viernes, 27 de enero de 2017

Elegía para que me perdones por dejarte sola

   Hasta aquí he venido con el alma en suspenso, a redimirme, en este altar que tengo delante de mis ojos, la “Torre del Tiempo”, para dejarte una lágrima por el olvido en que te he puesto, por la falta de delicadeza de besar la palma de tu mano ¡Hace tanto tiempo que no lo hago!
   Ya he dado las diez vueltas de rigor a este monumento emplazado en el centro del Jardín de la ciudad, y he hecho tantas promesas, que espero haber despertado del aburrimiento a los dioses griegos de la Cinta Zodiacal, que están aquí en lo alto, observando mis sospechosos movimientos. Los puedo ver detrás del gran globo, esa bóveda celeste, al costado del reloj de sol, murmurando entre ellos, vaya a saber lo que dicen de mí. Pero tienes que creerme, he venido empujado por la inmensa paciencia de tu amor. He padecido, durante todo este tiempo en que no he reparado en ti, los rigores del frío, del invierno del alma, lejos de tu calor. Y he pensado mucho en la muerte durante las horas en que me he apartado, casi sin verte. 
   Y también he recordado tus quehaceres, las labores que te han mantenido en el ajetreo, con tus alas desplegadas, planeando en la tormenta de tus emociones, tratando de curar tus heridas. Y todo lo has tenido que afrontar sola, casi sin mi presencia para contener tu llanto, tu respiración agitada por las noches, tus suspiros en la oscuridad, con los ojos abiertos sin poder dormir tu tranquilidad habitual. 
   He venido hasta aquí, porque en estos días me he dado cuenta de muchas cosas, oscuros vaticinios que no he sabido leer en los astros y en estas avenidas arboladas. Ya hace semanas que, en Buenos Aires padecemos, los sombríos efectos que trae la lumbre escarlata sobre las copas de los árboles, Sagitario está en la casa 7, y la influencia pesada de Saturno se cierne sobre tu signo. Afortunadamente, lo tienes al gran Zeus dominando tu espacio, el que está en la cima del Monte Olimpo, que convoca a las tormentas, y provee la lluvia a los campos sedientos.
   Yo he visto en sucesivas noches el ascenso de la Luna Roja por detrás de las incontables vaginas desgarradas que, al crepúsculo, forman los contornos de los edificios. Y sin ir más lejos, además, ayer he visto al Paralítico en su silla de ruedas, en una de las esquinas de la Plaza Houssey, persiguiendo a las palomas. Ha capturado, el miserable, sobornándola con migas de pan, a la de iris color carmín. Ha clavado en sus ojos circulares, con certera puntería en el centro de sus oscuras pupilas, los alfileres fríos y oxidados que siempre lleva en su cartera negra. Y la ha dejado ciega. Seis, maldito número, han sido los tropiezos del ave contra los troncos de las acacias, en los vuelos imprecisos que ha intentado. Recién en el séptimo logró cobijo en el follaje del nogal enorme que está en el centro. Fíjate, todos los enigmas que, en su momento, no he advertido.
   Y ha habido más señales en estas horas aciagas en que he apartado mis ojos de tu figura aislada, en que no he posado mi mirada en tu rostro. Tal vez, la mayor, haya sido el desvelo que he padecido, tres noches insomnes y tres días interminables, los astros han querido silenciarme para separar nuestras voces.
   Y por eso he venido por ayuda porque solo no puedo, mis fuerzas han sido diezmadas, el ave infernal me sobrevuela, me empuja hacia la locura. La desidia y el miedo se han apoderado de mi mente y no me abandonan, no puedo espantarlos, necesito de tus poderes, aún diezmados. He venido hasta aquí con mi semen intacto, ese almíbar que no es lo único que me queda para verter sobre tu piel blanca, porque conservo aún mis besos encarcelados, mi abrazo desnudo de dolor, y, además, he ofrendado mi congoja, que se tiñe de color marrón y permanece en mí, dormida alrededor de tu recuerdo celestial.
   Todo he intentado para llegar hasta tu sitio, pero se ha dañado mi memoria, no encuentro el sendero que me lleve hasta tus brazos, he pedido, he rogado, he hecho todos los intentos necesarios para llegar a tu puerta mágica, la he buscado por todas las calles de Palermo, he buscado el resquicio secreto que los dos conocemos, pero no ha sido suficiente. Me he chocado con todos los cristales, como un murciélago que ha perdido el juicio, como una mariposa extraviada tratando de alcanzar su norte en una tarde de verano tórrido.
   Perdóname mi amor, que no te he dicho que te quiero, que no te he susurrado mi amor al oído con palabras dulces. Merezco este castigo, pero ten piedad de mí, solo te pido que suspendas tu silencio y vengas a buscarme al pie de esta “Torre del Tiempo”, tú sabes dónde está, necesito refugio en tu nido, en tu espacio escaso, espero tu abrigo ante esta tormenta de locura que me acosa, que me hace temblar los dedos, que me anula el ánimo. Alivia mi dolor, mi mente no tiene descanso, ven a proveerme de tu sosiego de siglos, estoy pisando el borde difuso de la insania, rescátame, que este camino se desbarranca inevitable, solo tu presencia aquí, al pie de esta columna, tomando mi mano entre las tuyas, espantará todo el inmenso dolor que padezco.

