viernes, 31 de marzo de 2017

El loco de la jaula

Mayo de 1996

   Cuando el cielo de Buenos Aires está cargado de lluvia se lo puede ver llegar al espigón de pescadores de la avenida Costanera. El loco de la jaula aparece, en esta mañana desapacible, envuelto en su impermeable gris gastado. Su nombre es Gabriel. Sostiene por una manija, con su mano derecha, el armazón de alambre cubierto por una funda negra. 
   Viene arrastrando los pies lentamente, cruza la acera salpicando los charcos con sus gordos zapatones, llega a la vereda de la balaustrada y, encara a paso cansino el maderamen de esta estructura que mete las patas en el agua, como un ciempiés fósil oscurecido por el paso de los siglos. Atraviesa el edificio de estilo normando que está en la entrada y luego recorre los doscientos metros de muelle, más o menos, que se hunden en el río marrón.
   Tilo lo observa sentado sobre el muro de hormigón que bordea la calle. Tiene sujetas las rodillas con ambos brazos. Muestra cierto anhelo en los ojos atentos, la ingenuidad le baila en la piel de la frente, sin arrugas, de su rostro pecoso. Está enfundado en una capa larga, de plástico transparente, con un gorro para protegerse de la lluvia. Ha salido temprano de su casilla de la villa 31 para esperar la aparición del loco, estudiar sus movimientos y asistir a la ceremonia. 
   El muchacho debería estar durmiendo en esta mañana de llovizna fría, pero ha venido hasta aquí empujado por su intuición, sabe que hoy es el día en que viene Gabriel ¿Cómo lo sabe? Es un misterio. Percibe que ésta es la oportunidad, el momento exacto en que ocurrirá. Tiene un instinto mágico para intuir el ritual que va a desplegarse ante sus ojos.
   Todavía es un niño de doce años. Es un observador, mira los sucesos, que ocurren en esta ciudad, desde otro lado, se interesa por las historias de los locos, las prostitutas, los cirujas, los vagabundos, los ciegos, los que pintan grafitis por las noches en los muros de la ciudad. Cuando sea grande será un poeta, pero por ahora es un espectador que registra los avatares del azar en la inocencia de su mente. 
   Gabriel se detiene en el espigón desierto, quiebra su cuerpo enorme, se agacha y, deja el bulto sobre los tablones de lapacho. Después se acerca a la baranda y apoya en ella las dos manos para mirar hacia arriba; en esa posición parece un científico o un meteorólogo. Una vez que ha observado en derredor, se vuelve y se coloca en cuclillas, mete la mano debajo de la funda, abre la pequeña puerta de alambre y luego saca con cuidado el cuerpo leve de un gorrión dormido. Lo sostiene en la palma y lo abriga con sus dedos, parece un pichoncito muerto. Dice unas palabras acercando su boca al plumaje gris del pájaro. El aliento del discurso que sale de sus labios se disipa en una mínima neblina. El chico, que lo observa sentado desde la orilla, no puede escuchar los susurros debido a la distancia, todo es calma y sosiego en este instante.
   A veces, piensa Tilo, hay momentos en los cuales el tiempo parece detenerse, las cosas se congelan, el aire se aquieta, ya no hay brisa ni movimiento, toda la escena queda suspendida, es tenue y delicada, el toque de la yema de un dedo podría hacer temblar el universo. Pero a su edad, esto, es más una emoción que lo conmueve, antes que una reflexión de su pensamiento.
   Gabriel tiene la habilidad de hipnotizar a los gorriones, con su mirada azul los adormece en su mano. Es un misterio como hace para tenerlos enjaulados, nadie sabe dónde los caza; estos pajaritos no soportan mucho tiempo el encierro, se mueren en su aislamiento porque son silvestres, el cautiverio es una condena que no pueden sostener. 
   Ahora, solo en el muelle, levanta el cuerpo, se yergue en la tristeza de la tarde desapacible, en la escollera mojada frente al río picado por la brisa e inquieto de olas crispadas. Parado frente a las aguas marrones de cara al cielo plomizo levanta lentamente su mano con la palma hacia arriba, la mueve un poco para despertar al gorrión y este levanta vuelo. 
   Se queda en esa posición mirando el vuelo del pájaro que se aleja más arriba de las gotas que se desprenden de la superficie de las olas, esquivando la garúa vertical que baja trazando líneas en el aire. Está convencido que, por medio de los pájaros, le envía mensajes a su esposa, hace años fallecida. «El espíritu de ella está —piensa—, en parte en las aguas, en parte en tierras lejanas».
   La historia que se conoce en los bodegones del Bajo dice que la esposa era una mujer hermosa, canaria de origen. Su muerte fue una tragedia que él nunca pudo admitir: un accidente de tránsito. Circulaban por este lugar, era un día lluvioso, él manejaba y el auto se estrelló contra la cola de un camión de carga que iba al puerto. Luego todo sucedió muy rápido: las luces intermitentes de la ambulancia, la morgue del hospital, ella con el cuello lacerado por las chapas muriendo en el acto, él reconociendo el cuerpo y, después, la locura, casi un año internado en el psiquiátrico por la tragedia que nunca se perdonó. Ella se merecía otra muerte, hubiese sido mejor que se perdiera en las aguas turquesa que bañan la costa sudeste de su isla natal. 
