jueves, 19 de abril de 2018

Trapos y latas


   Salí de la casa saltando el alambrado roto y desvencijado del fondo. Caminé con la cabeza baja y las manos en los bolsillos. Pateé una latita de conserva de tomates vacía y la miré cómo tropezaba con los terrones desprendidos de las huellas de los carros. Me senté bajo la sombra del algarrobo, a meditar, mirando hacia la laguna.
   Aunque no era exactamente “meditar” el término correcto, porque a la edad de entonces esa palabra no formaba parte de mi vocabulario. En realidad, en aquella circunstancia, trataba de saber cuál era el sentimiento que me atravesaba, y al ser escasa, todavía, la posibilidad intelectual con la cual contaba, mis pensamientos quedaron dando vueltas en un círculo interminable, y pasé horas con el ceño fruncido, apoyando los codos en las rodillas, observando los brotes de pasto, sin entender nada.
   Con los años supe que aquello en lo cual pensaba se llamaba vergüenza. Había llegado precedida de un agobio de melancolía y cuando esta emoción había cedido, quedé sumido en la tristeza como el condenado por un delito absurdo señalado por el destino. Y el origen de todo fueron los trapos y las latas: esos objetos cercanos que aludían a otro vocablo más crudo que siempre evitaba pronunciar.
   Recordé una vez más el episodio, aunque no lo deseaba. La conciencia de mi universo infantil quería abandonar en el olvido al objeto de mi pesadumbre. Nunca lo había podido compartir con nadie, excepto con el silencio, sentado y apoyando la espalda contra el tronco del algarrobo. Me refiero a lo que sentí aquella noche que llegué tarde a mi casa. 
   Estaba a oscuras. Ya habían apagado las velas. 
   Me había demorado charlando con los chicos en el baldío de la esquina. Entré apurado y me fui a acostar. Mi padre, mi madre, yo, y mi hermano mayor, así en ese orden, dormíamos apretados, en un único colchón sobre dos camas. Me quité la ropa y tratando de no molestar, busqué mi espacio debajo de las sábanas.
   Tenía seis años recién cumplidos y había estado jugando a la pelota en el baldío de la otra cuadra. El cansancio me hizo dormir enseguida. 
   Muy pronto empecé a soñar con Mariana, la vecina de enfrente. Sus cabellos me acariciaban el cuello cuando aparecieron aquellos pájaros enormes con alas de metal. Tenían picos largos y aleteaban en las copas altas de los árboles, peleando por un lugar entre las ramas. Eran muchos. Quería espantarlos, pero mis manos no me obedecían. La voz de seda de Mariana se desvanecía hasta agotarse por completo. Supe entonces que el sueño se había disipado.
   Me había despertado la voz ronca de mi viejo y yo me resistía a abrir los ojos. Apretaba con fuerza los párpados, pero no podía dejar de escuchar los susurros entrecortados de mi madre que perforaban el silencio en la oscuridad de la habitación. Después escuché los jadeos de ambos que rasgaban el sigilo de la penumbra. Ellos estaban haciendo eso que me había dicho mi hermano, y que yo siempre había pensado que era una pelea. 
   Me había desvelado. Un vacío enorme me expandía el pecho, una soledad infinita me envolvía. Mi padre se detuvo y yo percibí que se había dado cuenta de que yo escuchaba todo. Me sentí un espía descubierto en las sombras. La vergüenza me recorrió la espalda. Luego él continuó. Entendí que saciaban sus deseos como podían, a esa hora y del modo procaz que les permitía la pobreza. 
   En ese momento me ganó el desencanto. Ellos se amaban con la desesperación obscena de los cuerpos. Con el tiempo comprendí que eso también era una calidad de la condición humana y no una humillación de la virtud, no era un estigma que portaban los más humildes solo por el hecho de serlo. Era una cualidad asociada al arraigo más primitivo del amor.
   Los sacudones del colchón, el chirrido del elástico, y los leves empujones de las caderas me habían sacado del sueño. Reconocía la urgencia de mi padre por los empujones rústicos del movimiento masculino. El cuerpo de mi madre ondulaba sus caderas en la simulación de un baile, pero de su garganta salía un gemido. Yo lo asumí como un dolor que le hacía daño, una ferocidad que la violentaba y tuve el impulso de defenderla, de separarla de él. Pero no hice nada.
   Permanecí quieto en la cama, sumergido en la penumbra. Presté atención con la angustia encerrada dentro de mis pequeños puños apretados. No sé bien qué imaginé. Tuve ganas de llorar, quise huir, taparme los oídos, o tal vez todo eso junto. Advertí la falta de aire puro. Me empezaba a invadir la tristeza, y adiviné que me iba a sentir lastimado por dentro, como el día en que me dijeron que había muerto el abuelo Manuel.
   A la mañana siguiente decidí ocultar la confusión de mis sentimientos. No le conté a mi hermano lo que había pasado. Debía pensar el suceso, que me había cortado abruptamente el sueño, como una isla de barro hundida en la profundidad de mi alma, o aplastada por la lápida muda de los secretos de mi infancia. 
   Mi memoria empezó, a partir de entonces, a asociar, equivocadamente, la melancolía con los trapos rotos, y a ocultar bajo el rostro de mi inocencia infantil la suciedad de la carencia material. Porque pensaba que todo era parte de lo mismo, y que las camas apretadas eran un rostro más de la pobreza.
   Eso me pasó cuando era chico, muy chico.
   Pero ahora se hace presente, nítido en medio de mis pensamientos, un acontecimiento posterior. Sucedió en la época en la que Mariana y yo concurríamos al colegio secundario. Recuerdo que una tarde estuvimos charlando hasta que el sol se escondió en el horizonte y la penumbra inundó el barrio. 
   Ella se fue poniendo cada vez más hermosa, con sus ojos negros y su piel oscura. Nos acercamos a la orilla de la laguna y nos tiramos en el pasto a mirar las estrellas. Yo quería saber algo que no le podía preguntar a los pibes de la barra, porque no eran cuestiones de varones, sino cosas de mujeres. 
   Me animé. 
   Le pregunté si los besos le dolían.
   —No sé, probemos —me dijo con una sonrisa.
   Pensé que la respuesta era una broma. Me quedé callado y debo haber puesto cara de asombro. Ella aprovechó el instante de duda y me dio el más dulce de los besos que recuerde.
   Y no me dio tiempo a seguir preguntándole más cosas.
   En silencio comenzó con las caricias y después con exigencias más urgentes. Y me encontré repitiendo el mismo ritual que mi viejo, el que me había despertado en aquella noche triste. Me entregué, entonces, a la sabiduría de Mariana, recostado sobre el césped, alumbrado por la luz tenue de la bóveda celeste, mientras murmuraba entre los pastizales de los baldíos, el eco lejano del croar de las ranas a la luna.
   Y comprendí, por lo tanto, que los gemidos de dolor de la mujer, eran parte de la comunión extraña de los géneros, y me prometí no indagar más acerca de las emociones que Mariana guardaba detrás de su mirada, ni preguntarle qué sentía en ese momento de abandono, cuando nos acercábamos más al esplendor del éxtasis, con el lucero mirándonos desde el fondo del cielo.
   Ella después me dijo que “amor” era el nombre de lo que habíamos hecho y a mí me pareció más intenso que la pobreza. 
   Mariana me abrió las puertas de un espacio desconocido y con ella descubrí que la vida del barrio, con los trapos y las latas, tenía algo superador, una ternura que valía la pena ser vivida, un perfume, un olor femenino que no olvidaría nunca.
   Los tiempos difíciles que viví en la casa de mis padres habían quedado atrás, pero dejaron rastros indelebles, porque en mi memoria se acumularon las palabras filosas con las cuales discutían por aquellos días. El dinero era esquivo como un diablo verde, el hambre castigaba los platos de comida, y el frío era un ácido que en los inviernos mordía las rodillas. 
   Pero los días de la infancia también me regalaron tesoros, porque conocí la pasión en el borde de una pollera, fue lindo mirar el brillo de la luna en los tejados. Y, además, disfruté de la delicia de contemplar el verano en los almácigos, porque el sol hacía brotar las plantas de lechuga, pintaba de rojo los tomates y les sacaba brillo cuando se acercaba la llegada de las mariposas.
   Los recuerdos se pueden contar de diversos modos. 
   El óxido aflojaba los clavos, abría brechas en las chapas y las ratas corrían entre los tirantes podridos que se acumulaban al borde de las zanjas. Es verdad.
   Pero también la alegría recorría mis arterias, al escuchar el susurro de los flecos de los barriletes, que salpicaban con colores el movimiento de las primaveras ventosas. Y transpiraba corriendo tras la pelota, la bendita pelota, ese frenesí indescriptible, con el cual me gané las fiebres de las insolaciones y se oscureció más aún mi piel. Parecía malicia tanta adicción irrefrenable, porque interrumpía las siestas sagradas y quebraba los tallos de los rosales. 
   A veces el estómago me hacía ruido y yo tensaba los músculos del cuello sin mencionarlo, para no enfurecer a mi viejo, a quién aquejaba la carga de la culpa, cuando advertía que los platos quedaban grandes.
   Pero también recuerdo algunas noches que tuvieron una magia superior a la de los libros de cuentos. Con los pibes de la barra inventábamos historias alucinantes de terror mirando la casa abandonada. Imaginábamos que estaba tomada por las brujas. Creíamos ver a esas criaturas asomadas a la ventana desvencijada, o bailando danzas horrendas en el patio, bajo la luz mortecina de la luna. Y después reíamos disimulando el miedo. 
   Y en ocasiones nos sentábamos a soñar. Hacíamos una pequeña fogata, pensábamos que el futuro era algo tan lejano como los astros celestes que se elevaban mucho más allá de la laguna. Y en esas cosas seguíamos pensando antes de dormirnos.
   Cuando llovía me asaltaba nuevamente la humillación de la miseria. En el dormitorio perseguíamos a las goteras verticales con los tachos en la mano, como buscando cucarachas, escuchando el martilleo del agua sobre los techos de cinc.
   Pero luego salía el sol y me olvidaba de todo eso.  En Año nuevo la gente bailaba en la calle. Y en algún momento, en algún rincón, en el rectángulo oscuro de la sombra de alguna vivienda alejada del ruido, coincidíamos con Mariana. Nos desatábamos los botones y el pecado era un edén irresistible poblado de roces, nos apoderábamos de las zonas húmedas de nuestros cuerpos elaborando la danza nocturna más hermosa del baile. 
   Estos recuerdos maravillosos son los que echaron claridad sobre las tribulaciones oscuras de los primeros años de mi infancia, rescatando la dignidad de mi origen humilde, entre los trapos y las latas, en medio de las viviendas desparramadas entre los pastizales y las zanjas, más allá del agua de la charca quieta y de los ojos de las ranas asomando entre los juncos.
   Y qué otra cosa, sino eso, era mi barrio. 
   Era el sitio donde vivíamos los pobres, esa palabra que nos dolía y nos marcaba como la lepra. Ahora me acuerdo con cariño de aquellos desvelos nocturnos, cuando mis padres buscaban saciar el deseo en la oscuridad, agitados, manoteando un pedacito de cielo. Hoy sé que el gemido de mi madre no era dolor, era placer de mujer, el mismo que me regaló Mariana la primera vez. 
   En este suburbio aprendí que lo único que vale la pena en la vida es seguir buscando el perfume del primer amor. Y que para alcanzarlo solo hace falta una ilusión y aceptar que lo pueden asir los livianos dedos del alma.
   Ya no turban mis sueños aquellos magníficos pájaros de lata, en este arrabal donde he nacido, el sitio que será, sin duda y para siempre, mi lugar en el mundo.

