sábado, 29 de abril de 2017

Detrás de la puerta estaba su madre

   Tilo tiene 33 años. Todo el día de ayer lo asediaron los recuerdos de la noche en que se fue su madre, cuando él era niño aún. Hoy ha escrito estas líneas, para que no se escapen, en su cuaderno de Tapas Duras.

Abril 2017

   Un niño de cinco años, flaco, desgarbado, duerme plácidamente. Un manojo de cabellos pelirrojos, casi del color de las zanahorias, le cubre la cabeza. Las pecas color canela le tapizan todo el cuerpo salvo las palmas de las manos y las plantas de los pies. 
   Está acostado, soñando en su universo. Siente que las estrellas del cielo le iluminan las pestañas cerradas y, que, el aire nocturno despide un fuerte aroma a jazmines. Su madre le acaricia la espalda. Lo toma del hombro. Él quiere darse vuelta, pero no puede, algo se lo impide. La leve presión de las yemas femeninas sobre su piel le resulta agradable.
   El tiempo onírico no tiene medida. Es un brujo secular de barbas largas y blancas. Esconde la magia entre las hojas milenarias de los campos de maíz. Puede durar una eternidad. A veces su paso es tan lento que parece una larga travesía hasta la cumbre de la montaña. A veces viaja tan rápido como el dolor de una espina hincada en el nervio del codo. 
   El chico escucha sonidos lejanos y entonces se despierta. Abre los ojos, los párpados le raspan, parece que tuviera finos granos de arena ocultos debajo de ellos. Despega apenas la cabeza de la almohada rota y advierte que su cuerpo reposa en la cama de flejes oxidados. La reconoce porque con un pequeño movimiento, el esqueleto metálico ha lanzado un chillido, una queja. La pobre está un poco renga, le ha puesto dos ladrillos debajo de una pata y, de ese modo, le permite recostar la vejez de los hierros contra los revoques flojos, para no perder el equilibrio.
   Después que pulsa la perilla colgada al lado suyo, la lamparita de luz mortecina se enciende. Los dos cables que la sostienen se enroscan en un clavo largo, puesto torcido en la pared, por encima de la precaria mesa de noche. Sus pupilas se dilatan al disiparse la oscuridad de la pieza.
   Siente un escozor en los dedos. Saca un brazo fuera de las sábanas y acerca la mano a la cara. La mira de cerca arrugando las cejas y ve las yemas teñidas de verde. Le arden, es de tanto sostener los ramitos de violetas que vendió anoche.
   Afuera está lloviendo a cántaros. Escucha el furioso repiquetear del agua sobre el tinglado metálico del precario dormitorio. Miles de trocitos de cristal en una sinfonía endiablada quieren perforar el techo de la casa humilde donde vive. Aquí adentro una gota reiterada cae vertical y golpea como un martillo la lata que puso al pie de la cama. 
   Un olor nauseabundo le impregna la nariz. Viene del retrete, de afuera. Entra por el vidrio roto de la ventana del cuarto. Alguien ha dejado abierta la puerta de madera desvencijada del baño exterior. Desde aquí adentro escucha los sacudones de las bisagras, chirriando, con los embates de las ráfagas de viento y de agua, desguarnecidas, huérfanas, en medio de la tormenta.
   Un hilo de mercurio, delgado, le corre por la espina dorsal cuando ve la abertura enorme de la pieza. Hay olor a humo, sale del brasero de carbones apagados de esa especie de salamandra, que está al costado, con los tubos oxidado de hollines, tiznados, que primero ascienden y luego viborean entre los travesaños del techo, y se escapan por la pared, en un hueco hecho al desgano, hacia afuera.
   Se incorpora y ve que la habitación fría, con la pintura descascarada, es enorme. Antes de dormirse era normal, ahora ha crecido cinco veces. El lecho también ha aumentado de tamaño y su cuerpo es una nube diminuta, perdida entre las sábanas rotas. Los tirantes que sostienen el techo endeble de chapas acanaladas tiemblan, encastrados en la parte superior de los muros, parecen los tallos de las totoras cuando las castiga el granizo. 