   María del Pino, su mujer, había nacido en la soleada isla Gran Canaria y hablaba siempre con nostalgia de ese lugar. Desde las ondulaciones sembradas de palmeras de su pueblo llamado Los Corralillos, ubicado por encima del trópico de cáncer, había venido a esta ciudad enorme y húmeda, situada por debajo del trópico de capricornio. Solo él conocía los secretos motivos que la movieron a cambiar de hemisferio buscando este destino. 
   El padre de María había sido pastor trashumante, iba desde Los Corralillos a Cortijo de Pajonales, de octubres a abriles, de inviernos a veranos. Se ausentaba por temporadas. Cuando volvía de sus viajes solitarios, ella se deshacía de alegría, se colgaba de su cuello con sus brazos pequeños, lo adoraba. Su duro oficio le daba mucho tiempo para pensar. Dejaba los animales sueltos en los prados y se sentaba tranquilo a esperar el crepúsculo. Reconocía la ubicación de sus cabras por la orquesta de las cencerras que le traía el viento, podía saber así que la vizcaína estaba por aquí, que por los peñascos más altos andaban las grillotas, que ocultas por los algodones de la bruma estaban las del cascabel, y también, aunque no la viera, sabía dónde se encontraba la habanera que, en un tiempo, alcanzó a tener también su rebaño. Y así pasaban sus días, con la armonía de los golpes de las maderas de los badajos. En esos viajes tejía leyendas para contarle a su hija.
   Recorría los senderos de piedras blancas de los montes de la cadena del Sándara, sus montañas, sus quebradas, acompañado por los olores de las cabras, los silencios de los prados verdes, los macizos mudos de rocas secas, los aromáticos pinares donde escondía su nido el pinzón azul. Caminaba bajo los soles y los crepúsculos, su piel se curtía como el cuero con los vientos alisios. Andaba entre los tomateros, las viñas, los almendros y, durante los descansos en las cuevas, disfrutaba de alimentos sazonados con especias, saboreaba los quesos de flor.
   Todos esos recuerdos, que solía contarle la voz dulce de su esposa, pasan por la retina de Gabriel cada vez que viene a liberar a uno de los gorriones que le manda a María. Se le llenan los ojos de lágrimas. Piensa que los pájaros le pasan sus mensajes a ella, como la carta del amante a la amada, que van del canto del gorrión al río de cuero bruno, del agua dulce pasan a la corriente fría del Atlántico y, de allí, viajan hasta la Gran Canaria. Tal vez piensa que el alma de su esposa mora en su tierra, en esa roca redonda cuya única frontera es el mar. 
   Se habían conocido jóvenes, él treinta y ella veinticinco. Él se había enamorado de su sonrisa a primera vista. Ella se reía con todo el rostro, era un sol, la pasión los atrapó a los dos en cuerpo y alma, pero al año todo quedó trunco por el accidente, a él se le quebró el alma como una rama seca, se le enturbió el entendimiento, nunca se recuperó de ese golpe tremendo.
   Tilo no puede comprender, por ahora, por qué aquel hombre viene a llorar su tragedia de amor al río. Su inocencia se lo impide, solo lo mueve la curiosidad al observar su actitud, no alcanza todavía a comprender hasta qué punto quema ese dolor, hasta donde puede hundirse un hombre en su pena. Esta tarde se decide, espera que él salga fuera del espigón de pescadores y lo sigue, a una cuadra de distancia, en el recorrido de regreso. Quiere saber a dónde va.
   Gabriel es una espalda vestida con el impermeable gris. Lleva el bulto negro colgado de su mano. Camina delante. Tilo, con su capa transparente lo sigue detrás. Abandonan la avenida Costanera y se internan por la calle Salguero. 
   Donde la calle Mugica se transforma en una cortada, el loco de la jaula dobla y, por el rabillo del ojo advierte que el chico lo está siguiendo. Entonces empieza a caminar más rápido, los faldones de su impermeable grasiento se agitan, los cabellos de su melena se sacuden al ritmo de los pasos apurados. Más adelante se pierde entre los cercos de chapas, los bultos, los contenedores, los galpones y, los trenes callados y solitarios de Saldías, la estación de cargas que se comunica con el puerto. 
   Ahí, Tilo, le pierde el rastro, o prefiere perderlo, porque se queda parado observando la figura que se aleja. Las gotas de lluvia le resbalan por las pecas de la cara. Tiene el rostro impasible. Luego de unos minutos, cuando la silueta del loco ha desaparecido por completo y el silencio se apodera de este sitio alejado de todo, baja la vista y se da vuelta. Junta sus manos, se las acerca a la boca y sopla dentro de ellas para calentarse un poco, porque hace frío en esta mañana destemplada. Bosteza, se da cuenta de que tiene sueño. Tiene ganas de dormir. Hace rato que debería estar en la cama, tiene toda la noche encima, pero piensa que ha valido la pena venir hasta el muelle de pescadores a ver lo que quería. Se ajusta la gorra, da un paso, luego otro y así comienza a desandar, pensativo, el camino de regreso a la villa.

