sábado, 29 de abril de 2017

Detrás de la puerta estaba su madre

   Tilo tiene 33 años. Todo el día de ayer lo asediaron los recuerdos de la noche en que se fue su madre, cuando él era niño aún. Hoy ha escrito estas líneas, para que no se escapen, en su cuaderno de Tapas Duras.

Abril 2017

   Un niño de cinco años, flaco, desgarbado, duerme plácidamente. Un manojo de cabellos pelirrojos, casi del color de las zanahorias, le cubre la cabeza. Las pecas color canela le tapizan todo el cuerpo salvo las palmas de las manos y las plantas de los pies. 
   Está acostado, soñando en su universo. Siente que las estrellas del cielo le iluminan las pestañas cerradas y, que, el aire nocturno despide un fuerte aroma a jazmines. Su madre le acaricia la espalda. Lo toma del hombro. Él quiere darse vuelta, pero no puede, algo se lo impide. La leve presión de las yemas femeninas sobre su piel le resulta agradable.
   El tiempo onírico no tiene medida. Es un brujo secular de barbas largas y blancas. Esconde la magia entre las hojas milenarias de los campos de maíz. Puede durar una eternidad. A veces su paso es tan lento que parece una larga travesía hasta la cumbre de la montaña. A veces viaja tan rápido como el dolor de una espina hincada en el nervio del codo. 
   El chico escucha sonidos lejanos y entonces se despierta. Abre los ojos, los párpados le raspan, parece que tuviera finos granos de arena ocultos debajo de ellos. Despega apenas la cabeza de la almohada rota y advierte que su cuerpo reposa en la cama de flejes oxidados. La reconoce porque con un pequeño movimiento, el esqueleto metálico ha lanzado un chillido, una queja. La pobre está un poco renga, le ha puesto dos ladrillos debajo de una pata y, de ese modo, le permite recostar la vejez de los hierros contra los revoques flojos, para no perder el equilibrio.
   Después que pulsa la perilla colgada al lado suyo, la lamparita de luz mortecina se enciende. Los dos cables que la sostienen se enroscan en un clavo largo, puesto torcido en la pared, por encima de la precaria mesa de noche. Sus pupilas se dilatan al disiparse la oscuridad de la pieza.
   Siente un escozor en los dedos. Saca un brazo fuera de las sábanas y acerca la mano a la cara. La mira de cerca arrugando las cejas y ve las yemas teñidas de verde. Le arden, es de tanto sostener los ramitos de violetas que vendió anoche.
   Afuera está lloviendo a cántaros. Escucha el furioso repiquetear del agua sobre el tinglado metálico del precario dormitorio. Miles de trocitos de cristal en una sinfonía endiablada quieren perforar el techo de la casa humilde donde vive. Aquí adentro una gota reiterada cae vertical y golpea como un martillo la lata que puso al pie de la cama. 
   Un olor nauseabundo le impregna la nariz. Viene del retrete, de afuera. Entra por el vidrio roto de la ventana del cuarto. Alguien ha dejado abierta la puerta de madera desvencijada del baño exterior. Desde aquí adentro escucha los sacudones de las bisagras, chirriando, con los embates de las ráfagas de viento y de agua, desguarnecidas, huérfanas, en medio de la tormenta.
   Un hilo de mercurio, delgado, le corre por la espina dorsal cuando ve la abertura enorme de la pieza. Hay olor a humo, sale del brasero de carbones apagados de esa especie de salamandra, que está al costado, con los tubos oxidado de hollines, tiznados, que primero ascienden y luego viborean entre los travesaños del techo, y se escapan por la pared, en un hueco hecho al desgano, hacia afuera.
   Se incorpora y ve que la habitación fría, con la pintura descascarada, es enorme. Antes de dormirse era normal, ahora ha crecido cinco veces. El lecho también ha aumentado de tamaño y su cuerpo es una nube diminuta, perdida entre las sábanas rotas. Los tirantes que sostienen el techo endeble de chapas acanaladas tiemblan, encastrados en la parte superior de los muros, parecen los tallos de las totoras cuando las castiga el granizo. 
   Le cuesta salir por debajo de la frazada que lo tapa. Es muy pesada. La distancia al borde del colchón es infinita. La cama es enorme, tan alta como él. Se arrima a la orilla y colgado de un pliegue de la sábana puede bajar. Cuando sus pies descalzos hacen contacto en el suelo de cemento, advierte que tiene la almohada a la altura de sus ojos. Mira en derredor. Ahora ve bien, ya no hay penumbra, su pequeñez lo abruma en este enorme espacio, el techo es un cielo inalcanzable. 
   El cono amarillo lo ilumina. Su sombra se agiganta hasta el espanto. El dibujo geométrico comienza en sus talones, continúa por el piso, se quiebra hacia arriba sobre la pared descascarada, y, al fin, termina en una mancha redonda, un círculo oscuro junto al techo. Es la figura de un muñeco tenebroso en la pobreza de la alcoba gigantesca.
   Oye voces lejanas en la otra habitación y quiere saber que dicen. Camina hacia la entrada. Ha tenido que dar cien pasos para llegar. Apoya el oído y escucha a través de las tablas macizas.
   Desprotegido, desamparado, más aún que las aves. La tersura de su piel es un plumón de ángel casi desnudo, solo tiene puesto el calzoncillo. Frota brazos y piernas para que le circule rápido la sangre. El cuarto colosal le hiela el candor de su ternura. No puede abrir la puerta, no alcanza al picaporte, inaccesible como una cumbre. Se estira hacia arriba en puntas de pies y ni siquiera así llega. Todo es gigantesco, o acaso, él se ha vuelto muy pequeño. Encoge las rodillas, toma impulso y salta, pero ni aun así llega al ojo de la cerradura. No entiende que ha pasado con el tamaño de las cosas. Es apenas una pequeña ardilla en este enorme dormitorio. Lo sorprende el terror de esta transformación, la soledad lo invade, tiene miedo.