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jueves, 19 de enero de 2017

El violín

   Todos los noviembres ocurre un fenómeno que perfuma de poesía las calles de Buenos Aires. De repente, un día cualquiera, aparecen las veredas pintadas. Una capa de color en la cual yacen esparcidas las motas apretadas ocultando las baldosas, debajo de esos árboles, como si hubiesen llorado toda la noche, mojando el piso con sus lágrimas, por algún desconsuelo que desconocen los hombres.
   Cuando llega la hora del crepúsculo, el sol va desmayándose con sus rayos naranja, las arterias de Palermo se tiñen de una penumbra rosada, y esos relumbres ya tibios, producen un efecto asombroso, único, iluminan las flores caídas de los jacarandás, que forman un tapiz lila intenso, lo cual seduce a pensar, que las han coloreado los ángeles. 
   Del mismo modo el amanecer brinda un escenario fluorescente, que despierta una especie de agitación en el río. Desde las copas semiesféricas de estos árboles, de hojas verde musgo, caen estas trompetitas violáceas, como si fuesen gotas de rocío, derramadas de los párpados de mujeres hermosas, de tallos alineados, con dedos cargados de flechas, parecidos al helecho, de foliolos diminutos y afinados, similares a los de los pinos.
   Pero en este mes, además de la maravillosa metamorfosis que ostenta en todo su esplendor la Naturaleza en esta ciudad, hay desdichas y hay diosas que reparan daños en la vida de los hombres que aquí viven. En forma misteriosa ocurren sucesos, y tendrá lugar aquí uno de esos acontecimientos mágicos que enlazan a las almas que padecen, con los movimientos de las estaciones, con las flores que en este momento caen como lágrimas azules de estos espléndidos árboles.
   Este es el espectáculo que ve el polaco Jedrek, cuando llega, con su convertible blanco, a su departamento que está frente al Jardín Botánico, sobre la avenida Santa Fe. Generalmente vuelve de madrugada. Es el dueño de uno de los clubes nocturnos más elegantes de Buenos Aires, “Rinoceronte”, y del bar más conocido de Constitución, “Trópico”. Es un tipo seco, de cabello rubio, tiene la mirada helada incrustada en sus ojos claros, no le gusta hablar mucho con la gente, tiene cincuenta y tres años de edad.
   Lo conoció a Tilo cuando éste era un pibe de diecisiete años, en la época en que vendía ramitos de pensamientos en el Bajo. En ese entonces, les hacía los mandados a las chicas que trabajaban en la calle Salta, en los tiempos en que recién empezaban a prosperar los negocios. Ahora tiene treinta y cuatro, es el encargado de Relaciones Públicas y su socio, en especial del club que está en Barrio Parque, el sitio donde vive la clase más adinerada de la ciudad. 
   Es su mano derecha, le tiene confianza. Se ocupó de él como de un hermano menor, lo sacó de la villa y lo ayudó a terminar los estudios, él trabaja en sus locales, sabe cuidar a las chicas, conoce la noche. A veces lo manda a supervisar a los encargados del boliche de Constitución. Es joven, pero sabe tratar con la policía. Además, controla que la droga no se mezcle con los empleados y también le hace de guardaespaldas. 
   Hace poco le compró un departamento de dos ambientes, a media cuadra del suyo, sobre la misma avenida. Ahí Tilo escribe en su tiempo libre, le gusta hacerlo al amanecer cuando llega de trabajar, aquí tiene sus libros, y muchas veces lo hace escuchando música suave, para animar a su inspiración. La ventana de esta habitación, da de lleno al Jardín Botánico, a este lago amplio de plantas y pájaros. A veces, de día, va a sentarse a leer en alguno de los bancos que hay en los senderos de ese parque, en especial a los que están cerca de la “Columna del Tiempo”, ese enigmático monumento austro-húngaro que, en su parte superior, en épocas pasadas, marcaba la hora de las principales capitales del mundo, con el reloj de sol, la bóveda celeste y el círculo zodiacal. 
   El parque es un triángulo boscoso bordeado por Santa Fe y Las Heras. Es un lugar casi mitológico que conoce y visita con frecuencia, con miles de árboles, plantas y arbustos de todas las especies, cuatro invernaderos escondidos entre la densa vegetación esparcidos por el predio, y el invernáculo principal vidriado de estilo “art nouveau” con estructura de hierro forjado pintada de color negro. Al principio, cuando hacía poco tiempo que se había instalado en este barrio, se quedaba asombrado durante horas ante esos prodigios.
   Nunca le contó al polaco de las historias míticas que todos conocen en el barrio, de las viejas que van a alimentar a los gatos que se esconden en los recovecos, y de los fantasmas, que se ven por la noche, porque a Tilo no le gustan ni los gatos ni los fantasmas, él es de ángeles y duendes. Además, no es conversación que le interese al frío corazón de su socio.
   En el centro del bosque está el edificio principal de estilo inglés que siempre le gusta observar, con la caprichosa forma de un pequeño castillo de libro de cuentos, con ladrillos rojizos a la vista, diseñado y construido en 1881.
   Diseminadas como al azar hay esculturas que nunca se cansa de mirar, esparcidas por los canteros, y en uno de los extremos del parque, puede ver las esculturas del conjunto llamado “Pastoral”, que representa a tres de los movimientos de la sexta sinfonía de Beethoven, que es el compositor favorito de Jedrek.
   En el centro de la fuente llamada “La Primavera”, en la parte noroeste del jardín, se encuentra la “Ondina de Plata”, una escultura de una ninfa de agua de la mitología escandinava. Está realizada en mármol, semidesnuda, y él siempre se detiene a observarla con cuidado, porque le parece que el escultor ha logrado la figura de una joven bellísima. 
   Le gusta imaginar que pertenece a la cultura griega, en vez de la nórdica, porque dice que la griega le otorga más encanto. Aunque para aquellos eran deidades femeninas menores, siempre sostuvieron que estaban destinadas a cuidar de jardines, fuentes, y arboledas como ésta. Esta historia le cierra mejor que la otra, y se promete agregarlo a las anotaciones que está haciendo, piensa introducirla en el cuento que tiene a medio hacer.