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34 comentarios:

  1. En las urbes, siempre hay personajes que muchos esquivan, evitan hasta con miedo como si se les fuera a contagiar algo al saber un poco más de ellos. Locos, vagabundos, borrachos… Todos con grandes historias detrás y es bueno descubrirlas. Mucho más si están tan bien narradas.

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    1. Muchas gracias por el comentario, Héctor. Como dices, en las grandes ciudades, como ésta, hay personajes furtivos, que se hacen visibles solo en ciertas ocasiones, que tienen comportamientos particulares y resultan disparadores de historias si se les concede atención a ciertas actitudes que se alejan de lo cotidiano y, que nos pueden proveer del material adecuado para contar un texto con algo de magia. Muchas gracias por pasar por aquí.
      Ariel

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    2. Ariel.Nos llevas de la mano con tu relato paseando los momentos de tu alma salpicando de memorias mi pasado mientras te leo me siento unida al instante que vas creando con tus palabras
      un abrazo inmenso

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    3. Gracias Mucha, un abrazo también para vos.

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  2. Cuando te digo que es un placer leerte no es una frase hecha. Me hechizas con tus palabras y consigues que me enamore de tus personajes. Como mi amigo Tilo o este Gabriel que esconde su tragedia detrás de la locura, esa locura inofensiva y tan llena de dignidad. A mí me inspira un gran respeto este loco más cuerdo que muchos cuerdos. Y esos ojos de Tilo, que lo observan todo con la sabiduría de los niños que han sufrido antes de tiempo. Pues, eso. Un placer.

    Muchos besos, Raúl

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    1. Ana, no sabes lo contento que me pones con tu comentario. Imagínate lo que me agrada que empatices con estos personajes que para mi son tan queridos, en quienes pongo muchas cosas que me movilizan. Es muy conmovedor lo que dices. Tú que los lees desde siempre, que conoces de sus "vidas", sabes lo que encierran sus corazones. Me has tocado el alma, querida Ana.
      Un beso.
      Ariel

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  3. Sensible y tierna la manera en que tus letras nos cuentan la historia de Gabriel y me has hecho reflexionar sobre esas vidas de las que se desconoce todo, esas tragedias cotidianas de aquellos que a veces malviven en las calles de las grandes ciudades. Una viéndolos pulular muchas veces inmersos en su mundo se pregunta qué ha pasado para que estén tan solos, nadie les piensa, a nadie les importa... me producen mucha tristeza. Tu relato hace pensar y mucho en lo injustos que somos poniendo etiquetas a aquello que nos asusta, desconocemos o nos da miedo.
    Un abrazo