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miércoles, 11 de abril de 2018

Gloria



I

   Hace más de treinta años que el Tano, Arturo Sanguinetti, tiene el puesto de diarios de la esquina de Humboldt y Paraguay. Es un mueble metálico con las patas traseras vencidas por la intemperie. El tronco firme de la acacia le sirve de apoyo a la estructura para no derrumbarse. Las hojas abundantes de algunas ramas del árbol rebosan los bordes de la cubierta de manera que ocultan el aspecto deslucido del mueble. Las manchas de óxido forman figuras irregulares en las chapas laterales. Los parantes descascarados descubren las sucesivas capas de pintura verde inglés.
   El Tano se levanta todos los días a las cuatro de la mañana y recibe, al pie del puesto, el paquete que le bajan del camión repartidor. Le gusta la compañía del silencio cuando las veredas y las aceras están calladas. Se siente amparado por la aureola lánguida de los faroles del alumbrado. A veces detiene su tarea y alza la vista hacia el cielo, a través del aire oscuro, buscando el brillo pálido de las estrellas. 
   Su imagen es una silueta en movimiento, fluctúa de aquí hacia allá en la quietud de la agonía nocturna. Cuando se desperece el amanecer y el bullicio de Buenos Aires ocupe con sus estridencias todos los rincones, el Tano tiene que tener todo dispuesto. Abre el candado y despliega las amplias puertas del quiosco. Los chirridos de las bisagras son remedos profanos del tañido de campanas, solo anuncios seculares de la aparición de un nuevo día. Acomoda, anota, controla. Es solo una figura atareada, semblante serio y actividad.  
   Soltero, cincuenta años, de existencia un tanto deslucida y rutinaria como su profesión. No entra en confidencias con los clientes, por respeto, se entiende. Pero, además, porque él tampoco le da cabida a esa posibilidad:
   —Buen día jefe.
   —Hola Tano.
   —¿Crónica?
   —Si.
   —Veinte pesos, maestro.
   —Bueno, acá te dejo la plata.
   —Gracias por el cambio, nene.
   —Chau Tano.
   —Chau pibe.
   No es un tipo huraño. Para nada. Es un poco corto de carácter, introvertido tal vez. Quizás haya un dejo de cobardía manifiesto en el manejo cuidadoso de sus sentimientos, con cierto retraimiento, con algún recelo, quizás, o alguna pantalla invisible por delante de la intimidad de sus emociones. Por eso rehúye a la temeridad de mirar a los ojos. 
   El alma humana es un manojo de recuerdos. Hay algunas personas como él, quienes ven al olvido como una posibilidad de construir murallas contra el desasosiego. Quizás haya algo en su vida que lo perturba desde hace tiempo y necesite reservarlo en su intimidad. Vaya uno a saber si es así. 
   En el barrio hay una especie de leyenda derivada de un chisme, acerca de una relación contrariada con una mujer, cuando el Tano era muy jovencito. La culminación de la relación, dicen, casi lo lleva al suicidio. Pero se trata de apenas una especulación de bases muy inciertas, porque la verdadera historia del Tano Sanguinetti, nadie la conoce.
   Es un buen tipo. Sonríe, sucinto, recogido, y disfruta, sin ninguna duda, cuando entrega el diario haciendo un firulete para que el cliente lo lleve doblado. Es el malabar típico de los canillitas, rápido, veloz, casi una habilidad circense, una maniobra adquirida con la destreza de los años, un pequeño alarde de belleza a fin de transformar la superficie plana del periódico en un cilindro fácil de asir. Porque Arturo comprende la importancia de la velocidad de ese procedimiento necesario para disminuir la espera en las horas pico. Porque todos están apurados, pasan como el viento, casi no reconocen al quiosquero en la prisa, apenas reparan en él. 
   Después, más avanzada la mañana, todo el ajetreo amaina un poco, Arturo se afloja, acomoda alguna revista, mira pasar a la gente y escucha algunos nocturnos de Chopin. El repiqueteo de las teclas del piano lejos de entristecer su ánimo, lo alegra, como si el puesto estuviera desbordado por un alboroto de calandrias. Algún que otro transeúnte se detiene y le pregunta la dirección de una calle. Esas cosas.