   Le cuesta salir por debajo de la frazada que lo tapa. Es muy pesada. La distancia al borde del colchón es infinita. La cama es enorme, tan alta como él. Se arrima a la orilla y colgado de un pliegue de la sábana puede bajar. Cuando sus pies descalzos hacen contacto en el suelo de cemento, advierte que tiene la almohada a la altura de sus ojos. Mira en derredor. Ahora ve bien, ya no hay penumbra, su pequeñez lo abruma en este enorme espacio, el techo es un cielo inalcanzable. 
   El cono amarillo lo ilumina. Su sombra se agiganta hasta el espanto. El dibujo geométrico comienza en sus talones, continúa por el piso, se quiebra hacia arriba sobre la pared descascarada, y, al fin, termina en una mancha redonda, un círculo oscuro junto al techo. Es la figura de un muñeco tenebroso en la pobreza de la alcoba gigantesca.
   Oye voces lejanas en la otra habitación y quiere saber que dicen. Camina hacia la entrada. Ha tenido que dar cien pasos para llegar. Apoya el oído y escucha a través de las tablas macizas.
   Desprotegido, desamparado, más aún que las aves. La tersura de su piel es un plumón de ángel casi desnudo, solo tiene puesto el calzoncillo. Frota brazos y piernas para que le circule rápido la sangre. El cuarto colosal le hiela el candor de su ternura. No puede abrir la puerta, no alcanza al picaporte, inaccesible como una cumbre. Se estira hacia arriba en puntas de pies y ni siquiera así llega. Todo es gigantesco, o acaso, él se ha vuelto muy pequeño. Encoge las rodillas, toma impulso y salta, pero ni aun así llega al ojo de la cerradura. No entiende que ha pasado con el tamaño de las cosas. Es apenas una pequeña ardilla en este enorme dormitorio. Lo sorprende el terror de esta transformación, la soledad lo invade, tiene miedo.
   Escucha la voz de su madre. Quiere ir con ella. De este lado, encerrado, angustiado, apoya un hombro contra la puerta, quiebra una pierna y hace fuerza con la otra apretándose contra las tablas en un ademán inútil para abrir.
   Un hueco en el interior lo muerde como un perro hambriento. No comprende qué le pasa, la impotencia infantil le encoge el alma, con un gesto inocente se toca sus costillas. No palpa sus latidos, son tambores ausentes. Piensa que el corazón es un trozo de piedra seca, dura, sin vida. Se pregunta si esto es la muerte, eso a lo que temen a los mayores. Se aleja al rincón más oscuro de la pieza, está asustado. Hace un ovillo con sus brazos y queda en posición fetal, tiene el tamaño de una hendija. Se tapa los oídos, pero sigue escuchando, lejana, la voz de su madre que permanece al otro lado.
   Se levanta y decide hacer el primer intento. Va rápido hasta la puerta infranqueable. Transpira, los arroyos de sudor le bajan desde las sienes. Alrededor de sus pies hay un charco que crece cada vez más. Le parece que se puede hundir en él, hasta desaparecer, siente que es un ancla de hierro de mil toneladas en medio del océano. 
   Antes quiere tener noción de la medida. Apoya un talón en la parte inferior del marco y camina hasta que la punta del pie llega al otro marco. Veinte pasos. Alza la cabeza. Tendría que ser muchas veces más alto de lo que es para llegar a tocar el dintel. Entonces se sostiene con las piernas abiertas frente a la abertura, apoya una mano, y comienza a golpear con los nudillos de la otra. Los impactos son débiles, parecen el aleteo de una calandria, no le arrancan ni un pobre sonido a las tablas gruesas de cedro. 
   Entonces se le ocurre gritar, es imperioso que ella lo escuche, pero ni siquiera un mísero susurro le sale por la garganta. Abre la boca, no puede emitir sonido, ha quedado mudo. Aunque lo gana la desesperación, pone empeño. Ahora lo hace con ímpetu, con el puño cerrado, como si fuese un martillo. Toma impulso en cada choque, uno detrás del otro hasta que se cansa. Hace un alto mientras jadea. El aliento se le congela en el aire de la pieza. Ha dejado de llover, el tiempo ha pasado del llanto a la tristeza. Escucha el tintineo familiar de los collares de su madre, ella pone y saca cajas y frascos en la cartera. Son los elementos que utiliza en el maquillaje. El ruido del taconeo le llega nítido, la imagina caminando de un lado a otro, preparándose para irse. ¿No lo va a llevar con ella? 
