jueves, 11 de enero de 2018

En la orilla

   Hace un mes he muerto. 
   Todavía recuerdo los sonidos de los terrones tropezando sobre la madera, en el desamparo del féretro depositado inclemente en el fondo de la tumba. He pensado mucho antes de escribirte, no encontraba la frase más adecuada, el vocablo más preciso. El temor a hacerte daño me ha detenido la mano. Tú conoces lo mal que me pongo cuando no acierto con el modo de manifestar un sentimiento.
   Ahora he dejado esa morada lúgubre y me muevo con libertad por cualquier sitio. No tengo límites. 
   Puedo estar por encima de los campos de maíz dorados por el sol del verano, en las habitaciones silenciosas de nuestra vivienda, junto a las bandadas de gaviotas que se acercan a la costa y se zambullen buscando los bancos del pejerrey, o, si lo deseo, contemplando la lenta rotación de la noria de tus pensamientos.
   Hace un rato estuve oculto en la breve profundidad del arroyo que bordea nuestra casa, apenas detrás de la joroba suave del médano que da a la playa. Allí el cauce se curva y repta como una serpiente por debajo del puente de hierro con barandas blancas, buscando el abrazo azul del océano. Y vi, sumergido en el agua, los reflejos de los rayos de sol que destellaban sobre la superficie arrugada de la corriente, como un pez irreal sumergido en el torrente lánguido, sin ojos laterales, sin escamas, sin vísceras y sin sustancia.
   Ya no camino, no ando encorvado con el hombro derecho caído y arrastrando la pierna. Los restos de mi cuerpo están en la caja negra enterrada en el cementerio, ahí han quedado músculos, huesos y dolores. El martirio ha cedido del todo. Ya no veo las nubes blancas, esas pinceladas de bruma que me opacaban las pupilas. Ahora todo es diáfano. 
   Eso sí, he dejado de lado ciertos sentimientos que me oscurecían el futuro. Ya no temo a la ansiedad, la zozobra, la angustia, o el miedo a que no estés al día siguiente. 
   No me atribuyo ninguna virtud, y sin embargo he recuperado la delicia de acompañar tus horas. Y no existe venganza, según entiendo, por la cual a ti se te niega mi presencia. Pero es así.
   Disfruto con ternura el murmullo de tu deambular por las habitaciones, aunque me acongoja la imposibilidad de tocar tus cabellos. Te veo ir y venir, acomodar la servilleta, el cuchillo, el frasco de mermelada y las galletas. Escucho el ruido familiar del choque de los enseres del desayuno cotidiano.
   Me pregunto cómo llevas el dolor contigo, no sé si todavía tienes clavada la aguja de la tristeza. Quizás el pérfido pesar, aunque no te tomó desprevenida, te golpea todavía el pecho y por eso levantas el dorso de la mano hacia tu mejilla para despejar la lágrima. Ya quebrada la esperanza, la melancolía invade tu vida. Entiendo el hondo vacío de tu alma ante la contundencia de mi partida.
   Yo he recobrado la memoria. 