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    1. Muchas gracias por tus elogios, Conxita, siempre tan generosa. Yo creo, como tú, que los personajes marginales de las grandes ciudades cargan con la soledad de la indiferencia, porque los alejamos de lo cotidiano, muchas veces en forma impiadosa.
      Gabriel cuenta con la desgracia de ser un "loco" y, los síntomas de su problema, son manifestaciones a las usualmente tememos, en gran parte como tú dices, por desconocimiento.
      He tratado de mostrarlo en su faceta mágica para que pueda tocar alguna fibra emocional de los que lean el relato y he contado parte de la historia de su vida para hacerlo más accesible a la ternura, para hacerlo más cercano a nosotros.
      Es un placer que me hayas dejado tu comentario, gracias, como siempre, por pasar por aquí.
      Un abrazo.
      Ariel

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  4. De tus relatos me gusta el tratamiento a fuego lento, el tiempo parece detenerse y el aire se aquieta como le ocurre a Tilo cuando mira el mundo en el que vive, quiero decir que te entretienes en los detalles casi como si la trataras como una novela, sin prisa, como si tuvieras todo el tiempo del mundo para contarnos, y te pongo el ejemplo inicial en el modo que tienes de presentarnos a Gabriel, la faena en la que se ocupa, la estructura del maderamen por la que camina con sus zapatones (y con el mismo empeño describes al loco que a los doscientos metros del muelle).

       Y Tilo, el magnífico observador de solo doce años, todo lo vemos a través de sus atentos ojos que no pierde detalle. Todos los gestos a disposición de él y de la narrativa de Ariel: el modo de mirar a su alrededor, de sostener con cuidado el cuerpo del pajarillo, sus susurros…

    Has acertado en llamar a la mujer canaria María del Pino, la patrona de la isla es la virgen del Pino, y te has documentado perfectamente sobre las característica del lugar, desde el rebaño de cabras hasta el queso de flor (rico, rico)

    Aúnas continente e isla canaria no solo con el Atlántico por medio, sino con ternura, recorrido de vidas y sobre todo narrativa excelente. Sin duda, este relato tiene rúbrica Ariel.

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    1. Isabel:
      Muchas gracias por todas las cosas bonitas que dices. Me refiero a los pormenores del análisis que realizas del texto, que tanto bien le hacen a mi estima, como a mis ánimos para seguir escribiendo. Y también me refiero a las sensaciones que te provocan estos personajes que tú ya conoces desde hace tiempo y a los que yo tanto cariño les pongo.
      Isabel, tú sabes que este relato ya tiene su historia, desde los tiempos de TR. En él aparece por primera vez el personaje de la canaria María del Pino.
      Y aquí debo agradecerte la colaboración que he tenido de parte tuya: los comentarios que en su momento me has apuntado y que me han servido para mejorarlo. ¡Qué mejor que una escritora a la que tanto admiro, generosa y canaria, para hacerlo!
      Siempre me has alentado y me has aportado con tu ayuda. En este caso, en especial, para pulir algunos detalles en lo que atañe a María y tu isla. Te repito, eres en extremo generosa y una excelente compañera.
      Un afectuoso abrazo.
      Ariel

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  5. Tilo como observador de la vida cotidiana me parece un gran acierto. Un niño que todavía no comprende muchas cosas, pero que ya es curioso, lo cual es buena señal. Tu historia, Ariel, es el ejemplo perfecto de que detrás de la locura o "supuesta" locura está siempre una tragedia insufrible. Aunque al principio tenía dudas de lo que Gabriel haría con los gorriones, me ha parecido de una ternura, sensibilidad e incluso de inocencia ese intentar mandar mensajes a su mujer fallecida.
    Muy emotivo y conmovedor, Ariel. Un placer leerte, compañero.
    Un abrazo.

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    1. La vida de Tilo se desarrolla, en esta etapa, desplegada hacia la curiosidad y, como tú dices, los elementos que cuenta para la reflexión todavía son escasos, no le alcanzan para comprender la tragedia humana. Pero su interés se inclina a la contemplación de los comportamientos extraños a la mayoría de la gente. Su sensibilidad, con el tiempo, amasará ciertas explicaciones, comprenderá las vicisitudes de esa manifestación tan humana que es la locura.
      Gabriel es otro de los personajes que más aparecen en los cuentos, tocado por la mano terrible de la tragedia, se refugia aquí en la ezquizofrenia para mitigar su dolor, tiene la habilidad de hablar con los pájaros y, con la inocencia que le permite su locura, queda habilitado para despertar la ternura de los que contamos y leemos su historia.
      Un abrazo Ziorta y gracias por tu mirada atenta y sensible.
      Ariel

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  6. una muy bella historia ,utópica si se quiere ya que tu personaje es de villa 31...y no niego que puede haber alguien con ese sentir pero me parece mas utópico que real allí son otras las vivencias y sus realidades. como historia ,muy rica y bella.

