martes, 23 de enero de 2018

Bajo la luna llena


   La pantalla del televisor no mostraba ninguna imagen nítida. El aparato estaba encendido y solo ofrecía a la vista rayas inclinadas que cambiaban de forma rápidamente. 
   Dejó el mate sobre el mantel de hule y decidió acercarse para solucionar el desperfecto. Al levantarse, Visitación sintió una bola de calor que le envolvió los cabellos grises. Una nube ardiente encajonada entre las paredes de adobe se suspendía encima de ella, como cuando encendía las brasas de la salamandra, pero sin olor a humo. Pensó que algún día debería cambiar el techo de zinc por uno de tejas. Vivía en una casa baja en el extremo del pueblo, la última, y por lo tanto vulnerable, expuesta al rigor del clima del páramo. El verano era una mano de fuego abrasadora rodeando la vivienda.
   Se puso los lentes con armazón de carey para ver mejor y observó de costado el brillo de las líneas quebradas. Estiró el brazo hacia la parte de atrás del aparato y buscó a tientas el cable negro de la antena. Aquí dentro había poca luz y afuera todavía no amanecía. La lamparita de 40 watts colgaba de la viga principal disipando apenas la penumbra. Pensó que debería decidirse cuanto antes a instalar un tubo fluorescente. 
   Se acercó a la parte delantera del televisor tocando una por una las perillas, pero seguía haciendo rayas. Se decidió entonces por confiar en la antena casera que había fabricado. Estaba dentro de un plato hondo. Era una gran papa negra con dos agujas metálicas de tejer clavadas en forma de una V corta. Conectó la punta del cable a una de las varillas y verificó nuevamente. 
   Aparecieron unas figuras difusas, pero ahora escuchaba la voz del locutor, aunque entrecortada. Era un gran avance. Estaba orgullosa de las habilidades que había adquirido para la electrónica. Giró con cuidado la papa como corrigiendo un detalle. La pantalla por fin ostentaba una imagen nítida con todos los colores. Sonrió, volvió a sentarse y se sirvió otro mate.
   Visitación disfrutaba del desayuno mirando la televisión. De vez en cuando ponía el noticiario —le gustaba la política—, otras veces pasaba al canal donde mostraban los documentales, y casi nunca se perdía el programa de arte culinario para ver los platos extravagantes que se sevían en las mansiones de los millonarios europeos. 
   Se acomodó en la silla de cedro con asiento de mimbre, pisó el travesaño inferior con las chancletas gastadas, y siguió desayunando hasta que llegaron los avisos de propaganda. 
   Entonces apagó el televisor y comenzó a hacer un repaso mental de las tareas del día. Ya había amanecido. Afuera el sol asomaba con furor por encima de las montañas para castigar nuevamente al pequeño poblado de Chumbicha, en esta zona desértica al pie de la Cordillera.
   Estaba en eso cuando sintió golpear las palmas en la calle. Le llamó la atención que alguien llamara a esta hora. Se levantó, alzó la mirilla, y recién cuando se cercioró de quién se trataba entreabrió la puerta de chapa de hierro. En ese sentido era cuidadosa, había adoptado esa precaución al poco tiempo de fallecer su esposo Pancho. 
   Parado en la vereda con las manos en la cintura, transpirando y con la cara fruncida, se encontraba Fermín Choza, el comisario del pueblo. Al lado y un poco detrás de él estaba el cabo Chirilo, con el uniforme arrugado, sin gorra y con las manos en los bolsillos. El muchacho no llegaba a los veinte años. Solo servía para barrer el piso y lustrarle las botas al jefe.
   —Buen día... comadre —dijo el comisario, con una sonrisa impostada por debajo de sus bigotes, tratando de ser amable.
   —¿Qué se le ofrece tan temprano? —respondió Visitación, asomando la cabeza. Todavía estaba con el camisón puesto y se tomaba el canesú en un gesto de pudor.
