realidad entre nosotros. Me gusta cómo vas hilando lugares específicos de la ciudad en tus relatos.
    Yo siempre pienso que las situaciones límites nos confrontan con preguntas sin respuestas, como le pasa a Lorena. La muerte de los hijos es un hecho imposible de superar, la más aberrante y la más terrible de todas, la única muerte que nos deja sin nombre. Buen trabajo, Ariel.

    Un beso grande.

    Fer

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Como vos decís, se trata de un hecho imposible de superar, y es algo escalofriante cuando ocurre a manos del padre, es terrible, por eso me asombra la fuerza de las mujeres como Lorena que siguen adelante para que por lo menos se haga justicia a esos crímenes y se amplíen derechos y se genere cultura para frenar ese mal espantoso que es el feminicidio.
      Me agrada que te haya gustado el modo en que se ha ido enhebrando el relato, Fer, es muy reconfortante saberlo, tu opinión es muy importante para mi.
      Un beso.
      Ariel

      Eliminar
  12. Es un tremendo texto emotivo y una denuncia eficaz escrito con la sensibilidad que te caracteriza Ariel, ya sabes que te admiro mucho y aprendo de ti. Este vez déjame hacerte más que una crítica, (no eres susceptible de crítica porque escribes de maravilla), pero bajo mi modo de verlo, los pensamientos de Lorena quedarían mejor en tercera o segunda persona, rebaja la carga dramática aunque se hable de un dolor, y aportaría naturalidad, y me explico. Nadie piensa así: “Me abruma el dolor, tengo los sueños quebrados...”, sin embargo si pusieras, Lorena piensa que “LE abruma el dolor, TIENE los sueños quebrados…” y en los siguientes párrafos que pones entre comillas:
    “No sé decir cuál es la porción más triste de mi cuerpo…”
    “No SABRÍA decir cuál es la porción más triste de SU cuerpo…”
    Al alejar la primera persona te puedes permitir el lirismo (y el dolor) que tan bien manejas, pues nadie habla ni piensa en primera persona así, por muy narrativa poética que sea, y a mi me parece que cobraría no solo fuerza, sino realidad. A veces hay que distanciar algo el dolor para poder soportarlo. Si te parece que no es apropiado lo que te diga, no me hagas ni caso Ariel.
    Por lo demás, a mí también se me arruga el alma y se me eriza la piel, empatizo con el dolor de Lorena, es por culpa del autor que lo ha sabido trasmitir.
    Me encanta la frase final, tan visual, bonita y sencilla…de la cucharita revolviendo el pocillo de café un poco más rápido que antes.
    Un enorme abrazo Ariel.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Quise decir Ariel, que más que una crítica es un modo de ver distinto a la manera que has tenido de manejar la primera persona.

      Eliminar
    2. Isabel, eres tan delicada y cautelosa para puntualizar una crítica, una opinión, que me enternece que la hagas. Sabes lo que pienso de ti y me siento muy halagado de que te tomes el tiempo de leer mis textos, que no te pierdas de comentar ninguno de ellos, sobre todo en estos momentos en que estás tan atareada. No solamente me parece apropiado sino que no me gustaría que te lo guardaras y no me lo dijeras, me importa mucho tu punto de vista, eres una gran escritora a la que admiro, y siempre me has ayudado. Tomo nota de las cosas lindas que me dices y también de tus opiniones sobre lo que ves criticable. Tu sabes que las tengo en cuenta, creo que me han servido de mucho y me seguirán sirviendo. Y además de eso eres una persona muy inteligente y sumamente generosa, lo que aumenta la estima que te tengo. Así que siéntete libre de hacer cualquier crítica que te parezca sensata cuando ves que tu amigo Ariel se ha ido para el lado incorrecto que eso es un aporte inestimable.
      Un gran abrazo para ti.
      Ariel

      Eliminar
  13. No te has ido por ningún lado incorrecto,(nunca lo haces), lo que propongo solo es una sugerencia, otro modo de plantear los pensamientos trágicos de Lorena, no tiene por qué ser acertada mi forma de verlo.
    Otro cariñoso abrazo Ariel.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. De acuerdo Isabel, aceptada tu sugerencia.
      Un afectuoso abrazo compañera.
      Ariel