*   *   *
   Ni él, que es una de las pocas personas cercanas, le ha conocido alguna mujer a Jedrek, desde que llegó al país, porque es un tipo que tiene el interior devastado. Nunca pudo olvidar a su esposa, que murió de un mal terrible en la tristeza invernal de Los Cárpatos. Desde aquél acontecimiento ha caído, con el paso de los años, en la desolación, ese oscuro estado del alma. 
   Cuando Elka murió, él pidió que la cremaran, y antes de venir a afincarse en Buenos Aires, le encargó a la vecina de la casa de su pueblito natal, cerca de aquellas montañas de Europa del Este, que le guarde la urna provisoriamente. Todos en el club saben que Tilo fue el que se encargó de traer la caja, con las cenizas a la Argentina, y que también lo convenció al polaco, para que las enterrara al pie de un árbol, que estuviese en el Botánico, cerca de la fuente. 
   Le dijo que era de buen augurio que la ninfa cuidara esas cenizas, porque algunos poetas, le comentó en ese momento, han sostenido que ellas son inmortales y se mantienen siempre jóvenes. De manera que era el mejor sitio en el cual el alma de Elka estaría a buen resguardo. Él leyó en los libros, que esas deidades son ondinas acuáticas, por lo que considera que están relacionadas con las nereidas, como las que están en la parte superior, de la fuente de Lola Mora, en la Costanera Sur, la fuente a la que él va siempre a pedir por su madre. Y él tiene una fe inquebrantable en que algún día la va a encontrar, que la va a recuperar para siempre, y es por eso que quiere entusiasmarlo, es por eso que lo va a llevar a ese sitio que es como un monasterio, es el lugar sagrado a donde va a rogar, es su Muro de los Lamentos al que va a pedir que se cumpla el deseo más importante que persigue, en su todavía corta existencia.