   Se acerca a la cama y se viste apresurado. Quiere estar listo cuánto antes. Vuelve a la puerta rugosa y, ahora, con los dos puños cerrados, con más violencia que antes, renueva sus golpes, con toda la furia que le demanda la prisa, pero siente que no provoca ningún sonido que se escuche del otro lado. 
   Y ella, con manos ágiles, apresuradas, desenrosca el cartucho del lápiz de labios. Y frente al espejo los pinta con carmín. Primero el superior y luego el inferior.
   De este lado, mientras tanto, él intenta el grito supremo, el más imponente que pueda salirle de la garganta para atravesar la maldita puerta. Abre la boca todo lo que puede, aspira inflando el tórax hasta las costillas y descarga todo el aire de sus pulmones hasta el último aliento. Y, a pesar de todo el esfuerzo, no logra más que un débil sonido que queda encerrado en la precariedad de la pieza y en la soledad de su desamparo.
   Ha hecho un gran desgaste y se ha agotado, pero sigue atento a lo que ocurre al otro lado. Acerca despacio su cara y de costado apoya el oído contra la madera. 
   Su madre suspira. Se pasa el dedo meñique, quita el exceso de color de las comisuras, mira el rostro joven en el espejo, ahora de este costado y luego del otro, ordena un poco los cabellos que caen sobre la frente, y guarda el cartucho en la cartera. 
   Él se desespera, impotente, y ensaya la última alternativa. Con el brazo derecho en alto, golpea con la suela de la zapatilla una vez, dos veces, cinco veces, diez, hasta que le duele la mano. El corazón le late fuerte, respira agitado para tomar más aire y comienza a patear. Se lastima los dedos en el intento de llamar la atención, pero no le importa. Se calza de nuevo la zapatilla y patea ahora con las dos piernas en forma alternada, ya descontrolado. La puerta parece tabicada, amurada en la pared, parece un bloque de hormigón. No deja de pegar, aunque empiezan a dolerle todos los huesos. 
   Lo gana completamente la rabia, machaca también con la cabeza, con los codos, con las rodillas. Ya le asoman llagas en la piel, el líquido rojo le mancha las muñecas y tiñe las vetas de las tablas que lo mantienen en este encierro horroroso, pero no se detiene. Mientras descarga la artillería final de sus golpes, oye que su madre sale de la casa. Se ha ido. 
   Ahora sí, empieza a perder sentido seguir aporreando este bloque de madera impenetrable. Entonces, lo gana primero la congoja, luego la tristeza, gime primero, luego llora en silencio. Apoyado de espaldas, deja resbalar el cuerpo, sin fuerzas, sobre la puerta, hay más heridas que lo lastiman por dentro que por fuera. Queda sentado en el piso con las lágrimas en los ojos. Está desconsolado. Tiene las piernas encogidas, el rostro escondido entre ellas. Parece un gorrión mojado en esta habitación inabarcable, húmeda, fría, grande y desolada. Y él ahí, tan insignificante, tan mínimo, pensando en su madre. 

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viernes, 21 de abril de 2017

Después del temblor

   Estoy sentado. El lápiz de punta aguda está vertical. Es una saeta que se hinca en el papel, y yo, volando con mis razones moribundas por no sé qué firmamentos, estoy con la cabeza tumbada sobre la mesa. Apesadumbrado.
   Tengo el índice de mi mano derecha con la yema apoyada sobre el otro extremo del prisma largo de madera pintada de verde. Esbelto como un suspiro. 
   Quiero captar tu figura entre las tantas, bonitas, hermosas, que danzan entre mis sienes. Pero me es esquiva. Aún es un óvalo inclinado transparente, no aparece tu sonrisa todavía. Los deseos de mi corazón moran entre los huecos del ala de una gaviota. Intentaré, si es posible, pensar en que no son los dolores del mundo que te sostienen, ausente, entre las nubes, flotando sobre el mar. Te extraño.
   Ahora imagino. Tu timidez está agazapada, más allá de las sombras de las rejas de mi cárcel. Son tantos y tan gruesos los barrotes. No me dejan escapar de mi tormento. Este recinto en penumbras, mi alma, ha quedado aislado, atrapado en la oscuridad de mi desesperanza. ¿Qué me ha pasado? Estoy en el fondo del túnel de mis pensamientos más sombríos. 