II

   Matías vive en el barrio, a la vuelta, en el edificio viejo de siete pisos. Baja rápido los escalones de la entrada, sale caminando a Paraguay y dobla en Humboldt, donde está el quiosco. Y aunque va apurado porque va a llegar tarde a la clase de la Universidad donde estudia Filosofía, se detiene frente al escaparate porque le llama la atención un ejemplar de color blanco, un tomo grueso con un solo nombre en la sobrecubierta, en letras grandes y negras: “Aristóteles”. El libro parece un animal absurdo en la esquina de la mesa larga y angosta donde Arturo apoya los periódicos, con una piedra encima, para frenar el aleteo de las páginas con la brisa. Matías compra el libro, paga y se va. El Tano se mete adentro y se queda observando detrás de la ventanilla del escaparate cómo discurre la vida de las personas, contempla su paso por la vereda sin que reparen en él.
   No pasan más de diez minutos y advierte la presencia cercana de una cliente: La Loli. Tiene treinta años a lo sumo, es nueva en el barrio, y vive en un departamento amplio en un edificio de primera categoría.  Algunos días de verano, como hoy, a mitad de mañana, baja en jeans y remera ajustada a comprar el semanario de modas. 
   La semana pasada se inclinó hacia adelante y tomó una revista del estante inferior. Sanguinetti vio la media luna del escote a punto de desbordar. Él estaba detrás del mostrador, frente a ella, y no pudo disimular la turbación, porque miró, justamente, lo que ella le mostró y él no debía mirar. La Loli se dio cuenta y quiso componer la situación, se levantó en seguida y se acomodó el cabello hacia atrás. Ojeó la revista, la dobló en dos, y después le clavó los ojos celestes en la frente.
   —Arturito…anotámela… mañana cuando paso, te la pago —le dijo girando la cabeza. Y se fue apurada.
   Se lo dijo con una sonrisa tan seductora, que, cabe la posibilidad, él la haya interpretado demasiado sugerente. Eso dio la impresión, aunque con él nunca se sabe. Tomó el lápiz y anotó en la libreta negra en la cual asentaba las deudas de los clientes. Cualquiera hubiera podido percibir el leve temblor de su mano al escribir, a pesar de haberse aquietado ya el aire perturbado por el paso impetuoso de la Loli. 
   Sanguinetti le extendió el vuelto a una mujer mayor. Se había recompuesto del incidente, pero le había cambiado la cara. Vaya a saber por qué le brillaban las pupilas. Se le había disipado su semblante anodino, y debajo de la gorra con visera mostraba un rostro más joven. O al menos eso es lo que parecía.

III

   El Tano tiene la piel tibia, delicada y del color de la leche, por eso se le ven clarito las venas celestes, como si fuese la superficie de un mapa hidrográfico. Y tiene la delgadez de los huesos livianos de las aves. Se pone colorado cuando debe atender a la Loli, como si le tuviera temor, y eso a ella la fastidia. Ella preferiría que tuviese voz de barítono y modos recios, masculinos, pero él es así, tiene esa forma suavecita de hablar, tímido, por eso trata de evitar a las mujeres turbulentas como ella, pero es una clienta y la debe atender.
   En cambio, cuando llega al puesto la etérea figura de Gloria, la maestra de música del barrio, se siente diferente, la emoción le da prestancia. Ella le pregunta si ya salió el nuevo ejemplar de la colección “Los mejores compositores clásicos de todos los tiempos”. Él lo busca y se lo alcanza con seguridad, sin que se le note el más mínimo temblor en el gesto, la firmeza se le pone de manifiesto desde el hombro hasta las yemas de los dedos. La publicación sale los martes y ella viene puntual, cerca del mediodía, cuando ya no viene gente al quiosco. 
   Gloria Fuentes es delgada, habla casi en voz baja. No es estruendosa como la Loli. Todo lo contrario. Cuando comenzó a comprar la colección hubo un cambio en su aspecto, cada vez llega más arregladita. Arturo, también está cambiado, viene mejor vestido los martes, a diferencia del resto de la semana. Hablan dos palabras, pero son suficientes, a él le cambia el ánimo.
   Un día, al Tano se le cayó la revista justo cuando se la estaba entregando a Gloria.  A partir de ahí el destino cambió las cosas. 
   Arturo extendió el brazo y abrió la mano soltando la revista antes de tiempo porque se demoró, mirando demasiado absorto, en la profundidad de los ojos grises, como si estuviese escrutando la mirada de una diosa griega. Ella no llegó a asir lo que debía, tal vez por mirar a quién la miraba. Entonces, se agacharon juntos a levantarla. Y algo pasó. Él sintió el calor de la mano femenina de Gloria y la amplia sonrisa de ella le dio la mejor respuesta a la pregunta que nunca se habría animado a hacerle. El Tano sintió la necesidad de hablar y ella de que le hablara. Así empezó el diálogo. Se fue alargando sin apuro, así nacieron las frases espontáneas, se engarzaron las coincidencias como un mecanismo de relojería. Fue la primera conversación dilatada. Un vecino la interrumpió con una consulta fugaz, y ambos accedieron, para entregarse luego con entusiasmo al interminable diálogo recién iniciado. 
   Sanguinetti no se olvidaría nunca de ese aroma, y de ahí en más, pudo reconocer en el acto ese perfume, porque anticipaba la llegada de Gloria, porque agitaba el aire con la misma intensidad con que las bandadas de gorriones trepaban a la acacia por detrás del quiosco. Esa fue desde entonces la señal inconfundible, el disparador de una especie de ansiedad turbadora en el pecho que ya creía inevitablemente dormida.