*   *   *
   El polaco decidió interrumpir su intercambio emocional con el mundo a partir de la muerte de su esposa. Cerró de ese modo la puerta de su corazón, quiso arrinconar allí, solo los buenos recuerdos de Elka. Hace dos años hubo una mujer, que quiso colocar una semilla de amor, en la aridez de su espíritu, pero sus elementos afectivos están tan dañados por el dolor y la culpa, que no permiten que en ese lugar crezca ninguna flor, y de inmediato desatan huracanes que destierran cualquier intento. 
   Ese movimiento eterno que anida en su alma, le incrementa el rencor contra sí mismo, lo lleva a la indolencia, le cauteriza cualquier sentimiento. Está agrietada por dentro, como un campo yermo donde nada crece, y ya ha pasado tanto tiempo, que hasta los recuerdos de su amada Elka, ya se le están atrofiando. Es un páramo, es una persona casi vacía.
   Cuando comenzaron a caer las primeras flores púrpuras de los jacarandás de la avenida Santa Fe, empezó a tener problemas para poder dormir, daba vueltas y vueltas en la cama, hasta que una noche tuvo la revelación que nunca hubiera imaginado.
   Se levantó y fue hacia la ventana, que daba al Jardín Botánico, porque quería saber de dónde venía ese sonido familiar, que le trastornaba el sueño. Era un sonido de violín que venía de afuera, se asomó ante la inmensidad verde, que se extendía quieta delante de él, y se dio cuenta que venía de ahí, cerca del lugar donde estaban las cenizas de Elka. 
   Estuvo un rato mirando la arboleda en la quietud de la noche, y el sonido se fue apagando hasta el silencio. Cerró la cortina despacio, se pasó la mano por la barbilla, volvió a la cama, dejó la Beretta 9 mm sobre la mesa de noche, apagó la luz y pudo conciliar el sueño, después de un tiempo y con alguna dificultad. 
   Es una persona que se da pocos gustos. Le atrae mucho, por ejemplo, escuchar música en la soledad de su habitación. Se inclina por la de los clásicos alemanes, los dramáticos como Wagner, los rusos, o los melancólicos italianos, pero sobre todo le agrada Beethoven. Las noches siguientes, sentado en el sillón, o estando ya en la cama, le llegó en algún momento ese sonido suave que no termina de identificar. 
   Es la melodía de un violín que brota desde la oscuridad del follaje y se cuela por su ventana, a veces se trata de una melancólica aria de Bach, y a veces es un murmullo triste en el aire nocturno, el adagio en sol menor de Giazotto, según sea el estado del alma que viene a sensibilizarlo. 
   La tercera noche que se asomó para escuchar el sonido, pudo ver una claridad entre las ramas, que desde la distancia no podía definir. Se vistió, bajó, y arrimado a la reja negra del parque, pudo ver de dónde venía. Trepó por los barrotes sin hacer ruido y saltó al otro lado, luego fue avanzando por los canteros. Fue ahí cuando la divisó entre los árboles. Era nítida la figura de su esposa joven, vestida solamente con un camisón blanco, casi transparente. Llevaba el pelo suelto hasta la cintura, frotaba el arco en las cuerdas del violín que tenía aprisionado, entre el mentón y el hombro, arrancando las notas del instrumento con los ojos cerrados. Estaba parada al costado de la fuente de la ondina.
   Estuvo quieto, incrédulo todavía, mientras sonaba la música, con los músculos en tensión, la mandíbula apretada, apoyado en el tronco de un pino para no desvanecerse de la emoción que se le había atorado en la garganta. 
   En esa condición estaba cuando, como un manantial que brota después de siglos bajo tierra, con la fuerza contenida de la lava de su dolor, comenzaron a resbalarle las lágrimas por la cara, sin que atinara a secarse, espantado y embelesado como ante la figura de un ángel, fascinado por el espectáculo que se ofrecía a sus ojos. 
   Sabía que la imagen que estaba viendo, tenía todos los atributos de la realidad, estaba seguro que no era una alucinación. Con el pecho oprimido por la angustia, tuvo la aguda sensación de sufrir un cataclismo interno, como un rayo que le recorría todo el cuerpo. 
   Se tomó las sienes con las dos manos, y con su cabeza a punto de estallar, cayó de rodillas en el pasto húmedo. 
   En esta postura, sin desviar la mirada que sostenía sobre Elka, fue viendo cómo se desvanecía su imagen al mismo tiempo que acometía los últimos compases de la pieza. 
   Esa noche no durmió de tan extenuado que estaba.

*   *   *
   A la mañana siguiente decidió hablar con Tilo. El muchacho, que es muy perceptivo, se dio cuenta de que el polaco tenía un tema entre manos, era cerrado, le costaba decir las cosas, entonces le propuso que se cruzaran enfrente. Vienen juntos a veces aquí, a pasear por los senderos internos de trozos de ladrillo rojo, cuando tienen un problema de difícil solución, caminar por aquí les hace pensar mejor, el chico dice que hay una mejor “energía”, y en eso coincide con Selva. 
   En el centro de este bosque fascinante en medio de la ciudad, el silencio reina entre las plantas, no se escucha el ruido del tránsito de las avenidas, solo los trinos de todo tipo de pájaros perforan la atmósfera vegetal, la plenitud de los aromas de flores calma angustias y soledades, aquí se puede conversar en voz baja, como en una biblioteca.
   —Decime…anoche… ¿escuchaste un sonido de violín que venía desde los árboles de enfrente? Suavecito…
   —No… —Tilo giró rápidamente la cabeza para observarle el rostro desnudo, y lo vio al borde de una revelación—, es rara la pregunta que me hacés, ¿y qué sentiste en ese momento?
   —Físicamente nada, comenzó diciendo con una zozobra interna, un malestar…
   —Sí, seguí.
   —Primero pena, y después una culpa gigante que no puedo explicarte con palabras, luego fue creciendo una bruma intensa en mi cabeza que no pude ver con claridad, creí que no lo iba a poder soportar hasta que terminó la melodía, me había tomado la cabeza con las manos con los ojos cerrados —dijo repitiendo el gesto—, no sé si me creés.
   —Por supuesto, no lo dudo —dijo. Y asintiendo con la cabeza, le puso la mano en el hombro—. Estás temblando polaco, tranquilo, es una señal que trae buen augurio.
   Así quedó cerrada la conversación, pero Tilo salió cavilando del jardín, y se quedó pensando largo rato en su departamento.
   A Jedrek lo acosa la culpa, pero ya no huye de su fantasma, la desolación de su alma por la desaparición de su esposa es una batalla que ya tiene perdida, está con el espíritu resignado, no busca nada, el rencor contra sí mismo le paraliza los sentimientos, está casi vacío de ellos. Ni siquiera la tristeza se atreve a esa soledad, tiene su interior deshabitado de todo. 
   En la noche de Buenos Aires se encuentran tipos como él, pero generalmente encallados en las barras, o en las mesas de los bares, metiendo los dolores en un vaso de alcohol, o en las líneas de la cocaína, para poder seguir, porque solos no pueden. Él, en cambio, es un tipo duro, porque puede sin esas ayudas, y, además, aún espera el milagro de llegar a una situación límite, una que le ofrezca la oportunidad de darle el último desenlace a su vida.
   Tilo no, porque él nació entre las latas, las botellas, la basura, en un hogar destrozado de entrada, el único amor que tuvo fue el de su madre, a la que va a seguir buscando, la va a perseguir hasta que se muera, y en esa tarea va a colocar toda su fortaleza. Todas las mujeres son ella, la vida que tiene por delante es un cielo lleno de estrellas por descubrir.