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    1. Muchas gracias por tu comentario, Marcela. La literatura, los relatos de ficción, nos permiten justamente virar hacia los espacios que nos ofrece la fantasía y, según mi humilde opinión, es justamente el ámbito fascinante para desplegar la utopía, en su acepción de los sucesos de imposible realización. En cuanto a la configuración sentimental de Tilo, te diré que está marcada profundamente por la relación de su entorno familiar, en especial con su madre, más aún que la circunstancia arbitraria de haber nacido en la villa.
      Gracias por dejarme tu comentario.
      Ariel

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  7. Con el texto de esta semana Tilo ya me es familiar y lo recordé, además del anterior relato, cuando es adulto, en otro que también paseaba por la Costanera.
    Un personaje entrañable, igual que el loco Gabriel, de esos que les cuesta insertarse en la realidad cotidiana, cruda, despiadada, para refugiarse en su propio mundo, donde prima lo mágico.
    Como siempre muy bueno el texto y un gusto leerte.
    Un abrazo, Ariel.

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    1. En esta actividad de escribir, que tanto nos gusta, hay personajes que crea nuestra imaginación y algunos de ellos vuelven a colarse, como pidiendo que los convoquemos, en la historia que se va formando ante nuestros ojos. Tal vez a vos también te pase con Piera, no se. A mí me pasa con frecuencia con Tilo y con Gabriel, vuelven con insistencia, creo que de algún modo esto ocurre porque se van construyendo con los materiales de mis propias vivencias, algo que, en mi caso, me parece inevitable.
      Y es por eso, también, que tu comentario me agrada tanto, Mirella, porque ellos son parte de mí mismo.
      Muchas gracias, me alegro por lo que decís del texto. Yo también te mando un abrazo.
      Ariel

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  8. Creo que Tilo se debe convertir en un narrador de el día a día de esa hermosa ciudad que es Buenos Aires, al fin y al cabo es digna imagen de su creador, ¿no? ;-)
    Magnífico relato R. Ariel, tú como nadie sabes dibujar con palabras esos personajes únicos que solo Tilo y tú conocéis. Por cierto, creo que ya te dije alguna vez que guardo un muy grato recuerdo de un emparedado de res que tomé en uno de los establecimientos ambulantes de la costanera. Vives en una hermosa ciudad!

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    1. Pero, ¡qué bueno! saber lo que me cuentas de Buenos Aires. Por lo que me dices del emparedado me das a entender que no solamente te ocupas de conocer los lugares típicos de los sitios que visitas, sino que te mezclas con la gente para conocer sus vidas, sus ocupaciones, eso que va más allá de los circuitos turísticos. Quizás eso sea lo que yo veo de meritorio en tus textos: además de estar muy bien narrados cuentan con el agregado de eso que va más allá de una crónica de viaje, los detalles, las cosas mágicas que tiene cada lugar.
      Tilo es un observador de esta ciudad que presta atención, justamente a esos detalles.
      Es un placer que me hayas dejado este comentario. Te mando un gran abrazo.
      Ariel

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  9. Muy poética, de verdad, me ha parecido la evocadora manera que has escogido para rememorar la vida de Gabriel. Tilo asiste a su ritual como testigo mudo, pero es el narrador quien nos desvela su pasado de un modo tan bello que por un momento se llega a perder la noción del tiempo y del espacio, alejándonos expresamente de esa mañana fría y húmeda de Buenos Aires, para mezclarnos entre las cabras en una suave y agradable temperatura canaria. Te doy mi más sincera enhorabuena porque el camino que desanda Tilo ensimismado también lo he tenido que desandar para regresar al presente. Tengo que bucear en busca de más historias de Tilo, seguro que, al igual que ésta, no me defraudarán... Muchas gracias por este regalo y un beso, Ariel.
    Eva