IV

   Arturo vive solo, en la casita que está en Paraguay al fondo, pegada a la vía muerta del ferrocarril, ramal Mitre. Cuando se hace presente el crepúsculo, la tarde y el silencio descienden sobre las baldosas calcáreas del patio, y la melancolía se filtra por debajo de la puerta de su pieza a suspender el tiempo de su existencia. 
   No tiene mascotas. No le gustan. Su tesoro es el inmenso jaulón de los canarios, erguido como un monumento vertical sobre uno de los muros perimetrales de su jardín. Ocupa casi todo el lateral, alto como la tapia, hecho con palos de caña y forrado con malla de alambre galvanizado de trama octogonal. Hasta tiene un arbusto adentro para que los canarios hagan nidos. La parte superior está rematada con un techo de chapa de fibrocemento de onda grande pintada de rojo carmín. 
   Los pájaros son su pasión. Sabe mucho del tema, los cría con mucho cuidado y luego los vende, incluso ha ganado premios con ellos. Se pasa las horas cuidando, aseando y distribuyendo el alimento. Cuando el tiempo está cálido abre las ventanas del dormitorio de par en par y se tira en la cama. De este modo escucha el canto alegre y ensordecedor de los pajaritos. Tiene canarios de los plumajes más variados: amarillos, blancos, rojos y moteados. 
   Los cantos se entrelazan en la sinfonía como los instrumentos de cuerda de una orquesta. Se deja llevar por los trinos y se pierde en sus pensamientos. Sueña, se puede decir, mientras escucha la melodía del inconfundible concierto de los cantos de los pájaros. Se extravía en los gorjeos, piensa en las pequeñas gargantas hinchadas, en la aguda vibración del aire circulando apurado entre las plantas y alrededor del limonero. 
   Y se enciende su alegría inevitable en esos instantes de serenos desvaríos, sus pensamientos lo llevan a los recuerdos de Gloria y se disuelven en el aire, en las ondas armónicas que rebotan en las paredes y terminan danzando entre las cortinas ondeadas por la brisa. Su cuerpo se eleva suave y lento como una cortina de humo. La fuerza de gravedad ha desaparecido, se han quebrado las leyes de la Naturaleza en este instante sublime, y le parece percibir que se encuentra horizontal, rígido y levitando, separado a veinte centímetros por arriba del cubrecama morado, suspendido en el aire por un sostén inexplicable. 
   Y cuando pasa ese momento, le quedan dudas acerca de la certeza del fenómeno y se queda sin saber cuánto tiempo pudo haber estado así. Y del mismo modo no puede alcanzar a saber cuán lejos se ha distanciado de las paredes de su cuarto, ni cuán cerca ha estado de la clara percepción del rostro de los ojos grises. Esto último es el lamento mayor, la resistencia más grande de su ignorancia, la añoranza suprema de la ensoñación, el recuerdo más valioso prometido a su memoria. 
   Y después, cuando cae el sol, los cantos del jaulón se atenúan. Comienzan a bailotear en el jardín las sombras de la agonía de la tarde y la danza oscura se va adueñando y esconde los colores de los malvones. Se apagan los fulgores, se entristecen los rosales, agonizan los resplandores escarlatas como llamas de fuego a punto de apagarse. Ascienden y se pierden más arriba del muro. 
   El Tano advierte que hoy es lunes. Entonces, antes de desvanecerse en la pesadez onírica, pone música, añorando la llegada del otro día, porque es martes, el más importante de la semana. Apoya la cabeza sobre la almohada y un somnífero suave, agradable, lo traslada a otro mundo calmando algún resto de ansiedad agazapada, tal vez, porque mañana la verá a Gloria. 
   Solo al pensar en sus ojos grises se le dibuja una sonrisa en los labios. Y vaya a saber cuántas cosas se encierran en ese sueño mortecino, arrullado por las serenatas nocturnas de Boccherini, desplegadas en su mesa de noche y saliendo por la ventana abierta del dormitorio, a inundar los canteros del fondo, cuando el crepúsculo declina y se convierte en un lamento taciturno. Quién podría saber lo que pasa en estos momentos por la cabeza del Tano.

V

   Matías baja del edificio y al llegar al palier se cruza con la portera. Hubiese querido verla acompañada, conversando con otra persona. Pero está sola y seguro que algún chisme le va a contar, lo cual lo va a demorar más y va a llegar más tarde a la Facultad.
   Ni bien lo ve, se levanta de la silla, lo saluda y enseguida pone cara de querer conversar. Se lleva el índice de la mano a la mejilla y en voz baja le pregunta si se enteró de lo de la señorita Gloria. El pibe la mira con algo de sorpresa y le dice que no. Entonces ella aprovecha. 
   —Arturo, el del quiosco y la maestra de música estaban muy “entusiasmados”. ¿Sabías, no es cierto?
   —No… la verdad… no me había dado cuenta.
   —Bueno, ella estaba muy cambiada, se la veía distinta, se ponía vestidos más claros y coloridos, había empezado a pintarse las uñas, cantaba cuando barría la vereda. Pero sucedió lo único que a ella no le debía pasar —y aquí hizo una breve interrupción a fin de aumentar el suspenso—. Hizo un infarto anoche y se quedó dormida para siempre. Pobrecita, no tenía familia, una tía hizo los trámites y le puso una cadena con un candado de bronce enorme a la puerta de entrada, la que tiene el cartel. Ni velorio hubo. 
   —¿Y Sanguinetti lo sabe?
   —¡Ay! Mati… ¡yo que sé!… no puedo estar en todo. Alguien ya se lo debe haber dicho… Digo… por la cara que tiene, pobre hombre.
   Claro, las porteras no pueden estar en todo. 
   Matías deja el edificio, dobla, y se detiene en el puesto de diarios. Está sobre la hora de cierre: son casi la una de la tarde. Le pregunta al Tano si salió el nuevo tomo de filosofía: el de Platón. Sanguinetti está cerrando, tiene el rostro totalmente cambiado, el cutis casi gris. Con un tono de voz más bien neutro le dice: «Recién el jueves va a salir, pibe». Parece abrumado. Matías se acaba de enterar de la noticia y no quiere hacerle ningún comentario. 
   Gloria, por supuesto, hoy no vino, y el Tano sabe por qué, pero, de todas maneras, no va a devolver a la editorial el último ejemplar de “Los mejores compositores clásicos de todos los tiempos”. La acomoda en el estante detrás de la ventanilla, con blíster y todo. Antes de cerrar le pone un cartelito que dice “reservada”. El Tano es así.
   Y se va para su casa.