*   *   *
   Todo el día siguiente Jedrek se lo pasó pensando. Al fin se decidió y la fue a ver a Selva, la que tira las cartas y que vive en el mismo edificio que él, en el último piso. Tocó timbre y ella lo hizo pasar. Siempre tiene las habitaciones en penumbras, es habitual el fuerte aroma a sahumerios de la India que llena el ambiente. Ella es una mujer mayor que él, de rasgos finos, alta y seductora. 
   El rostro de rasgos delicados, rímel color negro en las pestañas, sombra violeta en los párpados, carmín en los labios, de donde sale una voz cálida que se ondula suave, casi cantando, la cabellera negra recogida en una trenza. Se sentó en el sillón y le clavó una mirada inquisidora buscando que le dijese a qué había venido. El polaco le contó lo sucedido esa noche y lo que había visto.
   —Selva, estoy loco, la veo —dijo casi en voz baja, abriendo los ojos, moviendo la cabeza para todos lados como si alguien pudiera escucharlos.
   —Está en otro plano, querido… es una buena señal —le respondió ella, con una sonrisa, recostándose en el sofá, invitándolo a que se relajara. 
   —Sacámela de la cabeza.
   —Bueno, tranquilo...mirá, tenés que elegir.
   —¿Elegir qué?
   —O te quedás o te vas con ella, no es una decisión fácil, tomate tu tiempo, no tenés porqué hacerlo ya.
   Y ahí Selva le explicó cómo era el tránsito por ese lugar que no es ningún lugar, es un no lugar, donde el tiempo y el espacio se quedan sin dimensión definida. Y él fue entendiendo que se trataba, ni más ni menos que de entregar su vida a la muerte. No era un negocio más en la vida del polaco. Se trataba de entregar el cuerpo y borrar la culpa, recuperar a su mujer, ambos en espíritu, debido a lo cual tenía que pensar en no fallar en la redención y en las deudas que debía atender, en pensar muy bien esa jugada.
   Ese fue el momento en que la mente atrancada de Jedrek se destrabó, como si esa mujer le hubiese puesto aceite a su mecanismo sentimental. Y empezó a funcionar de a poco. Él, en cierto modo, ya lo había decidido antes de ir a verla, estaba entregado a lo que ella dijera, de modo que va a empezar su búsqueda, para alcanzar el plano que ella le ha mencionado, el que lo aísla del mundo donde se encuentra Elka. 
   No ha perdido la calma, la puerta del arcón de los recuerdos, que tiene cerrada hace muchos años, empieza a abrirse. El llano de la desolación comienza a disponerse a que lo ilumine algún lucero del cielo de la esperanza.

*   *   *
   La noche siguiente va con Tilo, a la fuente de Lola Mora. Se sienta con él a unos metros del monumento y observa la obra de arte. Es una magnífica valva, en la que hay tres tritones con caballos del séquito de Poseidón, que custodian el centro. Allí se alza una roca sobre la que se encuentran las dos nereidas que sostienen a la diosa Venus. 
   Ninguno de los dos sabe el nombre de ellas, cuál es cada una entre las cincuenta conocidas. Pero Tilo ya ha decidido que es Galatea, la que está más cerca. Le cuenta la historia de las hijas de Nereo, que acompañaban a las almas de vivos y muertos a la Isla de los Bienaventurados. 
   Y se confiesa diciendo que siempre viene a verla, a la que está en primer plano, la que se encuentra adelante, y siempre le pide que vaya en busca del espíritu de su madre para traerla aquí a Buenos Aires. Ahí hace una pausa, con un nudo en la garganta, y lo mira a los ojos al polaco, lo observa buscando en la profundidad de sus pupilas agrandadas. Jedrek quiere que siga contando, pero no se lo dice, sigue con los labios cerrados en el silencio de la noche, bajo la inmensidad de la luna que ilumina la fuente. Lo envidia sanamente porque sabe que tiene suerte, el alma de su esposa lo ha venido a buscar, pero él todavía tiene que seguir esperando, por su madre. 
   Tilo está pensando, mientras gira lenta la rueca que hila en su memoria, que fue Galatea la que llevó el recado a la ninfa del Botánico, esa orden de desatar el espíritu de las cenizas. No lo dice, pero está convencido. En sus libros ha leído que los navegantes españoles que han circulado por estas aguas marrones, también han visto nereidas y, que todas las aguas, mares y ríos en algún lugar deben unirse, que el tiempo no existe y que la mitología es verdad. 
   Se quedan un rato más en silencio y emprenden el regreso.