   Escucha la voz de su madre. Quiere ir con ella. De este lado, encerrado, angustiado, apoya un hombro contra la puerta, quiebra una pierna y hace fuerza con la otra apretándose contra las tablas en un ademán inútil para abrir.
   Un hueco en el interior lo muerde como un perro hambriento. No comprende qué le pasa, la impotencia infantil le encoge el alma, con un gesto inocente se toca sus costillas. No palpa sus latidos, son tambores ausentes. Piensa que el corazón es un trozo de piedra seca, dura, sin vida. Se pregunta si esto es la muerte, eso a lo que temen a los mayores. Se aleja al rincón más oscuro de la pieza, está asustado. Hace un ovillo con sus brazos y queda en posición fetal, tiene el tamaño de una hendija. Se tapa los oídos, pero sigue escuchando, lejana, la voz de su madre que permanece al otro lado.
   Se levanta y decide hacer el primer intento. Va rápido hasta la puerta infranqueable. Transpira, los arroyos de sudor le bajan desde las sienes. Alrededor de sus pies hay un charco que crece cada vez más. Le parece que se puede hundir en él, hasta desaparecer, siente que es un ancla de hierro de mil toneladas en medio del océano. 
   Antes quiere tener noción de la medida. Apoya un talón en la parte inferior del marco y camina hasta que la punta del pie llega al otro marco. Veinte pasos. Alza la cabeza. Tendría que ser muchas veces más alto de lo que es para llegar a tocar el dintel. Entonces se sostiene con las piernas abiertas frente a la abertura, apoya una mano, y comienza a golpear con los nudillos de la otra. Los impactos son débiles, parecen el aleteo de una calandria, no le arrancan ni un pobre sonido a las tablas gruesas de cedro. 
   Entonces se le ocurre gritar, es imperioso que ella lo escuche, pero ni siquiera un mísero susurro le sale por la garganta. Abre la boca, no puede emitir sonido, ha quedado mudo. Aunque lo gana la desesperación, pone empeño. Ahora lo hace con ímpetu, con el puño cerrado, como si fuese un martillo. Toma impulso en cada choque, uno detrás del otro hasta que se cansa. Hace un alto mientras jadea. El aliento se le congela en el aire de la pieza. Ha dejado de llover, el tiempo ha pasado del llanto a la tristeza. Escucha el tintineo familiar de los collares de su madre, ella pone y saca cajas y frascos en la cartera. Son los elementos que utiliza en el maquillaje. El ruido del taconeo le llega nítido, la imagina caminando de un lado a otro, preparándose para irse. ¿No lo va a llevar con ella? 
   Se acerca a la cama y se viste apresurado. Quiere estar listo cuánto antes. Vuelve a la puerta rugosa y, ahora, con los dos puños cerrados, con más violencia que antes, renueva sus golpes, con toda la furia que le demanda la prisa, pero siente que no provoca ningún sonido que se escuche del otro lado. 
   Y ella, con manos ágiles, apresuradas, desenrosca el cartucho del lápiz de labios. Y frente al espejo los pinta con carmín. Primero el superior y luego el inferior.
   De este lado, mientras tanto, él intenta el grito supremo, el más imponente que pueda salirle de la garganta para atravesar la maldita puerta. Abre la boca todo lo que puede, aspira inflando el tórax hasta las costillas y descarga todo el aire de sus pulmones hasta el último aliento. Y, a pesar de todo el esfuerzo, no logra más que un débil sonido que queda encerrado en la precariedad de la pieza y en la soledad de su desamparo.
   Ha hecho un gran desgaste y se ha agotado, pero sigue atento a lo que ocurre al otro lado. Acerca despacio su cara y de costado apoya el oído contra la madera. 
   Su madre suspira. Se pasa el dedo meñique, quita el exceso de color de las comisuras, mira el rostro joven en el espejo, ahora de este costado y luego del otro, ordena un poco los cabellos que caen sobre la frente, y guarda el cartucho en la cartera. 
   Él se desespera, impotente, y ensaya la última alternativa. Con el brazo derecho en alto, golpea con la suela de la zapatilla una vez, dos veces, cinco veces, diez, hasta que le duele la mano. El corazón le late fuerte, respira agitado para tomar más aire y comienza a patear. Se lastima los dedos en el intento de llamar la atención, pero no le importa. Se calza de nuevo la zapatilla y patea ahora con las dos piernas en forma alternada, ya descontrolado. La puerta parece tabicada, amurada en la pared, parece un bloque de hormigón. No deja de pegar, aunque empiezan a dolerle todos los huesos. 
   Lo gana completamente la rabia, machaca también con la cabeza, con los codos, con las rodillas. Ya le asoman llagas en la piel, el líquido rojo le mancha las muñecas y tiñe las vetas de las tablas que lo mantienen en este encierro horroroso, pero no se detiene. Mientras descarga la artillería final de sus golpes, oye que su madre sale de la casa. Se ha ido. 
   Ahora sí, empieza a perder sentido seguir aporreando este bloque de madera impenetrable. Entonces, lo gana primero la congoja, luego la tristeza, gime primero, luego llora en silencio. Apoyado de espaldas, deja resbalar el cuerpo, sin fuerzas, sobre la puerta, hay más heridas que lo lastiman por dentro que por fuera. Queda sentado en el piso con las lágrimas en los ojos. Está desconsolado. Tiene las piernas encogidas, el rostro escondido entre ellas. Parece un gorrión mojado en esta habitación inabarcable, húmeda, fría, grande y desolada. Y él ahí, tan insignificante, tan mínimo, pensando en su madre. 