VI

   A primera hora de la mañana, antes de abrir, el Tano hizo algo raro: se había llevado una herramienta del galponcito y desprendió el cartel de “Maestra de música” que todavía estaba en la puerta donde vivía Gloria. Primero lo escondió en la parte de adentro del quiosco, pero al poco tiempo, vaya a saber por qué, lo trajo en una caja de cartón y lo dejó en el pasillo, al lado de la puerta de la cocina. Se pasó toda una tarde retocando el fileteado de las letras y le dio una mano final de barniz. Lo fijó en la parte superior de la jaula de los canarios, bien arriba, para poder verlo desde la cama cuando tiene las ventanas abiertas. Un día de estos le va a colocar un farolito encima para iluminarlo en las noches de verano y que no quede solo en la penumbra.
   Sanguinetti nunca fue al colegio. No pudo. Pero aprendió a leer por intuición. Las lecturas más extrañas edifican su rústico saber enciclopédico. En la estrechez de su pieza consulta libros y arma su ajedrez complicado de conocimientos. 
   Nunca ha terminado de leer uno completo, últimamente dedica sus largas horas de ocio a leer algún tomo de la colección que fue acumulando con los años, de los sobrantes del paquete del camión repartidor. Seguramente su curiosidad le pide alguna respuesta. Pero vaya uno a saber. Él tiene un modo tan particular de ver el mundo. Cuando una frase le llama la atención, la subraya. A veces anota algo al margen. Siempre ha pensado que la locura existe solo la bajo la mirada del prejuicio. Con el paso de los días, luego del fallecimiento de Gloria, se fue metiendo más adentro, sus reflexiones se fueron oscureciendo. Los sueños, y únicamente ellos, le dan valor a la existencia. Desde chico arrastra el berretín de pensar así.

VII

   La señorita Fuentes, ahora tiene una presencia similar al aire, y una consistencia como el Tano la imagina en esos sueños tan valorados. Y así debe ser, porque Arturo ha comenzado a cenar todas las noches en su compañía. Aunque parezca mentira.
   La ciudad desaparece, nada existe más allá del tapial blanco cubierto en la parte inferior por el entramado verde de la madreselva. Saca la mesa al patio rodeado de macetas con flores, coloca el mantel claro, la vela, dos platos, dos copas. Descorcha una botella de vino blanco, luego se sienta, se cruza de piernas, y les pregunta a sus pupilas grises, si les gusta el nocturno de Schubert que se despliega en una melodía a través de las ventanas abiertas.
   —Sí, sí… por supuesto… el solo de piano me gusta mucho, ¿y a usted? —le pregunta, a su vez, ella, con una sonrisa pícara en los labios. 
   La que responde es la voz delicada de la dama que ocupa la otra silla en apariencia vacía. Porque, no existe duda, hay presencia allí. Hay un perfume en el aire muy intenso por encima de los brotes de los dos jazmines plantados en las esquinas más alejadas. El mismo aroma que se adelantaba a la llegada de ella, cuando iba a buscar la revista de la colección al quiosco. Exactamente el mismo. 
   El Tano asiente pensativo, arquea las cejas, y bebe el primer trago disfrutando de los acordes en secreta compañía de la dama con la que habla. 
   Pero recién hacia la media botella se produce eso inesperado, tan difícil de describir, que le da la plenitud al momento: la silueta de Gloria va ganando en detalles, colores y texturas, cobra vida y se hace más consistente aún, casi tocando la verosimilitud de lo concreto. 
   Primero, es verdad, parece una nube difusa que apenas le da contornos a la forma, pero luego el pincel mágico de la realidad del Tano termina de modelar el rostro completo, el vestido blanco, la figura delgada. 
   Y entonces, le charla como en el puesto de diarios, mientras la armonía de fondo sigue envolviendo la ilusión que se genera en el patio silencioso, en la casa recostada contra el terraplén, en la calle Paraguay, al fondo.
   O, simplemente, en la cabeza de Arturo Sanguinetti. 
   Vaya uno a saber cómo sueña el Tano, cuando sueña.

VIII

   El Tano cerró para siempre la parada de diarios luego de esa noche, o una semana después a lo sumo. El camión repartidor ya no dejó más el paquete y el mueble pintado de verde no abrió más sus puertas. Los clientes, al principio, preguntaban a los vecinos si sabían cuándo iba a abrir el quiosco. Nadie sabía nada. Con el tiempo la gente se fue dispersando, fueron comprando el diario y las revistas a los puestos más cercanos y cesaron las preguntas.
   Pasaron las noches azules de marzo y comenzaron las ráfagas levantando remolinos de hojas secas haciendo firuletes en el aire. Los fríos empezaron a cerrar las puertas y ventanas de los restaurantes, las mesas que adornaban las veredas de Humboldt volvieron a ocupar el interior de los locales. Pero también llegaron las lluvias a empapar marquesinas, a formar charcos en las veredas, a abrir paraguas sobre las cabezas de los transeúntes. 
   El moho comenzó también su trabajo sobre las chapas del mueble verde de la parada del Tano. Tuvo todo el invierno para hacer la tarea minuciosa. Lo fue carcomiendo más del lado de la esquina. El óxido debilitó el costado que da a la calle Paraguay. Y a pesar de que el tronco de la acacia todavía sostenía la espalda de la estructura, una noche se inclinó y perdió el equilibrio. Hubo un estruendo, como un estrépito fofo, pero nadie salió a la calle ni miró por la ventana.
   El mueble quedó retorcido y ocupando parte de la calzada lo cual ponía en riesgo la circulación del tránsito. A la mañana siguiente llegó el aviso al sindicato de canillitas. Recién una semana después una grúa subió el bulto deforme a un camión de la municipalidad y la circulación quedó liberada. Los primeros días se notaba que faltaba algo en la esquina, pero luego las ramas de la acacia fueron disimulando el hueco.
   Se abrió un expediente, pero luego de muchos meses después, durante el verano siguiente, cuando había pasado casi un año con el quiosco cerrado, se hicieron presentes en el domicilio del Tano un inspector de la policía y dos patrulleros. La casa estaba abandonada, los yuyos demasiado crecidos casi tapaban la puerta de entrada, la madreselva se desbordaba por encima del tapial.
   Lo primero que le llamó la atención al inspector fue el cuerpo del Tano en la cama del cuarto, o lo que quedaba de él: un montoncito de huesos de aspecto muy similar a los canarios muertos en el fondo del jaulón del patio, pero sin plumas.
   El Tano no tenía familiares por eso es que el trámite fue bastante rápido. A fojas veintiuno del expediente aparecía un detalle: sobre la mesa de noche se había encontrado un reproductor de DVD con las pilas sulfatadas y al lado un ejemplar de la colección “Los mejores compositores clásicos de todos los tiempos”, con una selección de las mejores obras del inolvidable Boccherini. 
   La resolución del juez era bastante escueta, pero mencionaba dos veces que en el lugar del hecho no se había encontrado ningún indicio de violencia. 
   Y por supuesto, es muy raro que las personas como el Tano se vean envueltas en situaciones violentas. Como dice la portera: «A ese hombre se lo llevó la tristeza».



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jueves, 5 de abril de 2018

Despierte el alma dormida


Ana Madrigal nos conduce con su prosa atildada, meticulosa, con una narración cuidada, virtuosa, dibujando personajes con una nitidez perfecta, a través de una historia que, con mano firme nos introduce en los vericuetos de la circunstancia humana, tremendamente humana, de la locura.