*   *   *
   El polaco la va a ver a Selva, esta noche ella le va a decir lo que tiene que hacer.
   —¿Ya te decidiste?… ¿qué querés hacer querido? Decime.
   —Me voy con ella.
   —Bueno… yo ya te preparé algo para que tomes…pero antes te cuento una historia.
   Ella ya se ha anticipado, sabía que la tentación de Jedrek era muy fuerte y no iba a desistir, lo conocía bien, había mirado muy profundo sus ojos cuando había venido la primera vez. Mientras le coloca en la palma de la mano el preparado, le cuenta casi en susurros la leyenda guaraní.
   —Hubo un muchacho indígena que se enamoró de una hermosa española llamada Pilar, y el padre, cuando los descubrió juntos, los mató a ambos por celos —hace una pausa, pero no baja la vista de la frente del polaco, que está encandilado todavía con la mano extendida—, después, el mismo padre, se arrepintió y fue a buscarlos al lugar del asesinato. Allí, en vez de los cuerpos de la pareja, encontró un espléndido árbol de jacarandá. 
   Selva le dice que el té de flores lilas, éstas que tienen forma de campanita, lo va a elevar en su viaje que lo conducirá a la unión con Elka, que va a quebrar la ausencia y sanar la culpa, que lo va a acercar a ella al lugar donde el tiempo se desvanece en la eternidad, y eso es música que llega desde el cielo para iluminar su futuro.

*   *   *
   El polaco comenzó a tomar el brebaje con rigurosidad antes de ir a costarse. Trataba de ser constante, no quería fallar, se le había despertado una confianza ciega en las artes de Selva, a veces sus pensamientos se remontaban a los recuerdos de su niñez, en su memoria conservaba las hazañas que lograba la anciana de su pueblo natal con sus hierbas, sus pócimas y sus pomadas sanadoras, que tenían poderes sobrenaturales y curaban enfermedades que los médicos no podían. 
   Al principio se le comenzó a agriar el ánimo porque no veía ningún avance, lo cual le duró varias semanas, y estuvo a punto de dejarlo de lado y olvidarse del asunto. Luego se puso más parco que de costumbre, se iniciaron los cambios más positivos y se le empezó a aliviar el alma, con la música que le hacía llegar su esposa. Al menos eso es lo que él siempre le comentaba a Tilo. Cambió mucho desde entonces, porque siguió imaginando que veía a su mujer, y la soñaba siempre con el violín de abeto soltando melodías todas las noches.
   En el momento en que cayó la última flor lila, ya desaparecida la alfombra azul de la vereda, cuando se distinguían claramente los frutos, en forma de castañuelas, en una noche calurosa de enero, él decidió que era el momento de irse con ella.

*   *   *
   Fue Tilo el que encontró el cuerpo sin vida de Jedrek en su departamento. Tendido boca arriba, parecía dormido y presentaba, cosa rara porque su cara era inmutable, una sonrisa en la boca. Y fue él quien se ocupó del trámite de avisar a la seccional. Se lo comunicó a Selva con un breve llamado. Al rato ya estaban allí el inspector de la comisaría veintitrés, con el que hablaba casi todas las noches por los asuntos del club nocturno, y el médico que vino con la ambulancia que estaba estacionada abajo. El forense dijo.
   —Muerte natural.
   Una vez que terminaron todos los procedimientos, Tilo se puso a escribir esta historia. No estaba triste por la muerte del polaco. Así todo estaba mucho mejor, lo iba e extrañar, eso sí, pero estaba animado porque pensaba que Jedrek estaría sonriendo, por fin se había quitado la enorme espina de la soledad que llevaba clavada en su corazón. Encendió la luz de la lámpara de su escritorio y un esplendor iluminó la ventana. Se sentó y comenzó a teclear. Su rostro pecoso de aristas finas tomaba una apariencia color canela bañado por la lumbre de la pantalla, la mirada gélida de sus ojos celestes parecía más cálida esta noche. 
   Había escrito unas pocas líneas. “La culpa nace de la íntima convicción de que se ha cometido una falta terrible, un daño irreparable. Es un sentimiento atroz que pudre el alma día a día, la vida se convierte en un buque que naufraga sin hundirse, una jeringa que inyecta veneno en las venas del adicto. Porque el que carga con la culpa no reflexiona, no puede, solo siente y padece sus estragos ¿Y quién puede juzgar a ese hombre culpable? Solo los dioses, no es materia que esté al alcance de la sabiduría de los hombres.” 
   Y en eso estaba cuando empezó a escuchar una suave melodía que venía de enfrente. Se levantó, fue hacia la ventana y desplazó la cortina con la mano, miró hacia el follaje, allí, entre los árboles del Botánico, luego tomó las llaves y caminó hacia la salida, había decidido bajar a la calle a ver si veía algo.
   Abrió la puerta y sintió que había pisado un papel doblado, lo abrió y reconoció la letra ganchuda del polaco. Era una carta de despedida, y en ella le dejaba un mensaje para él y para Selva. En ese trozo de papel colocaba su última voluntad, y le pedía al muchacho que le dijera a ella que ya había llegado, que estaba con Elka y que iba a mandar una señal.
   Tilo se lo fue a decir a Selva y regresó. Esa noche de verano la calma era total, salió al portal de su edificio, apoyó la espalda en la columna, y miró con interés hacia las plantas. Luego se acomodó mejor, con ese gesto que conservaba de niño. Se sentó en el escalón amplio de la entrada, recogió las rodillas y las juntó, tomándolas con ambas manos. 
   Vio que ya no estaban los capullos azules de forma tubular de los jacarandás en la vereda, ya había terminado la floración en la ciudad de Buenos Aires, cumpliendo con los delicados designios que van marcando el ritmo de las estaciones, y entonces percibió que algo mágico estaba por suceder. 
   No vio ninguna luz entre el follaje, pero empezó a escuchar el aria melancólica, sonando en las cuerdas de un violín cuyo timbre particular, tan conocido, buscaba el sendero para salir por el borde de las hojas, desde ahí enfrente, filtrándose suavemente entre las ramas que se mecían al calor de la noche. 
   Miró hacia arriba y vio la silueta de Selva acodada en la ventana con la mano jugueteando entre sus cabellos. Ella miraba hacia el mismo sitio que él, justo hacia el mismo punto, más allá de las rejas perimetrales, entre los árboles del Jardín Botánico. 
   Ella y Tilo, ambos, buscaban con los ojos el lugar de donde provenía ese sonido, esa música que no dejaba de arrancarles, una sonrisa de satisfacción.