   Añoro la belleza de tu sonrisa, la dulzura de tu alma, el amor que nos tuvimos. Recuerdo todos los objetos sin olvidar sus nombres, manteniendo el orden y la claridad en mi mente. Ya no me confundo, la comprensión ha regresado a eslabonar cada frase, la duda ya no me dispersa las ideas y el olvido se ha alejado definitivamente. Ya ves todo lo que he ganado.
   Los sabios han hablado y escrito acerca de la muerte. Con argumentos rotundos y razones indiscutibles han publicado miles de libros. Pero han especulado, nadie ha podido confirmar la verdad. Ninguno ha llegado a ver su rostro. 
   Yo sí.
   La finitud es una condena inevitable para el cuerpo y el tiempo para él es breve, acotado. No hay eternidad posible sin el desprendimiento de la carne. Desapego, abandono y soledad, así ocurrió, en ese orden. Y ahora que me he librado de todo lo mundano, vengo acá, al lado tuyo. 
   Te extraño mucho, más aún en un día desapacible como el de hoy, adornado con la coraza gris de un junio hostil y un cielo acerado de lluvia. 
   La mayoría de los árboles que acompañan la orilla del arroyo tienen los troncos casi rectos, y algunos apenas inclinados hacia el mar, en delicado ademán de reverencia. Todos tienen el follaje verde, excepto aquellos tres plátanos de ramas casi desnudas, todavía con algunas hojas de bordes cascados color sepia, que como dedos temblorosos se aferran a las ramas, en vano, resistiendo la caída inevitable. 
   Sentada, te veo pensativa, añorando los días felices que estuvimos juntos. Estás cruzada de piernas sentada en la silla. Observas, con los codos apoyados en la mesa y los pulgares sosteniendo el mentón, por encima de las tostadas recién hechas. Tu cabeza, orientada hacia la ventana, suspende tu mirada en el aire infinito del momento. Puedo percibir la danza de los duendes que agitan la tristeza en tu memoria, recordándome.
   Tus pensamientos se mecen en el aire quieto de tus cavilaciones. Aparezco entre ellos como un pequeño latido, un titubeo imperceptible. Un escollo insalvable te impedirá verme y saber que soy yo el que agita tus emociones. No vas a adivinar, pero es mi figura que viene a cobijarse a tu lado.
   Cómo explicar la medida del anhelo absurdo que tengo de compartir este momento. Aunque me es imposible lo sueño. Quisiera verme en el hueco de la silla vacía que está a tu lado, queriendo hablarte de las mismas tonterías, atendiendo la danza de tus gestos, apartando distraído las migas del mantel, sin otra cosa más interesante por hacer, disfrutando del cariño de tu compañía. 
   Ahora solo tengo la posibilidad de escribir, pero ni siquiera estoy seguro de acercarte estas palabras, confinado como estoy en mi extraño destino, y tal vez no sea posible dejar entre tus manos esta primera carta que he hecho para ti. De ser así, me quedaré con la ilusión de envolverme en tus recuerdos, aunque tú no puedas advertirlo y ni siquiera imagines que soy yo quien viene a perturbar tus pensamientos.