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36 comentarios:

  1. Me impresiona mucho la historia de Toto, su abandono, el anhelo del amor de su madre que le acompaña toda su vida. Deberías plantearte reunir todos sus relatos en una novela y publicarla porque son muy buenos. Como éste que refleja tan bien la angustia de un niño. Mis felicitaciones y un abrazo muy fuerte

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    1. Me ha pasado por la cabeza muchas veces colocarlos en un libro, Ana, te agradezco que me lo digas, es muy alentador, veremos si en algún momento me decido. Muchas gracias por tus felicitaciones. Un beso.
      Ariel

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  2. Los textos que leí sobre Tilo me gustan mucho, es un personaje muy querible, con mucho sufrimiento. El de esta publicación es tremendamente triste y lo contaste muy bien.
    Un abrazo, Ariel.

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    1. Es muy halagador lo que decís, Mirella, valoro mucho tu opinión y me pone contento que te hayas podido hacer un lugar para dejarme tu comentario.
      Me agrada mucho que veas en Tilo a un personaje querible, significa mucho para mi.
      Yo también te mando un abrazo.
      Ariel

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  3. Realmente es muy triste Ariel, ese pobre Tilo sufre tanto, es difícil no sentir empatía con su dolor. Muy bien contado, expresando toda su angustia en esos pequeños detalles que la hacen muy real.
    Un abrazo

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    1. Es muy importante que me digas que has sentido el dolor y el sufrimiento. Siempre es grato saber que lo que escribo te conmueve. Sobre todo que hayas visto la angustia, que lleva implícita la imposibilidad y el desconsuelo, que es lo que Tilo quiere volcar en el texto. Es un personaje que padece de ese modo la ausencia de su madre y lo vive con mucha tristeza.
      Un abrazo, Conxita.
      Ariel