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miércoles, 11 de enero de 2017

Sugerencias

Ilustración: Edgardo Rosales
   Mujer, tú has estado en Buenos Aires, te reconozco. Recuerdo que te dije.
   —Si alguna vez vienes aquí tienes que ir a ver el río, desde la Costanera. Ve allí en una tarde fría y lluviosa. En esos días tiene que haber viento y verás que sobre el agua marrón se forma un jaspeado de olas de espuma blanca. Ahí aparece el león dormido que respira.»
   »Si andas por la noche en las calles del centro puede que alguien se te acerque con una sonrisa y una palabra. Tú sabrás si responderle, pero no te quedes con la duda. Los porteños tienen el corazón blando, la voz ronca y el alma cautiva de los solitarios. Los encuentras en cualquier café, entra y solo déjate ver, que ellos sabrán mirarte a los ojos. Lleva una gota de perfume puesta sobre la piel, no mucho, ellos dejarán a un lado sus lecturas, alzarán sus rostros hacia ti, son curiosos y quieren saber, siempre, quién es la dama que entra detrás de esas fragancias.
   »Te llevarán a caminar por los empedrados, les gusta hacerlo a la bajada del sol, con la tarde ocultándose tras los edificios. Pero será después, cuando se enciendan los faroles, que te dirán palabras dulces, porque se encariñan enseguida de una cara bonita, de una falda ajustada, o de unos labios pintados. Si así lo sienten te lo dirán en pocas palabras, caminando despacio por las calles embrujadas de San Telmo. Parecen duros pero cualquier mujer les puede agitar el corazón con una sonrisa.
   »Te llevarán a ver el río, de todos modos, porque Buenos Aires es una dama recostada en la costa. Y hay que verla al levantarse y a la hora de dormir. El verano la enloquece y llama al viento por la noche, con silbidos, para que la abanique con su brisa. El invierno la pone triste y hay que abrigarla con cantos y violines. 
   »Ellos no te van a advertir que el chapotear de las olas contra las rocas son murmullos de amores pendientes, no. Si encuentras aquí una pasión te la podrás llevar a tu país, pero no podrás llevarte el agua que corre silenciosa por el cauce. Pero corre ese riesgo, aunque debas volver, porque este río suele hechizar a las enamoradas de tal modo que siempre quieren regresar. 
   »Tienes que ir en un día de sol a la Plaza de Mayo, llévate un libro de poemas, está lleno de palomas. Es un escándalo de sol al mediodía. Si quieres podrás bailar frente a la Pirámide, junto a los bancos verdes, si estás dispuesta, nadie se va a asombrar. Verás las paredes encaladas del Cabildo, pero no llegarás a los oscuros túneles subterráneos que llevan a algún lugar de este estuario misterioso. Sin embargo, podrás escuchar las voces encerradas de las ánimas perdidas, desde hace dos siglos, en estas cavernas secretas. Se logra por la noche, apoyando tu oído a las paredes de los arcos encalados. 
   »Verás un edificio bajo y largo de color rosado que alguna vez fue el fuerte de defensa contra los soldados invasores, aquellos que venían con los barcos a plantar banderas. Pero eso fue hace mucho. Ahora, este río que parece un mar, porque es todo extensión hasta llegar al horizonte, no ofrece más peligro que el de embelesar a las almas femeninas como la tuya.
   »Corre el riesgo, vale la pena, llévate un amor en tu corazón.