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martes, 2 de enero de 2018

La deuda

   El alemán Volker mató a Julia, la hermana menor del negro Suárez. Cuando éste se enteró, fue a buscar al asesino a la “Taberna de Gómez”. Lo encontró acodado en la mesa del fondo, se sentó y le buscó la mirada. En ese momento, la policía entró al local y se llevó al alemán antes que Suárez pudiera vengar esa muerte. Fue el acontecimiento del pueblo y tema de conversación durante meses.
   Desde entonces la mayoría de los parroquianos empezaron a ver, en el mismo lugar, dos sombras oscuras y quietas conformando con sus contornos la figura de esos hombres, congeladas en aquel instante crucial, detenidas en el aire como tatuajes a la espera de una fatalidad anunciada por sus gestos.
   Con el tiempo todos los clientes terminaron evitando la mesa sombría, miraban de reojo ese sitio, y cada vez se hacía más evidente, a pesar de que nadie comentaba nada, la presencia de una atmósfera extraña rodeando las siluetas estáticas, en la cual todos advertían el secreto del lance. 
   Pasaron veinte años de aquel drama que todavía se encuentra agazapado en la memoria de la gente como un suceso inconcluso.
   Hoy el atardecer se está reduciendo para meterse en el horizonte. Se encendieron las luces de la taberna en este pueblo aplastado en medio de la llanura. Aquí todas las calles son de tierra. El bar está sobre la más ancha de todas, la que pasa de largo uniendo una cadena de poblaciones pequeñas que viborean en el corazón de la pampa. 
   El aire se puso misterioso porque esta tarde el alemán regresó por la deuda pendiente, montado en un caballo palomino. Los golpes de los cuatro cascos sobre el polvo blando fueron tan suaves que ni siquiera lograron alterar la siesta. El viento silbó diferente por encima de los techos. Hasta el silencio oprimió más fuerte con su dedo desnudo. Un clima de angustia se pudo adivinar en los nidos de los pájaros. 
   Cuando Suárez se enteró, la noticia le tensó los nervios. Tomó el arma y salió de su casa a buscar a Volker, repitiendo, casi calcando, la reacción que tuvo al ver a su hermana muerta. 
   Supuso que estaba en el bar. Observó al caballo de pelaje claro y cola blanca, atado al palenque, y tuvo la intuición de que el alemán estaba esperándolo adentro. Entró a la taberna y cerró la puerta. Miró sin pensar hacia el fondo y lo vio tomando una ginebra. No lo dejó reaccionar, corrió la silla y se sentó frente a él.
   En el lugar que ocupaba Volker la sombra oscura se había disipado y ni bien Suárez ocupó su lugar se disipó la otra. La extraña atmósfera dormida durante tanta ausencia en este sitio se volvió diáfana. El dueño de la taberna, detrás del mostrador, observó la escena frotando una copa con un trapo rejilla. El único parroquiano que había en el local dejó un billete al lado del vaso de vino y salió del bar. En la mesa del fondo había una historia, y de nuevo, cobraba vida.
   Como en una partida de truco, el primero que habló fue Suárez.
   —¿Te acordás de mí? 
   Lo dijo con cautela, con el resentimiento todavía dormido, y advirtió una bocanada de odio ascendiendo de a poco en su garganta, a pesar del tiempo que había pasado.
   El alemán tenía el pelo completamente blanco, estaba viejo y encorvado. Permaneció impasible, con los dedos apoyados en el borde del vaso, y respondió de mala gana, casi con ironía.
   —En la cárcel hay una eternidad para pensar y uno se acuerda de todo.
   —¿Y de Julia también?
   —También. 
   La mirada de Suárez era un rayo de fuego que salía del cuero gris de su rostro arrugado por la amargura. Trató de hablar despacio escogiendo con cautela cada una de las palabras viejas, atragantadas por la ansiedad, maceradas por el rencor.
   —En esta misma mesa hay dos sombras misteriosas, ¿viste?
   —Vi.
   —Nos están esperando hace veinte años… por una deuda.
   —Yo no tengo ninguna deuda pendiente —dijo el alemán mintiendo. Y sintió debajo de la piel que una sustancia se le había adherido al cuerpo. Era la sombra. Lo envolvía como una cáscara y le traía el inevitable recuerdo del horror.  
   Suárez sintió lo mismo. Algo que no era él le movió el brazo. La sombra, la suya, detenida durante dos décadas, cobraba movimiento y él se dejaba llevar por ella, obedecía sin resistencia. El frío del arma le acarició la mano en el hueco del bolsillo. El destino estacionado en el tiempo estaba haciendo su tarea inconclusa. Las articulaciones no se movían por su voluntad, eran movidas por un enigma que no supo definir. Presintió que por fin iba a vaciar todo el rencor acumulado. 
   En ese instante interminable también tuvo una ensoñación: vio pasar a Julia alegre entre las sillas, tan alta, tan joven. Hasta le pareció que el vestido le había rozado el brazo.
   Y entonces Suárez, escuchó el primer estampido, el que lo recostó contra el respaldo de la silla, como una trompada en medio del pecho, mientras en la comisura de los labios delgados de Volker asomaba la artimaña.
   Suárez sintió que la trampa le deshacía las vísceras, pero casi sin darse cuenta, alcanzó a apretar el gatillo. Escuchó la segunda detonación, y vio cómo se desplomaba hacia adelante el torso pesado del alemán, se derramaba la ginebra entre ruidos de vidrio roto contra el piso, y se teñía con la sangre que bajaba a borbotones por el costado de su cabeza grande como una sandía rosada.
   Y Suárez empezó a sentir la bola caliente entre las costillas como una brasa que se encendía, luego un poderoso dolor, y después solo oscuridad y silencio. 
   A partir de ese momento las sombras oscuras aparecieron para cubrir nuevamente los cuerpos que yacían en la mesa del fondo. Se había cerrado el círculo perfecto que había dictado el destino.
   La venganza se había consumado y el desenlace abierto se había clausurado para siempre. 

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