   —Quería pedirle que me pase a ver por la oficina. Si puede ser esta tarde, mejor.
   —¿Y de qué se trata la entrevista?
   —Necesito hacerle unas preguntas.
   Visitación lo escrutó a fin de percibir las intenciones que traía escondidas. Siempre había desconfiado de este hombre y de las pocas luces del cabo que lo acompañaba. Aunque nunca había tenido problemas con las fuerzas de seguridad del pueblo, trataba de mantener las distancias que exigía el respeto mutuo.
   —Bueno… cuando pueda paso.
   El comisario infló los pulmones sacando pecho como un gesto de indudable autoridad y se tocó la visera con el dedo a modo de saludo. Le dijo algo al ayudante y se fueron caminando. A cada paso que daban se alzaba una especie de humito que soltaba la tierra seca, una especie de asma telúrico que acompañaba el andar de todos los que trajinaban este lugar. 
   En Chumbicha no había asfalto, ni siquiera en la avenida principal. No llovía hacía meses y los terrones se desmenuzaban formando una capa de polvo suelto, que se agitaba como la harina de centeno, aún bajo la pisada de los pájaros.
   Visitación cerró la puerta y continuó tomando mate.


   No quiso tardar mucho porque estaba acostumbrada a cumplir con su palabra. Por eso esa misma tarde, ya estaba sentada frente al comisario Choza, quien la esperaba en su despacho. Entendía que a un lugar así debía ir arreglada, por eso había puesto tanto esmero en los cuidados de su presencia. Se había perfumado con una colonia, con aroma a jazmín, que le había comprado a Ezequiel Cáceres, y lucía orgullosa el vestido nuevo. Había colocado con cuidado la bolsa a un costado de la silla y se sentía coqueta en la austeridad de la sala. Con las manos cruzadas sobre la falda blanca veteada en color limón miraba con curiosidad la decoración rústica del lugar. 
   Él habló primero.
   —Hace una semana que se están alborotando los gallineros —dijo el comisario, y se quedó callado unos breves pero sugestivos segundos, como si le hubiese hecho una pregunta, en vez de estar revelando una información.
   A Visitación no se le movió ninguna de las delgadas arrugas —ligeros cabellos de miel—, que surcaban su rostro apenas curtido por la severidad del viento. Su apariencia lucía despojada de las típicas cuarteaduras, labradas en la piel cobre, de los habitantes de este rincón alejado del mundo. Chumbicha padecía el castigo implacable del sol, que hacía reverberar el aire en la soledad de las laderas de los cerros de Catamarca. 
   Permaneció así unos instantes. Distraída. Recorrió con la mirada el enorme diploma colgado en la pared, más arriba de la silla adornada con pequeños tapizados en cuero verde, gastados por el uso, y luego volvió a prestar atención, porque el hombre seguía con el discurso.
   —Lo que pasa madrecita es que ya la gente está protestando —y, cuando dijo esto, puso los brazos sobre el escritorio, y adelantó su cara ancha agrandando los ojos oscuros y levantando las cejas negras. 
   Y, para ser más preciso acerca de la gravedad del suceso, continuó diciendo.
   —Así es comadre, de nuevo se habla de los zorros.
   Visitación advirtió la presencia de una telaraña redonda en la esquina del cielo raso, pero de inmediato corrigió el descuido de su atención, dirigiendo la mirada de sus ojos celestes a la cara adusta del comisario. Y le dijo.
   —¿Y para qué me está contando esto?, si se puede saber.
   Fermín Choza se paró como un resorte, se fue hasta el rincón caminando con las dos manos entrelazadas por detrás de la espalda, pensando en silencio. Regresó y se sentó en la esquina del escritorio de roble macizo, firmemente encastrado al piso de pinotea, sobre cuatro patas robustas. Bajó la cabeza y siguió hablando, pero en un tono más bajo, como para persuadir al entendimiento de la vecina más respetada del pueblo, quien le hacía el honor de devolverle su visita.