   Y tú, pienso, te mantienes alegre, esperando afuera. Los rayos del sol iluminan tu rostro. Yo muerdo un dolor que espero no te hiera. El aire hace ondear tu vestido. Viene de las profundidades del océano. Es apenas una brisa, acaricia tus cabellos oscuros, no más que eso mantiene a salvo tu alborozo.
   En cambio, yo, que he percibido el temblor, tengo miedo. Y eso me paraliza el juicio.
   El lápiz ha rodado hasta el borde de la hoja. Acaricio la superficie blanquecina del papel antes de derramar en él la amargura que me atraviesa. Escribiré rápido con letras garrapateadas, sin corregir. Así no me atormentará.
   Ahora vienes de la sal y puedo escuchar tu voz serena. Pienso que va a ser diferente. Aunque esté, todavía, aquí recluido, en la humedad de mi celda propia, por lo menos ya me he incorporado, solo con suponer la gratitud de tu presencia. Quiero oír un poco más. Tu canción llega desde muy lejos. 
   Tus latidos vienen en mi ayuda. Seguiré las órdenes de tu interior. Eres un astro inasible, estás tan alta, es difícil verte claramente. Te pido que la caricia de tu ternura pase por mi encierro. Intenta librarme del sitio en que me encuentro hacinado, como un esclavo, en el vientre de la nave que surca las aguas de mi Aqueronte.
   Pronto te podré tocar. Tu calor hará bien a mis huesos congelados. Se equivoca quien piensa que las estrellas son de hielo. Ellas titilan porque está frío el piélago oscuro donde flotan tímidas. Son ardientes soles, lejanos. De ese mismo modo tu sonrisa es inalcanzable, por ahora. Sospecho que es aquella pequeña de la cual sale ese mortecino resplandor. 
   Por favor, acércate un poco más. Quiero recibir tu aliento. Necesito salir de este encierro inhumano. Me lo he impuesto yo, pero ya no lo soporto. El estampido lo ha movido todo, después el horror ha dejado su mensaje. 
   Es suficiente con tener cerca tu transparencia, como esos peces de aguas profundas. Es grato ver como casi se confunden con el líquido, como logran la levedad de las medusas, poseen escamas tan delgadas que permiten ver las plantas marinas a través de sus cuerpos. Esa es la claridad que anhelo. 
   Preciso que se desvanezca esta montaña de angustia. Me tiene atrapado. Es porque he visto al monstruo, esa bomba poderosa, llegar volando. Tú me comprendes. Mi ánimo ha percibido que todo ha temblado bajo la señal. Cayó desde lo alto y me he derrumbado. Pero con tu ayuda saldré de este infierno atroz, de mi congoja, de este padecimiento por el odio que se anuncia.
   Eres una mujer encantadora, dulce, tierna. Continúa hablando. Es menester que todo el pesar se disipe de mi alma y las sombras del mal se alejen espantadas a otro sitio. No puedo vivir sin ti, me hace falta tu esperanza. Haz como siempre, levántate y ve a la playa. Debes disponer los alimentos y los brebajes. Nos espera el desayuno de la vida de un nuevo día para abrir el cielo de la ilusión. Tú que tienes amor por los detalles, lo estás haciendo bien, no te detengas, acomoda los platos en la mesa celestial para que estén en el lugar correcto. Sabré esperar, el estruendo ha pasado, me ha dejado mudo, en el fondo de esta cueva que he cavado dentro mío.
   Por fin, después del triste suceso, nos vamos a ver. El viento, las olas, tu optimismo puro, están despejando la oscuridad que he padecido. Ya verás, el miedo ha caído desde arriba y, con el tiempo se escurrirá. El humo se disipará en hebras. Quiero creer que ahí terminó todo. Que no habrá más.
   Y los nuevos tiempos serán diferentes. Oiremos el soplo de la confianza. Ya no escucharemos los golpes de los cascos sobre el empedrado, los gritos. No veremos huir a ninguna muchedumbre despavorida. Deberemos apartar la vista, si vemos al engendro que cuida la entrada con el sombrero negro hundido hasta los hombros, porque será un engaño, una alucinación.
   Pensaremos en nada. Solos tú y yo. Hasta que abandonen sus armas. No nos preocupemos si quedan filos o espinas, o tubos que escupen fuego, nos esconderemos detrás de las ochavas. Nos ocultaremos al paso de los uniformes. Sentados, tratemos de mirar el agua cantarina de los ríos. De ese modo no veremos pasar las sombras de los cuerpos desfilando al compás de los tacos de sus botas. No harán más daño.