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  4. Es verdad Ariel que el tiempo de los sueños tiene esa extraña cualidad de alargarse o acortarse, tú, al contarlo tan bien, haces poesía del paso caprichoso del tiempo., y con la imagen del niño dormido…tan flaco, tan pecoso…he viajado con ella en la retina durante el tiempo que dura tu precioso texto.
    Y entre la belleza y la miseria que tan bien sabes describir, porque, querido Ariel, el tratamiento es visceral y también es literario, amplias las sensaciones no solo con los colores, los contrastes, sino que olores (fragancias y pestes) y sonidos (lluvia, chirridos de muelles, sinfonías de cristales….), y hasta el sentido del tacto a través de las yemas teñidas de verde que arden tanto…así que tu relato se amplifica en muchas ramas, el río principal del niño y sus múltiples afluentes…la descripción de la miseria con todo “lujo” de detalles, la amplia geografía de la alcoba tenebrosa…todo transcurre desde la precaria altura de los ojos del niño, y de sus temores
    En la escena de la cerradura es inevitable recordar a la Alicia de Carrol, del charco en el suelo… pero sin los tintes de la angustia de nuestro niño que lucha por abrir la puerta tan alta o más que el Everest, y como no al Proust niño mimado y enfermo en la cama angustiado porque su madre no viene a despedirse de él…así que se mezcla otras literaturas con ésta tu literatura, y no se vale decir es que ellos son “Grandes”, tú también lo eres Ariel, hay que ser grande para escribir como tu escribes, y ya deberías saber que no soy de dedicar halagos gratuitos. Escribes tan bien que generas lo que quieras trasmitir…pena, angustia por el niño.
    Duele leerte.

    Y por ponerte algún pero… lo único que no me gusta de este admirable trabajo es el evidente título…quería terminar el comentario con un guiño risueño para espantar la tristeza .

    Un abrazo enorme, escritor.

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    1. Isabel, qué hermoso comentario que me has dejado. Haces un análisis tan meticuloso, con tanta altura, que le da realce, importancia, al texto que he escrito. Y lo haces desde el sentimiento que es una de las cosas que más me preocupa. Desmenuzas cada escena con un cuidado que me pone muy contento, lo leo y recreo todas las sensaciones, todas las emociones y los pensamientos que me han invadido durante el proceso de escritura. Y es que lo ves todo, cuando lees, nada se te escapa, y eso agrada mucho, Isabel, porque viniendo de ti es como una garantía de que el trabajo ha sido fructífero. Y haces esas comparaciones con los grandes referentes de la Literatura y, de nuevo, me siento muy halagado. Tú sabes que lo digo desde la humildad, es muy hermoso saber que hay partes del relato que remiten a nuestros maestros, a esos genios que hemos leído y admirado desde pequeños, abriendo bien grandes los ojos ante cada frase que nos mostraba un universo de sensaciones. Cómo poder olvidar esas maravillosas descripciones salidas de la memoria involuntaria de ese genio que se encerró, literalmente, en su mundo, para volcar en esas frases larguísimas y espléndidas todo lo que tenía guardado en su cabeza y en su corazón. Así de maravilloso es lo que siento cuando te leo, cuando me dices que te he podido trasmitir las emociones del texto casi hasta el dolor. Tú imaginas cómo se eleva mi ánimo con todo esto que me dices, tocas mis fibras más sensibles. No sé como agradecerte estas palabras.
      Y, al final, mira si hay vasos comunicantes entre nosotros y hasta dónde llegan. El relato siempre se llamó "Detrás de la puerta" y, antes de publicarlo, le agregué "estaba su madre", doble evidencia. Por querer arreglarlo lo empeoré. Es que a veces me pasan esas cosas increíbles, quiero reparar una falla y hago lo contrario. Ya en la próxima lo cambiaré. Está decidido.
      Un afectuoso abrazo.
      Ariel

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  5. Hola pibe de Palermo. Me pareció mejor comentarte tu último trabajo desde acá. Creo que es un gran texto. La historia es mínima pero lo suficientemente poderosa como para inundar de literatura el relato. Esta vez contaste los hechos como narrador omnisciente. Y allí ha estado tu mirada sobre las tribulaciones de Tilo y su madre. En la alegoría del empequeñecer del niño, (que por momentos es psicológica y por momentos ronda el borde de lo fantástico), hay una especie de enorme presencia de los miedos, de la soledad y también del desamor y el abandono. Creo que el cuento llega a su cumbre en los momentos en que la mujer se maquilla y se peina frente al espejo. Ese contrapunto abismal enfrentado con la sordidez del resto, es extraordinario. Ahora bien, yo he podido notar cierta puntillosidad, cierto deleite en la obsesiva descripción de escenarios y situaciones. Algo que se me ocurre que es naturalmente tuyo, que lo tenés adentro y que es tu paradigma. Es el estilo literario que te surge, es algo muy tuyo. Acaso con un tempo lento y de párrafo amplio y complejo. Vas rodeando al nucleo de la cuestión, lo tomas de manera indirecta. Creo que si fueras pintor serías impresionista. Todo escrito de manera impecable, con emoción, con belleza y fuerte calidad literaria. Es menester que te lo deje en claro. En especial luego de nuestra correspondencia de la otra semana donde me hiciste algunas consideraciones recíprocas de estilo. Aquí hay un Ariel puro y natural. Es lo que sos y lo que te sale. Invalorable por otra parte. En fin, en Mayo nos vemos y lo charlamos.

