miércoles, 11 de octubre de 2017

Vamos a cantar esta noche

   Mi amigo Pedro Kallpucará vive casi adherido al paisaje cósmico en la parte elevada de los Valles Calchaquíes, junto al corral desprolijo armado con troncos de horqueta, donde alberga cabras y mulas. Allí se yergue chata su pequeña vivienda de adobe, inclinada, para contrarrestar el declive de la ladera del cerro pelado, en el “Abra del Infiernillo”, en las altas cumbres de la provincia de Tucumán. 
   Lo vi por primera vez cuando los dos éramos chicos. Mis padres me habían dejado cuatro días de visita en su casa por un intercambio escolar. Concluida la charla con la abuela y las despedidas, yo quedé con mi bolso de ropa adentro de la cabaña, la única edificación cercada por dos cadenas de macizos interminables, al costado de la ruta en este paraje desolado. 
   Miré a través de la ventana trasera. Pedro estaba sentado en una piedra, afuera, como una ranita mirando absorto el ámbito solitario e infinito. Su forma de estar en el mundo era la propia sugerencia de la Naturaleza. Miró hacia el costado, porque escuchó el sonido habitual del chancleteo asmático de la abuela, el suave roce de la suela contra el piso del patio alisado con cemento. En el redil, a su vez, la llama giró el cuello por encima de la barra horizontal del corral con un gesto silencioso. No había otra cosa que se moviese en esa inmensidad. 
   Pedro observó hacia arriba. El polvo en tenue suspensión cubría el cielo y opacaba el aire leve. El caliente viento zonda levantaba la arenilla fina de la orilla del río para traerlo hasta aquí, a tres mil metros por encima del nivel del mar, en este cruce de cerros en el medio de la nada. Aspiró hondo, abriendo más sus pulmones antes de pararse, caminar hacia la casa, y poder ver quién había venido en el auto que acababa de irse por la ruta.
   Han pasado treinta años de ese primer encuentro. 
   Ahora estoy en Buenos Aires, en el barrio de Palermo y me siento frente al teclado sonámbulo entre las paredes dormidas, con mi costumbre de rememorar separando con sigilo los recuerdos. Acá la noche está templada y rumorosa. Los focos de la gran ciudad iluminan la grilla geométrica de calles y avenidas. La gran urbe rodea por fuera esta habitación en la cual escribo.
   Le debo una visita prometida a su pago, distante, a 1300 kilómetros de acá. Me llegan imágenes dispersas de colinas grises, en goteo sosegado hacia la contemplación, un sistema semejante al que él adopta para reflexionar con meridiana claridad, cuando cuelga las cuencas rojas de sus ojos en la cumbre nevada, que vigila, desde hace incontables milenios la cuenca del Tafí. 
   Y esto ocurre así porque cuando estoy allá, con Pedro, en sus montañas ancestrales, no puedo escribir aplastado por tanto paisaje. Observo cómo el viento agita y deshilacha los cuadrados coloridos de la wiphala del Tawantinsuyu. 
   Y me fundo en ese mismo ente, como él me ha sabido enseñar. Soy un pulso. Percibo la quietud de la roca pura en sagrada adoración del sol. Una vibración sutil me nutre la superficie de la piel. Me parece oír la música antigua del inca, el rumor de sandalias pisando los pequeños cascotes verdes, rosados, amarillos y negros, de los senderos, bajo la manta de copos en las nevadas del invierno. 
   Mi interior se vacía en medio del infinito y la eternidad, respirando cerca de las nubes. Cedo ante las evidencias, imposible encerrar la perpetuidad en un frasco, o explicar el esplendor de un amanecer. 
   Pero aquí puedo contar el detalle de lo vivido allá con cuidado minucioso. Los instantes del vestigio humano en mota elemental, la partícula de la vastedad del espacio y el destello impredecible de la engañosa cualidad del tiempo.
   Y sé que en estos momentos él puede o no estar pensando en aquellas reuniones, en su rancho de techo de barro. Pero quiero unir la trama de los hilos de nuestras historias, la mía de inciertos rasgos mapuches, con la de él, en anillos dibujados por el vuelo del cóndor en el remolino superior. Y atarlos en estos párrafos para dar veracidad de que nos hemos conocido, cada uno a nuestra manera, pero bajo el mismo cielo del mundo, aunque el suyo según él, es solo una pisada en la sucesión de todos los eventos. 