   —¿A usted le ha faltado alguna gallina últimamente?
   —No, porque yo las cuido.
   —¡Ajá!... ¿Y se puede saber cómo hace, comadre?
   —Es un secreto.
   Esta última frase fue como un balde de agua fría para la aguda inteligencia de Fermín, porque de algún modo le cerraba el paso de la siguiente movida de su certero interrogatorio. Pero lejos de rendirse, redobló la apuesta ante el rostro claro de la anciana. Y continuó diciendo.
   —Sabe lo que pasa, comadre, este pueblo está lleno de secretos, y como yo soy la autoridad necesito saber todo para resolver el problema. ¿Me entiende?
   —¿Y lo va a resolver solo preguntando?
   —Estamos realizando severos operativos nocturnos en todo el pueblo.
   —Era lo que me imaginaba.
   Visitación dijo esto último con voz clara y serena, sin intención de interferir para nada en la metodología de las investigaciones. En realidad, ella estaba convencida de que este hombre era un tramposo. Por eso no le creía nada, lo escuchaba simplemente para saber hasta dónde era capaz de mentir. 
   Como le pareció que la conversación ya se había terminado, con todo respeto se colocó el sombrero de paja —con cinta roja ancha en la base de la copa—, se levantó de la silla, tomó la bolsa y comenzó a buscar la salida. Un aroma intenso de jazmines quedó flotando en la sala siguiendo la cadencia de sus pasos.
   El comisario quedó desconcertado porque no llegó a entender hasta dónde llegaba la agudeza de la respuesta de la anciana. Y así, en la misma posición en que estaba, sentado sobre la tabla lustrada de su escritorio, Fermín jugó la baraja con la que pensó que ganaría la partida.
   —¿Por casualidad, comadre, usted tiene algún arma de fuego declarada? —dijo con acento militar, midiendo la potencia del efecto buscado.
   Visitación se detuvo. Se volvió despacio, tratando de no pisarse las alpargatas blancas recién almidonadas, y contestó con la tranquila pasividad con la que había hablado hasta ahora.
   —El encendedor para la cocina a gas.
   —¿Y nada más?
   —También la escopeta del 12, herencia de Pancho. Pero a esa la uso a la noche, ¿sabe?, para cazar zorros. Ayer, justamente, casi mato a uno porque me estaba alborotando a la bataraza ponedora. El estampido lo asustó y, por la forma de correr, más que a un animal de cuatro patas, me hizo acordar a su ayudante Chirilo. Había luna llena y lo vi clarito, clarito. 
   Fermín Choza se quedó mudo.
   Visitación aprovechó el silencio, metió la mano en la bolsa y sacó una gorra de policía. La depositó con cuidado en la mesita que estaba al lado de la puerta y volvió a mirar al comisario.
   —Aquí le dejo esto que encontré al lado del alambrado, por donde se escapó el zorro. En una de esas le sirve para la investigación.
   Y sin más salió del despacho rumbo a su casa, no fuera cosa que el comisario la estuviese entreteniendo demasiado con su charla y hubiese extendido las averiguaciones con algún “operativo diurno”.
   Cuando llegó, lo primero que hizo fue contar los huevos del gallinero. 
   No faltaba ninguno.

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jueves, 11 de enero de 2018

En la orilla

   Hace un mes he muerto. 
   Todavía recuerdo los sonidos de los terrones tropezando sobre la madera, en el desamparo del féretro depositado inclemente en el fondo de la tumba. He pensado mucho antes de escribirte, no encontraba la frase más adecuada, el vocablo más preciso. El temor a hacerte daño me ha detenido la mano. Tú conoces lo mal que me pongo cuando no acierto con el modo de manifestar un sentimiento.
   Ahora he dejado esa morada lúgubre y me muevo con libertad por cualquier sitio. No tengo límites. 