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    1. Néstor, es un placer que me comentes debajo del texto, es el mejor regalo que me podés hacer. Es un comentario enorme, con nmucho contenido literario, tiene mucho peso, es un análisis extenso y complejo, para leer y releer. Y es muy halagador porque lo hacés desde mi modo de escribir, desde esa manera que tengo de contar las cosas que no se me puede despegar de los dedos, con esas descripciones largas, rebuscadas a veces, a las que no me puedo resistir, algo natural en mi. He intentado hacerlo de otro modo y no he podido, he querido andar por esos otros caminos sin éxito. Te he comentado la forma narrativa a la que me refiero, esa que vos hacés sin duda, con la seguridad de saber cómo se hace, con la certeza de que vas a salir de aquí y vas a llegar allá, tal cual como lo planeaste, con ese aplomo que sabés que te admiro. Te agradezco mucho todas y cada una de las cosas en las que hacés hincapié, son muy valiosas para mi, sé que las hacés con el afecto y del modo en que yo las pueda entender. Es muy gratificante tener tus elogios, Néstor, que vienen de tu autenticidad y de tu generosidad. Te mando un abrazo grandote.
      Ariel

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  6. Una vez más las emociones, el sentir, los sueños y especialmente el dolor de Tilo nos han llevado a compartir con él su pena. Como siempre has reflejado con maestría la sordidez de los lugares y la intensidad de los sentimientos. Mis felicitaciones R. Ariel.

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    1. Muchas gracias por dejarme tu comentario y por tus elogios, Norte. Poder trasmitir emociones es lo que más me gratifica. Te mando un fuerte abrazo.
      Ariel

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  7. Bueno, no tengo mucho más que agregar a los comentarios que ya te han hecho. Los relatos de Tilo son desgarradores y hermosos.

    ¡Besos!

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    1. Muchas gracias, Denise, es muy lindo lo que me decís. Un beso grandote.
      Ariel

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  8. La desesperación del niño que intuye la marcha de su madre. El dolor del corazón que hace que olvide incluso las heridas físicas producidas en el intento de hacerse oir a través de la insalvable puerta. Triste y dolorosa historia, como el escenario donde se desarrolla. Como dice Denise, hermoso y desgarrador texto. Un abrazo

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    1. La cabeza de Tilo, cuando duerme, fabrica sueños que a veces se transforman en pesadillas. Los recuerdos del abandono de su madre trabajan con desesperación y se angustia. Como en este caso, luego los escribe, en forma lineal, como acomodando los trozos, tratando de armar el rompecabezas.
      Muchas gracias por lo que dices del texto, Jose. Un abrazo.
      Ariel

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  9. Qué angustia me han provocado tus letras describiendo a la perfección la que ha sufrido Tilo. Mientras te leía esperaba con optimismo que esa puerta se abriera y su madre lo abrazara, pero no ha sido así.
    Mi ánimo se ha plegado de la misma manera que él se ha dejado caer doblando sus piernas. Y es que cada detalle de los que pones en tus descripciones ayuda a "revivir" las escenas como si de una película se tratase.
    Enhorabuena por un relato tan conseguido, Ariel, tan triste y doloroso como bello.
    Un beso

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    1. Gracias, Chelo, es muy bonito que veas belleza en este relato. Es una de mis preocupaciones. Trato de que todos se vean así, pero en los textos que llevan mucha tristeza, como este, es más difícil. Me aplico mucho en ello, para aliviar el peso de las emociones dolorosas. Me alegran mucho tus comentarios, me agrada que me leas desde los sentimientos, es muy valioso para mi.
      Te mando un beso.
      Ariel

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  10. Hola, amigo. Como me dijiste, acá estoy y te repito lo que te dije en el plus. Esta es una historia que pega un montón, que te pega justo en el medio del pecho, que te hunde el esternón. Duele. De verdad que duele.