   Cuando todo haya pasado, después del horror, la alegría nos invadirá el alma, y yo te acariciaré las mejillas antes de que se precipite y caiga de las comisuras de tus labios. Reiremos al final, después del pánico, cuando se acaben los murmullos, y los choques de los vasos, donde los hombres de hierro han brindado con sus vinos de sangre.
   Luego, yo te prometo, que un brazo mío te rodeará la cintura con firmeza y te llegarán mis besos. Solo los cascabeles de tu risa se irán por los confines de la tierra sin fronteras. Habrá alboroto entre las hadas cuando me mire en tus ojos. Los mensajeros ya se habrán ido, esos heraldos negros que anteceden a la muerte. Las espadas y las barras de las rejas de las prisiones callarán sus chirridos oxidados. Nuestro sitio será un cobijo para los dos en esos nuevos días de gloria. Podremos escuchar nuestros gritos de felicidad. Serán tan agudos que van a ensordecer al viento.
   Los gusanos del mal que han venido a perturbar la vida, desaparecerán. Nadie se quedará encerrado en cavernas subterráneas. Como yo, ninguno permanecerá dormido cuando salga del agujero. La brisa helada y los pájaros brunos estarán muertos. Nacerán nuevas aves blancas y el aire será cálido.
   Ya no habrá cascos ni despeñaderos. Los árboles escarchados y los edificios derruidos habrán formado solo parte de un sueño olvidado. Tus mejillas van a iluminar mi cielo como un pábilo candente. La lumbre agradecida aquietará las sombras y las espantará para siempre. Solo tendremos el brillo rutilante del sol. Y habrá una sinfonía. Tu canto musical, que es incapaz de lastimar, me envolverá suave. La tela de tu vestido me acariciará la piel cuarteada por la pena.
   Dime que sí, que tú también ves lo mismo en el futuro. Es una fuente, gorgotea agua entre los brazos de las ninfas. El trueno anida en los recuerdos morbosos. Y ahora vemos la alegría infinita de cien soles suspendidos en la profundidad de la bóveda celeste. Es tu voz, me reclama, es el sonido de tus palabras que se despliega de tu sonrisa lo que me sosiega y me trae la calma.
   Y porque así me lo haces sentir me siento libre. Entonces, tomo el lápiz entre mis dedos, las cosas se ordenan en mi cerebro y comienzo a escribir sin que me tiemble el pulso. Mi corazón se está calentando y dentro de poco empezaré a escuchar sus latidos con más fuerza.

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domingo, 9 de abril de 2017

El llamado del crepúsculo

   La casa de Victoria está en medio de esta especie de bosque que llega casi hasta la costa, rodeada de árboles. Es una vivienda amplia, tiene mucho espacio, demasiado, porque en este último mes se ha vaciado de golpe. Su marido ha fallecido, nunca regresó con vida al hogar. 
   El día de su muerte le avisaron con un llamado telefónico breve y, ella fue sola, a buscarlo, y disponer los arreglos del funeral. Cuando lo vio, él ya había partido para siempre, no pudo despedirse, todo fue tan rápido. Ella no estuvo presente cuando él cerró los ojos, ese fue el comienzo del tránsito hacia la profundidad de su pena. 
   A veces la tristeza la invade y, en esta tarde lo recuerda, una vez más. Una saeta le atraviesa el pecho sin volcar una gota de sangre, el dolor surge, asciende y, le arde, entre los retazos revueltos de su alma quebrantada.
   Victoria ama la vida, es un canto al optimismo, da muestras de ello cuando sonríe. Todo el rostro se le ilumina, es una estrella con luz propia. Pero a veces, tiene su día triste. 
   Va hacia la cama de su dormitorio, se sienta, mira el piso y al rato va a la cocina. No sabe qué hacer. Calienta agua para el mate, lo sirve y se queda con él entre las manos, pensando, en el silencio quieto de la sala. Pasa un rato, lo deja sobre la mesa, se levanta y se asoma al balcón. Apoya la palma de sus manos sobre la baranda de hierro y observa el vuelo de los halconcitos blancos, el canto breve de los chorlitos, ve a una pardela en lo alto, que da vueltas, buscando la brisa adecuada que la devuelva al mar. 