   Pedro Kallpucará para mí es una combinación de períodos. Fue, es y será. Pero él siente distinto porque nacimiento, vida y ocaso del cuerpo es una única fase compleja de lo vital. Por eso él dice que su pasado se alarga mucho más allá de los quinientos años, en la plenitud del esplendor de su estirpe, cuando abarcaba toda la extensa longitud del Camino del Inca en las alturas de la Cordillera. Y su futuro improbable, impredecible, puede estar en el agua de algún arroyo, viajando por la piel ajada de la Pacha, en la sustancia astral de las manchas tostadas de Venus, o en el sonido de un pinkullo rebotando por el abra de las quebradas.
   Y puede que, de algún modo, no esté tan errado porque en su concepto de trascender, cuando explica estas cosas, pone en duda el discurrir del tiempo y la continuidad del espacio, tal como lo conciben las mentes más lúcidas de Occidente, en sus conjeturas sobre la gravedad cuántica.
   Fueron muchas, sucesivas veces en las cuales nos hemos visto, para armar diálogos alrededor del fuego en las noches heladas, con conversaciones cortadas por prudencias necesarias, tramadas en telar de aire de oxígeno magro, tejidas con mi tristeza del llano y con su alegría de andino sosiego cobrizo. 
   Él no es capaz de explicar su entorno con mi método de conocer porque su inteligencia es de otra entidad. Sin embargo, me hace ver algo análogo al alma en los cerros de colores y en los estratos de eras geológicas del océano profundo. Y lo entiendo cuando observo el sitio señalado por su índice apuntando al cielo. Soles, estrellas, todo está constituido por lo mismo. Y también la bóveda celeste, azul, granate o púrpura, es de la misma esencia, su nítida pureza en apariencia de vacío es una estafa a mi inocencia, porque la veo como el soporte intacto e inamovible de los astros. 
   Pedro tiene algo afín a un dolor de siglos. En una de esas ocasiones me lo confesó, con el rostro serio y la mirada esquiva asomada por debajo del sombrero ancho, flamante estreno de Carnaval. Siente una confusión íntima, una discordia entre los santos impuestos a sus antepasados recientes, y la impronta misteriosa de la cultura perfecta y atroz de los incas. «Todo está mezclado aquí», me dijo aquella vez, apoyando la palma en el pecho mientras yo concebía el correr del líquido mestizo por las venas gruesas. 
   Imagino oír, el recitado en lengua quechua, ancestral, canto elegíaco compuesto por él para alivio del peso de centurias aciagas de compadres y comadres, y lo traigo una vez más traducido a la memoria: 
   La pena del siku golpea el risco. Del Camino del Inca a la ermita de ladrillo blanco sin preguntar nada. Olor de tanta sangre seca en el arenal. Errar y errar. Algo de coca en la panza esquivando hambres. ¿Hasta cuándo, compadre?, conformes y sumisos… apenas con lo que se nos permite decir, expulsados de la tierra donde hemos nacido. 
   Pedro, tal vez ahora, levanta la vista al pico más alto y piensa en los niños de Llullaillaco ofrendados a la montaña sagrada. Y medita en ese simple cambio de un estadio al otro desde este lado de la muerte. Y, quizás, bebe en soledad o anda con sus ropas largas bajo la pálida luz de la luna, un ovalo trémulo en el espejo lacustre. Él late vital, aparece y desaparece, es y deja de ser en la noche insondable. Con sus creencias firmes, hijo del sol, siempre.
   Aquellos encuentros fueron únicos, profundos, recónditos. Arrimamos nuestras culturas casi hasta el contacto en asíntota verbal extendida hasta las madrugadas. Al principio desciframos los gestos del rostro en socorro de la palabra. Luego, acumulando otoños, crecimos. Y la voz fue más precisa, y pudimos compartir saberes. Noches frías de hoguera escarlata, grato calor a mi piel, pero aviso fatal para él cuando envuelve el cuerpo del hombre para permutarlo en ceniza.
   Ahora y aquí, la música de las teclas rasga el secreto nocturno y puedo grabar estos detalles, en esta hilera de símbolos alineados, para conectarme con el silencioso mundo de Pedro a pesar de la distancia, mientras pienso su silueta abstraída en la sombra. 
   Lo imagino con su gorro de vicuña en tránsito por las veredas minerales, por la ladera de cardones, cavilando tal vez, cuándo será el momento adecuado para ascender y entregar su figura peregrina, natural y perecedera, en sacrificio espontáneo, partícipe de la cosmogonía de su estirpe, todo él, como una parte más de su universo eterno.
   De loma en loma, lento en su andar discurre ágil en sus deliberaciones, tan rápidas tal vez como la velocidad del baile de los astros del firmamento, entre las sucesivas crestas de la Cordillera de los Andes. Tanto como los párrafos en los cuales yo relato su realidad, en disposición lineal sobre papel como un texto literario, vadeando los mismos estrechos y dejando unas huellas parecidas a las de sus pies, escribiendo con similares caracteres.