   Puedo estar por encima de los campos de maíz dorados por el sol del verano, en las habitaciones silenciosas de nuestra vivienda, junto a las bandadas de gaviotas que se acercan a la costa y se zambullen buscando los bancos del pejerrey, o, si lo deseo, contemplando la lenta rotación de la noria de tus pensamientos.
   Hace un rato estuve oculto en la breve profundidad del arroyo que bordea nuestra casa, apenas detrás de la joroba suave del médano que da a la playa. Allí el cauce se curva y repta como una serpiente por debajo del puente de hierro con barandas blancas, buscando el abrazo azul del océano. Y vi, sumergido en el agua, los reflejos de los rayos de sol que destellaban sobre la superficie arrugada de la corriente, como un pez irreal sumergido en el torrente lánguido, sin ojos laterales, sin escamas, sin vísceras y sin sustancia.
   Ya no camino, no ando encorvado con el hombro derecho caído y arrastrando la pierna. Los restos de mi cuerpo están en la caja negra enterrada en el cementerio, ahí han quedado músculos, huesos y dolores. El martirio ha cedido del todo. Ya no veo las nubes blancas, esas pinceladas de bruma que me opacaban las pupilas. Ahora todo es diáfano. 
   Eso sí, he dejado de lado ciertos sentimientos que me oscurecían el futuro. Ya no temo a la ansiedad, la zozobra, la angustia, o el miedo a que no estés al día siguiente. 
   No me atribuyo ninguna virtud, y sin embargo he recuperado la delicia de acompañar tus horas. Y no existe venganza, según entiendo, por la cual a ti se te niega mi presencia. Pero es así.
   Disfruto con ternura el murmullo de tu deambular por las habitaciones, aunque me acongoja la imposibilidad de tocar tus cabellos. Te veo ir y venir, acomodar la servilleta, el cuchillo, el frasco de mermelada y las galletas. Escucho el ruido familiar del choque de los enseres del desayuno cotidiano.
   Me pregunto cómo llevas el dolor contigo, no sé si todavía tienes clavada la aguja de la tristeza. Quizás el pérfido pesar, aunque no te tomó desprevenida, te golpea todavía el pecho y por eso levantas el dorso de la mano hacia tu mejilla para despejar la lágrima. Ya quebrada la esperanza, la melancolía invade tu vida. Entiendo el hondo vacío de tu alma ante la contundencia de mi partida.
   Yo he recobrado la memoria. 
   Añoro la belleza de tu sonrisa, la dulzura de tu alma, el amor que nos tuvimos. Recuerdo todos los objetos sin olvidar sus nombres, manteniendo el orden y la claridad en mi mente. Ya no me confundo, la comprensión ha regresado a eslabonar cada frase, la duda ya no me dispersa las ideas y el olvido se ha alejado definitivamente. Ya ves todo lo que he ganado.
   Los sabios han hablado y escrito acerca de la muerte. Con argumentos rotundos y razones indiscutibles han publicado miles de libros. Pero han especulado, nadie ha podido confirmar la verdad. Ninguno ha llegado a ver su rostro. 
   Yo sí.
   La finitud es una condena inevitable para el cuerpo y el tiempo para él es breve, acotado. No hay eternidad posible sin el desprendimiento de la carne. Desapego, abandono y soledad, así ocurrió, en ese orden. Y ahora que me he librado de todo lo mundano, vengo acá, al lado tuyo. 
   Te extraño mucho, más aún en un día desapacible como el de hoy, adornado con la coraza gris de un junio hostil y un cielo acerado de lluvia. 
   La mayoría de los árboles que acompañan la orilla del arroyo tienen los troncos casi rectos, y algunos apenas inclinados hacia el mar, en delicado ademán de reverencia. Todos tienen el follaje verde, excepto aquellos tres plátanos de ramas casi desnudas, todavía con algunas hojas de bordes cascados color sepia, que como dedos temblorosos se aferran a las ramas, en vano, resistiendo la caída inevitable. 