   Recuerda que en otoño salía con él a buscar las frutas caídas al pie de los castaños. En verano se alejaban juntos por la hierba, atravesando el arroyo, más allá de la noria, hacia la costa. A ambos les gustaba mirar hacia la inmensidad del agua. Como un par de gaviotas solitarias tomadas de la mano, eran un punto apenas, en el amplio desierto de arena de la bahía curvada de Playa Honda.
   «¿De qué manera podré seguir viviendo?», se pregunta, mirando al cielo, rastreando con sus ojos para descubrir su figura en algún lugar del inmenso universo. Sin él, cualquier camino le parece un destino inseguro.
   Aspira profundo, no tiene con quién hablar en esta ausencia que la invade por dentro y por fuera, en esta tarde apacible, frente a la arboleda que se extiende ante ella. 
   El sol está bajando por la espalda de la vivienda, la tarde está cayendo, se filtran los haces luminosos entre las hojas del follaje. Una bruma rosada peina lar ramas más altas de las copas frondosas de los árboles de este pequeño bosque. ¡Cuántas veces han visto, juntos, este paisaje desde aquí!, con el mar de fondo, que se divisa bajando la barranca, más allá de los bordes rocosos de la Isla de Flores, cascados, salpicados por esquirlas de espuma blanca. El rumor de las olas, lejano, habla por encima del murmullo de esta fronda que se hamaca con la brisa suave, húmeda, que llega desde el océano. Algunas hojas ya comienzan a mudar hacia los tonos canela, el otoño les pinta la piel seca de color marrón, las va endureciendo, las cubre con una costra quebradiza, tapizan el piso como una alfombra mustia, crujen bajo el leve peso de alguna fruta que cae. Hay aroma a flores en el aire.
   Ella va y viene por las habitaciones vacías. El peso de la soledad es un lastre que la abruma. 
   Decide ir hacia Punta Ballena, se deja llevar por un impulso repentino. Toma un abrigo de lana, por las dudas, piensa que cuando anochezca seguro va a refrescar. Coloca las llaves del auto en la cartera, pasa delante del espejo y se demora un poco. Tiene puesta una blusa liviana y unos pantalones claros. Se acomoda la cabellera mirándose de costado. Recuerda. Los brazos fuertes que la envolvían no están, no los ve en el espejo, no le abrigan su cuerpo. Se sentía arropada cuando él le regalaba ese gesto. Falta, aquí, el olor a tabaco y a ron que perfumaban la sala. La tristeza se le arrima al hueco de su corazón, casi nunca la demuestra en la gallardía exterior de su figura, sin embargo, Victoria advierte, ahora, que de la humedad de los ojos algo se desborda y le baja por una de las mejillas. Se pasa un dedo para quitarla y va hacia la puerta. Antes de salir echa una mirada hacia la habitación. Ve el rostro de él en los cuadros colgados en las paredes, en los retratos que tiene sobre los muebles. Eso la apena un poco más, no puede evitar esa congoja. Sale y cierra la puerta.
   Maneja por la carretera de Montevideo hacia el este. Llega por el único camino posible, rodeado de pinos y eucaliptus. De a poco se transforman en arbustos y luego, finalmente, en matas bajas. La ruta asfaltada es ahora un sendero de guijarros. La península es una prolongación del cerro que se adelgaza, parece más angosta con el océano a ambos lados. Se extiende como un muelle que se hunde en el mar, que aquí es un piélago, un estanque inabarcable, una llanura líquida infinita, sin límites, abierta en todas direcciones hasta perderse en el horizonte, y que se hace turbulenta en esta costa agrietada, que ciñe los peñascos por ambos lados, y los bate con furia, con alas de agua que se elevan saltando al pie de este precipicio.
   Se baja del auto. Siente de inmediato el embate de las ráfagas feroces que la empujan desde el sur. Cierra la puerta y, se coloca el abrigo encima de los hombros, sus cabellos se agitan. Se detiene y mira. Está frente a Casa Pueblo, aquí quería llegar.
   Es una casa mediterránea, insólita, enclavada en la desembocadura del Río de la Plata. Es una sucesión de nidos superpuestos, de paredes blancas llenas de ventanas, construida sobre la roca, en la orilla de esta punta que se mete con coraje entre las olas, buscando lo profundo. La construcción parece un animal adherido con tentáculos de hormigón a la piedra, como un manojo de plantas parásitas que resisten los castigos del viento. Es, casi, una edificación con vida, desesperada, a punto de caer por este despeñadero, hincando los dedos entre los intersticios de la pared rugosa, en la soledad del acantilado. 