   Desde aquí, yo intuyo sus movimientos. Él busca, selecciona la última morada, se anticipa a elegir el mejor final de este tramo de existencia. Ha de ser en las alturas, en la caverna adecuada, el propio pasillo de tránsito hacia otro estado de pertenencia, sumado a la unidad del cosmos todo, lo más arriba posible. 
   Asciende hasta donde la tráquea consigue la justa molécula de oxígeno para incorporar en el torrente sanguíneo, sin dejar de lado la posibilidad del último alimento. Su sueño es búsqueda anticipada, preparatoria. Irá allí cuando llegue el momento. No todavía. Pero especula con el invierno crudo, calcula, se convence. Si ocurre en la estación blanca, llegará, aún con los pies congelados, y podrá, al fin, estirar su brazo en el último gesto para acariciar la blanca palidez de la luna.
   Y ve la buena señal de un árbol achaparrado, clavado en la cuesta escarpada, mágico y raro, porque allí no hay vegetal que soporte el clima. De tronco nudoso y retorcido. Se expande entre ramas color pardo, oscuras como la tristeza, hacia arriba, a la manera de un puño invertido sediento de tanta sequía, en ademán de dedos ancianos, artríticos y dolientes. Es su árbol. Y más allá aguarda el oscuro hueco de la caverna. 
   Pedro gira feliz en el lugar sagrado, el corazón le palpita fuerte como el parche de la caja. Se orienta, graba en su mente la geografía, agradece al sol, y comienza el regreso a su casa. Hoy soñará el mejor de los sueños.
   Y, quiero pensar, ahora, además, no en la contingencia, sino en la certeza. Pedro está escuchando el ligero tableteo de las teclas y comprende. Estoy contando su historia y a él le llega a través del aire, o en cifrado tectónico por debajo de la sensibilidad de sus talones, quietos, desnudos sobre la arcilla y la laja, porque ellos son capaces de oír los temblores de la tierra. 
   Y de este modo, atrapa este mensaje, como si estuviésemos, él y yo, frente a frente, con las brasas encendidas de por medio, mitigando fríos, tratando de descifrar quienes somos. 
   Y yo siento un pequeño milagro de comunión, como en aquellos momentos evocados, en la penumbra de su rancho, agotada ya la charla y con la chicha ardiendo en nuestras gargantas. Estoy seguro de ello, casi alcanzo a ver su figura. Él está tomando el charango con el austero propósito de afirmar nuestra amistad, y dice: “Kunan tuta takisunchis”. O espera que yo le señale la quena para pedirle lo mismo, pero en mi lenguaje… o sea:
   “Vamos a cantar esta noche”.

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Glosario
Abra del Infiernillo: Paso montañoso a 3042 msnm en Tucumán.
Llama: Mamífero de la familia de los camélidos.
Zonda: Viento muy seco y muy cálido que sopla desde el Océano Pacífico.
Tafí: Río que pasa por la ciudad de Tafí del Valle.
Wiphala: (quechua). Bandera de etnias andinas, cuadriculada, blanca, verde, amarillo, naranja, rojo, granate y azul.
Tawantinsuyu: (quechua). Territorio del Imperio incaico. Siglos XV y XVI.
Sandalia: Calzado de los varones y mujeres incas.
Mapuche: Etnia aborigen del sur de América.
Cóndor: Ave andina de gran envergadura.
Camino del Inca: Red de caminos que unían las ciudades del Imperio incaico.
Pacha: (quechua). Tierra, mundo, universo, tiempo, época.
Pinkullo: Flauta andina hecha de caña.
Quena: Flauta de caña.
Abra: Corte transversal de una cadena montañosa.
Quebrada: Valle estrecho encajonado por montañas. 
Quechua: Lengua oficial del Imperio incaico.
Compadre/Comadre: Padrino/madrina de bautismo. Amigo/amiga con quien se tiene más trato y confianza.
Siku: (aimara). Instrumento musical de dos hileras de tubos de caña.
Coca: Hoja de la planta del mismo nombre que se usa como alimento y para prevenir el mal de altura.
Llullaillaco: Volcán de la Cordillera salteña de 6750 de altura. En la cumbre se encontraron niños momificados ofrecidos en ofrenda por los incas a sus dioses.
Vicuña: Mamífero de la familia de los camélidos.
Cardón: Cactus. Planta espinosa de gran porte.
Chicha: Bebida alcohólica a base de maíz típica del Noroeste Argentino.
Charango: Instrumento musical de cuerda típico del folclore andino que suele construirse con el caparazón de una especie de armadillo llamado quirquincho.