   Sentada, te veo pensativa, añorando los días felices que estuvimos juntos. Estás cruzada de piernas sentada en la silla. Observas, con los codos apoyados en la mesa y los pulgares sosteniendo el mentón, por encima de las tostadas recién hechas. Tu cabeza, orientada hacia la ventana, suspende tu mirada en el aire infinito del momento. Puedo percibir la danza de los duendes que agitan la tristeza en tu memoria, recordándome.
   Tus pensamientos se mecen en el aire quieto de tus cavilaciones. Aparezco entre ellos como un pequeño latido, un titubeo imperceptible. Un escollo insalvable te impedirá verme y saber que soy yo el que agita tus emociones. No vas a adivinar, pero es mi figura que viene a cobijarse a tu lado.
   Cómo explicar la medida del anhelo absurdo que tengo de compartir este momento. Aunque me es imposible lo sueño. Quisiera verme en el hueco de la silla vacía que está a tu lado, queriendo hablarte de las mismas tonterías, atendiendo la danza de tus gestos, apartando distraído las migas del mantel, sin otra cosa más interesante por hacer, disfrutando del cariño de tu compañía. 
   Ahora solo tengo la posibilidad de escribir, pero ni siquiera estoy seguro de acercarte estas palabras, confinado como estoy en mi extraño destino, y tal vez no sea posible dejar entre tus manos esta primera carta que he hecho para ti. De ser así, me quedaré con la ilusión de envolverme en tus recuerdos, aunque tú no puedas advertirlo y ni siquiera imagines que soy yo quien viene a perturbar tus pensamientos.

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martes, 2 de enero de 2018

La deuda

   El alemán Volker mató a Julia, la hermana menor del negro Suárez. Cuando éste se enteró, fue a buscar al asesino a la “Taberna de Gómez”. Lo encontró acodado en la mesa del fondo, se sentó y le buscó la mirada. En ese momento, la policía entró al local y se llevó al alemán antes que Suárez pudiera vengar esa muerte. Fue el acontecimiento del pueblo y tema de conversación durante meses.
   Desde entonces la mayoría de los parroquianos empezaron a ver, en el mismo lugar, dos sombras oscuras y quietas conformando con sus contornos la figura de esos hombres, congeladas en aquel instante crucial, detenidas en el aire como tatuajes a la espera de una fatalidad anunciada por sus gestos.
   Con el tiempo todos los clientes terminaron evitando la mesa sombría, miraban de reojo ese sitio, y cada vez se hacía más evidente, a pesar de que nadie comentaba nada, la presencia de una atmósfera extraña rodeando las siluetas estáticas, en la cual todos advertían el secreto del lance. 
   Pasaron veinte años de aquel drama que todavía se encuentra agazapado en la memoria de la gente como un suceso inconcluso.
   Hoy el atardecer se está reduciendo para meterse en el horizonte. Se encendieron las luces de la taberna en este pueblo aplastado en medio de la llanura. Aquí todas las calles son de tierra. El bar está sobre la más ancha de todas, la que pasa de largo uniendo una cadena de poblaciones pequeñas que viborean en el corazón de la pampa. 
   El aire se puso misterioso porque esta tarde el alemán regresó por la deuda pendiente, montado en un caballo palomino. Los golpes de los cuatro cascos sobre el polvo blando fueron tan suaves que ni siquiera lograron alterar la siesta. El viento silbó diferente por encima de los techos. Hasta el silencio oprimió más fuerte con su dedo desnudo. Un clima de angustia se pudo adivinar en los nidos de los pájaros. 
   Cuando Suárez se enteró, la noticia le tensó los nervios. Tomó el arma y salió de su casa a buscar a Volker, repitiendo, casi calcando, la reacción que tuvo al ver a su hermana muerta. 