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    1. Muchas gracias, Simón, me alegra mucho que hayas venido y que me dejes el comentario aquí. Mirá, yo escribo desde el sentimiento, de otro modo no me sale. Cuando la historia empieza a derivar hacia la tristeza y el dolor, bueno, como me involucro tanto, sufro a la par del personaje. Por eso es muy gratificante que me digas que te pega o que te duele. Cuando uno lee interpreta el texto y lo hace suyo, con los sentimientos que tiene dentro. Si a vos te llegó es porque hay vivencias compartidas, algo que tenemos en común, en algún sitio. A mí me pasó cuando te leí por primera vez, quedé conmocionado, creéme, hacía tiempo que no me pasaba. El barrio, el lenguaje, la coope, todo eso me sonaba tan familiar que me movilizó muchas cosas que tenía adentro. Cuando leí esto se me hizo un nudo en la garganta:

      "Todos los gatos están agujereados
      en la calle que está muda y callada.
      Los gatos están muertos
      y un montón de ratones
      les afanó las armas."

      Gracias por por venir, amigo.
      Ariel

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  11. La verdad es que poco hay que añadir, leer los comentarios es otra manera de darle vueltas a un relato que cautiva desde el principio, es el handicap de llegar tarde, y al mismo tiempo lo bueno, ya que te obliga a no quedarte en lo evidente. Lo que sí me gustaría es animarte a recopilar estos relatos en forma de libro, como ya te han sugerido. Se nota que Tilo es un personaje muy especial para ti, en primer lugar por el sumo cuidado con el que recreas su mundo. Ya te he comentado en reiteradas ocasiones que me encanta el barroquismo de tu prosa, y me parece que no me equivoco al afirmar que con Tilo alcanzas el cúlmen. Las pormenorizadas descripciones se hacen en las escenas que él protagoniza casi enfermizas, si me permites la expresión, que conlleva esa mezcla entre el sufrimiento y la conmiseración que despierta este personaje tan de otro tiempo, en cuanto a reminiscencias literarias se refiere... no hablo ya del paralelismo con Alicia (una Alicia de sueños más de congoja en este caso que de maravilla), sino más bien en esos personajes algunos también pecosos como los que describe Zola en su 'Germinal'. Ese realismo que impregna la estancia según los sentimientos encontrados del niño-narrador-autor-personaje que reproduce en ese cuaderno a modo de diario son los que me llevan a tal paralelismo, puesto que como los maestros franceses dejas entrever en tus escritos tu parecer y tus sensaciones a la hora de escribir. Lo dicho, Ariel, un placer leerte y encontrarte en cierta manera entre líneas. Cuanto más te leo creo conocerte un poco mejor, e indudablemente me gusta lo que leo. Un beso.
    Eva

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    1. Bueno, a mi me cuesta comentar de entrada, a veces me demoro demasiado, te diría que por la primera cuestión que mencionas, me encanta leer las opiniones de los demás. A veces digo que lo mejor de mis relatos es lo que está debajo de ellos, por ejemplo este jugoso comentario que me haces. Es como tu dices, Eva, Tilo es uno de los personajes que tienen mucho de mi. Yo creo que, entre muchas otras cosas, nació en forma espontánea debido a que la tercera persona me es muy cómoda para expresar emociones, lo hago a través de él, y lo aprovecho para que sea él quién disperse mis demonios: la locura, el amor, la soledad. En cuanto a lo que dices de la prosa, es verdad Eva, es mi manera de contar, barroca. Tú lo puedes decir con propiedad, por la formación que tienes, y me encanta que lo hagas porque me muestras aspectos de la Literatura que yo ignoro. Por ejemplo es muy bonito saber que el contexto del sueño de Tilo, el dormitorio, tiene visos de realismo, porque cuando lo escribía me ha pasado por la cabeza ponerle ese toque, quería que se notara. Es más, de entrada, yo quería contar el sueño, pero lo onírico es muy loco, da para las metáforas sin argumento que las controle, como si fuese un organismo sin esqueleto. Pero quería contarlo como lo he hecho, en forma lineal, entonces se me ocurrió que podría ser un texto escrito por Tilo, contado en forma consciente y ordenada, incluso, como te decía, con un toque de realismo. Menudo comentario me has dejado, Eva, te agradezco muchísimo los elogios, el ánimo que me das para hacer una publicación con los cuentos de Tilo, y sobre todo saber que el relato te ha cautivado. Me han gustado las dos últimas frases, desde lo filosófico y desde lo afectivo. Un placer que hayas pasado por aquí.
      Un beso.
      Ariel

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  12. Sublimes las imágenes sobre el acontecer del tiempo onírico. Impresiona la calidad y elaboración de las descripciones que recrean el relato. Se nota que fueron hilvanadas por un observador que contempla el tiempo todo, calla y, luego, selecciona lo más significativo de lo acontecido para plasmar pedazos de vida que en este relato no son nada comunes, y parecieran ser extraídas de una mente esquizofrénica, afiebrada y disociada de la realidad.