      Eliminar
  14. Es un tema este delicado, el maltrato de la mujer sobre el que has escrito más de una vez, agravado en este caso por la tragedia de la madre que ha visto morir a sus dos hijos. Es curioso que en un intervalo escaso de tiempo he leído dos relatos que tocan esta temática, y escrito yo otro, eso nos da la medida de lo que está pasando en nuestras sociedades. En esta ocasión nos lo acercas de la mano de dos de tus personajes más entrañables, aunque confieso que recordaba más a Tilo (como olvidar al pobre Tilo) que a Lorena, que creo que en tus cuentos anteriores se mencionaba más de pasada. No se si es impresión mía pero en este cuento se adivina en Lorena un pequeño rescoldo de locura, como si viviera al filo entre la cordura y el abismo, un tema, el de la pérdida de la razón, que aparece también a menudo en tus escritos. Poco más que añadir que ya no hayan comentado otros compañeros, un relato que se nota que lleva tu sello. Un abrazo Ariel.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Como dices tú, Jorge, es un tema sobre el que ya he escrito porque me interesa mucho las tragedias que viven las mujeres, que a veces padecen episodios que les quiebran la vida, literalmente. Y además apoyo, cuando puedo, sus legítimos reclamos. Yo también creo que no es casual que tu hayas escrito también en este tiempo sobre el tema, quizás sea porque se aproxima el 8 de marzo, día Internacional de la Mujer, y ya se esté hablando mucho en los medios de comunicación y se estén preparando muchas asociaciones para realizar concentraciones en todo el mundo.
      Es probable que Lorena, luego de la tragedia, haya quedado con secuelas psicológicas de difícil resolución, fíjate que se ha querido quitar la vida. He leído en muchos testimonios de mujeres "reales" que han atravesado por estas circunstancias que han quedado tocadas por distintos problemas que le han afectado profundamente su aparato emocional, dado que han vivido sucesos abominables, realmente espantosos. Y, creo que no sería descabellado que alguna de ellas haya atravesado la barrera de la razón. No es el caso de mi personaje, Lorena, que todavía lleva adelante su vida, e inclusive ha preparado su pancarta para luchar contra el feminicidio. En cuanto a lo que percibes acerca de ese "rescoldo" también quizás tengas algo de razón, y se deba a mi tendencia a dejarme seducir por la locura, otro de los temas recurrentes que asoman en lo que escribo.
      Muchas gracias por pasarte por aquí, Jorge, es un placer.
      Un abrazo.
      Ariel

      Eliminar
  15. Tilo, me llega muy dentro.

    Constancia innata de su condición de mujer

    Amargura tejida entre las fibras de un alma

    Solo una mujer puede cargar con tanto dolor

    Frases para mí desgarradoras en lo que el reflejo de dolor exteriorizan.

    Esta historia es tremenda es desgarradora bien es verdad que encoge el alma en un momento, bueno en muchos momentos pero hay un instante el que te hace llorar y acto seguido te hace sonreír.

    Te diré algo Ariel el tema que tratas en los dos relatos que leído es un tema a la orden del día es un tema que si nos paramos a pensar ya meditar quién educa a los hombres son las mujeres que ocurre con las educadoras o qué ocurre con el alma de esos seres humanos o inhumanos solo te voy a decir algo Ariel no solo el puño de un hombre causa tanto dolor también otras cosas con palabras acciones o hechos y te diré algo más está bien escribir y denuncia de esto y más si la pluma que lo hace es la de un hombre muchas gracias por tus letras Ariel un saludo

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Así es Carmen, me he atrevido a escribir, a ponerme en la piel de esta mujer, porque entiendo lo que padecen. Desde la cuestiones mínimas de maltrato verbal, hasta las más tremendas como es la que se cuenta en este relato, todas estas conductas son detestables.
      Respecto de lo que dices de la educación, creo que quizás hay que pensar en que la sociedad en la que vivimos, machista y patriarcal sin duda, ejerce una enorme influencia cultural sobre todos los ciudadanos y ciudadanas. Me parece que instalar ahí las luchas de las mujeres (y varones que las acompañamos) para seguir avanzando a favor de la equidad y en contra del maltrato es un acto que va a ir reformando todos los órdenes, incluso el educativo.
      Me alegra que tu mirada de mujer vea acertada la descripción del sufrimiento de Lorena.
      Te agradezco mucho que te hayas pasado por aquí, es un placer.
      Un gran saludo para ti.
      Ariel

      Eliminar
  16. El agradecimiento es mío por tus letras
    Un afectuoso saludo

    ResponderEliminar