Una novela estremecedora que nos seduce de entrada y nos va envolviendo en una trama dolorosa pero que no podemos dejar de transitar hasta el final. Una novela magnífica de una escritora extraordinaria.

El enlace para adquirirlo es el siguiente:

Despierte el alma dormida

sábado, 31 de marzo de 2018

El placer de narrar


Es un placer compartir esta magnífica revista digital que se llama "El Narratorio" que edita Renate Mörder y dirige Federico A. Marongiu. Mis felicitaciones a todo el equipo por el estupendo tratamiento que le han dado al contenido y por el excelente diseño del mismo.

En este número está incluido el cuento "El sonido de la tristeza" que pertenece al libro del mismo nombre, por lo cual va todo mi agradecimiento al equipo por la posibilidad de participar en esta publicación.

Este es el enlace para la descarga gratuita de la revista completa.

El Narratorio N° 25

Este es el enlace con el cual se accede directamente a issuu para la lectura on-line del cuento.

"El sonido de la tristeza"







miércoles, 7 de marzo de 2018

Un hermoso callejón



Es un placer compartir con ustedes esta magnífica revista digital de Zaragoza que se llama "El Callejón de las Once Esquinas" que coordina la escritora Patricia Richmond. Desde aquí envío mis felicitaciones al equipo de edición por el estupendo tratamiento que le han dado al contenido y por el excelente diseño del mismo.

En este número está incluido el cuento "El valle del sueño" que pertenece al libro "El sonido de la tristeza", por lo cual va todo mi agradecimiento al "Callejón" por la posibilidad de participar en esta publicación.

El cuento se encuentra a partir de la página 92.

Aquí dejo el enlace con el cual se accede directamente a issuu para la lectura on-line, y desde allí también se puede descargar gratuitamente la revista completa.

viernes, 23 de febrero de 2018

La alegría y la pausa



La revista digital "El Narratorio" me ha publicado un cuento.

Para muchos será un hecho trivial, y en algún caso hasta intrascendente. Para mí, como componente de este vasto mundo de personas que escriben en las redes y que tanto se apasionan por la literatura, como uno más de tantos que estamos dando nuestros primeros pasos, en la búsqueda de caminos que están en proceso, intentando saber de qué se trata esto de escribir, me ha producido una enorme felicidad.

Este es el tercer cuento que me publica esta antología tan cuidada, la cual tiene una edición excelente y reúne autores de un elevado nivel literario. Esta circunstancia me pone orgulloso y me empuja a hilvanar esta pequeña entrada.

Esta es la principal razón que me lleva a compartir este hecho que me pone tan contento. Pero no la única. Este texto es uno de los que más quiero. Los motivos son varios y no vale la pena enumerarlos ya que se trata de un relato corto, casi una escena. Le tengo mucho afecto, o por lo menos es la palabra más cercana que encuentro para describir la relación que puedo tener con un cuento que escribí yo mismo. Se llama "Ellas bailan" y es un relato que pertenece a mi primer libro "El sonido de la tristeza".

Por otro lado, he comenzado a recorrer el ámbito de las revistas literarias digitales y he descubierto que es un espacio mágico en el que me siento muy cómodo, un sitio sin dimensión en el cual me gusta indagar. "El Narratorio" es uno de esos lugares. Estoy muy agradecido a la editora y a todo el equipo que hace posible esta aventura fascinante.

Y por último quisiera decir que hasta mediados de abril estaré de vacaciones. El año que ha pasado ha sido intenso y me tomaré un descanso para luego retomar la actividad del blog. En este período no me será posible subir ningún relato, pero contestaré a todos los comentarios en tanto y en cuanto tenga acceso a Internet. Tampoco contaré con la posibilidad de visitar, leer y comentar en los blogs amigos. Ya a mi regreso me pondré al tanto y retomaré esta actividad que tanto me gusta.

Les mando un cariñoso saludo a todos los que han hecho y hacen posible este espacio de encuentro. De corazón. 

Hasta la vuelta.

Ariel

El cuento se puede leer on line o descargando gratuitamente la revista. Se encuentra en la página 11. Este es el enlace:


O también en el sitio web de issuu: 


martes, 23 de enero de 2018

Bajo la luna llena


   La pantalla del televisor no mostraba ninguna imagen nítida. El aparato estaba encendido y solo ofrecía a la vista rayas inclinadas que cambiaban de forma rápidamente. 
   Dejó el mate sobre el mantel de hule y decidió acercarse para solucionar el desperfecto. Al levantarse, Visitación sintió una bola de calor que le envolvió los cabellos grises. Una nube ardiente encajonada entre las paredes de adobe se suspendía encima de ella, como cuando encendía las brasas de la salamandra, pero sin olor a humo. Pensó que algún día debería cambiar el techo de zinc por uno de tejas. Vivía en una casa baja en el extremo del pueblo, la última, y por lo tanto vulnerable, expuesta al rigor del clima del páramo. El verano era una mano de fuego abrasadora rodeando la vivienda.
   Se puso los lentes con armazón de carey para ver mejor y observó de costado el brillo de las líneas quebradas. Estiró el brazo hacia la parte de atrás del aparato y buscó a tientas el cable negro de la antena. Aquí dentro había poca luz y afuera todavía no amanecía. La lamparita de 40 watts colgaba de la viga principal disipando apenas la penumbra. Pensó que debería decidirse cuanto antes a instalar un tubo fluorescente. 
   Se acercó a la parte delantera del televisor tocando una por una las perillas, pero seguía haciendo rayas. Se decidió entonces por confiar en la antena casera que había fabricado. Estaba dentro de un plato hondo. Era una gran papa negra con dos agujas metálicas de tejer clavadas en forma de una V corta. Conectó la punta del cable a una de las varillas y verificó nuevamente. 
   Aparecieron unas figuras difusas, pero ahora escuchaba la voz del locutor, aunque entrecortada. Era un gran avance. Estaba orgullosa de las habilidades que había adquirido para la electrónica. Giró con cuidado la papa como corrigiendo un detalle. La pantalla por fin ostentaba una imagen nítida con todos los colores. Sonrió, volvió a sentarse y se sirvió otro mate.
   Visitación disfrutaba del desayuno mirando la televisión. De vez en cuando ponía el noticiario —le gustaba la política—, otras veces pasaba al canal donde mostraban los documentales, y casi nunca se perdía el programa de arte culinario para ver los platos extravagantes que se sevían en las mansiones de los millonarios europeos. 
   Se acomodó en la silla de cedro con asiento de mimbre, pisó el travesaño inferior con las chancletas gastadas, y siguió desayunando hasta que llegaron los avisos de propaganda. 
   Entonces apagó el televisor y comenzó a hacer un repaso mental de las tareas del día. Ya había amanecido. Afuera el sol asomaba con furor por encima de las montañas para castigar nuevamente al pequeño poblado de Chumbicha, en esta zona desértica al pie de la Cordillera.
   Estaba en eso cuando sintió golpear las palmas en la calle. Le llamó la atención que alguien llamara a esta hora. Se levantó, alzó la mirilla, y recién cuando se cercioró de quién se trataba entreabrió la puerta de chapa de hierro. En ese sentido era cuidadosa, había adoptado esa precaución al poco tiempo de fallecer su esposo Pancho. 
   Parado en la vereda con las manos en la cintura, transpirando y con la cara fruncida, se encontraba Fermín Choza, el comisario del pueblo. Al lado y un poco detrás de él estaba el cabo Chirilo, con el uniforme arrugado, sin gorra y con las manos en los bolsillos. El muchacho no llegaba a los veinte años. Solo servía para barrer el piso y lustrarle las botas al jefe.
   —Buen día... comadre —dijo el comisario, con una sonrisa impostada por debajo de sus bigotes, tratando de ser amable.
   —¿Qué se le ofrece tan temprano? —respondió Visitación, asomando la cabeza. Todavía estaba con el camisón puesto y se tomaba el canesú en un gesto de pudor.
   —Quería pedirle que me pase a ver por la oficina. Si puede ser esta tarde, mejor.
   —¿Y de qué se trata la entrevista?
   —Necesito hacerle unas preguntas.
   Visitación lo escrutó a fin de percibir las intenciones que traía escondidas. Siempre había desconfiado de este hombre y de las pocas luces del cabo que lo acompañaba. Aunque nunca había tenido problemas con las fuerzas de seguridad del pueblo, trataba de mantener las distancias que exigía el respeto mutuo.
   —Bueno… cuando pueda paso.
   El comisario infló los pulmones sacando pecho como un gesto de indudable autoridad y se tocó la visera con el dedo a modo de saludo. Le dijo algo al ayudante y se fueron caminando. A cada paso que daban se alzaba una especie de humito que soltaba la tierra seca, una especie de asma telúrico que acompañaba el andar de todos los que trajinaban este lugar. 
   En Chumbicha no había asfalto, ni siquiera en la avenida principal. No llovía hacía meses y los terrones se desmenuzaban formando una capa de polvo suelto, que se agitaba como la harina de centeno, aún bajo la pisada de los pájaros.
   Visitación cerró la puerta y continuó tomando mate.