* * *
   Y veo que me has hecho caso porque hoy, un año después has regresado, te he visto entrar en el salón de la milonga, entre la bruma roja, con un tenue rubor en tus mejillas, con el rápido fluir de la savia de tus venas. Te sentaste en la barra para mojar los labios con un poco de alcohol, entonar tu osadía, paladear el aroma ardiente de ese vino seco y dejar dos marcas de carmín en el borde de la copa, mientras esperas por el próximo baile.
   Estás hermosa con ese vestido negro y él, aunque no te lo ha dicho, se completa vanidoso con tu presencia. Te busca con sus ojos, mientras tú bajas la mirada, te simulas distraída, y te acomodas los cabellos despejando tu frente, quieres seducirlo una vez más con las tersuras de tu rostro.
   Ahora suenan los acordes llamando a las parejas, él inicia el gesto y tú le cedes el extremo de tus dedos avanzando hacia el centro de la pista. Tu brazo izquierdo asciende a enlazarle suavemente el cuello, seguramente sabiendo que lo conquista tu perfume de mujer. Apoyas tu mejilla en la de él, ladeando levemente tu cabeza en un gesto femenino. Tu mano derecha busca la suya, y él con la otra te sujeta firme, bien abajo, en el borde inferior de tu espalda, donde siente la ternura de tu cuerpo. Te dejas llevar, dibujas el piso con tus talones apenas levantados. Tal vez te hayas descalzado y con las pestañas entornadas estés soñando tu momento eterno. 
   Y envuelves, de este modo, tus muslos con los suyos, en un contacto voluptuoso, un acuerdo común entre ambas partes. Has venido a buscar a tu hombre, para quedarte quizás aquí, definitivamente, afirmando la fatalidad del embrujo del amor, y la lujuria inevitable de la danza sensual de esta ciudad, en esta orilla, en Buenos Aires.

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miércoles, 4 de enero de 2017

Sin aliento

   Como los pájaros, siempre mi canto es el mismo. Una mezcla de timidez de gorrión y elocuencia de calandria. No lo voy a cambiar ahora que la tristeza viene a visitarme más seguido, ahora que me he quedado mudo y mis dedos se enfriaron. Alargo mi mano, la extiendo hacia lo alto, pero no llego a las estrellas.
   Quisiera que no sea larga esta tortura. He quedado sin consuelo, sin alivio para sostener el alma. He visto la luna roja hace algunas noches en Buenos Aires como un mal presagio para la poesía. Me acobardan esas señales.
   No me he quedado de brazos cruzados, me he aventurado por otros océanos que no conocía, otros climas me han recibido inhóspitos, me han cerrado las puertas de sus cielos, me han privado oír el canto de sus lenguajes. Lo he intentado, lo juro.
   Y todo ha quedado en hojarasca, papeles que han nacido mustios, opacos de colores, no hubo ternura en los tonos que he ensayado, con tanta delicadeza. Me he esmerado, lo aseguro.
   Lo he intentado con premura y he tropezado con la piedra de la torpeza. He levantado los talones para que mi voz llegara más lejos y los sonidos de las voces de los otros escritores han sido más firmes, he quedado absorto, admirando los cantos de esas aves espléndidas volando alto. Qué lejos estoy de ellos, me he dicho.
   Otros corazones fervientes saben sangrar mejor, son más calientes. Del mío solo sale un fluido tibio, y por eso he ido en busca de otra sustancia indeleble, a hurgar en el refugio de los recuerdos de la mujer que me ha querido. Siento el frío de la soledad en el aire quieto de la esperanza que me empeño en sostener.
   Mis palabras se encuentran atascadas en la corriente de los arroyos menores, enredadas en los pequeños hilos de agua que solo saben de susurros. No siento el torrente del río abierto y caudaloso de los brillantes textos que, equivocadamente, creí haber escrito. Es una condena que merezco, supongo, el Destino lo ha dispuesto así. He disfrutado como un elegido del baile maravilloso de la lírica, pude acceder halagado al Paraíso de las Letras, me sentí eterno por un rato. 
   La Poesía es un reino para pocos, un útero que abriga a los dichosos, da la miel y alivia la locura. Pero ahora me ha expulsado, he quedado exhausto y sin aliento, con gotas de hiel entre los dedos y sin saber qué hacer con mis huesos, aterido, con el lápiz clavado en mi mano oxidada.
   Siento que esos días agradables se han retirado al pasado, los brotes que me pareció haber visto entre la hierba se han secado, han germinado tarde las semillas. Las agujas del cuadrante que arman la geometría del azimut se van cerrando hacia el invierno. Se acortan los días y el sol empalidece detrás de las colinas, su calor ya no abrasa a las musas, sus rayos se curvan iluminando menos las metáforas, languidece la tarde. Lo presentía.
   Me quedo a un costado del camino con esta pequeña desazón, mirando pasar a los nuevos poetas, escuchando los cantos de los jóvenes juglares. Quizás nunca debí haber salido de mi sitio, tal vez hice lo indebido. Me han condenado los dictámenes severos de los dioses, seguramente, debido a los poemas estériles que ha dado a conocer mi vanidad. De algún modo se han enojado conmigo, imagino que no están equivocados, su juicio nunca yerra.
   No reniego, agradezco haber estado ahí un rato, haber escuchado los cantos de las sirenas, haber sentido los susurros de los corazones que he conmovido, haber disfrutado de tanta magia. Fue muy hermoso, espero volver, más no sé cuándo la inspiración se apiadará y me tenderá una mano, antes que me hunda sin remedio en el pantano de la amargura.
   No puedo cambiar el tono melancólico de mi canto, la sombra de la nostalgia me lo está impidiendo. No puedo, siquiera, poner un mínimo de belleza en estas pobres líneas que escribo. De veras lo siento.

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