    Hay mucha tensión en el relato; y ello le da un carácter profundamente angustiante a la historia, el cual empuja y envuelve al lector hasta hacerlo sentir el dolor interno del personaje que es lo que en verdad lo lacera y desgasta.

    La narrativa es pulcra y cuidadosa; ésta, junto al lenguaje tan selectivo empleado, hace del escrito una pieza literaria de alta factura. Simplemente, EXCELSO. Felicitaciones y un full abrazo de reconocimiento y respeto. SOFIAMA.

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    1. Es muy profundo el análisis que haces del relato, y con certeza marcas los puntos más importantes, los que se derivan de mis preocupaciones a la hora de volcar las emociones al escrito. Es muy interesante lo que dices acerca de la tensión. El nudo de la historia ahí tiene su punto de partida. En el inicio tuve la necesidad de reflejar un sueño en el que la angustia fuese el sentimiento principal. Hay tres elementos que quise utilizar para ello: la imposibilidad de que el niño abra la puerta, la insistencia obsesiva y creciente, hasta la renuncia, en una serie de intentos vanos, y el abandono en que lo deja su madre. La pesadilla recurrente de Tilo, que fue abandonado a los cinco años, es ésta, y lo asalta con frecuencia como fenómeno onírico, como tú dices, disociado de la realidad. Tilo la cuenta como un relato consciente y ordenado, de modo que, él mismo aparece como personaje principal cuando era niño, me pareció que de ese modo le daría más intensidad a la historia.
      Sofía, leo siempre tus comentarios, siempre atrayentes, en el blog de Néstor. Es un orgullo para mí que me dejes tu opinión, eres bienvenida a este lugar. Me has dejado una enorme cantidad de elogios que me ponen por allá arriba, no sé si los merezco, pero semejantes halagos, no te quepa duda, me hacen muy bien. Te agradezco mucho tus felicitaciones, es un placer contar con la altura que tienen tus palabras. Muchas gracias por tu afectuoso abrazo.
      Ariel

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  13. Tu relato es la radiografía perfecta de los sentimientos del pobre Tilo: desamparo, abandono, tristeza, rabia, desesperación... No puedo evitar sentir compasión por él y curiosidad por los motivos de su madre. En cualquier caso la escena está muy bien narrada, hasta el punto de hacernos partícipes involuntarios junto al pequeño abandonado.

    Excelente como siempre, Ariel. Realmente se te da bien transmitir y lograr que empaticemos con los sentimientos de tus personajes. ¡Bravo!

    Un abrazo.

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    1. Julia, es muy interesante que te hayas fijado en las causas que llevan a la madre al abandono de su hijo. Sabes, son muchos los relatos que tienen como personaje a Tilo y, en ninguno de ellos aparecen las razones. Y es cierto también que hay muchas historias más que quiero contar acerca de las peripecias de su vida. Todavía hay muchos huecos pendientes. Deberé hacer, en alguno de ellos, un tratamiento especial de este tema, porque es el motivo de la soledad profunda que padece. Solo puedo decirte que la madre de Tilo es prostituta, ha tenido una vida muy dura, ha tomado esa decisión apremiada por circunstancias sórdidas, y lo ha dejado al cuidado de su abuelo. Ha podido concretar la ilusión de colocar a Tilo en el primer grado del colegio, antes de dejar la casa. Hasta ahí es lo que sabemos.
      Lees con mucha claridad los sentimientos de este personaje y te involucras con ellos, eres una persona muy sensible, Julia. Muchas gracias por tus elogios.
      Un abrazo.
      Ariel

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  14. Maestro no soy quien para opinar, más que aprendo o lo intento leyéndote
    Muchísimas gracias por la oportunidad
    Un sincero abrazo amigo

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    1. Hola Carmen! Gracias por venir, te lo agradezco mucho amiga, siempre es una alegría tener una palabra tuya.
      Un abrazo.
      Ariel

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  15. Hola Ariel. La verdad es que Tilo es un personaje especial y se nota en tus letras. Impresiona leer mucho esta historia que realmente es muy simple en su argumento pero que es dolorosa en su contenido. Lo has narrado de tal manera que creas una atmósfera casi de suspense para contar la angustia que siente un niño ante la partida de su madre. Angustia que se va transformando en ira para convertirse finalmente en desolación ante la impotencia de no poder hacer nada.
    Como siempre las descripciones son excelentes y nos cautiva tu prosa por su belleza, a pesar de que nos cuentas una escena desgarradora.
    Felicidades de nuevo Ariel, porque lograr maravillas como esta.
    Un abrazo muy fuerte compañero.