   No quiso tardar mucho porque estaba acostumbrada a cumplir con su palabra. Por eso esa misma tarde, ya estaba sentada frente al comisario Choza, quien la esperaba en su despacho. Entendía que a un lugar así debía ir arreglada, por eso había puesto tanto esmero en los cuidados de su presencia. Se había perfumado con una colonia, con aroma a jazmín, que le había comprado a Ezequiel Cáceres, y lucía orgullosa el vestido nuevo. Había colocado con cuidado la bolsa a un costado de la silla y se sentía coqueta en la austeridad de la sala. Con las manos cruzadas sobre la falda blanca veteada en color limón miraba con curiosidad la decoración rústica del lugar. 
   Él habló primero.
   —Hace una semana que se están alborotando los gallineros —dijo el comisario, y se quedó callado unos breves pero sugestivos segundos, como si le hubiese hecho una pregunta, en vez de estar revelando una información.
   A Visitación no se le movió ninguna de las delgadas arrugas —ligeros cabellos de miel—, que surcaban su rostro apenas curtido por la severidad del viento. Su apariencia lucía despojada de las típicas cuarteaduras, labradas en la piel cobre, de los habitantes de este rincón alejado del mundo. Chumbicha padecía el castigo implacable del sol, que hacía reverberar el aire en la soledad de las laderas de los cerros de Catamarca. 
   Permaneció así unos instantes. Distraída. Recorrió con la mirada el enorme diploma colgado en la pared, más arriba de la silla adornada con pequeños tapizados en cuero verde, gastados por el uso, y luego volvió a prestar atención, porque el hombre seguía con el discurso.
   —Lo que pasa madrecita es que ya la gente está protestando —y, cuando dijo esto, puso los brazos sobre el escritorio, y adelantó su cara ancha agrandando los ojos oscuros y levantando las cejas negras. 
   Y, para ser más preciso acerca de la gravedad del suceso, continuó diciendo.
   —Así es comadre, de nuevo se habla de los zorros.
   Visitación advirtió la presencia de una telaraña redonda en la esquina del cielo raso, pero de inmediato corrigió el descuido de su atención, dirigiendo la mirada de sus ojos celestes a la cara adusta del comisario. Y le dijo.
   —¿Y para qué me está contando esto?, si se puede saber.
   Fermín Choza se paró como un resorte, se fue hasta el rincón caminando con las dos manos entrelazadas por detrás de la espalda, pensando en silencio. Regresó y se sentó en la esquina del escritorio de roble macizo, firmemente encastrado al piso de pinotea, sobre cuatro patas robustas. Bajó la cabeza y siguió hablando, pero en un tono más bajo, como para persuadir al entendimiento de la vecina más respetada del pueblo, quien le hacía el honor de devolverle su visita.
   —¿A usted le ha faltado alguna gallina últimamente?
   —No, porque yo las cuido.
   —¡Ajá!... ¿Y se puede saber cómo hace, comadre?
   —Es un secreto.
   Esta última frase fue como un balde de agua fría para la aguda inteligencia de Fermín, porque de algún modo le cerraba el paso de la siguiente movida de su certero interrogatorio. Pero lejos de rendirse, redobló la apuesta ante el rostro claro de la anciana. Y continuó diciendo.
   —Sabe lo que pasa, comadre, este pueblo está lleno de secretos, y como yo soy la autoridad necesito saber todo para resolver el problema. ¿Me entiende?
   —¿Y lo va a resolver solo preguntando?
   —Estamos realizando severos operativos nocturnos en todo el pueblo.
   —Era lo que me imaginaba.
   Visitación dijo esto último con voz clara y serena, sin intención de interferir para nada en la metodología de las investigaciones. En realidad, ella estaba convencida de que este hombre era un tramposo. Por eso no le creía nada, lo escuchaba simplemente para saber hasta dónde era capaz de mentir. 
   Como le pareció que la conversación ya se había terminado, con todo respeto se colocó el sombrero de paja —con cinta roja ancha en la base de la copa—, se levantó de la silla, tomó la bolsa y comenzó a buscar la salida. Un aroma intenso de jazmines quedó flotando en la sala siguiendo la cadencia de sus pasos.
   El comisario quedó desconcertado porque no llegó a entender hasta dónde llegaba la agudeza de la respuesta de la anciana. Y así, en la misma posición en que estaba, sentado sobre la tabla lustrada de su escritorio, Fermín jugó la baraja con la que pensó que ganaría la partida.
   —¿Por casualidad, comadre, usted tiene algún arma de fuego declarada? —dijo con acento militar, midiendo la potencia del efecto buscado.
   Visitación se detuvo. Se volvió despacio, tratando de no pisarse las alpargatas blancas recién almidonadas, y contestó con la tranquila pasividad con la que había hablado hasta ahora.
   —El encendedor para la cocina a gas.
   —¿Y nada más?
   —También la escopeta del 12, herencia de Pancho. Pero a esa la uso a la noche, ¿sabe?, para cazar zorros. Ayer, justamente, casi mato a uno porque me estaba alborotando a la bataraza ponedora. El estampido lo asustó y, por la forma de correr, más que a un animal de cuatro patas, me hizo acordar a su ayudante Chirilo. Había luna llena y lo vi clarito, clarito. 
   Fermín Choza se quedó mudo.
   Visitación aprovechó el silencio, metió la mano en la bolsa y sacó una gorra de policía. La depositó con cuidado en la mesita que estaba al lado de la puerta y volvió a mirar al comisario.
   —Aquí le dejo esto que encontré al lado del alambrado, por donde se escapó el zorro. En una de esas le sirve para la investigación.
   Y sin más salió del despacho rumbo a su casa, no fuera cosa que el comisario la estuviese entreteniendo demasiado con su charla y hubiese extendido las averiguaciones con algún “operativo diurno”.
   Cuando llegó, lo primero que hizo fue contar los huevos del gallinero. 
   No faltaba ninguno.