   Punta ballena es una franja estrecha, es la estribación de la cadena montañosa de Cuchilla Grande, que se aguza, asemejando primero a un brazo, luego una mano y por último un dedo largo con la uña dura que desciende señalando el fondo del océano. Es una puntera rocosa que huye de la orilla. Es un espigón expuesto a los huracanes que lo arañan desde el sur, castigado por el salvaje atropello de las tempestades en los algunos días grises del crudo invierno. 
   La sensación que tienen los navegantes cuando miran hacia aquí, es que el efecto de la presión de los feroces vendavales, han aplastado la nuca del extremo de las montañas hacia abajo, de modo que le han hundido el hocico bajo la marea, este lugar parece el casco de un barco encallado con la proa hundida. Y el líquido salino, en continua agitación le golpea los flancos escarpados, de un lado y del otro, esparciendo penachos de espuma blanca entre las rocas. 
   El océano, aquí es río y es mar, es un mestizo araucano o charrúa que a veces muestra la piel celeste y a veces se pinta de cobre como un lagarto que baja desde las tierras rojas de la provincia de Misiones.
   La temporada ha terminado y casi no hay turistas en Casa Pueblo. El crepúsculo está por declararse en el cielo que se recuesta en la línea difusa de la lejanía. 
   Victoria franquea la entrada del magnífico laberinto. Sube y baja escalones, atraviesa pasillos, pasea por las habitaciones, observa las pinturas que hay sobre las paredes encaladas, los objetos de colores vivos. Una grabación comienza a reproducir la «Ceremonia del Sol», ese bellísimo poema, recitado por el artista que construyó esta mítica casa. Entonces, ella va hacia una de las terrazas techadas que miran hacia el oeste, una en la que no hay nadie, desde aquí ve el horizonte marino. Hay nubes, hebras blancas que esconden la geometría circular que brilla detrás de ellas. El globo solar es una moneda dorada, gigante. 
   En la intimidad de este balcón, ella se atreve a pensar que es allí, en aquel disco de oro donde se encuentra el espíritu de su marido, poderoso, también, como el fuego. Y se anima a sincerar, en su interior, un pensamiento que la estimula, algo que jamás diría en voz alta, pero que palpita en su corazón: «Vengo a ver tu muerte cotidiana, temporaria, es la despedida que te debo. Nuestra cama es demasiado grande para mí sola, está fría y a la noche me desvelo. Voy a venir aquí, de vez en cuando, cuando la soledad se me vuelva insoportable, como hoy.» 
   Victoria escucha la voz del poeta que recita, se arrellana en la silla, se ajusta el abrigo, encoge los hombros y, luego, mientras escucha la voz monótona que recita los versos fabulosos, con las palmas de la mano a los costados del rostro, se recuesta con suavidad apoyando su cuerpo hacia atrás, contra el respaldo. Levanta la frente y, dirige su mirada al globo escarlata que se hunde irremediable. No puede contenerse, los versos que escucha la emocionan, han ablandado la escarcha de su pena. Aparecen dos surcos delgados, casi imperceptibles, por donde le resbalan las lágrimas tenues de la tristeza. Son dos senderos que bajan por la calidez de sus mejillas. 
   Sonríe, ha imaginado que él está ahí, pero sabe que de todos modos seguirá en esa lejanía con los labios mudos, a ella le sigue faltando el sonido de su voz, la armonía de la palabra que se pierde vagando por los cielos. Y entonces, algo insiste, nuevamente, en su interior: «¿De qué manera podré seguir viviendo?», se pregunta. Rastrea con sus ojos para descubrir su figura. Mira al cielo manchado de carmín y granate, quiere verlo, trata de armar su imagen, en el centro de la bola ígnea, que desaparece, lentamente, tragada por el agua. 
   Hoy se ha permitido esta fantasía deliciosa. Su destino se afirma, es éste, deberá llegar aquí de tanto en tanto. Tal vez sea solo un artificio para aliviar su soledad. Pero es suficiente para ella. Aquí podrá venir, a soñar con su compañía, la de él. 
   El viento sigue azotando la casa blanca. Ella quiere que el poema prodigioso no termine nunca y que el globo rojo no se hunda jamás. No quiere despedirse, todavía.

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