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    1. Eva, excelente comentario con el que, al leerlo, me llevas a una reflexión interesante.
      Pienso que la escena principal del relato queda resaltada con la configuración triangular a la que aludes: el narrador, Gabriel y Tilo. Pero sobre todo, según mi humilde opinión, la que cobra más importancia para mí es, justamente, la del observador mudo que aquí le toca a Tilo. Hay otro relato que se llama "Ellas bailan" en la que hago uso de la misma figura narrativa, pero en la que el papel de observador la cumple Gabriel. Creo que la función de esa persona testigo es la que permite que el texto se torne más verosímil, que el lector asimile más, me parece, la magia del suceso que cuenta el narrador. Si hay un tercero que participa de la escena, ésta se torna más verídica.
      Disculpa la digresión, pero lo que dices al comienzo me llevó a este pensamiento que me despertó el interés. Pero sigo leyendo y, me encuentro, maravillado por esa especie de viaje por el cual te ha llevado la narración, y me pongo muy, pero muy contento. Sabes, Eva, lo fascinante que tiene para mí el hecho literario es la emoción, los mayores regalos que me puedes hacer es decirme que algo que he escrito tiene poesía y que de algún modo te pudo atrapar, para sumergirte en la historia, esa cosa mágica que tiene la actividad de contar.
      Muchas gracias, Eva, por todo lo que dices, es muy bonito. Es un placer que vengas por aquí.
      Un beso.
      Ariel

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  10. Qué preciosidad de relato, Ariel. No hace mucho que te leo, pero ya me voy dando cuenta de que todas tus historias tienen alma propia.

    Es impactante la contraposición de la inocencia frente a la dura experiencia; de la juventud que toda la felicidad tiene por delante frente a lo truncado de una vida adulta; la ilusión curiosa de un niño que solo ve un ritual iteresante frente a una tristeza tan profunda que solo encuentra consuelo en la evasión que supone la locura.

    Enhorabuena, tus letras atrapan sin remisión :))

    ¡Un abrazo y buen día!

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    1. Muchas gracias, Julia, es muy lindo y halagador lo que me dices. Y lo haces de un modo tan emotivo que de veras me hace sentir muy bien. No te das una idea de lo interesante que es para mí, además, el análisis que haces del relato. Una devolución para atesorar.
      Te mando un afectuoso abrazo.
      Ariel

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  11. Delicioso! A veces el tiempo se detiene... como al leer tus letras. He disfrutado de cada frase, cada oración, cada párrafo.
    Esa imagen, del chico observando ese mundo que le es ignoto, el asomar de la inocencia a las duras realidades de los adultos, es potente y cálida a la vez.
    Un abrazo, Ariel

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    1. Hola Mirna, me alegra mucho que te haya gustado el relato. Y es un lujo lo que me decís de la narración. Me pone muy contento. Es un placer que me hayas dejado tu opinión.
      Un abrazo.
      Ariel

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  12. ¿De qué intensidad es ese dolor que llega a desquiciar? Pobre Gabriel, a veces se confunde la tristeza profunda con la locura.
    Es fascinante cómo has contado lo de que, en esa locura medio cuerda o en esa cordura medio desquiciada, cree que el canto del gorrión pasa al río, del agua dulce a la corriente del Atlántico y, de allí, hasta la Gran Canaria, de donde era oriunda su María, ¡precioso gesto pero más aún tu relato!
    Me ha dejado impactada tu relato, incluído el trágico suceso que has narrado con tanta delicadeza ¡enhorabuena, Ariel!
    Un beso

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    1. Muchas gracias, Chelo. Me alegro que te haya fascinado el relato. He tratado de mostrar el lado mágico de la locura, con cierta ternura e inocencia. Es una tragedia mayúscula cuando la insania se apodera de la cordura, nos lleva del cielo al infierno. El cerebro nos ofrece esta salida cuando la desgracia es demasiado grande para que la podamos tolerar. Eso me ha llevado a elegir este modo de contar el suceso.
      Es un placer que hayas venido por aquí.
      Un beso.
      Ariel

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  13. Tres aspectos recurrentes en tus historias aparecen en este relato, la ciudad de Buenos Aires, Tilo y la Locura (en mayúsculas, pues ya es un personaje más al que nos tienes acostumbrados). Podríamos añadir también el amor, en este caso como desencadenante de la locura de Gabriel que no se ha resignado a perderlo. Tal vez busque en sus pájaros el modo de echar a volar por fin y dejar atrás todo eso que tanto daño le hace. Y Tilo sin embargo busque quizás algo a lo que agarrarse en este mundo para mitigar su abandono, respuestas a los porqués que mueven los actos de las personas. Gran relato Ariel. Un saludo.