   Supuso que estaba en el bar. Observó al caballo de pelaje claro y cola blanca, atado al palenque, y tuvo la intuición de que el alemán estaba esperándolo adentro. Entró a la taberna y cerró la puerta. Miró sin pensar hacia el fondo y lo vio tomando una ginebra. No lo dejó reaccionar, corrió la silla y se sentó frente a él.
   En el lugar que ocupaba Volker la sombra oscura se había disipado y ni bien Suárez ocupó su lugar se disipó la otra. La extraña atmósfera dormida durante tanta ausencia en este sitio se volvió diáfana. El dueño de la taberna, detrás del mostrador, observó la escena frotando una copa con un trapo rejilla. El único parroquiano que había en el local dejó un billete al lado del vaso de vino y salió del bar. En la mesa del fondo había una historia, y de nuevo, cobraba vida.
   Como en una partida de truco, el primero que habló fue Suárez.
   —¿Te acordás de mí? 
   Lo dijo con cautela, con el resentimiento todavía dormido, y advirtió una bocanada de odio ascendiendo de a poco en su garganta, a pesar del tiempo que había pasado.
   El alemán tenía el pelo completamente blanco, estaba viejo y encorvado. Permaneció impasible, con los dedos apoyados en el borde del vaso, y respondió de mala gana, casi con ironía.
   —En la cárcel hay una eternidad para pensar y uno se acuerda de todo.
   —¿Y de Julia también?
   —También. 
   La mirada de Suárez era un rayo de fuego que salía del cuero gris de su rostro arrugado por la amargura. Trató de hablar despacio escogiendo con cautela cada una de las palabras viejas, atragantadas por la ansiedad, maceradas por el rencor.
   —En esta misma mesa hay dos sombras misteriosas, ¿viste?
   —Vi.
   —Nos están esperando hace veinte años… por una deuda.
   —Yo no tengo ninguna deuda pendiente —dijo el alemán mintiendo. Y sintió debajo de la piel que una sustancia se le había adherido al cuerpo. Era la sombra. Lo envolvía como una cáscara y le traía el inevitable recuerdo del horror.  
   Suárez sintió lo mismo. Algo que no era él le movió el brazo. La sombra, la suya, detenida durante dos décadas, cobraba movimiento y él se dejaba llevar por ella, obedecía sin resistencia. El frío del arma le acarició la mano en el hueco del bolsillo. El destino estacionado en el tiempo estaba haciendo su tarea inconclusa. Las articulaciones no se movían por su voluntad, eran movidas por un enigma que no supo definir. Presintió que por fin iba a vaciar todo el rencor acumulado. 
   En ese instante interminable también tuvo una ensoñación: vio pasar a Julia alegre entre las sillas, tan alta, tan joven. Hasta le pareció que el vestido le había rozado el brazo.
   Y entonces Suárez, escuchó el primer estampido, el que lo recostó contra el respaldo de la silla, como una trompada en medio del pecho, mientras en la comisura de los labios delgados de Volker asomaba la artimaña.
   Suárez sintió que la trampa le deshacía las vísceras, pero casi sin darse cuenta, alcanzó a apretar el gatillo. Escuchó la segunda detonación, y vio cómo se desplomaba hacia adelante el torso pesado del alemán, se derramaba la ginebra entre ruidos de vidrio roto contra el piso, y se teñía con la sangre que bajaba a borbotones por el costado de su cabeza grande como una sandía rosada.
   Y Suárez empezó a sentir la bola caliente entre las costillas como una brasa que se encendía, luego un poderoso dolor, y después solo oscuridad y silencio. 
   A partir de ese momento las sombras oscuras aparecieron para cubrir nuevamente los cuerpos que yacían en la mesa del fondo. Se había cerrado el círculo perfecto que había dictado el destino.
   La venganza se había consumado y el desenlace abierto se había clausurado para siempre. 

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