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jueves, 11 de enero de 2018

En la orilla

   Hace un mes he muerto. 
   Todavía recuerdo los sonidos de los terrones tropezando sobre la madera, en el desamparo del féretro depositado inclemente en el fondo de la tumba. He pensado mucho antes de escribirte, no encontraba la frase más adecuada, el vocablo más preciso. El temor a hacerte daño me ha detenido la mano. Tú conoces lo mal que me pongo cuando no acierto con el modo de manifestar un sentimiento.
   Ahora he dejado esa morada lúgubre y me muevo con libertad por cualquier sitio. No tengo límites. 
   Puedo estar por encima de los campos de maíz dorados por el sol del verano, en las habitaciones silenciosas de nuestra vivienda, junto a las bandadas de gaviotas que se acercan a la costa y se zambullen buscando los bancos del pejerrey, o, si lo deseo, contemplando la lenta rotación de la noria de tus pensamientos.
   Hace un rato estuve oculto en la breve profundidad del arroyo que bordea nuestra casa, apenas detrás de la joroba suave del médano que da a la playa. Allí el cauce se curva y repta como una serpiente por debajo del puente de hierro con barandas blancas, buscando el abrazo azul del océano. Y vi, sumergido en el agua, los reflejos de los rayos de sol que destellaban sobre la superficie arrugada de la corriente, como un pez irreal sumergido en el torrente lánguido, sin ojos laterales, sin escamas, sin vísceras y sin sustancia.
   Ya no camino, no ando encorvado con el hombro derecho caído y arrastrando la pierna. Los restos de mi cuerpo están en la caja negra enterrada en el cementerio, ahí han quedado músculos, huesos y dolores. El martirio ha cedido del todo. Ya no veo las nubes blancas, esas pinceladas de bruma que me opacaban las pupilas. Ahora todo es diáfano. 
   Eso sí, he dejado de lado ciertos sentimientos que me oscurecían el futuro. Ya no temo a la ansiedad, la zozobra, la angustia, o el miedo a que no estés al día siguiente. 
   No me atribuyo ninguna virtud, y sin embargo he recuperado la delicia de acompañar tus horas. Y no existe venganza, según entiendo, por la cual a ti se te niega mi presencia. Pero es así.
   Disfruto con ternura el murmullo de tu deambular por las habitaciones, aunque me acongoja la imposibilidad de tocar tus cabellos. Te veo ir y venir, acomodar la servilleta, el cuchillo, el frasco de mermelada y las galletas. Escucho el ruido familiar del choque de los enseres del desayuno cotidiano.
   Me pregunto cómo llevas el dolor contigo, no sé si todavía tienes clavada la aguja de la tristeza. Quizás el pérfido pesar, aunque no te tomó desprevenida, te golpea todavía el pecho y por eso levantas el dorso de la mano hacia tu mejilla para despejar la lágrima. Ya quebrada la esperanza, la melancolía invade tu vida. Entiendo el hondo vacío de tu alma ante la contundencia de mi partida.
   Yo he recobrado la memoria. 
   Añoro la belleza de tu sonrisa, la dulzura de tu alma, el amor que nos tuvimos. Recuerdo todos los objetos sin olvidar sus nombres, manteniendo el orden y la claridad en mi mente. Ya no me confundo, la comprensión ha regresado a eslabonar cada frase, la duda ya no me dispersa las ideas y el olvido se ha alejado definitivamente. Ya ves todo lo que he ganado.
   Los sabios han hablado y escrito acerca de la muerte. Con argumentos rotundos y razones indiscutibles han publicado miles de libros. Pero han especulado, nadie ha podido confirmar la verdad. Ninguno ha llegado a ver su rostro. 
   Yo sí.
   La finitud es una condena inevitable para el cuerpo y el tiempo para él es breve, acotado. No hay eternidad posible sin el desprendimiento de la carne. Desapego, abandono y soledad, así ocurrió, en ese orden. Y ahora que me he librado de todo lo mundano, vengo acá, al lado tuyo. 
   Te extraño mucho, más aún en un día desapacible como el de hoy, adornado con la coraza gris de un junio hostil y un cielo acerado de lluvia. 
   La mayoría de los árboles que acompañan la orilla del arroyo tienen los troncos casi rectos, y algunos apenas inclinados hacia el mar, en delicado ademán de reverencia. Todos tienen el follaje verde, excepto aquellos tres plátanos de ramas casi desnudas, todavía con algunas hojas de bordes cascados color sepia, que como dedos temblorosos se aferran a las ramas, en vano, resistiendo la caída inevitable. 
   Sentada, te veo pensativa, añorando los días felices que estuvimos juntos. Estás cruzada de piernas sentada en la silla. Observas, con los codos apoyados en la mesa y los pulgares sosteniendo el mentón, por encima de las tostadas recién hechas. Tu cabeza, orientada hacia la ventana, suspende tu mirada en el aire infinito del momento. Puedo percibir la danza de los duendes que agitan la tristeza en tu memoria, recordándome.
   Tus pensamientos se mecen en el aire quieto de tus cavilaciones. Aparezco entre ellos como un pequeño latido, un titubeo imperceptible. Un escollo insalvable te impedirá verme y saber que soy yo el que agita tus emociones. No vas a adivinar, pero es mi figura que viene a cobijarse a tu lado.
   Cómo explicar la medida del anhelo absurdo que tengo de compartir este momento. Aunque me es imposible lo sueño. Quisiera verme en el hueco de la silla vacía que está a tu lado, queriendo hablarte de las mismas tonterías, atendiendo la danza de tus gestos, apartando distraído las migas del mantel, sin otra cosa más interesante por hacer, disfrutando del cariño de tu compañía. 
   Ahora solo tengo la posibilidad de escribir, pero ni siquiera estoy seguro de acercarte estas palabras, confinado como estoy en mi extraño destino, y tal vez no sea posible dejar entre tus manos esta primera carta que he hecho para ti. De ser así, me quedaré con la ilusión de envolverme en tus recuerdos, aunque tú no puedas advertirlo y ni siquiera imagines que soy yo quien viene a perturbar tus pensamientos.

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