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    1. Sabroso comentario Jorge, como siempre. Y acertado. La Locura es algo que me seduce sobremanera, ha pasado por mi historia personal muy cerca, quizás demasiado, una compañera de viaje que no se olvida. No la he padecido en carne propia, sino que han sido tocados por ella dos seres queridos a los que me sería imposible olvidar. Esos dos extensos trayectos de mi vida me han desplegado a otra visión del Universo humano, me han enseñado mucho, tanto como me han lastimado, pero en todo caso, a esta altura de mi vida me permiten apreciar con más amplitud los secretos de la existencia y disfrutar de la felicidad que me provoca ese estado particular de vivir que es el Amor, también con mayúsculas.
      Creo que el párrafo que podría resumir el objeto del cuento es ese en el cual dices "dejar atrás todo eso que tanto daño le hace", al modo de catarsis del narrador, utilizando, otra vez, la Fantasía como medio de escape, apelando a la ternura del lector.
      Un precioso comentario que me toca la fibra emotiva y que te agradezco mucho.
      Un abrazo, amigo Jorge.
      Ariel

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  14. Hola, Ariel! Un relato redondo y con la personalidad de tu estilo por los cuatro costados. Un estilo reconocible en cuanto a ritmo, a la sensorial descripción de ambientes y personajes, Buenos Aires, la expectante observación de ese narrador desde el punto de vista de Tilo... Todo ello me ha hecho pensar, tienes material para darle unidad en una novela corta o un libro de relatos. Fíjate, tienes un niño que observa a unos personajes que viven su propio infierno: desesperanza, resignación... Con cuatro historias, con cuatro personajes como Gabriel, bien podrías plantearte cómo podría actuar el niño para ayudarlos y que, a partir de él, esas historias se entrecruzaran. No sé si has visto una película, Smoke, en la que salen William Hurt y Harvey Keitel, pienso que podrías escribir un libro estructurado de esa manera. ¡Ya me dirás que te parece! Un abrazo

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    1. ¡Hola David! ¡Qué gusto tenerte aquí! Es verdad, hay muchos cuentos con estos personajes: Tilo, Gabriel, Lorena y el Polaco Jedrek. Yo también he pensado, en varias ocasiones, en utilizarlos para encarar una nouvelle. Lo que sucede es que todavía no me veo con la experiencia y las herramientas necesarias para desarrollar un proyecto de este tipo. Tú sabes, David, que la novela tiene otras exigencias, muy diferentes a las del cuento. Creo que todavía debo experimentar más con el cuento.
      Y con respecto al libro, bueno, quién dice, un compilado de relatos podría ser. Mi vida siempre ha sido así, planificando sobre la marcha, buscando, escarbando, indagando nuevos caminos. Tal vez alguno de esos objetivos cuajen a corto plazo, tal vez nunca, no lo sé. Pero en todo caso te agradezco una enormidad lo que me propones, tu consejo a lanzarme en un proyecto de ese tipo. Me animas mucho, David, te lo agradezco. Eres muy generoso.
      Un gran abrazo.
      Ariel

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  15. Maravilloso tu relato amigo Ariel en que nos adentras de manera narrativa majestuosa en la vida de varios Personajes, con descripciones como sólo tu sabes hacerlas.

    Y me quedo con Tilo que con su inocente mirada ve el mundo a través de sus cristalinos ojos.

    Cómo me ha gustado su mirada que desde ella nos ha hecho ver ese entorno.

    Me maravillan tus relatos amigo mio.

    Gracias por existir en este mundo mágico de letras.

    Me quito el sombrero y te aplaudo.

    Besos enormes.

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    1. María, gracias por venir, me encanta que te pases por aquí. Sé del trabajo enorme que acarrea llevar adelante tu blog, y también sé con qué cariño y satisfacción lo haces, de veras envidio la pasión que pones ello, la entrega que le pones a contestar los comentarios que te hacemos tus seguidores.
      Es muy lindo y bonito lo que me dices, me alegra sobremanera los elogios que le pones a este relato y sobre todo la mirada tierna que pones sobre Tilo, este personaje que tiene mucho significado para mi.
      Y también te agradezco las respuestas que me dedicas en tu blog que son maravillosas y me acarician el corazón.
      Te mando un beso muy grande.
      Ariel

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