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    1. Hola Ziortza! Sí, Tilo es el más especial de todos los personajes. Me alegra saber que has notado esa atmósfera de angustia, me ha costado mucho trabajo, he dado muchos rodeos hasta encontrar el modo de hacerla, y también ha llevado mucho desgaste emocional, porque me involucro mucho, y si decido narrar angustia, pues, me angustio, inevitablemente. Pero es inevitable, creo que cada uno de nosotros, los que escribimos, de un modo u otro, nos inclinamos a contar historias que lleven consigo las emociones que nos interesan. Y las que a mi me importan son intensas, como en este caso, no puedo dejar de escribir sobre ellas.
      Me dejan muy contento todos los elogios que me pones, de veras, eres una muy generosa compañera de letras.
      Un abrazo.
      Ariel

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  16. Has creado un relato desgarrador y lleno de sufrimiento, has sabido trasmitir la impotencia y el miedo del niño de una forma muy precisa y profunda.
    Un saludo, y felicidades!

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    1. Así es María, has encontrado la palabra justa: impotencia. Eso es lo que conduce a Tilo a sumirse en la angustia. Me pone muy contento que te pases por aquí a leer mis cosas. Muchas gracias por tus elogios.
      Un gran saludo.
      Ariel

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  17. Creo que hay algo, o mucho tal vez, de Raúl Ariel Victoriano en el personaje de Tilo, alguien con quien te identificas en muchos aspectos. Un personaje al que siempre persigue esa soledad y esa desazón por el recuerdo de la madre que nunca tuvo y que lo acompañará hasta el final de sus días. Todo eso se refleja en este relato donde la tristeza nos acompaña desde el principio, acompañado de una sordidez en los paisajes y los escenarios que tan bien nos describes y que contribuye a crear esas sensaciones. Y al final, como no, la pérdida irreparable que continúa pesando sobre Tilo como una maldición. Un abrazo amigo.

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    1. La narración simultánea, toda en presente, como alguien me dijo por ahí, es la que afirma, casi, lo que tu dices. Hay mucho de mi, el autor, en este texto, aunque sea Tilo el narrador y el escritor, y, además, el personaje del relato, cuando era pequeño. Contar este sueño recurrente, en modo lineal y no onírico, como si fuese un relato escrito por Tilo es la excusa para mostrar un sentimiento que mucho me interesa: la angustia. Y además, en un contexto sórdido, como tú dices, que no es ni más ni menos la estancia pobre de la habitación en que ha nacido Tilo. Muchas gracias, Jorge, por leer tan bien estas líneas que me han removido emociones y dolores, que no me ha sido fácil escribirlas.
      Un abrazo grande.
      Ariel

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  18. Qué bonito tu relato, amigo Ariel, qué bien describes lo que siente el niño de cinco años cuando duerme, como bien dices "soñando en su universo", y cómo me gusta ese aire con aroma a jazmines.

    Un niño en su mundo onírico que le invade la tristeza, entre pesadillas escuchando ruidos y voces lejanas desde la oscuridad y se siente mal, se siente solo, y no puede gritar de la impotencia, un niño que necesita de su madre y no la encuentra.

    Me has tocado la fibra más sensible con tu relato, amigo Ariel, me parece precioso lo que has escrito, tienes una sensibilidad que sabes llegar muy hondo al lector, majestuoso tu relato, con detalles, bien descritos, que consigues que imaginemos con escenas según lo cuentas como si fuera una película de cine con sus secuencias, y eso es muy dificil de conseguir, pero tú logras mantener al espectador atrapado hasta el final.

    Te admiro Ariel, tus textos son de lo más admirados, y tus comentarios me llegan al alma, gracias de corazón por tu maravillosa compañía.

    Besos enormes.



       

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    1. Qué lindo, María, tener este comentario tan bonito, de una mujer tan sensible como tú, una escritora que admiro, una mujer que tiene un sitio donde uno puede sentirse a gusto, cobijado, donde siempre va a tener una respuesta emotiva, donde siempre va a irse con mucho más de lo que llevó.
      Por eso valoro tanto lo que me dices. Y es muy agradable, además, leer todos tus elogios, y disfrutar del modo en que los dices.
      Yo también te admiro. El primer día que llegaste a mi blog, no pensé que encontraría una persona con la que me uniera este lazo de sensibilidad y, como tú bien dices, de compañía. Escribimos cosas diferentes, yo en prosa y tú en prosa y poesía, en registros distintos y, sin embargo, hay "algo más que palabras" que nos vincula, algo que pasa, seguramente, por los sentimientos que nos interesan. Es un inmenso placer que hayas venido.
      Un beso enorme.
      Ariel

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